Un viaje a la violencia en la Europa del siglo XX de la mano de Julián Casanova
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Ilustración: Ainhoa Feria Royo (también conocida por Caos) |
La relación entre violencia y política constituye un debate
historiográfico que todavía está por dilucidar y, mientras la tesis de Piker defiende
que el declive de la violencia está ligado a la modernidad, otros autores
defienden un progresivo aumento de la violencia. El libro de Julián Casanova “Una
violencia indómita. El siglo XX europeo” se instala de lleno en medio de este
debate en torno a la violencia política en el continente europeo durante el
siglo XX y aporta varios aspectos novedosos:
Discute la cronología tradicional de Hobsbawn de un siglo XX
corto definido desde en comienzo de la Primera Guerra Mundial en 1914 hasta la
desaparición de la URSS en 1991, para subdividirlo en un tríptico: las
catástrofes 1914-1945, edad de oro 1945-1975 y crisis 1975-1991. Casanova rompe
este esquema temporal ampliando tanto por el comienzo del que lo lleva hasta
las tensiones propias del mundo imperialista y colonial, como por el final
dando gran importancia a la extensión del siglo hasta abarcar las guerras que
marcaron Yugoslavia en los años noventa. De esta manera modifica el relato
construido por el eje franco británico que defiende una primera mitad de siglo
violento y una segunda pacífica.
Introduce las referencias históricas de la Europa del Este y
del Sur porque se escapan del estándar europeo occidental porque su objetivo. Casanova
afirma en la introducción que el objetivo es mostrar una historia múltiple que
huya del relato único que ha prevalecido. La esencia de su trabajo consiste en
la comparación de un contexto transnacional para mostrar los matices y las
diferencias entre los conflictos que, sin embargo, también mantienen
similitudes en asuntos como “la ideología de raza y de la nación”, las crisis
que generan guerras y revoluciones, y los proyectos de “utopías totalizadoras”.
Aplica una visión de género que traslada la figura de las
mujeres al primer plano de las víctimas de la violencia.
La estructura formal del libro es impecable gracias a la redacción
de unos capítulos prácticamente idénticos en su extensión que vuelven a mostrar
a un autor con musculatura narrativa, capacidad de síntesis y una gran
habilidad para destilar lo esencial de una enorme cantidad de bibliografía,
quizás podría destacar la preocupación del autor por poner el énfasis del
desarrollo histórico en las personas que toman las decisiones, antes que a las
estructuras políticas y sociales, sin embargo, en el paseo al que les invitó
voy a omitir la gran mayoría de los nombres propios. Va a ser un viaje guiado
por las palabras del autor, y lo hago con la pretensión de abrirte el apetito,
para que bucees en todos los detalles que
el libro de Casanova te ofrece. El viaje terminará con una coda a modo de
reflexión filosófica en torno a la violencia de la mano de Hannah Arendt.
Y no olvides lo fundamental: La violencia es la protagonista
que nos va a guiar a lo largo de este viaje a la historia de la Europa del
Siglo XX.
1 Primeras tensiones
El continente europeo finales del siglo XIX se encuentra en
un momento de tensión porque el mundo que provenía del imperialismo está en
fase de desaparición de privilegios, lujo y poder cuando las colonias fueron el
banco de prueba para una violencia que hizo un viaje de ida y vuelta y
desembarcó en la Europa de 1914 donde afloró el nacionalismo étnico racista, el
colonialismo y los conflictos de clase de mano de la revolución bolchevique y la
crisis del capitalismo.
El siglo XX para las potencias europeas, con la excepción de
Francia, comenzó con la monarquía instalada en el poder y, aunque el
republicanismo era un movimiento considerado radical, marginal y
revolucionario, las ideas de la revolución francesa en cuanto al declive y la
decadencia de la nobleza y la aristocracia eran incuestionable en un tiempo en
el que clase y rango venían marcados por el vestido y la forma de hablar, un
tiempo en el que emergía una sociedad de masas donde los sindicatos y los
partidos atraían a las clases trabajadoras para organizar huelgas y disturbios en
los que exigían que no se les excluyera del sistema político.
La clase trabajadora era un nuevo actor político y
reivindicaba su espacio político con la intención de reformar el sistema
liberal capitalista. El terrorismo también apareció en escena con la idea del
“asesino virtuoso” que tenía como objetivo gobernadores, políticos y miembros
de la policía en busca de una ética de sacrifico que evitara sangre inocente.
La violencia no fue un rasgo distintivo en el nacimiento del
anarquismo que, sin embargo, sufrió una mutación en sus intenciones iniciales cuando
la tendencia violenta se impuso como un fenómeno internacional mediante
atentados por venganza o represalias contra el poder torturador que condenaba a
muerte a personas que nada tenían que ver con los asesinatos. El terrorismo de
principio de siglo dejó miles de muertos y la represión, además de luchar
contra esa violencia, derivó en violencia criminal financiada con robo en
bancos y trenes.
“Ciudad de las bombas” fue el sobrenombre que recayó sobre
la Barcelona de principios del siglo XX cuando un terrorismo turbio e
indiscriminado que, carecía de objetivos políticos, avivó la inquietud y los
disturbios, de manera que el anarquismo quedó asociado a la figura siniestra de
un hombre de capa negra de bomba, daga y revolver.
La violencia terrorista contra el Estado aumento el poder
del Estado que concentró y reforzó el monopolio de la violencia en casi todos los
países creando nuevas fuerzas de policía y el reclutamiento para el ejército.
Cuando la clandestinidad anarquista de la violencia se
esfumó, se abrió paso al lenguaje de clase de manera y los movimientos sociales
se dividieron entre los que buscaban por los medios legales la oposición
parlamentaria y quienes seguían defendiendo una vía insurreccional que, en los
casos más extremos, mantenía la opción terrorista. Estas dos posturas las
podríamos resumir situando la primera en Alemania y en Rusia la segunda.
Mientras tanto el desarrollo del capitalismo y la
industrialización en la Europa Occidental provocaron conflictos entre patronos
y obreros donde la huelga como forma de la protesta se sustituyó por el motín.
El objetivo era solucionar las penosas condiciones en las que se desarrollaban
las nuevas formas de trabajo en fábricas y talleres, lo que favorecieron la
creación de sindicatos y partidos políticos en torno al socorro, la ayuda y la
resistencia mutua.
Las ideas socialistas y anarquistas alarmaban a la gente de
orden y, aunque los socialistas mantenían cierta retórica revolucionaria, su
aspiración era llegar a los parlamentos nacionales gracias a un sufragio
censitario que sustituyera al sufragio universal masculino. Sin embargo los
mayores desafíos a la autoridad y al sistema de propiedad se produjeron en la
Rusia imperial de antes de 1914, un país con una incipiente clase obrera
industrial frente al gran número del campesinos, este desequilibrio lo
simbolizaba el atraso económico que a la postre imposibilitaba la construcción
de una democracia liberal por dos motivos: La inexistencia tanto de una
poderosa clase burguesa industrial como de un proletariado capaz de organizar
una alternativa política y revolucionaria al régimen autocrático de los zares. La
chispa que encendió la hoguera de la primera revolución fue la guerra contra un
Japón expansionista.
