La curvatura de la córnea

12 abril 2023

Memoria histórica y recuerdo familiar


 

Rosa Ruíz Cebollero presentó su última obra de teatro el pasado 22 de marzo en la librería La Pantera Rossa de Zaragoza. La autora de 'Nicolás' confesó que el texto es el resultado de cuatro años de introspección en busca de una voz personal que le permitiera abordar una temática familiar por la que discurren sentimientos contradictorios y, aunque valoró abordarlo desde la novela, el conflicto como parte central de la trama le llevó definitivamente por el camino del teatro.

La primera pista que nos da la autora sobre la categoría del conflicto la encontramos en una cita de 'Niebla'. En la novela de Unamuno nos encontramos un hombre individual que al mismo tiempo es universal, un hombre de carne y hueso situado más allá de clases y posiciones sociales, o como dice Lucíano G. Egido, un hombre azotado por las dificultades de ver claro en la vida. ESA niebla de la que se desea salir para vivir. Además de este aspecto filosófico, la obra de Unamuno tiene una relación formal directa con el texto de Ruíz Cebollero: El personaje se presente ante el autor para protestar por su destino y exigirle la concesión de un pago. En este caso, el abuelo Nicolás exige a su nieto el escritor que escriba el relato de su vida.

El Nicolás de Ruíz Cebollero se presenta como un hombre mucho más joven que su nieto. Un abuelo de 47 años frente a un hombre con 65 recién cumplidos. Esa diferencia de edad marca definitivamente el conflicto esencial que los separa: La manera vital en la que ambos se enfrentan a la vida. Mientras el abuelo muerto y ejecutado todavía mantiene la energía juvenil de quien lucha por sus sueños y piensa que la supervivencia es el reto de la vida. El escritor, Desde una madurez teñida por las dudas, tan solo aspira a ahuyentar la soledad y paliar los fallos que tuvo con los que tanto amó.

Una vez planteado el conflicto principal toda la conversación es un catálogo que repasa dos maneras de ver la vida. El abuelo defiende una escritura que busque la verdad frente al miedo de quien se esconde en la comedia aunque sabe que la mentira reina por todos los lados. El escritor está varado en la necesidad de reflexionar y analizar, mientras el abuelo le apremia a tomar decisiones para que nuevos rayos de luz entren en la caja que guarda sus secretos. Un abuelo que lucha y supera los obstáculos frente a su nieto que agacha la cabeza. La realidad palpable en la que se mueve el abuelo, mientras al otro lado el nieto se escabulle en la retórica.

Estos debates generan un ambiente y un espacio donde confluye la historia familiar y así, la discusión de antagonistas se convierte en un engranaje para sincronizar dos visiones diferentes que completan el relato hasta obtener una panorámica más real de los hechos. Esa es la comunión que da sentido a la obra. Escuchar las historias del pasado alcanzan su plenitud si nos ayudan a colorear el dibujo del presente y viceversa, que una mirada actual sobre los hechos pretéritos tenga capacidad crítica para comprender su complejidad. Ruíz Cebollero demuestra que la escritura es una buena forma de acercarse al otro, un ejercicio de memoria histórica teñido de una mirada humanista y, aunque es consciente de que cualquier acción tiene una posición política, su texto huye de la polaridad ideológica con respecto al uso de la violencia.

Dos consideraciones en cuanto a aspectos formales. La estructura en cuatro actos resta fuerza dramática a un texto que pide continuidad, que el tiempo real coincida con el tiempo de representación, como una cuenta atrás que precipite la acción y que la experiencia del espectador conecte directamente con los relatos del abuelo y del nieto, dejar en segundo término el objetivo de plasmar las palabras en un libro, y que el centro de la trama pivote en los relatos de vida para conectarlos con la visión del mundo que cierra el texto y de la hablaré más adelante. La intervención de la autora a la hora de marcar el ritmo de los parlamentos es muy destacable con la inserción de abundantes acotaciones que indican pausa y silencio. Esta técnica puede tener dos objetivos, detener el discurso para enfatizar
el mensaje o, como yo lo he sentido en el caso de Ruíz Caballero, para imprimir al texto una intención rítmica a modo de partitura musical.

Juan Mayorga le preguntó a un actor sobre la diferencia entre 'Silencio' y 'Pausa' El actor guardó un largo silencio y contestó que para 'Silencio' contaba mentalmente hasta tres; pero cuando leía 'Pausa', contaba hasta cinco. Los silencios de esta obre tienen un importante peso específico que, en una futura representación, incluso podría cambiar el tono de la obra en función de la manera de ejecución de esas acotaciones: Si se atiende con precisión a lo escrito quizás la sitúen en el terreno más pausado de la reflexión, una manera de alejarla de una representación más realista que abonara la idea de una conversación cualquiera, en la que los silencios recaen en la libre interpretación del actor y del director de escena. Esta tensión, afirma Mayorga, entre el silencio y la voz, basta para contradecir a quien reduzca el teatro a su literatura.

Ruíz Cebollero sustenta el inicio del texto sobre una pregunta esencial que, en boca del abuelo, en realidad es una cuestión que la autora se pregunta a si misma "¿por qué sigues escribiendo?" La respuesta tiene un notable carga de pesimismo: "Cada día la vida me regala un argumento nuevo. Estoy harto de ver como la mentira reina por todos los lados y la verdad mendiga por los rincones" El final de la función es un monólogo que conecta y confirma esa en el que la percepción existencial alcanza unas cotas elevadas de desilusión: "Los nuevos hombres y mujeres nos verán como bárbaros que se quedaron en un rincón de la historia"

La presentación del libro tuvo un momento delicioso cuando los actores Luís Felipe Alegre y Antonio Magén tomaron el libro entre sus manos para hacer una lectura dramática del inicio de la obra. Era la mejor manera de dejar constancia de la fuerza dramática de esta obra que la autora dedica a su abuelo Nicolás.



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09 noviembre 2021

Un viaje a la violencia en la Europa del siglo XX de la mano de Julián Casanova

 

Ilustración: Ainhoa Feria Royo (también conocida por Caos)


La relación entre violencia y política constituye un debate historiográfico que todavía está por dilucidar y, mientras la tesis de Piker defiende que el declive de la violencia está ligado a la modernidad, otros autores defienden un progresivo aumento de la violencia. El libro de Julián Casanova “Una violencia indómita. El siglo XX europeo” se instala de lleno en medio de este debate en torno a la violencia política en el continente europeo durante el siglo XX y aporta varios aspectos novedosos:

Discute la cronología tradicional de Hobsbawn de un siglo XX corto definido desde en comienzo de la Primera Guerra Mundial en 1914 hasta la desaparición de la URSS en 1991, para subdividirlo en un tríptico: las catástrofes 1914-1945, edad de oro 1945-1975 y crisis 1975-1991. Casanova rompe este esquema temporal ampliando tanto por el comienzo del que lo lleva hasta las tensiones propias del mundo imperialista y colonial, como por el final dando gran importancia a la extensión del siglo hasta abarcar las guerras que marcaron Yugoslavia en los años noventa. De esta manera modifica el relato construido por el eje franco británico que defiende una primera mitad de siglo violento y una segunda pacífica.

Introduce las referencias históricas de la Europa del Este y del Sur porque se escapan del estándar europeo occidental porque su objetivo. Casanova afirma en la introducción que el objetivo es mostrar una historia múltiple que huya del relato único que ha prevalecido. La esencia de su trabajo consiste en la comparación de un contexto transnacional para mostrar los matices y las diferencias entre los conflictos que, sin embargo, también mantienen similitudes en asuntos como “la ideología de raza y de la nación”, las crisis que generan guerras y revoluciones, y los proyectos de “utopías totalizadoras”.

Aplica una visión de género que traslada la figura de las mujeres al primer plano de las víctimas de la violencia.

La estructura formal del libro es impecable gracias a la redacción de unos capítulos prácticamente idénticos en su extensión que vuelven a mostrar a un autor con musculatura narrativa, capacidad de síntesis y una gran habilidad para destilar lo esencial de una enorme cantidad de bibliografía, quizás podría destacar la preocupación del autor por poner el énfasis del desarrollo histórico en las personas que toman las decisiones, antes que a las estructuras políticas y sociales, sin embargo, en el paseo al que les invitó voy a omitir la gran mayoría de los nombres propios. Va a ser un viaje guiado por las palabras del autor, y lo hago con la pretensión de abrirte el apetito, para que bucees  en todos los detalles que el libro de Casanova te ofrece. El viaje terminará con una coda a modo de reflexión filosófica en torno a la violencia de la mano de Hannah Arendt.

Y no olvides lo fundamental: La violencia es la protagonista que nos va a guiar a lo largo de este viaje a la historia de la Europa del Siglo XX.

1 Primeras tensiones

El continente europeo finales del siglo XIX se encuentra en un momento de tensión porque el mundo que provenía del imperialismo está en fase de desaparición de privilegios, lujo y poder cuando las colonias fueron el banco de prueba para una violencia que hizo un viaje de ida y vuelta y desembarcó en la Europa de 1914 donde afloró el nacionalismo étnico racista, el colonialismo y los conflictos de clase de mano de la revolución bolchevique y la crisis del capitalismo.

El siglo XX para las potencias europeas, con la excepción de Francia, comenzó con la monarquía instalada en el poder y, aunque el republicanismo era un movimiento considerado radical, marginal y revolucionario, las ideas de la revolución francesa en cuanto al declive y la decadencia de la nobleza y la aristocracia eran incuestionable en un tiempo en el que clase y rango venían marcados por el vestido y la forma de hablar, un tiempo en el que emergía una sociedad de masas donde los sindicatos y los partidos atraían a las clases trabajadoras para organizar huelgas y disturbios en los que exigían que no se les excluyera del sistema político.

La clase trabajadora era un nuevo actor político y reivindicaba su espacio político con la intención de reformar el sistema liberal capitalista. El terrorismo también apareció en escena con la idea del “asesino virtuoso” que tenía como objetivo gobernadores, políticos y miembros de la policía en busca de una ética de sacrifico que evitara sangre inocente.

La violencia no fue un rasgo distintivo en el nacimiento del anarquismo que, sin embargo, sufrió una mutación en sus intenciones iniciales cuando la tendencia violenta se impuso como un fenómeno internacional mediante atentados por venganza o represalias contra el poder torturador que condenaba a muerte a personas que nada tenían que ver con los asesinatos. El terrorismo de principio de siglo dejó miles de muertos y la represión, además de luchar contra esa violencia, derivó en violencia criminal financiada con robo en bancos y trenes.

