La curvatura de la córnea

03 octubre 2021

Contra la España Vacía: Del cabo de Gata al de Finisterre

 

Ilustración: @fer_zombra

“La naturaleza se muere de la risa ante la fantasía de las nacionalidades”

(Manuel Vilas)



Sergio del Molino escribió “La España Vacía” desde la ingenuidad y con una intención literaria que definitivamente quedó arrasada por el inesperado éxito editorial del libro porque  situó el problema de la despoblación en medio del debate nacional como un rasgo característico de España y consiguió que su denominación fuera el resumen esencial de un problema que por entonces no formaba parte del discurso. Del Molino ha confesado innumerables veces que no pretendía ni analizar ni responder a un problema latente, tan solo le interesaba añadirle puso, musculatura literaria, la mirada sentimental de un periodista con la pretensión de cambiar como nos enfrentábamos a nuestro país, tan solo quería ayudar para modificar la visión que teníamos de nosotros mismos, sin embargo, la amplia divulgación del libro atrajo a lectores que hicieron una lectura política y así surgió el concepto derivado del original: “La España Vaciada” como contraposición ideológica a un planteamiento que solo pretendía un debate intelectual y literario antes que ideológico. Por eso Del Molino ha escrito este nuevo libro titulado “Contra la España vacía” nace para identificar con claridad las coordenadas políticas que otros le han asignado. El objetivo es dibujar el espíritu de este país añadiéndole “una carga política mucho más evidente” para saciar la necesidad del autor de marcar líneas y dejar claro sus posiciones. Voy a intentar desgranar esta visión política a partir de cinco epígrafes que vendrían a ocupar los cinco capítulos del libro y que yo me he atrevido a titular como: Rituales y populismo. Patriotismo constitucional. La España vacía no tiene remedio. Provincias. Vecinos.

Rituales y populismo

Del Molino afirma que los populismos como enemigos de la democracia ya han triunfado porque, con independencia de que sean capaces de tomar el poder, ya le han causado dos graves heridas: Están dividiendo a la sociedad en un dualismo de buenos y malos y están poniendo patas arriba el tablero común donde se juega a la política y que debería sustentarse en el diálogo y la comprensión de otras posiciones porque la democracia liberal, imperfecta por su propio proceso de decantación histórica, siempre necesita de constantes reformas para que no envejezca antes lo nuevos embates sociales, económicos y políticos, por eso, como nos recuerda el autor, “nuestra obligación es hacerla habitable y adaptarla al presente.” En ese sentido tanto un conservador como un progresista conciben la política como un medio para conseguir sus fines ideológicos, sin embargo, el populismo concibe la política como un fin en sí mismo que le permite perpetuar su propia cultura antidemocrática que, muy politizada, “recoge el malestar de una parte de la población y lo traslada a las instituciones con un discurso abierto al galimatías y al batiburrillo siempre cambiante” El populismo huye de las complejidades sociales del mundo actual y lo reduce a simplificar los prejuicios que circulan por la sociedad pero, como subraya Del Molino, “el populismo es política pura, política autorreferencial, casi metapolítica”, pero entonces… ¿Cómo podemos vencer al populismo?

El autor se muestra pesimista en el apartado de las soluciones porque para vencer al populismo hay que bajar al barro donde se plantea la lucha, ese lugar donde eslóganes y simplificaciones se hacen fuertes y, una vez allí solo nos espera embarrarnos porque “la política abandona las coordenadas democráticas y liberales y se convierte igualmente en populista” Sin embargo el autor atisba una solución más llevadera: Primero hay que fortalecer la complejidad de las discusiones políticas. Segundo hay que darle a la política su espacio pero también hay que evitar que colonice cualquier tipo de debate. Se trataría de conseguir que en ámbitos sociales, deportivos, culturales se puedan tratar todo tipo de asuntos sin que la decantación política de unos y otros se sitúe por encima del debate. Alcanzar estos dos objetivos es muy importante porque los populismos, como construcción cultura antidemocrática, se asientan en la política gracias al malestar antipolítico que inyecta en parte de la población y que termina colonizando las instituciones.

La eclosión de sentimientos es otro de los factores que le dan alas al populismo a costa de una pérdida de pensamiento racional sobre la que se levantó la idea de democracia liberal, si hombre si, ¿recuerdas la idea ilustrada?: “Un sistema de gobierno y organización social en el que los ciudadanos actúan impulsados por razones puras y prácticas” Este combate entre la razón y los sentimientos permite a Del Molino detenerse en la desaparición de los rituales porque “no se trata de negar sentimentalidad, sino de llevar las emociones a su sitio y expresarlas en su dimensión.” Tenemos que huir de una cierta victimización de todo el que se menea, todo el mundo se siente dolido por algo o por alguien, desde un chiste a una canción, y además no se permite que desde fuera se tenga derecho a evaluar la dimensión real de tanto sufrimiento, es el universo inabarcable de los ofendiditos a tiempo completo, por eso, y “frente al populismo emocional” que se está aprovechando de la ausencia de rituales de las nuevas sociedades, Del Molino defiende que esa ausencia no tiene por qué dejarnos perdidos porque la comunidad debería recordar que para preservar la democracia en realidad “Basta solo con narrar bien el dolor”

Patriotismo constitucional

Para comenzar me parece interesante acudir al historiador Santos Juliá que nos recuerda como, al contrario de lo que ocurre con las narraciones históricas, los mitos o los rituales no envejecen, proporcionan creencias colectivas para dar sentido a la vida en comunidad y, aunque la verdad no es necesaria, el verdadero problema radica en el peligro que corren quienes se atreven a ponerlos en duda o a formular preguntas acerca de su validez, semejante atrevimiento los deja fuera de la comunidad política. Para Del Molino los dos mitos que asolan la comunidad política son el nacionalismo catalán y el español y los confrontas con el patriotismo constitucional pero, antes de entrar en la tesis del autor, creo que es interesante detenernos en dos análisis previos.

El primero es el del catedrático de historia Javier Moreno Luzón que recuerda que no es tan fácil separar el patriotismo del nacionalismo porque el patriotismo racional y el nacionalismo emocional, excluyente y agresivo tienen algo en común: Sus vínculos se establecen con una nación concreta o con ese colectivo que, provisto de derechos políticos, o tiene soberanía o aspira a conseguirla. En ese sentido Del Molino aboga por “orientar los impulsos instintivos de amor y aprecio al propio país hacia el cultivo de una actitud constructiva conviviente y democrática” porque el peligro de aproximar el patriotismo al nacionalismo es un mal que ya sufrimos cuando “el patriotismo de España fue secuestrado por el nacionalismo español franquista.”