La guerra fue larga y se perdió provocando una debacle
militar que precipitó una crisis política y social. Una manifestación masiva en
enero de 1905 concluyó frente al Palacio de Invierno de San Petersburgo donde
las tropas abrieron fuego, los trabajadores levantaron barricadas, algunos
grupos asaltaban armerías y tiendas de licor y, aunque nadie se puso al frente
de aquella revuelta, tuvo un profundo efecto en la conciencia de mucha gente.
Aunque a los pocos meses Trotski dirigía el primer soviet,
las protestas cesaron y entonces los terratenientes reclamaron represión para
restablecer el orden mediante asociaciones que contrataban grupos armados para defender
sus propiedades. Se trataba de ultraderechistas paramilitares para enfrentarse
en las calles contra los revolucionarios y que portaban retratos del zar,
estandartes patrióticos y consignas contra los judíos. Fue, en perspectiva
histórica, el más claro precedente de lo que sería el fascismo de los años
treinta.
La violencia rebelde se contestó con más brutalidad por las
autoridades y el ejército y, aunque el zarismo de 1905 sobrevivió, se dibujó el
antagonismo de clase y desigualdad social que explotaba al campesinado y llevaba
a la violencia política. Un marco social muy alejado del marco narrativo
idealizado desde los países occidentales en los que se anteponían el valor de
los buenos tiempos del continente antes de que todo se derrumbara en 1914.
En la Conferencia de Berlín de 1884 se repartió África entre
los principales poderes europeos y fue el punto de partida para creer en la
superioridad de la raza blanca europea sobre los “salvajes”. La superioridad
blanca llevaría el cristianismo y la civilización superior hasta llegar a que
los libros de texto en Gran Bretaña subrayaban la inferioridad racial de los
pueblos sometidos. Lo interesante en el análisis de Casanova es que aplica esta
división de razas superiores e inferiores a las consecuencias violentas entre
potencias y colonias que destruyó economías locales, sistemas políticos y
realidades culturales.
Se daba la paradoja de que el viejo imperio español estaba
en retirada frente al momento cumbre de alemanes, franceses y británicos y así,
la decadencia melancólica en España contrastaba con el orgullo de los nuevos
imperialismos que contagió a amplios sectores sociales con una poderosa mezcla
de nacionalismo, militarismo y racismo. La vida se interpretó como una cruel
lucha de supervivencia donde los fuertes dominaban a los débiles, una idea que
trasladada al ámbito de la relaciones entre naciones reafirmaba la importancia
de la fuerza militar y construía una imagen nacional que sirvió para respaldar
y promocionar la guerra.
El imperialismo también tenía justificaciones económicas y
culturales. La industria europea necesitaba las materias primas de las
colonias, mercados para sus productos y nuevos territorios donde invertir.
La violencia que sofocó la resistencia indígena fue el
anticipo de lo que ocurriría durante la Primer Guerra Mundial hasta llegar a la
afirmación de que el colonialismo europeo fue el tercer sistema totalitario
anterior al comunismo y al fascismo. El mejor ejemplo es la actuación del rey
de Bélgica Leopoldo II en el Congo donde, tras la filantropía de acoger a
misioneros cristianos, se realizaban torturas, violaciones y exterminio que se
pueden conectar con el Holocausto judío: Diez millones de víctimas mortales
entre 1890 y 1914.
Mientras el imperialismo europeo agitaba a las masas
populares hacia el nacionalismo y la identificación con el Estado, en España se
producía el efecto contrario. El siglo XX español se inauguró con el desastre
de 1898 y un nuevo rey en 1902 cuando Alfonso XII heredó el militarismo del
siglo XIX al que sumó la guerra con Marruecos, un conflicto que conectó a los
militares africanistas con el desastre de Annual, la rebelión de julio de 1936
y la brutal represión posterior que sufrió una parte de la sociedad española.
La creación de los Estados nación en Europa Occidental fue
un proceso lento y gradual, sin embargo en Europa del Este se produjo una
notable aceleración en el cambio del siglo XIX al XX cuando los Habsbrugo,
Romanov y sultanes otomanos, después de siglos en el poder y para darle
solución a la cuestión nacional, buscaron la homogenización racial o religiosa mediante
la expulsión, traslado o eliminación de minorías étnicas o grupos de los
considerados diferentes.
Rusia aumentó el odio contra los judíos con la publicación
de un libelo en 1902 en el que se les acusaba de una conspiración mundial para
subyugar a las naciones cristianas, se les acusó de asesinatos rituales,
vampirismo y trata de blancas hasta conseguir que el antisemitismo fuera
considerado una moda elegante entre la élite.
La expansión de los Habsburgo conllevo persecución sobre
musulmanes y cristianos ortodoxos con rebeliones de serbios reprimidas
brutalmente que culminaron con el asesinato del Archiduque Francisco Fernando
de Austria el 28 de junio de 1914 en Sarajevo.
La rivalidad entre los estados independientes de la zona de
los Balcanes impidió una alianza frente a la autoridad imperial otomana y así,
los conflictos nacionalistas del área se saldaron con dos guerras. La primera
terminó por la solicitud de un armisticio por parte de los otomanos que fueron
derrotados en diferentes frentes con pérdida de territorios. Las negociaciones
fracasaron y una segunda guerra provocó la derrota y una amplia reducción de la
presencia otomana en Europa. Esta victoria cambió significativamente el mapa
con la paz de Constantinopla de 1913 pero no calmó las diferencias entre los
balcánicos. Las batallas de los Balcanes anticipaban el imperialismo de Hitler
y Stalin gracias a la anexión de áreas que creían de su pertenencia por
cuestiones históricas, culturales o de lenguaje. Sin embargo lo más relevante
fueron las masacres de civiles que, asesinados en nombre de la religión o la
integridad racial, fueron el preludio de los genocidios que estaban por venir.
Un buen ejemplo fueron las humillaciones sufridas por los
cristianos armenios, un pueblo nómada, indefenso, sin aliados, sin
independencia nacional y que, dispersos entre Turquía, Rusia y Persia,
sufrieron los maltratados de kurdos y el gobierno otomano con el objetivo de
exterminarlos.
2 Culturas de guerra y revolución
La Primera Guerra Mundial, las revoluciones de 1917 en Rusia
y las secuelas de los conflictos armados dejó una oleada de violencia
paramilitar, brutalización de la política, glorificación de las armas, miedo a
la revolución y el comunismo y, a la vez, crítica a la democracia que resistió
en pocos países frente al autoritarismo del fascismo en un continente roto en
lo económico y lo político hasta hundirse en un abismo de tres décadas.
Los civiles muertos en las guerras europeas eran pocos en
comparación con quienes combatían. La Primera Guerra Mundial borró la
tradicional línea que dividía la población combatientes de la que no lo era con
un tercio de los muertos civiles. Este cambio, que ya se había anunciado en las
colonias y los Balcanes, convertía a la violencia en un factor fundamental de
la política. La idealización y glorificación de la violencia se instaló más
allá de la guerra. Los nacionalistas, especialmente allí donde había mezcla
étnica, marxistas y anarquistas la defendían como una forma de protesta social
frente a la burguesía, como una herramienta para cambiar la sociedad y,
mientras tanto, las potencias coloniales ejercían la violencia justificando la
represión de pueblos inferiores. En ese escenario, la guerra en la Europa de
1914 se aceptó como un instrumento más en el baile de la política y así, de una
guerra limitada se pasó a la política por otros medios que no admitía
transigencia en un desarrollo sin cuartel entre el bien y el mal. La guerra,
desarrollada más allá del campo de batalla, fue la forma más extrema de la
violencia política.