“Ciudad de las bombas” fue el sobrenombre que recayó sobre la Barcelona de principios del siglo XX cuando un terrorismo turbio e indiscriminado que, carecía de objetivos políticos, avivó la inquietud y los disturbios, de manera que el anarquismo quedó asociado a la figura siniestra de un hombre de capa negra de bomba, daga y revolver.

La violencia terrorista contra el Estado aumento el poder del Estado que concentró y reforzó el monopolio de la violencia en casi todos los países creando nuevas fuerzas de policía y el reclutamiento para el ejército.

Cuando la clandestinidad anarquista de la violencia se esfumó, se abrió paso al lenguaje de clase de manera y los movimientos sociales se dividieron entre los que buscaban por los medios legales la oposición parlamentaria y quienes seguían defendiendo una vía insurreccional que, en los casos más extremos, mantenía la opción terrorista. Estas dos posturas las podríamos resumir situando la primera en Alemania y en Rusia la segunda.

Mientras tanto el desarrollo del capitalismo y la industrialización en la Europa Occidental provocaron conflictos entre patronos y obreros donde la huelga como forma de la protesta se sustituyó por el motín. El objetivo era solucionar las penosas condiciones en las que se desarrollaban las nuevas formas de trabajo en fábricas y talleres, lo que favorecieron la creación de sindicatos y partidos políticos en torno al socorro, la ayuda y la resistencia mutua.

Las ideas socialistas y anarquistas alarmaban a la gente de orden y, aunque los socialistas mantenían cierta retórica revolucionaria, su aspiración era llegar a los parlamentos nacionales gracias a un sufragio censitario que sustituyera al sufragio universal masculino. Sin embargo los mayores desafíos a la autoridad y al sistema de propiedad se produjeron en la Rusia imperial de antes de 1914, un país con una incipiente clase obrera industrial frente al gran número del campesinos, este desequilibrio lo simbolizaba el atraso económico que a la postre imposibilitaba la construcción de una democracia liberal por dos motivos: La inexistencia tanto de una poderosa clase burguesa industrial como de un proletariado capaz de organizar una alternativa política y revolucionaria al régimen autocrático de los zares. La chispa que encendió la hoguera de la primera revolución fue la guerra contra un Japón expansionista.

La guerra fue larga y se perdió provocando una debacle militar que precipitó una crisis política y social. Una manifestación masiva en enero de 1905 concluyó frente al Palacio de Invierno de San Petersburgo donde las tropas abrieron fuego, los trabajadores levantaron barricadas, algunos grupos asaltaban armerías y tiendas de licor y, aunque nadie se puso al frente de aquella revuelta, tuvo un profundo efecto en la conciencia de mucha gente.

Aunque a los pocos meses Trotski dirigía el primer soviet, las protestas cesaron y entonces los terratenientes reclamaron represión para restablecer el orden mediante asociaciones que contrataban grupos armados para defender sus propiedades. Se trataba de ultraderechistas paramilitares para enfrentarse en las calles contra los revolucionarios y que portaban retratos del zar, estandartes patrióticos y consignas contra los judíos. Fue, en perspectiva histórica, el más claro precedente de lo que sería el fascismo de los años treinta.

La violencia rebelde se contestó con más brutalidad por las autoridades y el ejército y, aunque el zarismo de 1905 sobrevivió, se dibujó el antagonismo de clase y desigualdad social que explotaba al campesinado y llevaba a la violencia política. Un marco social muy alejado del marco narrativo idealizado desde los países occidentales en los que se anteponían el valor de los buenos tiempos del continente antes de que todo se derrumbara en 1914.

En la Conferencia de Berlín de 1884 se repartió África entre los principales poderes europeos y fue el punto de partida para creer en la superioridad de la raza blanca europea sobre los “salvajes”. La superioridad blanca llevaría el cristianismo y la civilización superior hasta llegar a que los libros de texto en Gran Bretaña subrayaban la inferioridad racial de los pueblos sometidos. Lo interesante en el análisis de Casanova es que aplica esta división de razas superiores e inferiores a las consecuencias violentas entre potencias y colonias que destruyó economías locales, sistemas políticos y realidades culturales.

Se daba la paradoja de que el viejo imperio español estaba en retirada frente al momento cumbre de alemanes, franceses y británicos y así, la decadencia melancólica en España contrastaba con el orgullo de los nuevos imperialismos que contagió a amplios sectores sociales con una poderosa mezcla de nacionalismo, militarismo y racismo. La vida se interpretó como una cruel lucha de supervivencia donde los fuertes dominaban a los débiles, una idea que trasladada al ámbito de la relaciones entre naciones reafirmaba la importancia de la fuerza militar y construía una imagen nacional que sirvió para respaldar y promocionar la guerra.

El imperialismo también tenía justificaciones económicas y culturales. La industria europea necesitaba las materias primas de las colonias, mercados para sus productos y nuevos territorios donde invertir.

La violencia que sofocó la resistencia indígena fue el anticipo de lo que ocurriría durante la Primer Guerra Mundial hasta llegar a la afirmación de que el colonialismo europeo fue el tercer sistema totalitario anterior al comunismo y al fascismo. El mejor ejemplo es la actuación del rey de Bélgica Leopoldo II en el Congo donde, tras la filantropía de acoger a misioneros cristianos, se realizaban torturas, violaciones y exterminio que se pueden conectar con el Holocausto judío: Diez millones de víctimas mortales entre 1890 y 1914.

Mientras el imperialismo europeo agitaba a las masas populares hacia el nacionalismo y la identificación con el Estado, en España se producía el efecto contrario. El siglo XX español se inauguró con el desastre de 1898 y un nuevo rey en 1902 cuando Alfonso XII heredó el militarismo del siglo XIX al que sumó la guerra con Marruecos, un conflicto que conectó a los militares africanistas con el desastre de Annual, la rebelión de julio de 1936 y la brutal represión posterior que sufrió una parte de la sociedad española.

La creación de los Estados nación en Europa Occidental fue un proceso lento y gradual, sin embargo en Europa del Este se produjo una notable aceleración en el cambio del siglo XIX al XX cuando los Habsbrugo, Romanov y sultanes otomanos, después de siglos en el poder y para darle solución a la cuestión nacional, buscaron la homogenización racial o religiosa mediante la expulsión, traslado o eliminación de minorías étnicas o grupos de los considerados diferentes.

Rusia aumentó el odio contra los judíos con la publicación de un libelo en 1902 en el que se les acusaba de una conspiración mundial para subyugar a las naciones cristianas, se les acusó de asesinatos rituales, vampirismo y trata de blancas hasta conseguir que el antisemitismo fuera considerado una moda elegante entre la élite.

La expansión de los Habsburgo conllevo persecución sobre musulmanes y cristianos ortodoxos con rebeliones de serbios reprimidas brutalmente que culminaron con el asesinato del Archiduque Francisco Fernando de Austria el 28 de junio de 1914 en Sarajevo.

La rivalidad entre los estados independientes de la zona de los Balcanes impidió una alianza frente a la autoridad imperial otomana y así, los conflictos nacionalistas del área se saldaron con dos guerras. La primera terminó por la solicitud de un armisticio por parte de los otomanos que fueron derrotados en diferentes frentes con pérdida de territorios. Las negociaciones fracasaron y una segunda guerra provocó la derrota y una amplia reducción de la presencia otomana en Europa. Esta victoria cambió significativamente el mapa con la paz de Constantinopla de 1913 pero no calmó las diferencias entre los balcánicos. Las batallas de los Balcanes anticipaban el imperialismo de Hitler y Stalin gracias a la anexión de áreas que creían de su pertenencia por cuestiones históricas, culturales o de lenguaje. Sin embargo lo más relevante fueron las masacres de civiles que, asesinados en nombre de la religión o la integridad racial, fueron el preludio de los genocidios que estaban por venir.

Un buen ejemplo fueron las humillaciones sufridas por los cristianos armenios, un pueblo nómada, indefenso, sin aliados, sin independencia nacional y que, dispersos entre Turquía, Rusia y Persia, sufrieron los maltratados de kurdos y el gobierno otomano con el objetivo de exterminarlos.

2 Culturas de guerra y revolución

La Primera Guerra Mundial, las revoluciones de 1917 en Rusia y las secuelas de los conflictos armados dejó una oleada de violencia paramilitar, brutalización de la política, glorificación de las armas, miedo a la revolución y el comunismo y, a la vez, crítica a la democracia que resistió en pocos países frente al autoritarismo del fascismo en un continente roto en lo económico y lo político hasta hundirse en un abismo de tres décadas.

Los civiles muertos en las guerras europeas eran pocos en comparación con quienes combatían. La Primera Guerra Mundial borró la tradicional línea que dividía la población combatientes de la que no lo era con un tercio de los muertos civiles. Este cambio, que ya se había anunciado en las colonias y los Balcanes, convertía a la violencia en un factor fundamental de la política. La idealización y glorificación de la violencia se instaló más allá de la guerra. Los nacionalistas, especialmente allí donde había mezcla étnica, marxistas y anarquistas la defendían como una forma de protesta social frente a la burguesía, como una herramienta para cambiar la sociedad y, mientras tanto, las potencias coloniales ejercían la violencia justificando la represión de pueblos inferiores. En ese escenario, la guerra en la Europa de 1914 se aceptó como un instrumento más en el baile de la política y así, de una guerra limitada se pasó a la política por otros medios que no admitía transigencia en un desarrollo sin cuartel entre el bien y el mal. La guerra, desarrollada más allá del campo de batalla, fue la forma más extrema de la violencia política.

Esta forma de entender la guerra entre la población civil afectó a todo el continente pero tuvo mayor impacto en la Europa Central, del Este y del Sudeste. Las razones de esta diferencia están relacionadas con unas fronteras nacionales muy claras en Occidente frente a la fragmentación étnica, social, nacional y política. El conflicto europeo fue el detonante para canalizar las corrientes homogeneizadoras en torno a la etnia nacional y una política que aspiraba a borrar del mapa a todos los considerados hostiles o ajenos al proyecto nacional. La   brutalidad frente a las minorías alcanzó las mayores cotas en el imperio ruso donde la guerra mundial, revoluciones y guerras civiles entre 1914 y 1921 culminaron con el cambio más profundo de la historia del siglo XX donde el poder pasó en muy poco tiempo de una autocracia propia del Medievo a los revolucionarios marxistas y, mientras la secuencia de las grandes revoluciones norteamericana y francesa siempre tuvieron el aroma de la liberación progresiva de la humanidad. La revolución rusa rompía las relaciones jerárquicas: El control de las fábricas pasaba a los obreros, los soldados desertaban en masa y los campesinos tomaban las tierras comunales. El estudio de este periodo cambió en 1989 cuando, con la caída del comunismo, empezó a ser más fácil acercarse en las revoluciones, especialmente a la bolchevique en Rusia, teniendo presente la espantosa violencia que la acompañó.