El segundo análisis pertenece al catedrático de Derecho Constitucional Rafael Bustos que elabora un listado de tres posibilidades para combinar nacionalismo y patriotismo a la hora de entender España. La primera posibilidad es una España compuesta por personas que se sienten españoles porque comparten historia, lengua, cultura o tradiciones. La segunda es un concepto que, partiendo del anterior, cuestiona su exclusividad y así los sentimientos de identidad y pertenencia se pueden compartir en distintos grados de intensidad sin generar conflictos. Se puede ser catalán y español a la vez sin que las identidades sean excluyentes. La tercera es que la definición de España no procede del sentimiento, sería una razón expresada a partir del Derecho. España es una comunidad de ciudadanos con los derechos y deberes reconocidos en la Constitución. Del Molino parte de esta tercera concepción de España para defender el patriotismo constitucional frente al nacionalismo que se tiene que enfrentar a la gran paradoja que niega su propio objeto: “Si la nación se construye, es que no preexiste.” Y ahí radica la gran diferencia, mientras que el nacionalismo sueña con construir una nación, el patriotismo constitucional “no quiere construir nada, solo organizar la convivencia.” Veamos su receta: Se toma el país heredado como está y se apuesta para que todos lo que lo habitan lo hagan en igualdad de condiciones y puedan participar en la comunidad política. “El patriota constitucional entiende que los titulares de los derechos son los individuos, no los territorios ni las lenguas.” En el caso español las herencias contraídas para construir una democracia tiene, como otras democracias, miserias, fantasmas y tabúes y, aunque mejorable, el autor defiende que ya va siendo hora de que el franquismo deje de ser un “comodín argumental que resuelve cualquier disputa” porque, claro que el franquismo ha dejado una huella profunda en nuestro pensamiento pero, como las banderas desteñidas que adornaron los balcones de nuestras calles para mutar de españolas a austriacas, quizás ya va siendo hora de construir una comunidad política fuerte y abierta donde “la identidad es líquida, inasible y ajena al sentimiento nacional. Un país así puede admitir en su seno a cualquiera que quiera pertenecer a él, no sólo a los que el azar ha obligado a nacer en su suelo.”

Pero, como recuerda Del Molino en palabras de Benedict Anderson, una nación necesita algo más que una declaración jurídica, necesita de una mitología común para comunicarse y funcionar, eso que Hobsbawn definía como “el cemento retórico que une a los ciudadanos” mediante una tradición inventada. Del Molino en este punto se muestra especialmente pesimista porque la Transición ha terminado por perder el aura que tuvo de renacimiento democrático y desfallece como ese símbolo ritual que vincule a los ciudadanos entre sí, de a poquitos olvidamos que el día de la Constitución fue la fecha de nacimiento de nuestra democracia y terminamos por caer en la rutina de cada cual y así, el día de la Constitución es como la tarde triste de un domingo invernal que, si las fechas van bien, forma parte de un puente que muchos llaman de la Inmaculada. Por eso Del Molino reclama un “algo más que tiene que ver con la parte irracional y ritual de la vida en común”

Frente al pesimismo de Del Molino, el historiador Álvarez Junco le contestó en una charla entre ambos publicada en Babelia con la propuesta de construir nuevos mitos que nos ayuden a la cohesionar la nación y ensalzar los valores constitucionales mediante acontecimientos concretos: Bartolomé de las Casas se pasó su vida defendiendo a los indios y criticando que se los esclavizara. Olvidemos que propuso para resolver aquel problema con el trabajo esclavo de los negros de África y destaquemos su lucha por los indios. Vinieron las Cortes de Cádiz, el liberalismo y  a muchos españoles les tocó salir fuera en varias oleadas de exiliados políticos que terminaron en 1939. Esos españoles por el mundo hicieron enormes aportaciones culturales que se reconocen más en el extranjero que aquí. “Elaboremos ese mito, enseñémoslo en la escuela” para de que el patriotismo constitucional fuera el pegamento que nos uniera, en palabras de Junco: “No se trata de decirle a la gente que somos los mejores y los más listos, se trata de ser capaces de apreciar lo que somos y de tolerar al disidente, hemos hecho ese tipo de cosas en el pasado y se trata de hacerlo en el futuro. Y eso hay que enseñárselo a los niños. También a mirar los horrores del pasado. La Transición se hizo en buena parte por miedo, por miedo a que se repitiera la Guerra Civil.” Y precisamente porque las nuevas generaciones ya no guardan una memoria de la guerra que sobrevoló la llegada de la democracia, es hora, termina por afirmar el historiador “de enseñar lo que ocurrió. Pero eso es muy complejo frente al discurso de un populista, que dice que somos los mejores, que viva España y le da al bombo. Ese gana las elecciones seguro. Por eso, como sugiere Del Molino, hay que adquirir nuevos ritos y mitos con cierta prudencia porque “utilizar las estrategias del enemigo acaba convirtiéndote en él” y, por lo tanto, “se impone un rearme simbólico más estimulante.”

Para contextualizar el concepto de patriotismo acudo a María José Guerra Palmero que, formulado por Habermas, fue una reacción al revisionismo de la experiencia nazi en un contexto de afirmación del discurso nacionalista. La idea se sustenta en el pluralismo liberal de “una sociedad en la que puedan coexistir diversas formas de vida culturales sin menoscabo de la inclusión democrática” de manera que la integración de grupos y subculturas se haga con sus propias identidades colectivas que se deben desvincular del nivel de integración política. Guerra Palmero subraya que el patriotismo constitucional necesita socializar a todos los ciudadanos en una política común, y que lo ideal sería que se vehiculara a través de introducir en el currículo escolar una asignatura para la Educación de la Ciudadanía diseñada para conocer y reflexionar sobre la Declaración de los Derechos Humanos y sobre la Constitución española de 1978.

El actor Juan Diego Botto, argentino de nacimiento pero criado en España desde los dos años, plantea una nítida diferencia entre los sentimientos y la política cuando Natalia Junquera le pregunta en una entrevista en El País si ama España. “Tengo sentimiento de pertenencia a este lugar que me acogió. Eso no es político, es afectivo. Se expresa en el fervor por el gol de Iniesta, en la melancolía con la que extrañas tu barrio cuando estás fuera, en el afecto con el que de repente te entra un pasodoble que sientes como un himno, un himno vital. Ser patriota tiene que ver con el contenido, no con el continente. Para mí, un patriota es el que se preocupa por la gente que habita un lugar, porque tengan la mejor educación y sanidad posibles, y no por la liturgia de una bandera. No eres más patriota por enarbolar ciertos símbolos.”