Esta forma de entender la guerra entre la población civil
afectó a todo el continente pero tuvo mayor impacto en la Europa Central, del
Este y del Sudeste. Las razones de esta diferencia están relacionadas con unas
fronteras nacionales muy claras en Occidente frente a la fragmentación étnica,
social, nacional y política. El conflicto europeo fue el detonante para
canalizar las corrientes homogeneizadoras en torno a la etnia nacional y una
política que aspiraba a borrar del mapa a todos los considerados hostiles o
ajenos al proyecto nacional. La brutalidad frente a las minorías alcanzó las
mayores cotas en el imperio ruso donde la guerra mundial, revoluciones y
guerras civiles entre 1914 y 1921 culminaron con el cambio más profundo de la
historia del siglo XX donde el poder pasó en muy poco tiempo de una autocracia
propia del Medievo a los revolucionarios marxistas y, mientras la secuencia de
las grandes revoluciones norteamericana y francesa siempre tuvieron el aroma de
la liberación progresiva de la humanidad. La revolución rusa rompía las
relaciones jerárquicas: El control de las fábricas pasaba a los obreros, los
soldados desertaban en masa y los campesinos tomaban las tierras comunales. El
estudio de este periodo cambió en 1989 cuando, con la caída del comunismo,
empezó a ser más fácil acercarse en las revoluciones, especialmente a la
bolchevique en Rusia, teniendo presente la espantosa violencia que la acompañó.
Las primeras revoluciones en territorio ruso antes que
generadoras de violencia eran la respuesta a la violencia preexistente y, aunque
los acontecimientos hubieran podido transcurrir por otros caminos, la
consolidación en el poder de una minoría revolucionaria en medio de una guerra
civil frente a los contrarrevolucionarios fue la que inyectó la dosis de
violencia.
Los bolcheviques eran un partido minoritario que aprovechó
el caos en el campo, el encono de los trabajadores y soldados. La mayor parte
de la población vio frustradas sus expectativas cuando el poder soviético sometí
a sus súbditos a una movilización total mostrando
muy poca consideración por la vida humana y, en febrero de 1917 mientras las
mujeres organizaban disturbios contra el racionamiento del pan, las autoridades
perdieron el control de las fuerzas militares compuestas por jóvenes reclutas
en un paso definitivo hacia la revolución cuando en el corazón de las fuerzas
armada zaristas, un millón de soldados se cansaron de la guerra y desertaron
entre marzo y octubre de 1917.
La eliminación de Zar quebró el poder del Estado y, mientras
la revolución barrió a quienes pretendieron controlarla, se dispararon los
actos de violencia avivados por la memoria de las largas disputas en torno a la
tierra. Era la venganza de los siervos contra el brutal comportamiento de
siglos de servidumbre en beneficio de los hacendados. El verano de 1917 unió a
las personas que habían perdido la ilusión sobre los conceptos de democracia y ciudadanía
y, quien sabe, si el Gobierno hubiera buscado un final inmediato de la guerra
mediante negociaciones con los alemanes, tal vez no se hubieran producido las
deserciones en masa que los bolcheviques aprovecharon para alimentar de odio
cuarteles y trincheras contra la burguesía, los oficiales, los terratenientes,
los comerciantes y los clérigos. La histeria generada por los revolucionarios fue
una guerra plebeya contra el privilegio que expresaba un odio de siglos y un
rencor por tres años de guerra.
La revolución llevó a los bolcheviques al poder pero no
tenían un ejército para combatir contra Alemania o el Imperio Austrohúngaro,
por eso Rusia firmó la paz el 3 de marzo de 1918 y entregó a Alemania gran
parte de sus territorios europeos como el paso imprescindible para concentrarse
en la guerra lanzada por los contrarrevolucionarios del Ejército Blanco y sus
aliados en Europa. Pasaron seis meses hasta que el Ejército Blanco pudo reunir
fuerzas suficientes, un tiempo en el que otras fuerzas de izquierda alejadas de
los planes bolcheviques para el control de la tierra y la industria defendían
la formación de un gobierno de coalición, sin embargo, los bolcheviques disolvieron
en enero de 1918 la Asamblea Constituyente y apostaron por la dictadura del
proletariado para dejar claro que su guerra era contra las clases opresoras,
pero también contra el resto de los socialistas. Estaban abocados a una guerra
civil.
La guerra civil ayudó a los bolcheviques a mantener el
poder, estableció una clara opción entre revolución Roja o contrarrevolución
Blanca y convirtió a la guerra en la cubierta protectora para aplastar las
aspiraciones de libertad popular en nombre de las necesidades militares y
políticas. Los bolcheviques durante la guerra civil fueron aumentando la
política de terror que, iniciada contra los denominados enemigos del pueblo, se
extendió a anarquistas, mencheviques y social revolucionarios.
El Terror Rojo se asocia con la Checa, acrónimo para definir
la nueva política del Estado bolchevique, un órgano que muy pronto fue unos de
los más poderosos del Estado y que justificaba el terror como método legítimo,
y de último recurso, para defender la dictadura del proletariado. La revolución
tenía que defenderse y la represión y el crimen desorganizado se trasplantó a
la justicia revolucionaria en tribunales populares mediante un sistema
descentralizado que impartía el terror organizado desde arriba. Era una batalla
en la que se usó la coerción militar y policial contra los enemigos de clase,
los adversarios políticos, pero también contra los sectores de la población por
quienes se suponía que habían hecho la revolución.
El Terror Blanco se desató de forma cotidiana en el bando
contrarrevolucionario cuando los oficiales dieron libertad a sus hombres para
el saqueo, pero también hubo abundante violencia contra los campesinos que se
oponían a la restauración del viejo orden y los judíos que se percibían como
agentes revolucionarios. Este antisemitismo aseguró la lealtad de los judíos a
los bolcheviques.
Las acciones violentas del régimen bolchevique no estaban
muy alejadas de lo que hacían todos los contendientes de la Primer Guerra
Mundial, lo específicamente ruso fue la incorporación posterior al escenario
político interno continuando con esas práctica en tiempo de paz asumiéndolas como
parte de su aparato de Estado.
Las dos revoluciones rusas, la que derribó al zar y la que
llevó al poder a los bolcheviques, tuvieron importantes repercusiones en Europa
donde hubo revoluciones abortadas en Austria y Alemania junto a otros fenómenos
parecidos en Hungría y Finlandia. Esta oleada de revueltas fue derrotada en
todos los casos pero asustó a la burguesía, generó un potente sentimiento
antirrevolucionario y provocó el miedo a la revolución y el comunismo con la
perdida de posibilidades para definir democracias con perspectiva de compromiso social y así, los regímenes
democráticos que surgieron de la desintegración de los Imperios alemán y
austriaco buscaron rápidamente una paz que evitara las tensiones de la guerra. Por
su parte, las clases trabajadoras de estos países y la socialdemocracia que los
representaba se encontraban en una fase de aceptación de la democracia y el
parlamentarismo. Todos estos factores anularon las condiciones para desarrollar
nuevas revoluciones y, por lo tanto, la revolución en Rusia terminó como una
anomalía doctrinal, política y económica en Europa.