Las primeras revoluciones en territorio ruso antes que generadoras de violencia eran la respuesta a la violencia preexistente y, aunque los acontecimientos hubieran podido transcurrir por otros caminos, la consolidación en el poder de una minoría revolucionaria en medio de una guerra civil frente a los contrarrevolucionarios fue la que inyectó la dosis de violencia.

Los bolcheviques eran un partido minoritario que aprovechó el caos en el campo, el encono de los trabajadores y soldados. La mayor parte de la población vio frustradas sus expectativas cuando el poder soviético sometí a sus súbditos a una movilización total  mostrando muy poca consideración por la vida humana y, en febrero de 1917 mientras las mujeres organizaban disturbios contra el racionamiento del pan, las autoridades perdieron el control de las fuerzas militares compuestas por jóvenes reclutas en un paso definitivo hacia la revolución cuando en el corazón de las fuerzas armada zaristas, un millón de soldados se cansaron de la guerra y desertaron entre marzo y octubre de 1917.

La eliminación de Zar quebró el poder del Estado y, mientras la revolución barrió a quienes pretendieron controlarla, se dispararon los actos de violencia avivados por la memoria de las largas disputas en torno a la tierra. Era la venganza de los siervos contra el brutal comportamiento de siglos de servidumbre en beneficio de los hacendados. El verano de 1917 unió a las personas que habían perdido la ilusión sobre los conceptos de democracia y ciudadanía y, quien sabe, si el Gobierno hubiera buscado un final inmediato de la guerra mediante negociaciones con los alemanes, tal vez no se hubieran producido las deserciones en masa que los bolcheviques aprovecharon para alimentar de odio cuarteles y trincheras contra la burguesía, los oficiales, los terratenientes, los comerciantes y los clérigos. La histeria generada por los revolucionarios fue una guerra plebeya contra el privilegio que expresaba un odio de siglos y un rencor por tres años de guerra.

La revolución llevó a los bolcheviques al poder pero no tenían un ejército para combatir contra Alemania o el Imperio Austrohúngaro, por eso Rusia firmó la paz el 3 de marzo de 1918 y entregó a Alemania gran parte de sus territorios europeos como el paso imprescindible para concentrarse en la guerra lanzada por los contrarrevolucionarios del Ejército Blanco y sus aliados en Europa. Pasaron seis meses hasta que el Ejército Blanco pudo reunir fuerzas suficientes, un tiempo en el que otras fuerzas de izquierda alejadas de los planes bolcheviques para el control de la tierra y la industria defendían la formación de un gobierno de coalición, sin embargo, los bolcheviques disolvieron en enero de 1918 la Asamblea Constituyente y apostaron por la dictadura del proletariado para dejar claro que su guerra era contra las clases opresoras, pero también contra el resto de los socialistas. Estaban abocados a una guerra civil.

La guerra civil ayudó a los bolcheviques a mantener el poder, estableció una clara opción entre revolución Roja o contrarrevolución Blanca y convirtió a la guerra en la cubierta protectora para aplastar las aspiraciones de libertad popular en nombre de las necesidades militares y políticas. Los bolcheviques durante la guerra civil fueron aumentando la política de terror que, iniciada contra los denominados enemigos del pueblo, se extendió a anarquistas, mencheviques y social revolucionarios.

El Terror Rojo se asocia con la Checa, acrónimo para definir la nueva política del Estado bolchevique, un órgano que muy pronto fue unos de los más poderosos del Estado y que justificaba el terror como método legítimo, y de último recurso, para defender la dictadura del proletariado. La revolución tenía que defenderse y la represión y el crimen desorganizado se trasplantó a la justicia revolucionaria en tribunales populares mediante un sistema descentralizado que impartía el terror organizado desde arriba. Era una batalla en la que se usó la coerción militar y policial contra los enemigos de clase, los adversarios políticos, pero también contra los sectores de la población por quienes se suponía que habían hecho la revolución.

El Terror Blanco se desató de forma cotidiana en el bando contrarrevolucionario cuando los oficiales dieron libertad a sus hombres para el saqueo, pero también hubo abundante violencia contra los campesinos que se oponían a la restauración del viejo orden y los judíos que se percibían como agentes revolucionarios. Este antisemitismo aseguró la lealtad de los judíos a los bolcheviques.

Las acciones violentas del régimen bolchevique no estaban muy alejadas de lo que hacían todos los contendientes de la Primer Guerra Mundial, lo específicamente ruso fue la incorporación posterior al escenario político interno continuando con esas práctica en tiempo de paz asumiéndolas como parte de su aparato de Estado.

Las dos revoluciones rusas, la que derribó al zar y la que llevó al poder a los bolcheviques, tuvieron importantes repercusiones en Europa donde hubo revoluciones abortadas en Austria y Alemania junto a otros fenómenos parecidos en Hungría y Finlandia. Esta oleada de revueltas fue derrotada en todos los casos pero asustó a la burguesía, generó un potente sentimiento antirrevolucionario y provocó el miedo a la revolución y el comunismo con la perdida de posibilidades para definir democracias con perspectiva  de compromiso social y así, los regímenes democráticos que surgieron de la desintegración de los Imperios alemán y austriaco buscaron rápidamente una paz que evitara las tensiones de la guerra. Por su parte, las clases trabajadoras de estos países y la socialdemocracia que los representaba se encontraban en una fase de aceptación de la democracia y el parlamentarismo. Todos estos factores anularon las condiciones para desarrollar nuevas revoluciones y, por lo tanto, la revolución en Rusia terminó como una anomalía doctrinal, política y económica en Europa.

Parecía que la guerra había terminado sin embargo, la brutalización fue un fenómeno que se produjo en el interludio entre la guerra y la paz, un fenómeno de carácter transnacional en el que la guerra no acabó con el armisticio firmado el 11 de noviembre de 1918 y continuó en tiempos de paz mediante revoluciones, guerras civiles, de independencia, conflictos étnicos y levantamientos anticoloniales. Es un momento histórico en el que se produjo dos cambios decisivos: La revolución bolchevique y la disolución de los imperios con la creación de nuevos estados, disputas territoriales y desplazamientos masivos de población de manera que, en algunas zonas del este el Estado desapareció y la violencia aprendida en muchos sectores sociales se usó en beneficio propio y así, quienes fueron víctimas se convirtieron en perseguidores incluso para golpear más fuerte que los anteriores criminales. Veamos algunos ejemplos de cómo la violencia paramilitar fue un componente central en Europa.

Hungría comenzó la Primera Guerra Mundial como parte de la monarquía de los Habsburgo, con la derrota perdió dos tercios de su territorio y la mitad de su población húngaroparlante quedó bajo el control de sus países vecinos. Hungría quedó desarmada, aislada, sin economía y odiada por sus vecinos. El trauma que arrastraban las élites políticas, militares y económicas fue aprovechado por los bolcheviques que lanzaron una revolución comunista derrotada por los terratenientes y el ejército rumano y que dio paso a la primera dictadura derechista que se estableció en Europa.

Finlandia era un ducado autónomo del imperio ruso hasta la caída de los Romanov en 1917. La situación que estableció fue que, sin el tradicional control de las tropas imperiales, se crearon las Guardias Rojas con grupos socialistas y las Guardias Blancas con antirrevolucionarios. Para los socialistas se trataba de una doble batalla por la revolución y la democracia; para los blancos fue una guerra de liberación para separarse de la influencia maligna del bolchevismo. La revolución fue derrotada y los vencedores desataron un Terror Blanco sobre la clase obrera que combinó represalias extralegales y al amparo de la ley. El asesinato fue completamente arbitrario y las víctimas no fueron necesariamente ni los socialistas más activos ni los acusados de ejecutar el Terror Rojo. Fue una guerra civil que, por carecer de ejército nacional, se desarrolló como un conflicto paramilitar con grupos de voluntarios armados que no supieron controlar la espiral de violencia.

Alemania cayó derrotada en la Primera Guerra Mundial y la población se lanzó a las calles al sentirse engañada por las promesas de victoria de la propaganda oficial. Los consejos de obreros y soldados se multiplicaron de forma esporádica y la oleada revolucionaria llegó a Berlín provocando la abdicación del Kaiser y el derrumbe del todopoderoso imperio alemán. Era el fin del orden tradicional como había ocurrido un año antes en Rusia. En ese momento los grupos de revolucionarios eran pequeños en número y por lo tanto débiles, sin embargo aspiraban a una revolución al estilo bolchevique y por eso no reconocieron al gobierno provisional socialista mientras un grupo antibélico creado en 1914 abanderaba el movimiento al grito de “Todo el poder a los soviets” y, aunque eran pocos, muchas gene los percibió como una amenaza bolchevique. La insurrección de estos grupos comenzó en enero de 1919 para derribar al gobierno socialdemócrata y nombrar un comité revolucionario.

Los Freikorps se crearon para sofocar la revuelta y estaban compuestos por trabajadores, soldados, burgueses, estudiantes favorables al gobierno y a las órdenes de antiguos oficiales del ejército que odiaban la revolución. Los rojos eran ratas que estaban inundando Alemania y había que eliminar con medidas de extrema violencia: La intelectual marxista Rosa de Luxemburgo murió aplastada a culetazos y rematada a balazos y su asesinato ilustra dos concepciones políticas que marcarían el futuro del continente. Los Freikorps y el ejército, primero a instancia de los socialdemócratas y por iniciativa propia después, sacaron sus armas para luchar contra el bolchevismo, como más tarde lo harían para socavar la legitimidad de la república y derribarla. Más allá de las discrepancias ideológicas, el verdadero cisma entre socialdemócratas y marxistas se estableció con el estallido de la guerra en 1914, cuando los primeros apoyaron la causa bélica de la Alemania Imperial y los segundos la denunciaron y la querían aprovechar para que los trabajadores derribaran el capitalismo. Algunos grupos de Freikorps se especializaron en el asesinato político. La mayoría de las víctimas no fueron comunistas, sino político, banqueros y católicos que fueron etiquetados como traidores a la patria y responsables de la caída de la monarquía.