La España vacía no tiene remedio

Que la España vacía no tiene remedio ya lo afirmó Del Molino el 2 de Marzo de 2017 en una conferencia en el Patio de la Infanta de Zaragoza bajo el título “Despoblación y desvertebración regional” Su afirmación se sustentaba en un planteamiento global: En occidente es evidente el declive de las áreas rurales mientras la mayoría de la población busca para vivir el hábitat de la ciudad pero, y este punto es muy importante, si somos capaces de admitir la imposibilidad de recuperación, tal vez encontraremos un nuevo punto de vista. Del Molino lo tiene claro y afirma que si al final tenemos que abandonar las ciudades lo haremos “cabizbajo y de luto, arrasados por la tragedia.” Sin embargo, defiende el autor, los problemas de la España vacía nos conciernen a todos porque urbanitas y rurales “nos encontramos ante una cuestión de derechos democráticos que interpela a la condición humana” y la democracia liberal debería ofrecer el espacio para abordar este problema político desde la pelea retórica. Se trataría de luchar contra esa retórica que niega el campo y se resiste a incorporarlo al futuro en el que van a primar las grandes ciudades. Ese es el desafío y para asumirlo tendríamos que empezar por olvidar “que la vida campesina es una vida natural que devuelve a los seres humanos a un estado de humildad y fusión con el entorno previo a la existencia de las ciudades” para este negociado De Molino afirma que la “vida campesina sigue estando muy lejos tan lejos de los cazadores-recolectores como un dandi urbano que se acoda en la barra de una coctelería” porque “allí donde viven los seres humanos, la naturaleza se ha transformado en un paisaje artificial.” Esta idea me recuerda lo que en Geografía Humana se califica como Ager o el espacio cultivado mientras que, en contraposición, el Saltus es el espacio no cultivado y por lo tanto el espacio natural no transformado. El Saltus permanente supone el 20% de las tierras emergidas y está compuesto por hielo, roca desnuda o agua, pero también lo es el hábitat dedicado al uso residencial que puede ser urbano o rural. En cualquier caso el espacio habitado por el hombre tiene tan poco de natural como los productos con los que nos alimentamos. Siguiendo esa línea de pensamiento recuerdo al cocinero Ferrán Adriá cuando afirma que “eso de comer natural es imposible” porque afirma que en biología, “lo natural es que lo que crea la naturaleza. Y en el caso de las frutas y verduras es el hombre quien los ha creado. Los frutos naturales están en los Andes y son incomestibles. Todas las frutas y verduras que comemos habitualmente son artificiales”

Por eso la idea que maneja Adriá de lo que es y no es natural está muy cerca de las afirmaciones de Del Molino en cuanto a que urbanos y rurales estamos tan alejados de la naturaleza como de los cazadores-recolectores. En cualquier caso Del Molino no cuestiona “la intervención sobre el paisaje, sino hasta donde tiene derecho la humanidad a servirse de la naturaleza. Lo difícil es acordar dónde está la raya.” El autor vuelve de nuevo a esa idea de que en lo político está la solución, se trata de desmoralizar la versión de la historia que convierte a los seres humanos en el “agente patógeno que rompe el equilibrio del planeta mediante el artificio, la codicia y la maldad”. Sin embargo quizás deberíamos pararnos a pensar que no hay una ruptura con la naturaleza desde los asentamientos agrícolas de la revolución neolítica, y que tan solo nos comportamos de acuerdo a nuestra idiosincrasia. Comenzar a pensar las cosas desde ese punto de vista consigue eliminar cualquier dogma religioso del ecologismo o el culto al buen salvaje y así, tal vez seamos capaces de afrontar la catástrofe que se nos viene encima dando el gran salto político que se precisa para su análisis, debate y solución.

Provincias

Del Molino ha decidido que ya está bien de sobrevolar las alturas de las construcciones políticas y empieza un lento descenso a la realidad más cercana y claro, el primer destino son las ciudades de provincias que “olvidadas en todos los debates”, es allí “donde más se nota el proceso de desintegración de la comunidad política española.” El autor refuta “el mito propagado por nos nacionalistas catalanes y aceptado en general” de que España se convirtió en un país centralista gracias a los decretos borbónicos de Nueva Planta de 1714, si acaso, afirma el autor fue la apertura de un largo proceso de más de dos siglos hasta llegar a un Estado moderno que reemplazó el antiguo régimen. Esta idea de un largo proceso me lleva hasta el hispanista Gerald Brenan, a la importancia que le asigna a la “patria chica”, como cada ciudad de provincia es “el centro de una intensa vidas política y social” y así, la vinculación a la ciudad natal puede resultar mucho mayor que la patria o al Estado y ese, afirma Brenan, es un problema político de primer orden que precisa alcanzar cierto equilibrio “entre un gobierno central eficaz y los imperativos de la autonomía local.” En ese sentido Del Molino advierte que la democracia liberal que aspire a ser algo más que una bandera debería cuidar la ciudad de provincia y su funcionamiento en red como nexo de unión entre el poder y los rincones más lejanos: “Una vida provinciana estable garantiza la integración de los ciudadanos en la normalidad democrática.”

Del Molino aún desciende más en su análisis y nos invita a pensar en nuestros vecinos y nos invita a realizar una pregunta básica que responda “con quién y cómo queremos vivir” porque la realidad más cercana se observa a través de la ventana, y en esa proximidad debería ser el germen de cualquier proyecto político. La cuestión esencial es preguntarnos dónde y cómo queremos vivir, en un espacio rural o urbano, en la megaciudad o en la ciudad de provincias. Del Molino nos invita a reflexionar porque la decisión de vivir lejos de los modelos más razonables que el mundo ha puesto en juego, es una decisión que tiene un precio alto y quizás deberíamos preguntarles a quienes repueblan una aldea abandonada para saber si estaríamos dispuestos a dar ese salto vital.

Uno podrá estar de acuerdo o no con la percepción que tiene Del Molino de este país que el definió, con un acierto que quizás no esperaba, como La España Vacía, pero lo que no se puede discutir es su amor por esta tierra y las ganas de debatir sobre su futuro. El estilo de Del Molino es una de las grandes virtudes del libro y esa capacidad para llevarnos de un lugar a otro a base de citas, referencias y una construcción de la narración tan erudita como entretenida, de manera que permite diferentes grados de lectura dependiendo de cada lector y lo hace con un tono agradable de manera que la narración siempre te invita a seguir con la lectura. Pero además este libro nace con la vocación de ser la campana que nos despierta para percatarnos de que ni somos tan frágiles ni estamos tan aislados, que el concepto España sigue siendo posible con sus mitos, su historia, sus ciudades y su gente. Y tal vez, en esa nueva construcción me atrevo a invitarles a que hagan caso a Santiago Auserón cuando nos recuerda que el título de su disco “De un país en llama” surgió recorriendo las carreteras de los años ochenta de este país mientras giraba con su grupo Radio Futura. El aquellos caminos solían encontrarse con la quema de rastrojos después de la cosecha que favorecían la aceleración del proceso de recuperación de la tierra. El fuego acababa con las pestilencias y las cenizas devolvían a la tierra los nutrientes, una técnica del neolítico, ese período en el que Del Molino asentó las bases para contar que ahora, en pleno siglo XXI, tenemos que construir una comunidad política que otorgue derechos y obligaciones mutuas, desde la plaza de cualquier pueblo hasta el sofá del salón de cualquier ciudad, o como cantaba Pepe Da Rosa, del cabo de Gata al de Finisterre.


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09 junio 2021

Presentación zaragozana de "Contra la España vacía"

 


El cierzo moderado hacía mucho más llevadero el mucho sol y la poca sombra en la terraza del Museo Pablo Serrano de Zaragoza, donde Sergio del Molino respondía las preguntas de Iguacel Elhombre en la presentación de su libro "Contra la España vacía"

Del Moino confiesa que para escribirlo ha tenido que regresar a su piel de ingenuo, esa ingenuidad aprendida que defiende Gomá y que consiste en mirar el mundo como si siempre fuera nuevo. La ingenuidad es una forma de escribir que Del Molino conoce bien porque en ese estado se construyó su libro “La España vacía”, por lo tanto, para él era muy importante recuperar cierto grado de ingenuidad, esa que ha perdido a lo largo de los cinco años que han pasado de un libro hasta el otro, y así evitar el peligroso desliz hacia la ironía. En este libro no hay doblez, Del Molino escribe lo que quiere decir y como decirlo.