Parecía que la guerra había terminado sin embargo, la
brutalización fue un fenómeno que se produjo en el interludio entre la guerra y
la paz, un fenómeno de carácter transnacional en el que la guerra no acabó con
el armisticio firmado el 11 de noviembre de 1918 y continuó en tiempos de paz
mediante revoluciones, guerras civiles, de independencia, conflictos étnicos y
levantamientos anticoloniales. Es un momento histórico en el que se produjo dos
cambios decisivos: La revolución bolchevique y la disolución de los imperios
con la creación de nuevos estados, disputas territoriales y desplazamientos
masivos de población de manera que, en algunas zonas del este el Estado desapareció
y la violencia aprendida en muchos sectores sociales se usó en beneficio propio
y así, quienes fueron víctimas se convirtieron en perseguidores incluso para
golpear más fuerte que los anteriores criminales. Veamos algunos ejemplos de
cómo la violencia paramilitar fue un componente central en Europa.
Hungría comenzó la Primera Guerra Mundial como parte de la
monarquía de los Habsburgo, con la derrota perdió dos tercios de su territorio
y la mitad de su población húngaroparlante quedó bajo el control de sus países
vecinos. Hungría quedó desarmada, aislada, sin economía y odiada por sus
vecinos. El trauma que arrastraban las élites políticas, militares y económicas
fue aprovechado por los bolcheviques que lanzaron una revolución comunista derrotada
por los terratenientes y el ejército rumano y que dio paso a la primera
dictadura derechista que se estableció en Europa.
Finlandia era un ducado autónomo del imperio ruso hasta la
caída de los Romanov en 1917. La situación que estableció fue que, sin el
tradicional control de las tropas imperiales, se crearon las Guardias Rojas con
grupos socialistas y las Guardias Blancas con antirrevolucionarios. Para los
socialistas se trataba de una doble batalla por la revolución y la democracia;
para los blancos fue una guerra de liberación para separarse de la influencia
maligna del bolchevismo. La revolución fue derrotada y los vencedores desataron
un Terror Blanco sobre la clase obrera que combinó represalias extralegales y
al amparo de la ley. El asesinato fue completamente arbitrario y las víctimas
no fueron necesariamente ni los socialistas más activos ni los acusados de
ejecutar el Terror Rojo. Fue una guerra civil que, por carecer de ejército
nacional, se desarrolló como un conflicto paramilitar con grupos de voluntarios
armados que no supieron controlar la espiral de violencia.
Alemania cayó derrotada en la Primera Guerra Mundial y la
población se lanzó a las calles al sentirse engañada por las promesas de
victoria de la propaganda oficial. Los consejos de obreros y soldados se
multiplicaron de forma esporádica y la oleada revolucionaria llegó a Berlín
provocando la abdicación del Kaiser y el derrumbe del todopoderoso imperio
alemán. Era el fin del orden tradicional como había ocurrido un año antes en Rusia.
En ese momento los grupos de revolucionarios eran pequeños en número y por lo
tanto débiles, sin embargo aspiraban a una revolución al estilo bolchevique y
por eso no reconocieron al gobierno provisional socialista mientras un grupo
antibélico creado en 1914 abanderaba el movimiento al grito de “Todo el poder a
los soviets” y, aunque eran pocos, muchas gene los percibió como una amenaza
bolchevique. La insurrección de estos grupos comenzó en enero de 1919 para
derribar al gobierno socialdemócrata y nombrar un comité revolucionario.
Los Freikorps se crearon para sofocar la revuelta y estaban
compuestos por trabajadores, soldados, burgueses, estudiantes favorables al
gobierno y a las órdenes de antiguos oficiales del ejército que odiaban la
revolución. Los rojos eran ratas que estaban inundando Alemania y había que
eliminar con medidas de extrema violencia: La intelectual marxista Rosa de
Luxemburgo murió aplastada a culetazos y rematada a balazos y su asesinato
ilustra dos concepciones políticas que marcarían el futuro del continente. Los Freikorps
y el ejército, primero a instancia de los socialdemócratas y por iniciativa
propia después, sacaron sus armas para luchar contra el bolchevismo, como más
tarde lo harían para socavar la legitimidad de la república y derribarla. Más
allá de las discrepancias ideológicas, el verdadero cisma entre
socialdemócratas y marxistas se estableció con el estallido de la guerra en
1914, cuando los primeros apoyaron la causa bélica de la Alemania Imperial y
los segundos la denunciaron y la querían aprovechar para que los trabajadores
derribaran el capitalismo. Algunos grupos de Freikorps se especializaron en el
asesinato político. La mayoría de las víctimas no fueron comunistas, sino
político, banqueros y católicos que fueron etiquetados como traidores a la
patria y responsables de la caída de la monarquía.
La transición de la guerra a la paz no fue aceptada por
algunos oficiales y soldados que sintieron la frustración de la derrota de los
Imperios y, bajo la denominación de contrarrevolucionarios, se rebelaron contra
un nuevo mudo de repúblicas y revoluciones. Se sentían horrorizados por el
Terror Rojo que llegaba desde el Este y pusieron sus armas al servicio de la
violencia paramilitar de unas formaciones que compartían la cultura de la
derrota, el odio al bolchevismo, a los judíos y a las mujeres politizadas. Si
la revolución amenazaba las jerarquías sociales, el orden y la autoridad, la
contrarrevolución nacía para impedirlo, reparar los daños de la derrota en la
guerra y la humillación nacional mediante una venganza violenta.
Después de la derrota de todas las revoluciones comunistas
llegaba el momento del ajuste de cuentas. La persecución contrarrevolucionaria
afectó a socialdemócratas, liberales, intelectuales, escritores, músicos,
judíos y mujeres rojas, un desprecio muy presente que diferenciaba entre las
enfermeras tan castas como las madres, esposas e hijas de clase media y alta, y
las mujeres de clase obrera que, armadas con rifles, amenazaban la integridad
masculina.
La emancipación política de las mujeres socialistas y
comunistas se percibía como una amenaza en el contexto de guerra, derrota y
revolución hasta desencadenar una brutal represión de los Freikorps mediante
torturas, violencia sexual y rituales de mutilación del cuerpo. Los
paramilitares ultraderechistas agredían a las mujeres para reafirmar su
identidad híper masculina, el culto a la virilidad forjado en las trincheras,
el respeto a las jerarquías y el amor a la patria. Los niveles de violencia no
bajaron significativamente hasta 1923.
El paramilitarismo allanó el camino para el surgimiento del
fascismo que desde el principio estuvo unido a la violencia como distintivo
fundamental, el elemento unificador de su existencia. Mussolini inauguró el
fascismo el 23 de marzo de 1919 con una reunión de cincuenta individuos. Todo
cambió un año más tarde cuando las actividades violentas contra periódicos
socialistas y locales de sindicatos para intimidar o asesinar si era necesario.
Era una lucha armada dirigida fundamentalmente a ganar la guerra de clases
contra los socialistas. Las camisas negras propagaron el terror por el campo,
ocuparon ciudades, dieron palizas y humillaron a sus adversarios políticos,
eran pandillas que demostraban su hombría. En 1921 eran un cuarto de millón de
militantes.