La transición de la guerra a la paz no fue aceptada por algunos oficiales y soldados que sintieron la frustración de la derrota de los Imperios y, bajo la denominación de contrarrevolucionarios, se rebelaron contra un nuevo mudo de repúblicas y revoluciones. Se sentían horrorizados por el Terror Rojo que llegaba desde el Este y pusieron sus armas al servicio de la violencia paramilitar de unas formaciones que compartían la cultura de la derrota, el odio al bolchevismo, a los judíos y a las mujeres politizadas. Si la revolución amenazaba las jerarquías sociales, el orden y la autoridad, la contrarrevolución nacía para impedirlo, reparar los daños de la derrota en la guerra y la humillación nacional mediante una venganza violenta.

Después de la derrota de todas las revoluciones comunistas llegaba el momento del ajuste de cuentas. La persecución contrarrevolucionaria afectó a socialdemócratas, liberales, intelectuales, escritores, músicos, judíos y mujeres rojas, un desprecio muy presente que diferenciaba entre las enfermeras tan castas como las madres, esposas e hijas de clase media y alta, y las mujeres de clase obrera que, armadas con rifles, amenazaban la integridad masculina.

La emancipación política de las mujeres socialistas y comunistas se percibía como una amenaza en el contexto de guerra, derrota y revolución hasta desencadenar una brutal represión de los Freikorps mediante torturas, violencia sexual y rituales de mutilación del cuerpo. Los paramilitares ultraderechistas agredían a las mujeres para reafirmar su identidad híper masculina, el culto a la virilidad forjado en las trincheras, el respeto a las jerarquías y el amor a la patria. Los niveles de violencia no bajaron significativamente hasta 1923.

El paramilitarismo allanó el camino para el surgimiento del fascismo que desde el principio estuvo unido a la violencia como distintivo fundamental, el elemento unificador de su existencia. Mussolini inauguró el fascismo el 23 de marzo de 1919 con una reunión de cincuenta individuos. Todo cambió un año más tarde cuando las actividades violentas contra periódicos socialistas y locales de sindicatos para intimidar o asesinar si era necesario. Era una lucha armada dirigida fundamentalmente a ganar la guerra de clases contra los socialistas. Las camisas negras propagaron el terror por el campo, ocuparon ciudades, dieron palizas y humillaron a sus adversarios políticos, eran pandillas que demostraban su hombría. En 1921 eran un cuarto de millón de militantes.

El plan de insurrección de los fascistas italianos comenzó ocupando edificios púbicos hasta partir desde diferentes sitios para converger en Roma. El presidente del gobierno presentó un decreto de ley marcial al rey Víctor Manuel para usar el ejército contra los fascistas, el rey se opuso para no crear divisiones dentro del cuerpo militar y el gobierno dimitió. Fue el rey quien nombró a Mussolini jefe de Gobierno, una decisión aplaudida por quienes esperaban que el socialismo dejase de amenazar a las clases acomodadas y el orden social establecido. El fascismo italiano accedió al poder con una combinación de violencia paramilitar y maniobras políticas sin levantamientos militares ni elecciones.

El camino de la dictadura hacia el nuevo orden fascista se consiguió con la aparente aceptación popular de la autoridad que había logrado la banalización de la violencia para controlar la oposición, eliminar las libertades de prensa, crear una policía secreta para detener a los ciudadanos y así, con la institucionalización de la violencia y el terror, disciplinar a quienes rechazaban la obediencia absoluta a la autoridad del Duce.

Las dictaduras que se establecieron en otros países del centro y sudeste en los años veinte y treinta tras la disolución de los imperios no fueron fascistas. Fueron antiparlamentarias, autoritarias, anticomunistas y antiliberales surgidas del choque violento entre revolución y contrarrevolución.

La violencia también anidó, con niveles más bajos, en los estados democráticos. La democracia pudo regular y reprimir la violencia entre comunistas y fascistas, sin embargo en las colonias los métodos de pacificación fueron violentísimos. Veamos algunos ejemplos.

Gran Bretaña es el paradigma de la excepción de la militarización de la política, una tranquilidad británica matizada por el ciclo de violencia irlandesa entre 1920-1921 cuando el ejército de la República Irlandesa (IRA) desafió a la corona británica y comenzó una guerra de independencia en la que, más que una fuerza paramilitar, se comportaba como un ejército con la convicción de representar a la nación frente a la colonización británica. El resultado fue el Estado Libre Irlandés, pero el IRA y una parte de la sociedad no admitieron que seis condados del Úlster permanecieran en el Reino Unido como pago por la independencia. La guerra civil produjo una profunda división en una sociedad que se vio muy afectada por la violencia.

Francia, la otra gran vencedora de la Primera Guerra Mundial, elaboró una cultura de la victoria aumentando el tamaño y el prestigio del ejército que era recibido con ceremonias cívicas y rituales nacionales, pero también abundaron los defensores de la violencia política que formaron unidades paramilitares visualizadas en un terrorismo de ultraderecha y, sin embargo, la mayoría parlamentaria de un gobierno conservador dejó a los paramilitares sin espacio ante la fortaleza del Estado, las fuerzas armadas y la casi completa ausencia de tensiones étnicas o fronterizas.

España, siguiendo la senda de la mayoría de los países europeos, también resolvió sus conflictos por la vía violenta. Hasta la Segunda República la sociedad española parecía al margen de la ola violenta, tal vez por su neutralidad en la Primera Guerra Mundial que le evitó la desmovilización de millones de excombatientes, sin embargo, había capas sociales que también temían al bolchevismo, las diferentes manifestaciones del socialismo y el sueño de un nuevo mundo igualitario que surgiría de la lucha de clases. Los problemas de España tenían que ver con el corporativismo del ejército, la deriva autoritaria de la corona, el conflicto colonial marroquí, la movilización sindical y las protestas populares que, en sectores conservadores, sonaban a cánticos de la revolución rusa. Hasta que todo estalló en Barcelona donde cayeron militantes anarcosindicalistas enrolados en grupos de acción y patrones que, entre los empresarios más radicales contrataron cuerpos de seguridad privada para encontrar soluciones de fuerza hasta que algunos de ellos derivaron en simples bandas de pistoleros. Las críticas al rey por su intervencionismo colonial y el fracaso en la guerra de Marruecos le llevaron hasta el final del régimen de la Restauración monárquica mediante el golpe de Estado de Primo de Rivera en 1923 que instauró una dictadura con rey hasta la proclamación de la II República el 14 de abril de 1931 que encontró grandes dificultades para asentarse, desde las insurrecciones anarquistas en Asturias y Cataluña fuertemente reprimidas por las fuerzas armadas del Estado republicano hasta el golpe de estado de 1936, un conflicto militar que enterró definitivamente las soluciones políticas y en su lugar puso una guerra que contenía muchas capas: De clases entre diferentes concepciones del orden social, de religión entre catolicismo y anticlericalismo, entorno al concepto de patria y nación, de las ideas que pugnaban en el escenario internacional. Tres años de guerra para que la sociedad padeciera una oleada de violencia sin precedentes por el desprecio de la vida del otro y como a partir de entonces, y no antes, se sucedieron las violencias que ya habían recorrido Europa desde la Primera Guerra Mundial: Revolucionaria, contrarrevolucionaria, paramilitar, fascista/nacionalista y asesinatos masivos en retaguardia. Y la más específica, la derivada de convertir la guerra en cruzada religiosa, la guerra santa y el odio anticlerical cuando el vacío de poder causado por el golpe de estado inauguró un periodo de odio de clase que quiso aniquilar el viejo orden y, aunque la ola destructiva alcanzó a la Iglesia de lleno, el impulso anticlerical no aportó ningún beneficio a la causa republicana y España, como otros muchos países, sufrió un retroceso democrático por el camino hacia una dictadura ultraderechista. A finales de 1940 solo seis democracias permanecían intactas: Reino Unido, Irlanda, Islandia, Suecia, Finlandia y Suiza.

3 Violencia sin frontera

Los verdugos, asesinos y violadores, en los casos más extremos de violencia, creaban sus propios rituales para la limpieza étnica, el genocidio y la violación sexual.

La limpieza étnica es la eliminación sistemática por medios violentos de un grupo definido por su etnicidad o nacionalidad, y generalmente implica la existencia de un perpetrador violento y una víctima inocente e indefensa. El concepto de “limpieza” surge en Europa a lo largo del siglo XX gracias al idealismo de crear naciones y Estados puros y homogéneos en el que imponer la lengua nacional y, por lo tanto, precisaba de la represión hacia las minorías. La primera limpieza étnica comenzó en 1912 en los Balcanes, la segunda se corresponde con la hegemonía nazi que coincidió con las grandes deportaciones masivas en la Unión Soviética definidas por la nacionalidad, la tercera comenzó con el final de la Segunda Guerra Mundial y el desplazamiento de población de los años posteriores, la última ocurrió en la antigua Yugoslavia a finales de los años noventa. Todos estos casos comparten la extrema violencia, la presencia de guerras como elemento legitimador y la determinación de que la limpieza, además de borrar la huella biológica, tenía que alcanzar los signos físicos y la memoria cultural.

El término genocidio fue acuñado por el abogado polaco y judío Raphael Lemkin durante la Segunda Guerra Mundial, su definición incluyó la idea del odio contra un colectivo racial, religioso o social contra los que se ejecutaba una acción punible hacia la vida, la libertad o la dignidad, además de acciones para destruir su arte o cultura. La ONU en 1948 adoptó su definición pero eliminó las referencias a los crímenes políticos o de clase, seguramente por dos motivos. El primero para subrayar el ataque racial de los nazis contra los judíos. La segunda salvaguardar la Alianza a la que partencia la Unión Soviética que ya realizaba políticas de persecución estalinista contra campesinos y rivales políticos.

Las políticas raciales nazis, además de dirigirse contra los judíos con raíces antisemitas de antes de 1914 y las guerras coloniales, también perseguía a los “defectuosos” con discapacidades mentales y los “asociales” como gitanos y vagabundos. La “solución final” para asesinar en masa y deshacerse de los cadáveres como una práctica de exterminio sistemático se sustentó sobre un grupo de la clase media alemana, muchos de los cuales eran titulados universitarios y ayudaron a que el Holocausto tuviera esa extraña combinación de brutalidad y proceso administrativo con una logística tan concienzuda como eficaz, y que tuvo en Adolf Eichmann el icono de un funcionario que pertenecía a una maquinaria burocrática perfectamente engrasada para el aniquilamiento.