La despoblación, más allá de todo el revuelo que causó “La España vacía” no dejaba de ser una coda literaria a un libro con pretensiones menores que alcanzó una preeminencia que el autor, desde luego, no esperaba. Ese es uno de los motivos que le han lanzado a escribir este nuevo libro, porque siente la necesidad de utilizar la despoblación como un rasgo que define España y que hasta ahora no formaba parte del discurso y por eso Del Molino quiere introducirlo en su nuevo libro, pero esta vez la despoblación, en lugar de formar parte de una coda a un ensayo de musculatura literaria, se transforma en un elemento político para ayudarnos a entender como esa comunidad política que se va desgajando ante nuestros ojos. Los ojos de los pijoprogres que no habíamos monitorizado ese problema hasta que el populismo de los nacionalistas españoles ha puesto en peligro las esencias de la democracia liberal, ese lugar donde no pasa nada, porque la democracia, recuerda Del Molino es un proyecto de discusión donde nadie puede imponer su visión al cien por cien y, por lo tanto, todo proyecto político está destinado al fracaso permanente. La democracia no va de llegar al lugar mítico que algunos prometen, porque la democracia es estar en el camino, sin embargo, esa deliciosa tranquilidad en el devenir también ha olvidado rituales establecidos de forma religiosa o partidaria hasta el punto que mucha gente se ha sentido huérfana sin mitos, ritos y símbolos. Un espacio ideal para, como recordaba Del Molino en un reportaje en El País, para reapropiarse de lo nacional mediante el patriotismo constitucional, ya saben y quizás sea el momento de volver a Habermas que teorizó sobre la idoneidad de basar el marco básico de convivencia en la razón antes que en los sentimientos de unas esencias presuntamente eternas.

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04 marzo 2017

Conferencia: La España Vacía



La Real Sociedad Económica Aragonesa de Amigos del País organiza un ciclo de charlas y conferencias en el Patio de la Infanta de Ibercaja bajo el título “Despoblación y desvertebración regional” El pasado 2 de marzo se celebró la jornada inaugural a cargo del escritor y periodista Sergio del Molino que, como autor del libro “La España vacía. Viaje por un país que nunca fue” ha construido un relato entre el ensayo y la road movie cuyo eje se sitúa, en el Gran Trauma, o en palabras de Antonio Muñoz Molina, “la migración tremenda que en muy pocos años dejó vacíos pueblos y campos para multiplicar la población de las grandes ciudades. Hijos de campesinos nacidos en barriadas de aluvión afirmaban una identidad desafiadora dejándose el pelo muy largo y abandonándose al éxtasis de los guitarreos del heavy metal. En la conciencia de los españoles que en los años ochenta abrazaban a toda prisa la modernidad había una sombra casi siempre inconfesada que era la de un origen en la España vacía, un pasado escindido entre la abjuración y la nostalgia, entre la arrogancia de una mundanidad demasiado reciente para ser sólida y la perduración de lealtades íntimas alimentadas por un sentimiento de culpa.”
Sergio del Molino comenzó la conferencia autodefiniéndose como un juntaletras asombrado por el éxito editorial de su último libro y que tal vez se explique en una sola oración: La España vacía explica la España ocupada. El autor se reconoce zaragozano y se extraña cuando le citan como un escritor madrileño afincado en Zaragoza, por eso le gusta que después de un año recorriendo España con su libro debajo del brazo, sea en Zaragoza donde se cierre el círculo, la culminación de un libro que ha causado un creciente impacto y que ha puesto en la palestra de la actualidad el concepto de una España vacía que, más allá de las necesidades materiales, veía como su discurso nunca era prioritario, y esa negación se vivía como un segundo, y quizás más doloroso abandono. Pero el reproche del abandono, recordó Del Molino, es viejo y se ha tocado con anterioridad, el cambio fundamental está relacionado con el centro urbano y la reacción de la España llena cuando sintió el aguijonazo de la responsabilidad por el abandono de una España vacía que la nutrió. Ese abandono se ha criado al calor de la mitología familiar hasta generar una catarsis para comprender que las ciudades son, en realidad, la España vacía.
La musculatura narrativa de Del Molino se ha ejercitado en la práctica del periodismo y tal vez por eso se confiesa un intruso en un terreno más cercano a la Geografía y la Historia, sin embargo afirma que las visiones desde la periferia aplicadas a un discurso establecido ofrecen una nueva frescura, en ese sentido recordó sus tiempos de alumno universitario en las clases de Filosofía del profesor Liria y como se sintió fuera de ámbito hasta que la calificación final de la asignatura fue de Matrícula de Honor, ante tamaña sorpresa preguntó al profesor y el filósofo le contestó que su mérito había sido salirse del discurso de carril para aportar una visión original y fresca; y es precisamente en el atrevimiento del neófito dónde Del Molino sitúa sus investigaciones en torno al fenómeno de la despoblación.
Cuando Del Molino trabajaba en la redacción del Heraldo de Aragón todos los días se encontraba con una enorme reproducción de la primera página del primer número de un periódico que recogía problemas de 1895 que, para sorpresa del periodista, todavía estaban presentes: Ferrocarril de Teruel, el paso de Canfranc y los regadíos. Cien años  para seguir anclados en el día de la marmota de un abandono por parte del Estado porque, con todo lo que ha cambiado la sociedad, es muy significativo que las preocupaciones sean prácticamente las mismas. Esta percepción coincidió con su interés en la búsqueda de historias tangenciales que no habían sido contadas, y en ese sentido el desierto que rodea Zaragoza es un semillero de gentes de las que nada se habla al menos hasta que una escopeta sale a la calle y regresa lo atávico para alimentar el rechazo y las  suspicacia. Del Molino confesó que, desde su trabajo de reportero, aplica una mirada exclusivamente personal a la despoblación que construye por comparación con viajes más allá de los Pirineos en los que era muy fácil comprobar que aquellos territorios estaban poblados por granjeros con la posibilidad de vender sus productos en mercados locales. Ese choque entre un campo vivo y la España despoblada de pueblos muertos dejaba de ser percepción sensorial cuando Del Molino apuntaló la percepción con una batería de datos que relacionan Francia y España a través del binomio de parecidos Kilómetros cuadrados y muchos menos habitantes en el territorio peninsular, que además están concentrados.
Del Molino lanzó una pregunta, ¿qué ocurre si miramos al país contando con esa dicotomía que, preocupando mucho, no se visibiliza ni en los medios ni en los parlamentos? El autor confiesa que, sin pretender analizar o responder a esa pregunta, su pretensión es cambiar la mirada sobre el país para ayudar a modificar la visión del mismo y, a partir de ahí, generar un debate que, por la experiencia que ha tenido en su larga gira de presentaciones, siempre termina con la misma pregunta ¿Cómo podemos solucionarlo? una interrogante que apunta a lo material pero también atisba lo sentimental.
El conferenciante admitió que él no puede dar soluciones pero su convicción es muy clara: La España vacía es irreversible. Su pensamiento parte del planteamiento global de que en occidente es evidente el declive de las áreas rurales mientras la mayoría de la población está buscando el hábitat de la ciudad pero, si somos capaces de admitir la imposibilidad de recuperación, tal vez podemos encontraremos un nuevo punto de vista. Un punto de vista muy diferente del expresado por Joan Clos (Exalcalde de Barcelona, exministro de Industria Comercio y Turismo, exembajador en Turquía y Azerbayán y que en la actualidad es Director Ejecutivo del Programa de Naciones Unidas para los Asentamientos Humanos) que en una entrevista de Manuel Jabois para la contraportada de El País y ante la pregunta de ¿por qué se vacía España? La respuesta fue: “Vivir aislado en pequeñísimas comunidades es caro. Si las quieres dotar de la misma calidad de servicios que tienes en la ciudad, el coste se encarece muchísimo. Sólo los países muy ricos vuelven a poder ser rurales. Suiza, Suecia. Estas sociedades, que están por encima de los 60.000 dólares per cápita, pueden plantearse vivir en comunidades de mil, dos mil o tres mil habitantes. Esto es carísimo en términos de provisión de servicios. Hay razones objetivas que explican por qué la población toma las decisiones que toma.”
Este discurso político, que para Del Molino muestra un escaso de tacto y sintetiza la negación de la identidad del otro, de este modo, el espacio de construcción se aleja de nosotros y se instala en el mito del paleto, del monstruo que vive en el campo y, aunque la sociedad ha cambiado, el mito pervive en el desprecio y por lo tanto sus problemas dejan de existir porque, aunque es cierto que la diversión con respecto al paleto es universal, en España se ha dramatizado gracias a que la diferencia entre los ámbitos rurales y urbanos es mucho mayor que en otros países. Por eso la primera tarea, continúa Del Molino, es cambiar tanto el discurso victimista de los políticos que no aporta un discurso alternativo más allá de las inversiones al desarrollo local de zonas despobladas cuyos logros, aunque evidentes, también son anecdóticos porque el resultado final es que se sigue perdiendo población en el ámbito rural de Aragón, las dos Castillas y Galicia.
En ese cambio de mirada, Del Molino propone dos ejemplos que se están desarrollando en Canadá y Gran Bretaña. En el país norteamericano se trata del Rural Lens, un programa estatal que obliga a que cualquier proyecto incluya una óptica rural que lo involucre. En el caso británico el Rural Pathfinders promueve unos planes de desarrollo conformados por la cooperación público-privada con una proyección de veinte años vista y enfocados para cubrir las necesidades locales a través de microindustrias. Lo interesante de estas propuestas es que abren un camino original en el intento de contener la sangría de habitantes, que la población rural no se sienta de segunda categoría para vertebrar un país más allá del supuesto maná del turismo rural que al final no ha sido para tanto. En este sentido el autor está muy contento porque su libro La España Vacía ha producido un cambio de chip en algunos ámbitos y, en fin, quien sabe si en el futuro…