El plan de insurrección de los fascistas italianos comenzó
ocupando edificios púbicos hasta partir desde diferentes sitios para converger
en Roma. El presidente del gobierno presentó un decreto de ley marcial al rey
Víctor Manuel para usar el ejército contra los fascistas, el rey se opuso para
no crear divisiones dentro del cuerpo militar y el gobierno dimitió. Fue el rey
quien nombró a Mussolini jefe de Gobierno, una decisión aplaudida por quienes
esperaban que el socialismo dejase de amenazar a las clases acomodadas y el
orden social establecido. El fascismo italiano accedió al poder con una
combinación de violencia paramilitar y maniobras políticas sin levantamientos
militares ni elecciones.
El camino de la dictadura hacia el nuevo orden fascista se
consiguió con la aparente aceptación popular de la autoridad que había logrado
la banalización de la violencia para controlar la oposición, eliminar las
libertades de prensa, crear una policía secreta para detener a los ciudadanos y
así, con la institucionalización de la violencia y el terror, disciplinar a
quienes rechazaban la obediencia absoluta a la autoridad del Duce.
Las dictaduras que se establecieron en otros países del
centro y sudeste en los años veinte y treinta tras la disolución de los
imperios no fueron fascistas. Fueron antiparlamentarias, autoritarias,
anticomunistas y antiliberales surgidas del choque violento entre revolución y
contrarrevolución.
La violencia también anidó, con niveles más bajos, en los
estados democráticos. La democracia pudo regular y reprimir la violencia entre
comunistas y fascistas, sin embargo en las colonias los métodos de pacificación
fueron violentísimos. Veamos algunos ejemplos.
Gran Bretaña es el paradigma de la excepción de la
militarización de la política, una tranquilidad británica matizada por el ciclo
de violencia irlandesa entre 1920-1921 cuando el ejército de la República Irlandesa
(IRA) desafió a la corona británica y comenzó una guerra de independencia en la
que, más que una fuerza paramilitar, se comportaba como un ejército con la
convicción de representar a la nación frente a la colonización británica. El
resultado fue el Estado Libre Irlandés, pero el IRA y una parte de la sociedad
no admitieron que seis condados del Úlster permanecieran en el Reino Unido como
pago por la independencia. La guerra civil produjo una profunda división en una
sociedad que se vio muy afectada por la violencia.
Francia, la otra gran vencedora de la Primera Guerra
Mundial, elaboró una cultura de la victoria aumentando el tamaño y el prestigio
del ejército que era recibido con ceremonias cívicas y rituales nacionales,
pero también abundaron los defensores de la violencia política que formaron
unidades paramilitares visualizadas en un terrorismo de ultraderecha y, sin
embargo, la mayoría parlamentaria de un gobierno conservador dejó a los
paramilitares sin espacio ante la fortaleza del Estado, las fuerzas armadas y
la casi completa ausencia de tensiones étnicas o fronterizas.
España, siguiendo la senda de la mayoría de los países
europeos, también resolvió sus conflictos por la vía violenta. Hasta la Segunda
República la sociedad española parecía al margen de la ola violenta, tal vez
por su neutralidad en la Primera Guerra Mundial que le evitó la desmovilización
de millones de excombatientes, sin embargo, había capas sociales que también
temían al bolchevismo, las diferentes manifestaciones del socialismo y el sueño
de un nuevo mundo igualitario que surgiría de la lucha de clases. Los problemas
de España tenían que ver con el corporativismo del ejército, la deriva
autoritaria de la corona, el conflicto colonial marroquí, la movilización
sindical y las protestas populares que, en sectores conservadores, sonaban a
cánticos de la revolución rusa. Hasta que todo estalló en Barcelona donde
cayeron militantes anarcosindicalistas enrolados en grupos de acción y patrones
que, entre los empresarios más radicales contrataron cuerpos de seguridad
privada para encontrar soluciones de fuerza hasta que algunos de ellos
derivaron en simples bandas de pistoleros. Las críticas al rey por su
intervencionismo colonial y el fracaso en la guerra de Marruecos le llevaron
hasta el final del régimen de la Restauración monárquica mediante el golpe de
Estado de Primo de Rivera en 1923 que instauró una dictadura con rey hasta la
proclamación de la II República el 14 de abril de 1931 que encontró grandes
dificultades para asentarse, desde las insurrecciones anarquistas en Asturias y
Cataluña fuertemente reprimidas por las fuerzas armadas del Estado republicano
hasta el golpe de estado de 1936, un conflicto militar que enterró
definitivamente las soluciones políticas y en su lugar puso una guerra que
contenía muchas capas: De clases entre diferentes concepciones del orden
social, de religión entre catolicismo y anticlericalismo, entorno al concepto
de patria y nación, de las ideas que pugnaban en el escenario internacional.
Tres años de guerra para que la sociedad padeciera una oleada de violencia sin
precedentes por el desprecio de la vida del otro y como a partir de entonces, y
no antes, se sucedieron las violencias que ya habían recorrido Europa desde la
Primera Guerra Mundial: Revolucionaria, contrarrevolucionaria, paramilitar,
fascista/nacionalista y asesinatos masivos en retaguardia. Y la más específica,
la derivada de convertir la guerra en cruzada religiosa, la guerra santa y el
odio anticlerical cuando el vacío de poder causado por el golpe de estado
inauguró un periodo de odio de clase que quiso aniquilar el viejo orden y,
aunque la ola destructiva alcanzó a la Iglesia de lleno, el impulso anticlerical
no aportó ningún beneficio a la causa republicana y España, como otros muchos
países, sufrió un retroceso democrático por el camino hacia una dictadura
ultraderechista. A finales de 1940 solo seis democracias permanecían intactas:
Reino Unido, Irlanda, Islandia, Suecia, Finlandia y Suiza.
3 Violencia sin frontera
Los verdugos, asesinos y violadores, en los casos más
extremos de violencia, creaban sus propios rituales para la limpieza étnica, el
genocidio y la violación sexual.
La limpieza étnica es la eliminación sistemática por medios
violentos de un grupo definido por su etnicidad o nacionalidad, y generalmente
implica la existencia de un perpetrador violento y una víctima inocente e
indefensa. El concepto de “limpieza” surge en Europa a lo largo del siglo XX
gracias al idealismo de crear naciones y Estados puros y homogéneos en el que
imponer la lengua nacional y, por lo tanto, precisaba de la represión hacia las
minorías. La primera limpieza étnica comenzó en 1912 en los Balcanes, la
segunda se corresponde con la hegemonía nazi que coincidió con las grandes
deportaciones masivas en la Unión Soviética definidas por la nacionalidad, la
tercera comenzó con el final de la Segunda Guerra Mundial y el desplazamiento
de población de los años posteriores, la última ocurrió en la antigua
Yugoslavia a finales de los años noventa. Todos estos casos comparten la
extrema violencia, la presencia de guerras como elemento legitimador y la
determinación de que la limpieza, además de borrar la huella biológica, tenía
que alcanzar los signos físicos y la memoria cultural.