El desplome de la Unión Soviética permitió el acceso a los archivos donde se mostraba  a Stalin como el responsable de los asesinatos masivos que ocurrieron durante su dictadura porque conocía todos los detalles y ejerció un poder que alcanzaba para decidir sobre la vida y la muerte, un poder sin restricciones que incluyó deportaciones, sufrimientos y agonías cuando a partir de 1928 se promovió la persecución contra los kulaks, que los bolcheviques identificaban como los campesinos ricos, y que se extendió a cualquier pequeño propietario. La represión se dirigió contra los enemigos de clase y los grupos que representaban al antiguo régimen zarista y, en los años treinta, también se comenzó a decapitar el propio partido comunista y el ejército. Fue Stalin quien se encargó personalmente de dirigir la eliminación de la vieja guardia del partido bolchevique. Todas estas órdenes desencadenaron un Terror del que eran participes decenas de miles de personas para ejecutar los actos de represión.

Hitler y Stalin fueron dictadores, asesinos y genocidas que aniquilaron millones de personas y destruyeron países y sociedades en nombre de una utopía transformadora. Esta crueldad e indiferencia hacia el que se consideraba el enemigo se convirtió en seña de identidad de toda Europa en los años treinta y cuarenta.

La violencia sexual, dentro de la brutalización general, adoptó formas específicas hacia las mujeres en forma de violaciones, mutilaciones, prostitución, rapado de pelo, matrimonio y embarazos forzados.

En el verano de 1915 los hombres de Armenia había  sido desarmados y, sin posibilidad de resistencia, el siguiente blanco fueron las mujeres y los niños. Cientos de miles fueron desplazadas hacia el desierto Sirio por el Imperio Otomano con el propósito de matarlas o dejarlas morir de hambre y deshidratación. Las mujeres eran violadas para convertirse en mercancía distribuida entre los habitantes de las zonas por las que transitaban hasta convertirlas en esclavas al servicio de los musulmanes de la zona. En los casos más brutales a las mujeres embarazadas se les extraía el feto para simbolizar la completa destrucción y el dominio total de los verdugos.

Algunas autoridades alemanas de los años cuarenta estuvieron preocupadas por el peligro que corría la pureza de la raza y su incompatibilidad con la prostitución, los intercambios sexuales y la lógica de la higiene racial. Estas preocupaciones no llegaban ni a los soldados en el frente, ni a los campos de concentración donde se sucedían las violaciones, sin embargo las leyes raciales de 1935 prohibía mantener relaciones sexuales entre la “raza superior” y las “inferiores” y así, la propaganda de los líderes nazis intentó disuadir a los alemanes de que judías y gitanas, que estaban destinadas al aniquilamiento, se convirtieran en “objeto de deseo sexual.” Sin embargo hubo muchos casos de abuso sexual por las SS en los campos de concentración cuando las mujeres llegaban forzadas a la “sauna” donde se desvestían, eran desinfectadas, rapadas y se les tatuaban un número en el  cuerpo.

En la España de la guerra civil y la postguerra se rapó a muchas “mujeres rojas”, una práctica que dejó testimonios orales, escritos y fotográficos. Los responsables de esta humillación eran grupos paramilitares, sobre todo falangistas y después guardia civiles. Las “pelonas” como se las llamaba en Andalucía eran señaladas y paseadas por las calles. El rapado funcionaba para construir al “rojo” como el “enemigo interno” de la patria.

En Francia se raparon a 20.000 mujeres entre 1943 y 1946 acusadas de colaborar con las fuerzas de ocupación alemanas humilladas por miembros de la Resistencia, vecinos, autoridades y miembros de la policía. Se trataba de  un espectáculo público en torno al castigo a los traidores.

4 Democracias: Sistemas de persecución

La derrota militar del fascismo favoreció el modelo de una sociedad democrática de sufragio universal, estado de bienestar, prestaciones sociales, progreso y consumo. Pero la violencia no desapareció y, aunque la cultura dominante la rechazaba, Europa occidental diseño sistemas de persecución contra rebeliones en sus colonias desde mediados de los años cuarenta hasta los setenta. La violencia también continúo en los estados bajo el bloque soviético dominados por partidos comunistas y en las anomalías históricas de Europa Occidental con dictaduras ultraderechistas de Portugal y España o el régimen de Los Corones en Grecia desde 1967 a 1974.

Los ejércitos conquistadores en cualquier época histórica siempre han encontrado colaboradores voluntarios en los países ocupados, pero el término colaboracionista apareció por primera vez en palabras del mariscal francés Pétain tras un encuentro con Hitler en octubre de 1940. La colaboración francesa con los nazis dotó personal nativo a una burocracia nacional establecida con el consentimiento del ocupante formada con funcionarios, fuerzas armadas, hombres de negocios y afines en el terreno ideológico. Con la expulsión de los nazis cientos de miles de personas sufrieron la violencia vengadora mediante linchamientos en los últimos meses de la guerra o fueron sometidos a actuaciones judiciales que los llevaron a las cárceles. Pétain fue condenado a muerte. En Italia unos 15.000 fascistas fueron asesinados sobre todo en el norte del país y la liberación fue acompañada por linchamientos a manos de los partisanos.

El odio de los verdugos fue sustituido por el odio de las víctimas y durante la postguerra se recuperaron las ejecuciones públicas contra nazis, fascistas y colaboradores, sobre todo en el este de Europa donde el avance de las tropas soviéticas aplastó a los ejércitos de Hitler y sus aliados y, si el comportamiento de las tropas alemanas incluía violaciones y saqueo, la simple victoria no restablecía el honor de los hombres soviéticos que necesitaban una humillación total del enemigo simbolizada por la completa deshonra mediante la violación de sus mujeres frente a vecinos, maridos, niños y desconocidos.

Los dos primeros años de postguerra estuvieron caracterizados por la violencia y millones de desplazados entre soldados, prisioneros de guerra, liberados de los campos de concentración, expulsados y deportados. Alcanzar la normalidad no fue fácil y, mientras los castigos descendían, la tendencia fue hacia el perdón lo que limitó la desnazificación de la Alemania Federal y, de perseguir a fascistas, se pasó al “enemigo comunista” con el comienzo de la Guerra Fría y el reparto de Europa en dos zonas de influencia, la de Estados Unidos y la de la URSS. Comenzaba lo que Hobsbawn definió como la Edad de Oro pero, ese análisis de dividir el siglo XX europeo entre catástrofe y prosperidad está lastrado por importantes matices: La democracia no se instaló en el Portugal de Salazar, la España de Franco y en la Europa que va desde la frontera de Austria a los Urales.

La guerra de Francia contra el movimiento de independencia de Argelia entre 1954 y 1962 ilustra la continuación de la cultura militar, una violencia que las democracias creían superada y en la que tuvieron lugar numerosos casos de tortura y violencia sexual. A partir de 1959 los disparos de los soldados franceses a las mujeres fueron calificados como actos de guerra hasta el alto el fuego. El Frente de Liberación asesinó a 10.000 franceses opuestos a la independencia y 150.000 argelinos que había permanecido leales a Francia.

El terrorismo apareció en Europa en el último tercio del siglo XIX conectado con el surgimiento del Estado-nación y el uso de la violencia para desafiar a la autoridad, matar al tirano y conseguir los objetivos revolucionarios. En esos inicios se daba mucha importancia a los magnicidios y, aunque esa idea no desapareció, el terrorismo italiano neofascista puso una bomba en una estación de ferrocarril en 1978, una facción del Ejército Rojo alemán atentó contra bancos, comercios y asesinó banqueros, industriales y jueces. ETA en España y el IRA en Irlanda fueron las organizaciones que más víctimas causaron para sostener mitos nacionalistas. Sin embargo esta violencia terrorista fracasó en la obtención de sus objetivos políticos porque, al contrario que en la primera mitad del siglo XX, la sociedad y la política a partir de 1949 rechazó la violencia como método político y depositó el monopolio de la violencia en los Estados que regularon la posesión privada de armas. La experiencia de las dos guerras mundiales había cambiado la percepción que muchos ciudadanos tenían de la violencia.

En occidente nos encontramos con dos dictaduras de orígenes muy diferentes: Portugal tras un golpe de estado triunfante, España con un golpe de estado fracasado que necesitó de una guerra civil de casi mil días para alcanzar el poder. Lo que las igualó fue su larga duración. La dictadura de Portugal 48 años entre 1926 y 1974 y la de Franco 36 años desde 1939 a 1975.

La dictadura de Franco se consolidó en los años de la Segunda Guerra Mundial situando a España en la misma senda de muerte y crimen que recorría la mayoría de los países de Europa. La posguerra española anticipó las purgas y castigos que se vivirían en el continente después de 1945. La guerra terminó con la centralización de la violencia en la autoridad militar, un terror institucionalizado al amparo de las nuevas leyes del Estado que subrayó la división entre vencedores y vencidos, patriotas y traidores, nacionales y rojos. Una violencia organizada desde arriba y sustentada en la venganza de “paseos” y fusilamientos sin juicios. Es importante señalar que la participación ciudadana le dio fuerza hasta que el paso del tiempo dulcificó la violencia pero sin renunciar a la guerra civil como acto fundacional de una represión que Franco administró hasta pocas semanas antes de su muerte cuando se ejecutó a cinco supuestos miembros del FRAP y ETA.

En 1967 se produjo un golpe de estado en Grecia que abrió un periodo de siete años de persecución política y terror. Fue la Dictadura de los Coroneles que, con la excusa de impedir la toma del poder por los comunistas, se anticipó a las elecciones generales, detuvieron a las principales figuras políticas y, entrenados por la CIA, tomaron los principales centros militares. El régimen se consolidó a través de la intimidación mediante la brutalidad de la policía militar contra izquierdistas, funcionarios y profesores. EE. UU: apoyó la dictadura mientras los disidentes en el extranjero mostraban el cordón umbilical que unía el fascismo en su nueva versión apoyada por el imperio norteamericano para conectarlo con las oligarquías locales. En ese momento Grecia era un territorio clave en los equilibrios de la Guerra Fría, lo que nos sitúa ante el tema fundamental de como las dictaduras fueron apoyadas por las democracias occidentales.

La revolución de 1974 en Portugal, la caída pocos meses después de los Coroneles en Grecia y la muerte de Franco en 1975 provocó un giro en lo que había constituido una anomalía justificada por su dudosa utilidad en la lucha contra el comunismo.

5 El final del comunismo

Todos los regímenes en la Europa Central y del Este que habían caído en el abismo de los autoritarismo de ultraderecha de los años veinte y fueron contaminados por el nazismo durante la guerra, cambiaron el domino alemán por el soviético. El péndulo se movió de un lado a otro

La destrucción de la Segunda Guerra Mundial allanó la llegada del poder comunista con una administración estatal implantada sobre poblaciones impactadas por los años de guerra y la quiebra de valores y comportamientos. El antiguo caos de la guerra nazi tuvo una fácil sustitución por el nuevo orden comunista de los tanques desplegados en los ochos países que el Ejército Rojo ocupó en 1945, un bloque que se denominó Europa del Este, un concepto político definido por un socialismo, comunismo y totalitarismo que no tenía en cuenta ni a individuos, ni naciones y así, Stalin impuso su visión del comunismo a los países vecinos.