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28 mayo 2012

Extra_Tardes de Blog con Sergio del Molino

Sergio del Molino publicó en su blog las diez preguntas que todo periodista debería hacerle a un escritor. En este video prueba su propia medicina y alguna delicatessen

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11 mayo 2012

Zaragoza es Alemania y Argentina

La ciudad del cierzo se vistió de estreno con este calor que nadie sabe de dónde vino. En mi agenda tenía apuntados dos eventos imprescindibles pero lo que no sabía era que, por esa magia de la casualidad, un disco de pizarra uniría algo aparentemente tan distante como unos alemanes de 1916 y un espectáculo de tango.

Sergio del Molino y Beatriz Lucea cortaron la cinta de la exposición “La pequeña Alemania de Zaragoza” en el Centro de Historias. El Teatro del Mercado, a ritmo de tango, dejó un pedacito de Buenos Aires a la orilla del Ebro 

 

Sergio del Molino publicó en el 2009 un libro a modo de reportaje periodístico titulado “Soldados en el jardín de la paz” Ese es el origen de la exposición que el Centro de Historias acoge en su cripta. El recorrido museográfico diseñado por Beatriz Lucea recoge textos del autor, fotografías y diferentes objetos para contarnos la peripecia de cómo un puñado de ciudadanos alemanes procedentes de la colonia germana del Camerún, y en medio de la Primera Guerra Mundial, terminaron en Zaragoza.

El acto de inauguración, tras unas breves palabras del director del museo y de Beatriz Lucea, continuó con la voz de Sergio del Molino que a modo de cicerone guió a los presentes por las diferentes secciones que componen la exposición. El viaje transcurrió desde la vida cotidiana en África, la peripecia del viaje y el asentamiento de los alemanes en la ciudad. Hasta las repercusiones que provocaron entre una población provinciana de principios del siglo XX, la alegría de la primera escuela infantil, la creación de un incipiente tejido industrial, la esvástica ondeada por el cierzo y el cementerio alemán de Zaragoza. El recorrido de la exposición tiene su propia banda sonora. Un disco de pizarra de los años treinta pone melodía de tango a una canción escrita en alemán y compuesta bajo los exóticos efluvios de alguna ensoñación capaz de describir a esta ciudad entre jazmines y aromas nazaríes.

El tango. El tango nos esperaba en el Teatro del Mercado. “Me lo cantó Buenos Aíres” es un espectáculo que cuenta la historia de este cantar que nació baile al calor portuario de burdeles y tabernas, camino de inmigrantes y hombres que bailan con hombres y una cárcel. La cárcel donde nació el lunfardo para camuflar el lenguaje y gambetear entre milongas barriobajeras y minas de arrabal. El devenir del tango fue algunas veces reivindicación social y radiografía, y siempre sirvió de sustrato para todas las ausencias que son arqueología del desamor.

“Me lo cantó Buenos Aires” baila largo y profundo con los pasos de Martín Urrutia, recorre las notas de Discépolo, Piazzolla y Gardel en el piano, la excelente dirección musical y la voz de Miguel Ángel Remiro que, al frente de un trío de cuerdas como si Riquelme, Francés y Escolano fuera la delantera albiceleste que cambió calzonas, zamarra y dos estrellas sobre el escudo por la viola, el violín y un contrabajo. Marcela Alba puso su figura al compás sinuoso del baile y su voz, esa sabiduría de saber estar al mismo tiempo bajo los focos y entre el público. La actriz personificó a la musa del tango y formó un quilombo del carajo con su pelo corto, unas piernas interminables y esa deliciosa sonrisa que todo lo llena de luz. A Marcela la quiero por excesiva, por la pasión de su rostro al bailar, que unas veces es mueca y otras tentación, por esos ojazos que miran a lo grande y, basta de boludeces, porque me hizo reír y acarició mi nariz.

La elegante presencia escénica de Patricia Badian delató su piel de actriz para con un texto que, entre lo histórico y lo académico, siempre terminaba en poesía o copa de vino. Barrica de roble para su voz de nostalgia, voz del sur, voz de tango que traspasa el universo y te llega al corazón. Esta señora canta con empaque. Diversa y ajustada en cada expresión va directa a los sentimientos y es capaz de proyectar intensidad, ternura o cualquier jeroglífico sentimental que, acostado entre sus brazos se mece, alimenta y crece como si fuera un bebé.