El término genocidio fue acuñado por el abogado polaco y judío
Raphael Lemkin durante la Segunda Guerra Mundial, su definición incluyó la idea
del odio contra un colectivo racial, religioso o social contra los que se
ejecutaba una acción punible hacia la vida, la libertad o la dignidad, además
de acciones para destruir su arte o cultura. La ONU en 1948 adoptó su
definición pero eliminó las referencias a los crímenes políticos o de clase,
seguramente por dos motivos. El primero para subrayar el ataque racial de los
nazis contra los judíos. La segunda salvaguardar la Alianza a la que partencia
la Unión Soviética que ya realizaba políticas de persecución estalinista contra
campesinos y rivales políticos.
Las políticas raciales nazis, además de dirigirse contra los
judíos con raíces antisemitas de antes de 1914 y las guerras coloniales,
también perseguía a los “defectuosos” con discapacidades mentales y los
“asociales” como gitanos y vagabundos. La “solución final” para asesinar en
masa y deshacerse de los cadáveres como una práctica de exterminio sistemático
se sustentó sobre un grupo de la clase media alemana, muchos de los cuales eran
titulados universitarios y ayudaron a que el Holocausto tuviera esa extraña
combinación de brutalidad y proceso administrativo con una logística tan concienzuda
como eficaz, y que tuvo en Adolf Eichmann el icono de un funcionario que
pertenecía a una maquinaria burocrática perfectamente engrasada para el
aniquilamiento.
El desplome de la Unión Soviética permitió el acceso a los
archivos donde se mostraba a Stalin como
el responsable de los asesinatos masivos que ocurrieron durante su dictadura porque
conocía todos los detalles y ejerció un poder que alcanzaba para decidir sobre
la vida y la muerte, un poder sin restricciones que incluyó deportaciones,
sufrimientos y agonías cuando a partir de 1928 se promovió la persecución
contra los kulaks, que los bolcheviques identificaban como los campesinos ricos,
y que se extendió a cualquier pequeño propietario. La represión se dirigió
contra los enemigos de clase y los grupos que representaban al antiguo régimen
zarista y, en los años treinta, también se comenzó a decapitar el propio
partido comunista y el ejército. Fue Stalin quien se encargó personalmente de
dirigir la eliminación de la vieja guardia del partido bolchevique. Todas estas
órdenes desencadenaron un Terror del que eran participes decenas de miles de
personas para ejecutar los actos de represión.
Hitler y Stalin fueron dictadores, asesinos y genocidas que
aniquilaron millones de personas y destruyeron países y sociedades en nombre de
una utopía transformadora. Esta crueldad e indiferencia hacia el que se
consideraba el enemigo se convirtió en seña de identidad de toda Europa en los
años treinta y cuarenta.
La violencia sexual, dentro de la brutalización general, adoptó
formas específicas hacia las mujeres en forma de violaciones, mutilaciones,
prostitución, rapado de pelo, matrimonio y embarazos forzados.
En el verano de 1915 los hombres de Armenia había sido desarmados y, sin posibilidad de resistencia,
el siguiente blanco fueron las mujeres y los niños. Cientos de miles fueron
desplazadas hacia el desierto Sirio por el Imperio Otomano con el propósito de
matarlas o dejarlas morir de hambre y deshidratación. Las mujeres eran violadas
para convertirse en mercancía distribuida entre los habitantes de las zonas por
las que transitaban hasta convertirlas en esclavas al servicio de los
musulmanes de la zona. En los casos más brutales a las mujeres embarazadas se
les extraía el feto para simbolizar la completa destrucción y el dominio total
de los verdugos.
Algunas autoridades alemanas de los años cuarenta estuvieron
preocupadas por el peligro que corría la pureza de la raza y su
incompatibilidad con la prostitución, los intercambios sexuales y la lógica de
la higiene racial. Estas preocupaciones no llegaban ni a los soldados en el
frente, ni a los campos de concentración donde se sucedían las violaciones, sin
embargo las leyes raciales de 1935 prohibía mantener relaciones sexuales entre
la “raza superior” y las “inferiores” y así, la propaganda de los líderes nazis
intentó disuadir a los alemanes de que judías y gitanas, que estaban destinadas
al aniquilamiento, se convirtieran en “objeto de deseo sexual.” Sin embargo
hubo muchos casos de abuso sexual por las SS en los campos de concentración
cuando las mujeres llegaban forzadas a la “sauna” donde se desvestían, eran
desinfectadas, rapadas y se les tatuaban un número en el cuerpo.
En la España de la guerra civil y la postguerra se rapó a
muchas “mujeres rojas”, una práctica que dejó testimonios orales, escritos y
fotográficos. Los responsables de esta humillación eran grupos paramilitares,
sobre todo falangistas y después guardia civiles. Las “pelonas” como se las
llamaba en Andalucía eran señaladas y paseadas por las calles. El rapado
funcionaba para construir al “rojo” como el “enemigo interno” de la patria.
En Francia se raparon a 20.000 mujeres entre 1943 y 1946
acusadas de colaborar con las fuerzas de ocupación alemanas humilladas por
miembros de la Resistencia, vecinos, autoridades y miembros de la policía. Se
trataba de un espectáculo público en
torno al castigo a los traidores.
4 Democracias: Sistemas de persecución
La derrota militar del fascismo favoreció el modelo de una
sociedad democrática de sufragio universal, estado de bienestar, prestaciones
sociales, progreso y consumo. Pero la violencia no desapareció y, aunque la
cultura dominante la rechazaba, Europa occidental diseño sistemas de
persecución contra rebeliones en sus colonias desde mediados de los años
cuarenta hasta los setenta. La violencia también continúo en los estados bajo
el bloque soviético dominados por partidos comunistas y en las anomalías
históricas de Europa Occidental con dictaduras ultraderechistas de Portugal y
España o el régimen de Los Corones en Grecia desde 1967 a 1974.
Los ejércitos conquistadores en cualquier época histórica siempre
han encontrado colaboradores voluntarios en los países ocupados, pero el
término colaboracionista apareció por primera vez en palabras del mariscal
francés Pétain tras un encuentro con Hitler en octubre de 1940. La colaboración
francesa con los nazis dotó personal nativo a una burocracia nacional
establecida con el consentimiento del ocupante formada con funcionarios,
fuerzas armadas, hombres de negocios y afines en el terreno ideológico. Con la
expulsión de los nazis cientos de miles de personas sufrieron la violencia
vengadora mediante linchamientos en los últimos meses de la guerra o fueron
sometidos a actuaciones judiciales que los llevaron a las cárceles. Pétain fue
condenado a muerte. En Italia unos 15.000 fascistas fueron asesinados sobre
todo en el norte del país y la liberación fue acompañada por linchamientos a
manos de los partisanos.
El odio de los verdugos fue sustituido por el odio de las
víctimas y durante la postguerra se recuperaron las ejecuciones públicas contra
nazis, fascistas y colaboradores, sobre todo en el este de Europa donde el
avance de las tropas soviéticas aplastó a los ejércitos de Hitler y sus aliados
y, si el comportamiento de las tropas alemanas incluía violaciones y saqueo, la
simple victoria no restablecía el honor de los hombres soviéticos que
necesitaban una humillación total del enemigo simbolizada por la completa
deshonra mediante la violación de sus mujeres frente a vecinos, maridos, niños
y desconocidos.