La Unión Soviética, que se encontraba económica y demográficamente muy deteriorada por la guerra, se percibió como una superpotencia que causaba miedo a sus vecinos y antiguos aliados. De esta manera la presencia militar de la Unión Soviética en su radio de acción fue duradera y estableció una barrera de contención mediante unos países en los que se construyó el poder a través de la destrucción de la sociedad civil, de manera que el sistema comunista vivió en estado de guerra permanente contra sus propios ciudadanos mediante ejecuciones, represión y censura que tan bien conocían las dictaduras ultraderechistas y fascistas del resto del continente.

La excepción era Yugoslavia, un país diferente de la región porque el comunismo de Tito no había llegado con la invasión del Ejército Rojo, ellos habían ganado una guerra partisana contra el fascismo y, aunque la dictadura posterior eliminó a sus opositores políticos utilizando una ortodoxia ideológica que se parecía mucho a la usada por la URSS sin embargo, Tito y su carisma tuvo la capacidad de mantener la independencia frente Stalin que, en 1948, lo acusó de antisoviético y rompió relaciones.

Stalin, constructor del comunismo, murió en 1953 después de convertirse en una autoridad sacralizada mediante el culto que se creó en torno a su figura que simbolizó un sistema de concebir la política y la nación. Stalin no tenía un claro sucesor y tuvieron que pasar cinco años hasta que Jrushchow lo consiguió pero, aunque denunció las políticas totalitarias de Stalin, no renunció al uso de la represión en las insurrecciones de Hungría y Polonia. Brezhner, quince años después, solucionó la primavera de Praga de 1968 con la invasión de Checoslovaquia y así eliminar el intento de solventar la ruptura histórica que se había producido entre socialismo y democracia.

El comunismo ya había perdido toda su credibilidad cuando el presidente de la URSS Gorbachov intentó renovarlo a mediados de los años ochenta y, con la llegada de las revoluciones de 1989 ya no se trataba de democratizar el socialismo, el objetivo era la democracia y el libre mercado. En menos de un año cayeron de forma pacífica todas las tiranías de larga duración, excepto en Rumania, no hubo ni asaltos ni contrarrevoluciones porque los regímenes pro soviéticos se desmoronaron desde dentro por pérdida de compromiso ideológico y el factor Gorbachov que rechazó recurrir a los tanques.

El legado de estas revoluciones, si es que lo fueron, se ha debatido con posterioridad porque el final de la prevalencia soviética también llevó al florecimiento de una retórica reaccionaria que incluyó mensajes racistas, fascismo residual y un fundamentalismo etnoclerical y militarista. Tal vez todo cambio para no cambiar nada porque los burócratas del partido y el Estado siguen ahí, tan solo se adaptaron para establecer un nuevo dominio. El resultado no fue igual en todos los países, la desmantelación de las dictaduras comunistas no significó la implantación automática de una democracia liberal. Las excepciones violentas se produjeron en Rumania y Yugoslavia.

Aunque Ceausescu había llevado a Rumania a un problema de abastecimiento de los productos básicos que derivó en un aislamiento internacional, en noviembre de 1989 el líder rumano dijo en un discurso durante el congreso del Partido Comunista que el socialismo tenía un largo futuro, sin embargo el 16 de diciembre unas dos mil quinientas personas marcharon hacia el centro Timisoara para asaltar la sede del Partido Comunista. La tarde del 17 de diciembre el ejército tomó las calles en las que hubo 60 muertos. El 18 de diciembre Ceacescu se fue de visita a Irán mientras su mujer se quedaba al cargo y, como era habitual, se organizó un recibimiento para recibir al mandatario. El 20 de diciembre la plaza del Palacio de Bucarest se llenó de una multitud obligada bajo amenaza de despido. Tras los aplausos y las aclamaciones desde la parte de atrás surgieron pitidos y abucheos hasta que todo se precipitó. Al mediodía del 21 de diciembre miles de personas habían visto a Ceausesco por la televisión y lo habían identificado con un tirano viejo y débil. El 22 de diciembre el dictador acusó al ejército de disparar contra el pueblo y aseguró su derrota porque los comandantes del ejército lo abandonaron y se unieron a los manifestantes. Ceausesco intentaron escapar pero fueron detenidos y entregados al ejército. El día de Navidad de 1989 un tribunal militar los condenó por asesinato en masa y fueron ejecutados por un pelotón de fusilamiento.

Yugoslavia, que no existió hasta el siglo XX, sin embargo ocupaba un territorio donde vivían los eslavos del sur en una historia sur que se puede rastrear hasta el siglo VI. La primera Yugoslavia fue la consecuencia de la desintegración de los imperios de los Habsburgo y otomano tras la Primera Guerra Mundial en forma de los Reinos de los Serbios, Croatas y Eslovenos entre 1918-1929 para derivar en el Reino de Yugoslavia 1929-1941 que dejó de existir con la invasión nazi salvo el Estado Independiente de Croacia. Una segunda Yugoslavia surgió tras la derrota de los fascismo con Tito como presidente y seis repúblicas (Eslovenia, Croacia, Bosnia-Herzegovina, Serbia, Montenegro y Macedonia) La tercera Yugoslavia es un proceso de desintegración del estado anterior cuando la Serbia de Milosevic estableció la República Federal de Yugoslavia basada en un nacionalismo racial al que se enfrentaron Eslovenia y Croacia. Con la caída de los comunistas en 1990 se eligió una coalición de partidos para organizar un plebiscito de independencia. Las elecciones en Croacia de 1990 llevaron al poder a la Unión Democrática Croata que comenzó a utilizar los símbolos nacionales tradicionales que había lucido durante la Segunda Guerra Mundial en los campos de exterminio de serbios, judíos, comunistas croatas y gitanos. En las  zonas  croatas de mayoría serbia se produjeron tensiones y la guerra terminó por afectar a todo el territorio. Al contrario que en Eslovenia y Croacia, en Bosnia-Herzegoniva no había un grupo étnico mayoritario con un 43% de musulmanes, un 31 % de serbios y un 17% de croatas que en general habían convivido con notables dosis de tolerancia pero, los nuevos partidos surgidos tras la debacle comunista se radicalizaron hasta desencadenar una guerra larga, violenta y con episodios de genocidio como el asesinato de casi toda la población masculina musulmana de Srebrenica, o la campaña de limpieza étnica lazada desde Serbia contra los musulmanes separatistas albaneses de Kosovo que contó con acciones terroristas del Ejército de Liberación de Kosovo. Resulta muy difícil examinar e interpretar las guerras que siguieron a la desintegración de Yugoslavia bajo un solo relato. El conflicto solía verse desde occidente como el estallido de un odio étnico ancestral que se producía entre identidades tan sectarias como irreconciliables que venían definidas por la nacionalidad y la religión. La mayoría de los historiadores han rebatido estos argumentos y han apuntado a la manipulación de las élites para construir y exagerar los relatos étnicos que polarizaron las sociedades y, por lo tanto, el sectarismo étnico que, antes que incitador, fue la consecuencia de una guerra provocada por la desintegración política, mientras la violencia fue una estrategia utilizada por esas élites Serbias y Croatas para desmovilizar a quienes querían un cambio estructural del poder económico y político que podría afectar negativamente a los intereses de esas élites. No se trata de negar la importancia de la etnicidad y los sentimientos nacionalistas promovidos por Milosevic en Serbia, Kokan en Eslovenia o Tudjam en Croaciapero y como la deshumanización del contrario llevaba a llamar “perros” a los bosnios musulmanes, pero también sin duda, hubo otros factores coyunturales que procedían de la década anterior a la muerte de Tito como la quiebra de instituciones, una década de austeridad y el deterioro del nivel de vida del tejido social.

6 Coda al estilo Hannah Arendt

Arendt publicó “Sobre la violencia” a mitad del siglo XX y ya entonces lo define como el siglo de guerras y revoluciones donde todo lo que ocurrió se puede medir por el denominador común de la violencia que, en sí mismo, ya alberga un elemento de arbitrariedad que nada tiene que ver con el miedo a la agresión: La violencia y la guerra aparecen en el escenario político por el simple hecho de que todavía no hemos encontrado un árbitro definitivo que ponga en razón las palabras de Hobbes cuando dijo: “Los pactos, sin la espada, son algo más que palabras”

En cualquier reflexión sobre la historia es imprescindible saber que la violencia siempre tiene un papel fundamental porque, más allá de la afirmación de Clausewiz de que la guerra no es otra cosa que la continuación de la política por otros medios, la violencia sobre todo es un acelerador del desarrollo económico y por eso es tan importante señalar que la continuación de la Segunda Guerra Mundial, más que una Guerra Fría, fue la instauración de un complejo laboral, industrial y militar.

La visión de Marx sobre la violencia, aún consciente del papel que representaba en la historia, la situaba en un plano secundario de los cambios históricos, quizás sugiere Arendt, porque la violencia que conoció Marx era la que había terminado con el Antiguo Régimen y la consideraba como un actor secundario frente a las propias contradicciones de una sociedad que decayó ante una nueva sociedad que, si bien había sido precedida por la violencia, en realidad esa nueva sociedad no la había provocado, sino que la violencia era como los dolores del parto que preceden, pero no causan el nacimiento.

Arendt recuerda que entre muchos teóricos de la política defienden que la violencia no es más que la manifestación más fragante del poder. Este consenso que equipara poder y violencia puede tener sentido si aceptamos la concepción de Marx cuando define el estado como un instrumento de opresión en manos de la clase dominante, lo que nos lleva a una pregunta clave “¿El fin de la guerra y la violencia significaría el fin de los estados? Pero frente a esta concepción, otros autores como Passerin d´Entréves definen el poder como una forma mitigada de violencia y, el hecho de usar la fuerza de acuerdo a la ley cambia su naturaleza y así, el mero hecho de condicionar el uso de la fuerza, deja de ser fuerza. Se trata de obedecer a las leyes no a los hombres porque es el apoyo del pueblo el que da el poder a las instituciones de un país que da el origen a las leyes.