Es inevitable que, para quienes todavía no conozcan a esta artista, recuerde en unas breves pinceladas los valores musicales que Patricia Badian atesora en sus dos cuerdas vocales a las que yo he oído vestidas de largo en la coral Enchiriadis, de Almagato con tambor y folclore, disfrazadas de María Walsh junto a Hernán Filippini o enloquecidas por el ritmo de cuando las Dadettes dan cuerpo y alma a ese combo rocksoulfunkyfestivo llamado Dadá. Y me ha dicho un pajarito que todavía no he descubierto la tesitura lírica de su voz.

“Me lo cantó Buenos Aires” es un espectáculo para quienes alguna vez amaron y para los que no olvidan el sabor del desamor. La prueba empírica de que la pedagogía del tango es danza, canto y poesía. Un recorrido por la vida a bordo de un lenguaje universal que, aunque nació arrabalero y con espíritu argentino, fue capaz de traspasar fronteras y asentarse en lo más profundo del alma.

“Me lo cantó Buenos Aires” es un espectáculo de Tango.

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09 mayo 2012

Sergio del Molino en Tardes de Blog


Primera Parte
Segunda Parte

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07 mayo 2012

Anuncio_Sergio del Molino en Tardes de Blog

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27 marzo 2012

“No habrá más enemigo”, una novela de Sergio del Molino

Sergio del Molino (Madrid 1979) recorre la senda de la literatura como un futbolista de la cantera. Escritor de vocación estudió periodismo por estrategia. Afianzó el pulso de su escritura en el papel prensa a base de artículos, crónicas y reportajes. Aunque su primer libro (Malas influencias) era una colección de relatos, sus dos siguientes publicaciones tenían mucho que ver con el periodismo. Soldados en el jardín de la paz abordaba el reportaje de investigación y El restaurante favorito de Nina Hagen contenía una selección de artículos. No habrá más enemigo es su primera novela. Un debut que alegra a la afición y confirma que el trabajo en cantera del periodismo da sus frutos.
No habrá más enemigo es un libro vinculado a la experiencia de Sergio del Molino como padre. Fue concebido cuando el autor ni siquiera soñaba con la paternidad. Creció con el nacimiento y enfermedad de su hijo y ha visto la luz con la dedicatoria “In Memoriam” para Pablo. De esta manera, el autor y sus personajes, como Dorothy, se despiertan de súbito a este lado del espejo, lejos del país de Oz, un lugar dónde no existe la palabra que define a los padres que han perdido a los hijos.
“Los personajes de las novelas y de las películas avanzan sobre rieles que el narrador ha colocado con precisión de ingeniero, pero en la vida rodamos sobre una superficie que solo a ratos distinguimos entre la bruma”
Sergio del Molino ha escrito una novela sobre las relaciones entre padres e hijos, desde la perspectiva de los hijos y ese inquietante deseo de matar al padre. Pero la muerte de su hijo tal vez llevó al autor hasta otras maneras de contemplar la paternidad: La de otros padres que perdieron a sus descendientes en la incomprensible estoicidad del general Moscardó y Guzmán el Bueno, o en giro inesperado del destino, amarrar el deseo de eliminar al resto de los padres para afianzar la propia paternidad.
Los personajes de esta novela viven atrapados entre la realidad de un chalet adosado, un apetito sexual desordenado y un juego de mesa incapaz de vencer ni una vida anodina, ni al desasosiego insoportable de “no saber qué divide el antes y el después, por qué las cosas se desgastan y pierden sabor y dejan de importar”
La estructura formal de No habrá más enemigo  tiene la virtud de dosificar la intensidad de la narración. En el final de cada uno de los tres capítulos se alcanza una cima argumental hasta llegar a la resolución final con espíritu de road movie, aroma David Lynch y trama policíaca.
No habrá más enemigo confirma una manera diferente y personal de escribir, marcada por el oficio de mezclar con precisión diferentes estilos que van desde la narración casi pornográfica de “pezones achocolatados” hasta la disección sociológica de unos tiempos en los que no era lo mismo llevar bajo el brazo un ejemplar de El País o de Diario 16. El autor coloca a sus personajes en unos escenarios sugerentes y delimitados entre la indefinición de ciudades subterráneas, aéreas, siete tonalidades de azul y los márgenes de la desolación dibujados con  sangre coagulada y fuego de dragones verdes. Geografías que los lectores de Sergio del Molino ya hemos transitado en sus anteriores trabajos. Pasos emocionales de un Madrid de kilómetro cero, descampados de cierzo o el cementerio alemán de Zaragoza. La novela se mueve entre la acción del thriller, y esa exquisita querencia hacia el texto culturalista que bebe anís en las mesas lisboetas de A Brasileira mientras Bob Dylan nos avisa del peligro de nuestros actos, o el devenir de unos hijos con nombres de revolucionarios rusos que cambiaron el mono por la camisa.
 No habrá más enemigo es una novela tejida por el hilo del dolor en la que encontraras intriga, sexo, violencia y unos personajes enfrentados al espejo que separa la realidad del miedo a reconocer que “todos podemos hacer daño, de que el mal no está fuera de nosotros”

