La curvatura de la córnea

08 mayo 2026

Mejor no decirlo

 



La homeopatía del chiste

Hemos visto a Claudio Tolcachir en las tablas del Principal dejando fluir la charla hasta alcanzar los límites del relato en ‘Camino a la Meca’. En ‘Tercer Cuerpo’ destruía la relación tiempo y espacio para que el respetable imaginase las acciones. Los recuerdos en ‘Las guerras de nuestros antepasados’ transitaban por una escenografía que inventaba itinerarios de pasión y odio. Sin embargo en esta ocasión, su trabajo en ‘Mejor no decirlo’ es un ejercicio austero y carente de toda sorpresa. Desaprovecha una interesante puesta en escena en la que reinventar el sutil humor verbal del clásico salón burgués, y reconvertirlo en una experiencia de la generación boomer.

El texto de Salomé Lelouch tiene el espíritu de la provocación y la palabrería donde dos personajes se acercan a las zonas conflictivas de los debates morales. Mientras ella es una avalancha de no poderse callar todo lo que piensa, él se abona a que lo mejor es decir lo justito. Esas dos premisas construyen desde el primer momento dos claros caracteres pero, en lugar de profundizar en un conflicto contundente que ponga en solfa la personalidad de cada uno de ellos, se opta por la concatenación de discusiones que se ventilan en un visto y no visto para cambiar de tercio, y a otra cosa mariposa. Y es por ahí por donde la comicidad se diluye hacia el estereotipo previsible, el pobre recurso de contar acontecimientos que no ocurren en escena, y dejar vía libre a la homeopatía de juegos de palabras y situaciones supuestamente cómicas que se ven venir de lejos. El círculo se cierra con el mecanismo facilón de culminar con un chiste que nos sitúa en la casilla de salida.

Imanol Arias y María Barranco tienen oficio de sobra para manejar con solvencia unos personajes de sota, caballo y rey que recibieron una larga ovación.

 

‘Mejor no decirlo’

Calificación: 2 estrellas

Producción: Pentación Espectáculos. Autora: Salomé Lelouch. Traducción: Fernando Masllorens y Federico González del Pino. Dirección: Claudio Tolcachir. Intérpretes: Imanol Arias y María Barranco. Escenografía: Mariana Tirantte. Iluminación: Matías Sendón.

Miércoles 29 de abril de 2026 Teatro Principal.




Crítica de la obra de teatro Mejor no decirlo, con Imanol Arias y María Barranco en Zaragoza: La homeopatía del chiste

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El Horla


 

Cuando la función terminó El Horla no había estado allí

Antonio García Ángel afirma en el prólogo de una edición gratuita que ‘El Horla’ de Guy de Maupassant adopta la forma de diario para, más allá de la descripción irónica de la burguesía, contar una historia de terror a partir de la figura del doble. Esa idea del ‘otro’ deja al lector en una posición en la que no está seguro si los sucesos que cuenta el narrador son alucinaciones o sucesos verdaderamente paranormales. El texto se mueve en esa ambigüedad hasta crear una criatura emblemática entre lo tangible y lo fantasmal, dos ingredientes indispensables para llevar a sus víctimas hacia los territorios de la locura.

La versión teatral de Pacific Producciones parte de la premisa de que El Horla es un personaje instalado en la menta de la protagonista, cuya imagen corporal es la locura. El objetivo es «indagar en la demencia desde la conexión entre mente, memoria y pensamiento» De manera que la puesta en escena aspira a retratar esa manera de vivir, sin embargo la dramaturgia y la dirección de Miguel A. Camacho no culmina esos objetivos porque su adaptación esta lastrada de principio a fin por un discurso netamente narrativo.

La narración es un elemento perfectamente válido para usarlo sobre el escenario cuando se trata de introducir hechos pasados o adornar la acción con relatos y sucedidos. El problema en este caso es que esa forma de exposición es un réplica fidedigna del texto literario original y así, el clásico narrador teatral se sustituye por el protagonista contando lo que le pasó. Todas las acciones que ocurren en el escenario están referenciadas al pasado. Más allá de un par de diálogos, no hay un desarrollo del personaje en primera persona que permita al espectador destruir la ilusión escénica hasta identificarse con el personaje protagonista.

La energía y la entrega escénica de Elisa Marinas no puede sustituir ese lastre narrativo, que al fin y al cabo, aleja la historia del espectador porque el relato se percibe como una sesión de narración oral donde la tercera persona reina de principio a fin, con algunas gotas de acción dramática y así, cuando la función terminó lo más evidente era que la por allí no había pasado la presencia fantasmal o imaginaria de El Horla, y como esa criatura o ilusión había afectado en primera persona al  cuerpo y la mente de la protagonista. La sensación fue de asistir  a un relato en diferido de los hechos, exactamente la experiencia que se tiene cuando lees el diario original, y ahí sentí que el texto no se había sometido al proceso propio de una adaptación del lenguaje discursivo al dramático con una consecuencia fatal: el relato se había devorado al personaje escénico.

‘El Horla’

Producción: Pacific Producciones.  Autor: Guy de Maupassant. Versión, dramaturgia , iluminacióny dirección: Miguel Ángel Camacho. Intérprete: Elisa Marinas. Escenografía y vestuario: Elisa Sanz.

Domingo 19 de abril de 2026. Teatro de la Estación.