Arendt afirma que nunca ha existido un gobierno basado exclusivamente en la violencia porque, incluso el dirigente totalitario cuya herramienta principal de poder sea la tortura, necesita una base de poder de policía secreta y una red de informantes, ese factor humano donde apoyarse para que la violencia tenga éxito, por eso, aunque el poder y la violencia son fenómenos distintos, generalmente aparecen juntos y, quien gobierna por medio de la violencia, es porque teme la pérdida de poder, lo podemos ver en la solución rusa frente a la alternativa planteada por los checoslovacos en 1968, o el apoyo norteamericana al golpe de Estado que Pinochet cometió contra el gobierno chileno de Allende en 1973. Por eso en términos políticos, Arendt afirma que en realidad el poder y la violencia se oponen el uno al otra porque, allá donde domina el poder se ausenta la violencia y viceversa.


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03 octubre 2021

Contra la España Vacía: Del cabo de Gata al de Finisterre

 

Ilustración: @fer_zombra

“La naturaleza se muere de la risa ante la fantasía de las nacionalidades”

(Manuel Vilas)



Sergio del Molino escribió “La España Vacía” desde la ingenuidad y con una intención literaria que definitivamente quedó arrasada por el inesperado éxito editorial del libro porque  situó el problema de la despoblación en medio del debate nacional como un rasgo característico de España y consiguió que su denominación fuera el resumen esencial de un problema que por entonces no formaba parte del discurso. Del Molino ha confesado innumerables veces que no pretendía ni analizar ni responder a un problema latente, tan solo le interesaba añadirle puso, musculatura literaria, la mirada sentimental de un periodista con la pretensión de cambiar como nos enfrentábamos a nuestro país, tan solo quería ayudar para modificar la visión que teníamos de nosotros mismos, sin embargo, la amplia divulgación del libro atrajo a lectores que hicieron una lectura política y así surgió el concepto derivado del original: “La España Vaciada” como contraposición ideológica a un planteamiento que solo pretendía un debate intelectual y literario antes que ideológico. Por eso Del Molino ha escrito este nuevo libro titulado “Contra la España vacía” nace para identificar con claridad las coordenadas políticas que otros le han asignado. El objetivo es dibujar el espíritu de este país añadiéndole “una carga política mucho más evidente” para saciar la necesidad del autor de marcar líneas y dejar claro sus posiciones. Voy a intentar desgranar esta visión política a partir de cinco epígrafes que vendrían a ocupar los cinco capítulos del libro y que yo me he atrevido a titular como: Rituales y populismo. Patriotismo constitucional. La España vacía no tiene remedio. Provincias. Vecinos.

Rituales y populismo

Del Molino afirma que los populismos como enemigos de la democracia ya han triunfado porque, con independencia de que sean capaces de tomar el poder, ya le han causado dos graves heridas: Están dividiendo a la sociedad en un dualismo de buenos y malos y están poniendo patas arriba el tablero común donde se juega a la política y que debería sustentarse en el diálogo y la comprensión de otras posiciones porque la democracia liberal, imperfecta por su propio proceso de decantación histórica, siempre necesita de constantes reformas para que no envejezca antes lo nuevos embates sociales, económicos y políticos, por eso, como nos recuerda el autor, “nuestra obligación es hacerla habitable y adaptarla al presente.” En ese sentido tanto un conservador como un progresista conciben la política como un medio para conseguir sus fines ideológicos, sin embargo, el populismo concibe la política como un fin en sí mismo que le permite perpetuar su propia cultura antidemocrática que, muy politizada, “recoge el malestar de una parte de la población y lo traslada a las instituciones con un discurso abierto al galimatías y al batiburrillo siempre cambiante” El populismo huye de las complejidades sociales del mundo actual y lo reduce a simplificar los prejuicios que circulan por la sociedad pero, como subraya Del Molino, “el populismo es política pura, política autorreferencial, casi metapolítica”, pero entonces… ¿Cómo podemos vencer al populismo?

El autor se muestra pesimista en el apartado de las soluciones porque para vencer al populismo hay que bajar al barro donde se plantea la lucha, ese lugar donde eslóganes y simplificaciones se hacen fuertes y, una vez allí solo nos espera embarrarnos porque “la política abandona las coordenadas democráticas y liberales y se convierte igualmente en populista” Sin embargo el autor atisba una solución más llevadera: Primero hay que fortalecer la complejidad de las discusiones políticas. Segundo hay que darle a la política su espacio pero también hay que evitar que colonice cualquier tipo de debate. Se trataría de conseguir que en ámbitos sociales, deportivos, culturales se puedan tratar todo tipo de asuntos sin que la decantación política de unos y otros se sitúe por encima del debate. Alcanzar estos dos objetivos es muy importante porque los populismos, como construcción cultura antidemocrática, se asientan en la política gracias al malestar antipolítico que inyecta en parte de la población y que termina colonizando las instituciones.

La eclosión de sentimientos es otro de los factores que le dan alas al populismo a costa de una pérdida de pensamiento racional sobre la que se levantó la idea de democracia liberal, si hombre si, ¿recuerdas la idea ilustrada?: “Un sistema de gobierno y organización social en el que los ciudadanos actúan impulsados por razones puras y prácticas” Este combate entre la razón y los sentimientos permite a Del Molino detenerse en la desaparición de los rituales porque “no se trata de negar sentimentalidad, sino de llevar las emociones a su sitio y expresarlas en su dimensión.” Tenemos que huir de una cierta victimización de todo el que se menea, todo el mundo se siente dolido por algo o por alguien, desde un chiste a una canción, y además no se permite que desde fuera se tenga derecho a evaluar la dimensión real de tanto sufrimiento, es el universo inabarcable de los ofendiditos a tiempo completo, por eso, y “frente al populismo emocional” que se está aprovechando de la ausencia de rituales de las nuevas sociedades, Del Molino defiende que esa ausencia no tiene por qué dejarnos perdidos porque la comunidad debería recordar que para preservar la democracia en realidad “Basta solo con narrar bien el dolor”

Patriotismo constitucional

Para comenzar me parece interesante acudir al historiador Santos Juliá que nos recuerda como, al contrario de lo que ocurre con las narraciones históricas, los mitos o los rituales no envejecen, proporcionan creencias colectivas para dar sentido a la vida en comunidad y, aunque la verdad no es necesaria, el verdadero problema radica en el peligro que corren quienes se atreven a ponerlos en duda o a formular preguntas acerca de su validez, semejante atrevimiento los deja fuera de la comunidad política. Para Del Molino los dos mitos que asolan la comunidad política son el nacionalismo catalán y el español y los confrontas con el patriotismo constitucional pero, antes de entrar en la tesis del autor, creo que es interesante detenernos en dos análisis previos.

El primero es el del catedrático de historia Javier Moreno Luzón que recuerda que no es tan fácil separar el patriotismo del nacionalismo porque el patriotismo racional y el nacionalismo emocional, excluyente y agresivo tienen algo en común: Sus vínculos se establecen con una nación concreta o con ese colectivo que, provisto de derechos políticos, o tiene soberanía o aspira a conseguirla. En ese sentido Del Molino aboga por “orientar los impulsos instintivos de amor y aprecio al propio país hacia el cultivo de una actitud constructiva conviviente y democrática” porque el peligro de aproximar el patriotismo al nacionalismo es un mal que ya sufrimos cuando “el patriotismo de España fue secuestrado por el nacionalismo español franquista.”

El segundo análisis pertenece al catedrático de Derecho Constitucional Rafael Bustos que elabora un listado de tres posibilidades para combinar nacionalismo y patriotismo a la hora de entender España. La primera posibilidad es una España compuesta por personas que se sienten españoles porque comparten historia, lengua, cultura o tradiciones. La segunda es un concepto que, partiendo del anterior, cuestiona su exclusividad y así los sentimientos de identidad y pertenencia se pueden compartir en distintos grados de intensidad sin generar conflictos. Se puede ser catalán y español a la vez sin que las identidades sean excluyentes. La tercera es que la definición de España no procede del sentimiento, sería una razón expresada a partir del Derecho. España es una comunidad de ciudadanos con los derechos y deberes reconocidos en la Constitución. Del Molino parte de esta tercera concepción de España para defender el patriotismo constitucional frente al nacionalismo que se tiene que enfrentar a la gran paradoja que niega su propio objeto: “Si la nación se construye, es que no preexiste.” Y ahí radica la gran diferencia, mientras que el nacionalismo sueña con construir una nación, el patriotismo constitucional “no quiere construir nada, solo organizar la convivencia.” Veamos su receta: Se toma el país heredado como está y se apuesta para que todos lo que lo habitan lo hagan en igualdad de condiciones y puedan participar en la comunidad política. “El patriota constitucional entiende que los titulares de los derechos son los individuos, no los territorios ni las lenguas.” En el caso español las herencias contraídas para construir una democracia tiene, como otras democracias, miserias, fantasmas y tabúes y, aunque mejorable, el autor defiende que ya va siendo hora de que el franquismo deje de ser un “comodín argumental que resuelve cualquier disputa” porque, claro que el franquismo ha dejado una huella profunda en nuestro pensamiento pero, como las banderas desteñidas que adornaron los balcones de nuestras calles para mutar de españolas a austriacas, quizás ya va siendo hora de construir una comunidad política fuerte y abierta donde “la identidad es líquida, inasible y ajena al sentimiento nacional. Un país así puede admitir en su seno a cualquiera que quiera pertenecer a él, no sólo a los que el azar ha obligado a nacer en su suelo.”