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27 enero 2012

Sergio del Molino y Luís Alegre achican espacios en el Forum de la FNAC

El binomio era muy interesante. El periodista y escritor Sergio del Molino se encargaría de las respuestas. El polifacético y siempre brillante Luís Alegre de las preguntas. El toma y daca tendría lugar sobre las páginas de El restaurante favorito de Nina Hagen, el último libro de del Molino. Sin embargo, el motivo de mi presencia era musical. Fui con la esperanza de escuchar a Luís Alegre cantar en directo una de esas coplas que entona los fines de semana en el radiofónico “A vivir Aragón” de Miguel Mena.
Luís Alegre confesó que le gusta participar en presentaciones de libros y otros saraos de parecida calaña porque es una buena manera de ver y tocar a la gente. Evocó su relación personal con Felix Romeo y como fue él quien lo puso en la pista de Sergio del Molino. Un periodista, recordó las palabras del escritor recientemente fallecido, con gran talento literario y una manera personal de ver las cosas. Alegre añadió que la narración de su invitado a lo largo del libro era versátil, estimulante, variada y mestiza. Un amplio abanico sobre las inquietudes personales del autor. A continuación desestimó poner al autor en el brete de confesar la trastienda de sus artículos, las claves internas y preguntó por los motivos que le llevaron a elegir como título El restaurante favorito de Nina Hagen.
Sergio del Molino no es fan de Nina Hagen. Sin embargo le gusta el carácter reciclador de la cultura pop alemana y este libro contiene textos reciclados que ya tuvieron otras vidas. El autor se mostró muy contento con la portada. Un sofá desaliñado, de pereza outsider¸ que le recordaba los tiempos madrileños de cuando amueblaba su piso con la basura recogida durante las noches de borrachera.
Luís Alegre definió la escritura de su compañero de charla como antiarrogante. Muy alejada del escritor, incluso con talento, que mira por encima del hombro a sus lectores. Es una actitud militante afirmó del Molino, que también hizo referencia al día que Felix Romeo le dijo que muchos de los jóvenes autores escribían con frac de literatura encorsetada. Y como de aquel comentario extrajo un consejo que es una de las máximas del escritor Rafael Reig: La literatura es un terreno para tipos que escriben y leen en pijama. Una actitud mucho más comunicativa, cómoda y productiva.
El libro, sugirió Alegre, es un catalogo personal de lugares y personajes. Eso, afirmó del Molino, es una expiación literaria para conseguir que lo personal sea más visible e importante. Quitarse pudores y llegar con la verdad al corazón del lector. Para eso, apostilló Alegre, nada tan efectivo como la sinceridad. Las hojas de este libro certifican que Sergio del Molino cuenta lo que se le pasa por la cabeza y lo hace sin artificios de estructura literaria. Procuro ser sincero y honesto, contestó el periodista. La honestidad es un factor muy importante y subrayó que, si en sus lecturas buscaba la voz del autor, cuando escribía debería dejar algo de su sufrimiento porque, aunque haya invención, mi voz está ahí.
Luís Alegre recordó que el libro tiene un aire de nostalgia y melancolía que se resume en la interesante relación del autor con el pasado. Soy antinostálgico, replicó del Molino, y lucho para seguir siéndolo aunque el recuerdo me toque como a todo el mundo. En España, aseveró, se explota obscenamente la nostalgia y, aunque también tengo pasado y algunas heridas que no se pueden ignorar, intento teñirlas de ironía y distancia.
La charla se alejó momentáneamente de lo personal para reflexionar sobre el periodismo. Un oficio, confesó del Molino, en el que me siento arrebatado y al que llegué por una simple cuestión monetaria, al fin y al cabo me pagaban por escribir. Pero un buen día, aquella profesión que se transmitía de generación en generación, dejó de ser lo que era y, tras sentirse desplazado, abandoné las redacciones que ya no me permitían hacer mi trabajo como lo hicieron otros reporteros. De esas fuentes bebió del Molino y perfumó sus trabajos periodísticos del aroma de la literatura ( y seguramente también a la inversa). Terrenos fronterizos donde es imprescindible desdoblar la personalidad. Por un lado el ciudadano con DNI y obligaciones fiscales y al lado el otro Sergio del Molino, el que transpira en las páginas de sus libros, eso sí, ambos son corpóreos.
El factor familiar regresó a la charla con la abuela Currita, una niña divertida e inteligente que siempre te llevaba al huerto, y un proyecto literario dónde el viaje venezolano de la familia de del Molino se mezclará con esas historias de mesa camilla que se cuentan de generación en generación.
Sergio del Molino confesó que se lo pasaba pipa con el gozo de la literatura pese a la rudeza de algunos de sus textos. Tan solo se mostró un poco desdeñoso con esas rutinas añadidas al “mundillo” y que van desde cócteles majestuosos a cargo de las grandes editoriales hasta presentación como la que allí tenía lugar. Desde el público reímos la ironía. Era evidente que todos los presentes la estábamos gozando así que la siguiente pregunta fue sobre el sexo. Y ahí, en ese terreno tan resbaladizo, Sergio del Molino recordó que en las novelas, cuando el sexo es protagonista, llegan las frases hechas y otras sutilezas que nos alejan del mundo de las sensaciones. Si toca follar, enfatizó, hay que transmitir esa sensación. Si me cuentan un polvo quiero ponerme cachondo. Era el momento propicio para anunciar que su próxima novela, que se publicará en el mes de marzo, tendrá un alto contenido pornográfico y nada de sensualidad o sugerencia. Las escenas de sexo están narradas con luz cenital, cámara de alta definición y plano fijo.
La charla aún continúo pero caí en la tentación y abandoné tan interesante foro. Uno de los clásicos futboleros me esperaba catódico al otro lado de la ciudad.

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28 diciembre 2011

“El restaurante favorito de Nina Hagen” de Sergio del Molino

Sergio del Molino nació en el Foro en 1979. Desconozco cuando llegó a Zaragoza y al periódico el Heraldo de Aragón. Sin embargo no he olvidado los comienzos de su columna dominical “La ciudad pixelada”, un espacio dónde se dedicaba a glosar la fauna bloguera de Zeta. Les confesaré que cada semana husmeaba aquellas líneas en busca de alguna referencia a esta bitácora.

Sergio del Molino se graduó en el oficio de escritor publicado con el libro de relatos “Malas influencias” (Tropo Ediciones), un volumen de supervivientes, de literatura impregnada por las frustraciones de la realidad y de historias construidas sobre la delgada línea que separa lo correcto de las malas influencias. Su segundo libro, “Soldados en el jardín de la paz” (Prames), navega entre el ensayo, el reportaje y la investigación periodística sobre los sentimientos de los que, lejos de la patria, intentan mantener su identidad en el extranjero.

“El restaurante favorito de Nina Hagen” (Anorak Ediciones 2011) es su tercer libro y se mantiene en el ámbito del periodismo. Las piezas que lo conforman, aunque tienen su origen en el blog personal del autor y en las páginas del Heraldo de Aragón, han sufrido una importante labor de reescritura. El autor confesó durante la presentación del libro que la propuesta de publicar estos artículos vino de la mano del editor. Una idea que le sirvió para recopilar, editar y asimilar todo lo aprendido tras cinco años de juntar letras. También subrayó algunos de los pilares sobre los que desea construir su obra literaria: Escribir de manera compulsiva, evitar toda solemnidad y acercar la literatura hacía terrenos desaliñados y hogareños, una estrategia para ahondar en la relación entre lector y escritor.

Sergio del Molino vino al barrio de Las Fuentes para celebrar el día de las Librerías 2011. Junto a la mesa redonda de El Pequeño Teatro de los Libros leyó un par de fragmentos de “El restaurante favorito de Nina Hagen”. Cuando terminó me atreví a preguntarle cuales eran los motivos para utilizar un título tan punk. El autor, supongo que bien adiestrado por el editor, me contestó que la respuesta se hallaba entre las páginas del libro. Así que, para colmar mi curiosidad, me compré un ejemplar y lo leí.

“El restaurante favorito de Nina Hagen” comienza con un prólogo que nadie debería saltarse. Una nutritiva reflexión sobre la evolución del periodismo en España y la transición de las rancias redacciones de nicotina y “lingotazos a media tarde para darle chispa a los textos” hasta las actuales, tan asépticas y llenas de “veinteañeros donde se habla en lenguaje tecnocrático” Un grito para reclamar periódicos con más “sustancia narrativa”.