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Corazón

 


Pumpum Pumpum

Aute en 1987 describía la mecánica del corazón para preguntarse si aquella encrucijada de venas, aortas, aurículas y ventrículos era capaz de padecer. El salto poético llegaba al final. El dolor que le golpeaba y crucificaba estaba provocado porque ella lo dejaba.

El texto de Paco Ortega va un poco más allá en el programa de mano. ‘Corazón’ más que un músculo es un personaje «interpretado al piano, dicho con la palabra y expresado en el cuerpo de una actriz y bailarina» Y en esa afirmación se concentra el reto de la función, conseguir que la peripecia del corazón sobreviva a la armonía entre prosodia, música y danza.

Gèrard Maimone salió del fondo oscuro, cruzó el escenario levemente iluminado y se sentó ante el piano situado en el proscenio. En ese breve trayecto recordé a la coreógrafa Ioanna Paraskevooulou «Todo sonido nace de una acción: un paso, un golpe, un roce» Los pasos del pianista eran los primeros sonidos de la función. Desde mi butaca sus manos permanecían ocultas, solo veía su espalda y las teclas laterales del piano. Regresé de nuevo a Paraskevooulou «se me abrió un nuevo territorio expresivo en el que la corporeidad ya no se limitaba a la acción visible, sino que nacía de la observación, el tacto y el gesto auditivo»

Las primeras notas me atraparon en la nitidez de la melodía. El motivo principal sufrió cambios a lo largo de la representación. Una transformación entre la amabilidad inicial y territorios ásperos con cierta oscuridad de ánimo. No sé. La melodía desaparecía para dejar que los sonidos transitaran por juegos sonoros exentos a una secuencia que se pudiera silbar, suave gravedad de las primeras gotas de lluvia que caen como aires de tango. Una banda sonora instalada en las estaciones del buen gusto de las octavas centrales del teclado, alejada de las estridencias a las que nos abocan los extremos. Muy pronto comprendí que el fastidio por no ve las manos del pianista, era una ceguera de bendición para concentrar mi atención en los otros lenguajes  narrativos que se dispusieron en escena.

El autor también ejerció de interprete para enfrentarse a un texto donde la versificación no puede ocultar un evidente arraigo narrativo que lo aleja de las piruetas para condensar costumbres, memorias e intimidad en temas universales con un tono poético, y sin embargo una idea poética se adueñó de la representación, una imagen con la fuerza suficiente para convertirse en el nudo argumental que sostuviera el desarrollo dramático de la función: «El mundo se ha marchitado en la periférica del corazón».

Quizás para muchos sea la imagen de la muerte, pero yo lo siento como una declaración de principios. Los latidos del corazón como la mejor herramienta para aproximar a las gentes, la savia de un mundo para rimar sentimientos, debilidades y pasiones. Lo dice Jorge Drexler, con el amor se acortan las distancias.

El trabajo actoral de Paco Ortega se concentra en el recitado de los versos. La rítmica y el flow del rapsoda pecó del exceso de interrumpir con pausas el ritmo natural de los versos, y detenerse con excesiva frecuencia en lugares donde se perdía el rigor de la frase. La locución perdía interés por ese ritmo sincopado, hasta que de vez en cuando las frases tenían el hálito de un solo trago, y ese sencillo regreso a la naturalidad le daba oxígeno al texto.

La dirección de Françoise Maimone se mueve entre los altibajos de usar imágenes proyectas con poco valor narrativo, y tres formas diferentes de entender la función. La primera establece una relación diáfana entre música y danza. La segunda muestra la inestabilidad de una coreografía que se limita a ilustrar el contenido  literal de las palabras y las frases declamadas por el actor, hasta convertir la danza en un mero subrayado que transmite el aroma de la sobreactuación, y contradice la ley fundamental de la dosificación de la palabra y el gesto: podemos mezclarlos pero siempre que ambos sean pobres. La tercera cristaliza lo más interesante de los tres elementos dramáticos en el trabajo de Isabel Rodríguez. La  bailarina y actriz construyó un puente para unir las orillas entre la palabra que habla y la voz que canta, y demostrar con claridad que esa es la dramaturgia que pide la función, una intervención mucho más teatral para que todos los lenguajes caminen sincronizados. En los momentos que Isabel Rodríguez alcanza ese objetivo, la energía de la representación cambió por completo.

El vestido rojo portaba la silla negra con la que había interactuado y cuando el desplazamiento en el espacio parecía  un mutis por el foro, la voz de la bailarina se quebró en un quejío que abrió nuevos caminos cuando regresó a los focos vestida de negro. Las frases brotaron de su boca en forma de rabia, o eso me decía su mirada. Otra vez su mirada. Sentí la tensión de sus músculos. El recitado transformó susurros en miedo y desgarro gracias a esa delicia de estirar la longitud de las frases, para que la cadencia sea borbotón de agua, mientras el eco de un coro volvía con insistencia al motivo principal. «El mundo se ha marchitado en la periférica del corazón».

La sensación final fue extraña porque la función terminó justo en el punto donde sentí que todo encajaba.

‘Corazón’

Las compañías Françoise Maimone y Teatro del Espejo. Texto: Paco Ortega. Composición y ejecución musical: Gérard Maimone. Dirección: Françoise Maimone. Intérpretes: Isabel Rodríguez Romero y Paco Ortega.

Sábado 18 de Abril de 2026. Teatro del Mercado.


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