Pero, como recuerda Del Molino en palabras de Benedict Anderson, una nación necesita algo más que una declaración jurídica, necesita de una mitología común para comunicarse y funcionar, eso que Hobsbawn definía como “el cemento retórico que une a los ciudadanos” mediante una tradición inventada. Del Molino en este punto se muestra especialmente pesimista porque la Transición ha terminado por perder el aura que tuvo de renacimiento democrático y desfallece como ese símbolo ritual que vincule a los ciudadanos entre sí, de a poquitos olvidamos que el día de la Constitución fue la fecha de nacimiento de nuestra democracia y terminamos por caer en la rutina de cada cual y así, el día de la Constitución es como la tarde triste de un domingo invernal que, si las fechas van bien, forma parte de un puente que muchos llaman de la Inmaculada. Por eso Del Molino reclama un “algo más que tiene que ver con la parte irracional y ritual de la vida en común”

Frente al pesimismo de Del Molino, el historiador Álvarez Junco le contestó en una charla entre ambos publicada en Babelia con la propuesta de construir nuevos mitos que nos ayuden a la cohesionar la nación y ensalzar los valores constitucionales mediante acontecimientos concretos: Bartolomé de las Casas se pasó su vida defendiendo a los indios y criticando que se los esclavizara. Olvidemos que propuso para resolver aquel problema con el trabajo esclavo de los negros de África y destaquemos su lucha por los indios. Vinieron las Cortes de Cádiz, el liberalismo y  a muchos españoles les tocó salir fuera en varias oleadas de exiliados políticos que terminaron en 1939. Esos españoles por el mundo hicieron enormes aportaciones culturales que se reconocen más en el extranjero que aquí. “Elaboremos ese mito, enseñémoslo en la escuela” para de que el patriotismo constitucional fuera el pegamento que nos uniera, en palabras de Junco: “No se trata de decirle a la gente que somos los mejores y los más listos, se trata de ser capaces de apreciar lo que somos y de tolerar al disidente, hemos hecho ese tipo de cosas en el pasado y se trata de hacerlo en el futuro. Y eso hay que enseñárselo a los niños. También a mirar los horrores del pasado. La Transición se hizo en buena parte por miedo, por miedo a que se repitiera la Guerra Civil.” Y precisamente porque las nuevas generaciones ya no guardan una memoria de la guerra que sobrevoló la llegada de la democracia, es hora, termina por afirmar el historiador “de enseñar lo que ocurrió. Pero eso es muy complejo frente al discurso de un populista, que dice que somos los mejores, que viva España y le da al bombo. Ese gana las elecciones seguro. Por eso, como sugiere Del Molino, hay que adquirir nuevos ritos y mitos con cierta prudencia porque “utilizar las estrategias del enemigo acaba convirtiéndote en él” y, por lo tanto, “se impone un rearme simbólico más estimulante.”

Para contextualizar el concepto de patriotismo acudo a María José Guerra Palmero que, formulado por Habermas, fue una reacción al revisionismo de la experiencia nazi en un contexto de afirmación del discurso nacionalista. La idea se sustenta en el pluralismo liberal de “una sociedad en la que puedan coexistir diversas formas de vida culturales sin menoscabo de la inclusión democrática” de manera que la integración de grupos y subculturas se haga con sus propias identidades colectivas que se deben desvincular del nivel de integración política. Guerra Palmero subraya que el patriotismo constitucional necesita socializar a todos los ciudadanos en una política común, y que lo ideal sería que se vehiculara a través de introducir en el currículo escolar una asignatura para la Educación de la Ciudadanía diseñada para conocer y reflexionar sobre la Declaración de los Derechos Humanos y sobre la Constitución española de 1978.

El actor Juan Diego Botto, argentino de nacimiento pero criado en España desde los dos años, plantea una nítida diferencia entre los sentimientos y la política cuando Natalia Junquera le pregunta en una entrevista en El País si ama España. “Tengo sentimiento de pertenencia a este lugar que me acogió. Eso no es político, es afectivo. Se expresa en el fervor por el gol de Iniesta, en la melancolía con la que extrañas tu barrio cuando estás fuera, en el afecto con el que de repente te entra un pasodoble que sientes como un himno, un himno vital. Ser patriota tiene que ver con el contenido, no con el continente. Para mí, un patriota es el que se preocupa por la gente que habita un lugar, porque tengan la mejor educación y sanidad posibles, y no por la liturgia de una bandera. No eres más patriota por enarbolar ciertos símbolos.”

La España vacía no tiene remedio

Que la España vacía no tiene remedio ya lo afirmó Del Molino el 2 de Marzo de 2017 en una conferencia en el Patio de la Infanta de Zaragoza bajo el título “Despoblación y desvertebración regional” Su afirmación se sustentaba en un planteamiento global: En occidente es evidente el declive de las áreas rurales mientras la mayoría de la población busca para vivir el hábitat de la ciudad pero, y este punto es muy importante, si somos capaces de admitir la imposibilidad de recuperación, tal vez encontraremos un nuevo punto de vista. Del Molino lo tiene claro y afirma que si al final tenemos que abandonar las ciudades lo haremos “cabizbajo y de luto, arrasados por la tragedia.” Sin embargo, defiende el autor, los problemas de la España vacía nos conciernen a todos porque urbanitas y rurales “nos encontramos ante una cuestión de derechos democráticos que interpela a la condición humana” y la democracia liberal debería ofrecer el espacio para abordar este problema político desde la pelea retórica. Se trataría de luchar contra esa retórica que niega el campo y se resiste a incorporarlo al futuro en el que van a primar las grandes ciudades. Ese es el desafío y para asumirlo tendríamos que empezar por olvidar “que la vida campesina es una vida natural que devuelve a los seres humanos a un estado de humildad y fusión con el entorno previo a la existencia de las ciudades” para este negociado De Molino afirma que la “vida campesina sigue estando muy lejos tan lejos de los cazadores-recolectores como un dandi urbano que se acoda en la barra de una coctelería” porque “allí donde viven los seres humanos, la naturaleza se ha transformado en un paisaje artificial.” Esta idea me recuerda lo que en Geografía Humana se califica como Ager o el espacio cultivado mientras que, en contraposición, el Saltus es el espacio no cultivado y por lo tanto el espacio natural no transformado. El Saltus permanente supone el 20% de las tierras emergidas y está compuesto por hielo, roca desnuda o agua, pero también lo es el hábitat dedicado al uso residencial que puede ser urbano o rural. En cualquier caso el espacio habitado por el hombre tiene tan poco de natural como los productos con los que nos alimentamos. Siguiendo esa línea de pensamiento recuerdo al cocinero Ferrán Adriá cuando afirma que “eso de comer natural es imposible” porque afirma que en biología, “lo natural es que lo que crea la naturaleza. Y en el caso de las frutas y verduras es el hombre quien los ha creado. Los frutos naturales están en los Andes y son incomestibles. Todas las frutas y verduras que comemos habitualmente son artificiales”

Por eso la idea que maneja Adriá de lo que es y no es natural está muy cerca de las afirmaciones de Del Molino en cuanto a que urbanos y rurales estamos tan alejados de la naturaleza como de los cazadores-recolectores. En cualquier caso Del Molino no cuestiona “la intervención sobre el paisaje, sino hasta donde tiene derecho la humanidad a servirse de la naturaleza. Lo difícil es acordar dónde está la raya.” El autor vuelve de nuevo a esa idea de que en lo político está la solución, se trata de desmoralizar la versión de la historia que convierte a los seres humanos en el “agente patógeno que rompe el equilibrio del planeta mediante el artificio, la codicia y la maldad”. Sin embargo quizás deberíamos pararnos a pensar que no hay una ruptura con la naturaleza desde los asentamientos agrícolas de la revolución neolítica, y que tan solo nos comportamos de acuerdo a nuestra idiosincrasia. Comenzar a pensar las cosas desde ese punto de vista consigue eliminar cualquier dogma religioso del ecologismo o el culto al buen salvaje y así, tal vez seamos capaces de afrontar la catástrofe que se nos viene encima dando el gran salto político que se precisa para su análisis, debate y solución.

Provincias

Del Molino ha decidido que ya está bien de sobrevolar las alturas de las construcciones políticas y empieza un lento descenso a la realidad más cercana y claro, el primer destino son las ciudades de provincias que “olvidadas en todos los debates”, es allí “donde más se nota el proceso de desintegración de la comunidad política española.” El autor refuta “el mito propagado por nos nacionalistas catalanes y aceptado en general” de que España se convirtió en un país centralista gracias a los decretos borbónicos de Nueva Planta de 1714, si acaso, afirma el autor fue la apertura de un largo proceso de más de dos siglos hasta llegar a un Estado moderno que reemplazó el antiguo régimen. Esta idea de un largo proceso me lleva hasta el hispanista Gerald Brenan, a la importancia que le asigna a la “patria chica”, como cada ciudad de provincia es “el centro de una intensa vidas política y social” y así, la vinculación a la ciudad natal puede resultar mucho mayor que la patria o al Estado y ese, afirma Brenan, es un problema político de primer orden que precisa alcanzar cierto equilibrio “entre un gobierno central eficaz y los imperativos de la autonomía local.” En ese sentido Del Molino advierte que la democracia liberal que aspire a ser algo más que una bandera debería cuidar la ciudad de provincia y su funcionamiento en red como nexo de unión entre el poder y los rincones más lejanos: “Una vida provinciana estable garantiza la integración de los ciudadanos en la normalidad democrática.”

Del Molino aún desciende más en su análisis y nos invita a pensar en nuestros vecinos y nos invita a realizar una pregunta básica que responda “con quién y cómo queremos vivir” porque la realidad más cercana se observa a través de la ventana, y en esa proximidad debería ser el germen de cualquier proyecto político. La cuestión esencial es preguntarnos dónde y cómo queremos vivir, en un espacio rural o urbano, en la megaciudad o en la ciudad de provincias. Del Molino nos invita a reflexionar porque la decisión de vivir lejos de los modelos más razonables que el mundo ha puesto en juego, es una decisión que tiene un precio alto y quizás deberíamos preguntarles a quienes repueblan una aldea abandonada para saber si estaríamos dispuestos a dar ese salto vital.

Uno podrá estar de acuerdo o no con la percepción que tiene Del Molino de este país que el definió, con un acierto que quizás no esperaba, como La España Vacía, pero lo que no se puede discutir es su amor por esta tierra y las ganas de debatir sobre su futuro. El estilo de Del Molino es una de las grandes virtudes del libro y esa capacidad para llevarnos de un lugar a otro a base de citas, referencias y una construcción de la narración tan erudita como entretenida, de manera que permite diferentes grados de lectura dependiendo de cada lector y lo hace con un tono agradable de manera que la narración siempre te invita a seguir con la lectura. Pero además este libro nace con la vocación de ser la campana que nos despierta para percatarnos de que ni somos tan frágiles ni estamos tan aislados, que el concepto España sigue siendo posible con sus mitos, su historia, sus ciudades y su gente. Y tal vez, en esa nueva construcción me atrevo a invitarles a que hagan caso a Santiago Auserón cuando nos recuerda que el título de su disco “De un país en llama” surgió recorriendo las carreteras de los años ochenta de este país mientras giraba con su grupo Radio Futura. El aquellos caminos solían encontrarse con la quema de rastrojos después de la cosecha que favorecían la aceleración del proceso de recuperación de la tierra. El fuego acababa con las pestilencias y las cenizas devolvían a la tierra los nutrientes, una técnica del neolítico, ese período en el que Del Molino asentó las bases para contar que ahora, en pleno siglo XXI, tenemos que construir una comunidad política que otorgue derechos y obligaciones mutuas, desde la plaza de cualquier pueblo hasta el sofá del salón de cualquier ciudad, o como cantaba Pepe Da Rosa, del cabo de Gata al de Finisterre.


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