Los dos primeros años de postguerra estuvieron
caracterizados por la violencia y millones de desplazados entre soldados,
prisioneros de guerra, liberados de los campos de concentración, expulsados y
deportados. Alcanzar la normalidad no fue fácil y, mientras los castigos
descendían, la tendencia fue hacia el perdón lo que limitó la desnazificación
de la Alemania Federal y, de perseguir a fascistas, se pasó al “enemigo
comunista” con el comienzo de la Guerra Fría y el reparto de Europa en dos
zonas de influencia, la de Estados Unidos y la de la URSS. Comenzaba lo que Hobsbawn
definió como la Edad de Oro pero, ese análisis de dividir el siglo XX europeo
entre catástrofe y prosperidad está lastrado por importantes matices: La
democracia no se instaló en el Portugal de Salazar, la España de Franco y en la
Europa que va desde la frontera de Austria a los Urales.
La guerra de Francia contra el movimiento de independencia
de Argelia entre 1954 y 1962 ilustra la continuación de la cultura militar, una
violencia que las democracias creían superada y en la que tuvieron lugar
numerosos casos de tortura y violencia sexual. A partir de 1959 los disparos de
los soldados franceses a las mujeres fueron calificados como actos de guerra
hasta el alto el fuego. El Frente de Liberación asesinó a 10.000 franceses
opuestos a la independencia y 150.000 argelinos que había permanecido leales a
Francia.
El terrorismo apareció en Europa en el último tercio del
siglo XIX conectado con el surgimiento del Estado-nación y el uso de la
violencia para desafiar a la autoridad, matar al tirano y conseguir los
objetivos revolucionarios. En esos inicios se daba mucha importancia a los
magnicidios y, aunque esa idea no desapareció, el terrorismo italiano
neofascista puso una bomba en una estación de ferrocarril en 1978, una facción
del Ejército Rojo alemán atentó contra bancos, comercios y asesinó banqueros,
industriales y jueces. ETA en España y el IRA en Irlanda fueron las
organizaciones que más víctimas causaron para sostener mitos nacionalistas. Sin
embargo esta violencia terrorista fracasó en la obtención de sus objetivos
políticos porque, al contrario que en la primera mitad del siglo XX, la
sociedad y la política a partir de 1949 rechazó la violencia como método político
y depositó el monopolio de la violencia en los Estados que regularon la
posesión privada de armas. La experiencia de las dos guerras mundiales había
cambiado la percepción que muchos ciudadanos tenían de la violencia.
En occidente nos encontramos con dos dictaduras de orígenes
muy diferentes: Portugal tras un golpe de estado triunfante, España con un
golpe de estado fracasado que necesitó de una guerra civil de casi mil días
para alcanzar el poder. Lo que las igualó fue su larga duración. La dictadura
de Portugal 48 años entre 1926 y 1974 y la de Franco 36 años desde 1939 a 1975.
La dictadura de Franco se consolidó en los años de la
Segunda Guerra Mundial situando a España en la misma senda de muerte y crimen
que recorría la mayoría de los países de Europa. La posguerra española anticipó
las purgas y castigos que se vivirían en el continente después de 1945. La
guerra terminó con la centralización de la violencia en la autoridad militar,
un terror institucionalizado al amparo de las nuevas leyes del Estado que
subrayó la división entre vencedores y vencidos, patriotas y traidores,
nacionales y rojos. Una violencia organizada desde arriba y sustentada en la
venganza de “paseos” y fusilamientos sin juicios. Es importante señalar que la
participación ciudadana le dio fuerza hasta que el paso del tiempo dulcificó la
violencia pero sin renunciar a la guerra civil como acto fundacional de una
represión que Franco administró hasta pocas semanas antes de su muerte cuando
se ejecutó a cinco supuestos miembros del FRAP y ETA.
En 1967 se produjo un golpe de estado en Grecia que abrió un
periodo de siete años de persecución política y terror. Fue la Dictadura de los
Coroneles que, con la excusa de impedir la toma del poder por los comunistas,
se anticipó a las elecciones generales, detuvieron a las principales figuras
políticas y, entrenados por la CIA, tomaron los principales centros militares.
El régimen se consolidó a través de la intimidación mediante la brutalidad de
la policía militar contra izquierdistas, funcionarios y profesores. EE. UU:
apoyó la dictadura mientras los disidentes en el extranjero mostraban el cordón
umbilical que unía el fascismo en su nueva versión apoyada por el imperio
norteamericano para conectarlo con las oligarquías locales. En ese momento
Grecia era un territorio clave en los equilibrios de la Guerra Fría, lo que nos
sitúa ante el tema fundamental de como las dictaduras fueron apoyadas por las
democracias occidentales.
La revolución de 1974 en Portugal, la caída pocos meses
después de los Coroneles en Grecia y la muerte de Franco en 1975 provocó un
giro en lo que había constituido una anomalía justificada por su dudosa
utilidad en la lucha contra el comunismo.
5 El final del comunismo
Todos los regímenes en la Europa Central y del Este que habían
caído en el abismo de los autoritarismo de ultraderecha de los años veinte y
fueron contaminados por el nazismo durante la guerra, cambiaron el domino
alemán por el soviético. El péndulo se movió de un lado a otro
La destrucción de la Segunda Guerra Mundial allanó la
llegada del poder comunista con una administración estatal implantada sobre
poblaciones impactadas por los años de guerra y la quiebra de valores y
comportamientos. El antiguo caos de la guerra nazi tuvo una fácil sustitución
por el nuevo orden comunista de los tanques desplegados en los ochos países que
el Ejército Rojo ocupó en 1945, un bloque que se denominó Europa del Este, un concepto
político definido por un socialismo, comunismo y totalitarismo que no tenía en
cuenta ni a individuos, ni naciones y así, Stalin impuso su visión del comunismo
a los países vecinos.
La Unión Soviética, que se encontraba económica y
demográficamente muy deteriorada por la guerra, se percibió como una
superpotencia que causaba miedo a sus vecinos y antiguos aliados. De esta
manera la presencia militar de la Unión Soviética en su radio de acción fue
duradera y estableció una barrera de contención mediante unos países en los que
se construyó el poder a través de la destrucción de la sociedad civil, de manera
que el sistema comunista vivió en estado de guerra permanente contra sus
propios ciudadanos mediante ejecuciones, represión y censura que tan bien
conocían las dictaduras ultraderechistas y fascistas del resto del continente.
La excepción era Yugoslavia, un país diferente de la región
porque el comunismo de Tito no había llegado con la invasión del Ejército Rojo,
ellos habían ganado una guerra partisana contra el fascismo y, aunque la
dictadura posterior eliminó a sus opositores políticos utilizando una ortodoxia
ideológica que se parecía mucho a la usada por la URSS sin embargo, Tito y su
carisma tuvo la capacidad de mantener la independencia frente Stalin que, en
1948, lo acusó de antisoviético y rompió relaciones.
Stalin, constructor del comunismo, murió en 1953 después de
convertirse en una autoridad sacralizada mediante el culto que se creó en torno
a su figura que simbolizó un sistema de concebir la política y la nación. Stalin
no tenía un claro sucesor y tuvieron que pasar cinco años hasta que Jrushchow lo
consiguió pero, aunque denunció las políticas totalitarias de Stalin, no
renunció al uso de la represión en las insurrecciones de Hungría y Polonia. Brezhner,
quince años después, solucionó la primavera de Praga de 1968 con la invasión de
Checoslovaquia y así eliminar el intento de solventar la ruptura histórica que
se había producido entre socialismo y democracia.