Los artículos de este libro contienen la esencia del estilo de escritura Made in Sergio del Molino y que se resume en tomar un acontecimiento - algunas veces cotidiano (“Ojos verdes”) y otras no tanto (“Las historias de Hopper”) – y exponerlo bajo tres premisas: La primera es la dualidad en el lenguaje, que en la misma página puede ser coloquial (“follar, polla, teta, mamada, corrida”) o con una vocación más elevada (“Están narrados sin elipsis ni acelerones, pero tampoco con el detallismo taxonómico y aburrido del porno”) La segunda es su capacidad para trufar los textos de datos, situaciones y acontecimientos de sabrosura cultural (“Administrativamente desnudo, económicamente insolvente, como un vagabundo de Brecht”). La tercera es un humor al acecho (“y me he acordado de la casa de Bernardette en Lourdes, el lugar más espantoso del mundo después del autoservicio para autobuses de Esteras de Medinaceli”), que algunas veces deriva en comentarios ácidos (“He cometido el error de comprar la revista más moderna de los modernos, y no tengo humor para desestructurarme ni para valorar discursos narrativos no lineales”)

Sergio del Molino combina esos tres elementos en diferentes proporciones y construye artículos que nos llevan al Mediterráneo y a diversas capitales europeas o norteamericanas, pero también a taxis, oscuras líneas de metro y museos. Notas de viaje que terminan por mostrarnos aspectos familiares de las fotos de su abuelo, o una abuela intrigante y cainita. Sergio del Molino es un vendaval de palabras que te empapan. Pero no se confundan. Sus palabras nada tienen que ver con la palabrería de mercadillo o las engoladas actitudes culturales que muestran un falso cielo enladrillado que solo ellos parecen capaces de desenladrillar. Las palabras de este libro tienen sabor a barra de bar, a ese amigo soñado que, sin sonajeros ni falsas modestias, te cuenta como ve las cosas que pasan a la vuelta de la esquina o en la RDA. Tan sólo tienes que dejarte llevar por un mundo jalonado de libros, películas y la teoría de la literatura de pijama (“Quizá lo más doloroso y lo más recomendable sea asumir lo que dice Rafael Reig en Literatura para caníbales: la literatura no es más que un señor en pijama que escribe en una casa para que le lea otro señor en pijama en otra casa. Nada más, ni nada menos. Lo demás es coctelería y tramoya”) Porque la meta literatura es otra de las líneas que explora el autor preocupado por el devenir del oficio de contar historias: “Jamás escribiré nada que valga la pena si no/…/ encaro mi propia historia sin pudor. No sé si me atreveré algún día”

Y, mientras espero en pijama a que en el siguiente libro el autor se decida a dar ese salto por encima del pudor, me quedo con estas historias que, atendiendo a los deseos de su autor, están alejadas de la solemnidad y nacen con vocación hogareña. Unos artículos con el peso ideal, la adjetivación justa y necesaria, exentos de retórica y muy alejados del touch pretencioso al que tan fácil es estrellarse desde la tribuna de la opinión.

“El restaurante favorito de Nina Hagen”, como afirma Sergio del Molino, es el testimonio de una pasión juvenil, íntima y absolutamente intransferible de ser un cronista.


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26 agosto 2009

Malas Influencias (Video Texto)

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24 agosto 2009

Malas Influencias


Hice la pregunta con el tono de lo rutinario, sin embargo, la cara de mi amiga cambió por completo. Pensé que había metido la pata. Busqué una solución rápida para sacarla. No hizo falta. Mi amiga lloraba lágrimas diminutas. Una muesca en la valla pétrea de su personalidad. Siempre admiré su capacidad de estar ahí, de no esconderse, de dar la cara, pase lo que pase hacia delante, con pundonor, sin falsedades, con los latidos desbocados del corazón, ahí lo tienes, si te gusta lo coges, si no, aire. Amor para los suyos y a los alcahuetes que les den.
No estaba preparado para ser testigo de un gesto que la engrandece hasta lo estratosférico: La flaqueza de una madre, el runrún de la autoinculpación que no deja dormir, las preguntas mil veces repetidas, la búsqueda enfermiza del lugar donde se produjo el error, la decisión equivocada. Una ruta que es imposible dibujar porque… ¿Cómo explicarle que son las propias decisiones las que marcan el rumbo? Cada uno de nosotros es el principal responsable de la dirección que toman nuestras vidas, es cierto que hay miles de condicionantes y uno de ellos son las malas compañías, pero esas piedras en el camino no justifican todos nuestros errores.
Han pasado unos días desde esa conversación y me siento fatal. Recuerdo mi voz impostada, repartiendo soluciones con la solvencia de quien ha leído los consejos couche que publican los suplementos dominicales, ¿qué coño se yo del sufrimiento ante los despropósitos de un hijo? Menuda estupidez la de cantar los lugares comunes del “tú has hecho todo lo que has podido, lo peor es autoinculparte, racionaliza la situación porque si no caerás en sus fauces, no acapares toda la responsabilidad” Y ella, con la dignidad circulando por la venas, sufría. El dolor fue efímero a mis ojos. Mi amiga cerró el pequeño agujero por el que se escapaba sus preocupaciones y a otra cosa mariposa.
Me caí del guindo cuando llegué a casa después de una hora de conducción: Mi amiga no necesitaba sabiduría pret â porte ni psicología de baratillo, si quería ayudarla sólo tenía que darle un abrazo, el contacto osmótico y silencioso que hubiese permitido un traspaso masivo del todo el cariño que ella necesita en estos momentos donde la vida, y no es la primera vez, la pone a prueba.
Entonces recordé que aún tenía en la lista de espera el libro de Sergio del Molino titulado “Malas influencias”. Me abalancé sobre él con la esperanza de encontrar ejemplos para enseñarle a mi amiga, argumentos sólidos para defender que las compañías de dudoso gusto nos afectan a casi todos en mayor o menor medida. Ya ven mi capacidad mental… estaba a punto de reincidir en el error de buscar en los libros las respuestas que sólo se alojan en el corazón.
Comencé la lectura por los tres relatos que contenían en su título la expresión “Malas influencias”. Una poeta planifica su suicidio en la página 43. Recordé la entrevista que Miguel Mena hizo al autor en Radio Zaragoza durante la fase de promoción del libro. En aquella entrevista quedó claro que la protagonista de la historia se había suicidado metiendo la cabeza en el horno, una opción que entonces me pareció un exceso gastronómico y que ahora, tras leer la historia, no me lo parece tanto.
Salté hasta la página 81 para aterrizar en la Calle Velarde (otra mala influencia). Me costó mucho comenzar este capítulo donde se cuenta la historia de una vieja gloria de las letras que nunca estribó una línea. Encontrarme a Velarde solito, aunque sea bajo la gloria de una calle, me produjo desasosiego. El héroe de la resistencia contra la invasión francesa siempre ha estado acompañado en mi memoria musical por Daoiz y la marcialidad del himno de artillería.
Más malas influencias en la página 107. Un loquero escocés que los finos llaman psiquiatra sale de la cárcel, una condena porque no le gusta recetar pastillas mientras apura la botella de Jack Daniel´s
A partir de entonces lecturas a salto de mata por diversos de lugares, multitud de personajes y todo tipo de longitudes en los relatos, una variedad que se unifica bajo la pulsión fresca que contiene la escritura de Sergio del Molino, un periodista bregado en la crónica que sabe medir los tiempos y los ritmos de las historias, acostumbrado a pulir el material para que todo lo expuesto sea comestible, demuestra que las distancias cortas no tienen secretos para su pulso narrativo.
Sylvia Plath, el último bohemio, el Doctor Chase, una guerra que, como todas las guerras, esta poblada de héroes y traidores — como si existiera diferencia entre ambas categorías — , la eclosión de la masturbación y la mirada de un niño hipnotizado por las putas más feas de la ciudad son algunos de los protagonistas de “Malas influencias”, un libro poblado de supervivientes, literatura impregnada de la realidad y sus frustraciones, una colección de historias construidas sobre la delgada línea que separa la normalidad de lo correcto y el incomprensible ascendiente de las malas influencias.

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