El comunismo ya había perdido toda su credibilidad cuando el
presidente de la URSS Gorbachov intentó renovarlo a mediados de los años
ochenta y, con la llegada de las revoluciones de 1989 ya no se trataba de
democratizar el socialismo, el objetivo era la democracia y el libre mercado.
En menos de un año cayeron de forma pacífica todas las tiranías de larga duración,
excepto en Rumania, no hubo ni asaltos ni contrarrevoluciones porque los
regímenes pro soviéticos se desmoronaron desde dentro por pérdida de compromiso
ideológico y el factor Gorbachov que rechazó recurrir a los tanques.
El legado de estas revoluciones, si es que lo fueron, se ha
debatido con posterioridad porque el final de la prevalencia soviética también
llevó al florecimiento de una retórica reaccionaria que incluyó mensajes
racistas, fascismo residual y un fundamentalismo etnoclerical y militarista.
Tal vez todo cambio para no cambiar nada porque los burócratas del partido y el
Estado siguen ahí, tan solo se adaptaron para establecer un nuevo dominio. El
resultado no fue igual en todos los países, la desmantelación de las dictaduras
comunistas no significó la implantación automática de una democracia liberal.
Las excepciones violentas se produjeron en Rumania y Yugoslavia.
Aunque Ceausescu había llevado a Rumania a un problema de
abastecimiento de los productos básicos que derivó en un aislamiento
internacional, en noviembre de 1989 el líder rumano dijo en un discurso durante
el congreso del Partido Comunista que el socialismo tenía un largo futuro, sin
embargo el 16 de diciembre unas dos mil quinientas personas marcharon hacia el
centro Timisoara para asaltar la sede del Partido Comunista. La tarde del 17 de
diciembre el ejército tomó las calles en las que hubo 60 muertos. El 18 de
diciembre Ceacescu se fue de visita a Irán mientras su mujer se quedaba al
cargo y, como era habitual, se organizó un recibimiento para recibir al
mandatario. El 20 de diciembre la plaza del Palacio de Bucarest se llenó de una
multitud obligada bajo amenaza de despido. Tras los aplausos y las aclamaciones
desde la parte de atrás surgieron pitidos y abucheos hasta que todo se
precipitó. Al mediodía del 21 de diciembre miles de personas habían visto a
Ceausesco por la televisión y lo habían identificado con un tirano viejo y
débil. El 22 de diciembre el dictador acusó al ejército de disparar contra el
pueblo y aseguró su derrota porque los comandantes del ejército lo abandonaron
y se unieron a los manifestantes. Ceausesco intentaron escapar pero fueron
detenidos y entregados al ejército. El día de Navidad de 1989 un tribunal
militar los condenó por asesinato en masa y fueron ejecutados por un pelotón de
fusilamiento.
Yugoslavia, que no existió hasta el siglo XX, sin embargo ocupaba
un territorio donde vivían los eslavos del sur en una historia sur que se puede
rastrear hasta el siglo VI. La primera Yugoslavia fue la consecuencia de la
desintegración de los imperios de los Habsburgo y otomano tras la Primera
Guerra Mundial en forma de los Reinos de los Serbios, Croatas y Eslovenos entre
1918-1929 para derivar en el Reino de Yugoslavia 1929-1941 que dejó de existir
con la invasión nazi salvo el Estado Independiente de Croacia. Una segunda Yugoslavia
surgió tras la derrota de los fascismo con Tito como presidente y seis
repúblicas (Eslovenia, Croacia, Bosnia-Herzegovina, Serbia, Montenegro y
Macedonia) La tercera Yugoslavia es un proceso de desintegración del estado
anterior cuando la Serbia de Milosevic estableció la República Federal de Yugoslavia
basada en un nacionalismo racial al que se enfrentaron Eslovenia y Croacia. Con
la caída de los comunistas en 1990 se eligió una coalición de partidos para
organizar un plebiscito de independencia. Las elecciones en Croacia de 1990
llevaron al poder a la Unión Democrática Croata que comenzó a utilizar los
símbolos nacionales tradicionales que había lucido durante la Segunda Guerra
Mundial en los campos de exterminio de serbios, judíos, comunistas croatas y
gitanos. En las zonas croatas de mayoría serbia se produjeron
tensiones y la guerra terminó por afectar a todo el territorio. Al contrario
que en Eslovenia y Croacia, en Bosnia-Herzegoniva no había un grupo étnico
mayoritario con un 43% de musulmanes, un 31 % de serbios y un 17% de croatas
que en general habían convivido con notables dosis de tolerancia pero, los
nuevos partidos surgidos tras la debacle comunista se radicalizaron hasta
desencadenar una guerra larga, violenta y con episodios de genocidio como el
asesinato de casi toda la población masculina musulmana de Srebrenica, o la
campaña de limpieza étnica lazada desde Serbia contra los musulmanes
separatistas albaneses de Kosovo que contó con acciones terroristas del Ejército
de Liberación de Kosovo. Resulta muy difícil examinar e interpretar las guerras
que siguieron a la desintegración de Yugoslavia bajo un solo relato. El
conflicto solía verse desde occidente como el estallido de un odio étnico
ancestral que se producía entre identidades tan sectarias como irreconciliables
que venían definidas por la nacionalidad y la religión. La mayoría de los
historiadores han rebatido estos argumentos y han apuntado a la manipulación de
las élites para construir y exagerar los relatos étnicos que polarizaron las
sociedades y, por lo tanto, el sectarismo étnico que, antes que incitador, fue
la consecuencia de una guerra provocada por la desintegración política, mientras
la violencia fue una estrategia utilizada por esas élites Serbias y Croatas
para desmovilizar a quienes querían un cambio estructural del poder económico y
político que podría afectar negativamente a los intereses de esas élites. No se
trata de negar la importancia de la etnicidad y los sentimientos nacionalistas
promovidos por Milosevic en Serbia, Kokan en Eslovenia o Tudjam en Croaciapero y
como la deshumanización del contrario llevaba a llamar “perros” a los bosnios
musulmanes, pero también sin duda, hubo otros factores coyunturales que
procedían de la década anterior a la muerte de Tito como la quiebra de
instituciones, una década de austeridad y el deterioro del nivel de vida del
tejido social.
6 Coda al estilo Hannah Arendt
Arendt publicó “Sobre la violencia” a mitad del siglo XX y
ya entonces lo define como el siglo de guerras y revoluciones donde todo lo que
ocurrió se puede medir por el denominador común de la violencia que, en sí
mismo, ya alberga un elemento de arbitrariedad que nada tiene que ver con el
miedo a la agresión: La violencia y la guerra aparecen en el escenario político
por el simple hecho de que todavía no hemos encontrado un árbitro definitivo
que ponga en razón las palabras de Hobbes cuando dijo: “Los pactos, sin la
espada, son algo más que palabras”
En cualquier reflexión sobre la historia es imprescindible saber
que la violencia siempre tiene un papel fundamental porque, más allá de la
afirmación de Clausewiz de que la guerra no es otra cosa que la continuación de
la política por otros medios, la violencia sobre todo es un acelerador del
desarrollo económico y por eso es tan importante señalar que la continuación de
la Segunda Guerra Mundial, más que una Guerra Fría, fue la instauración de un
complejo laboral, industrial y militar.
La visión de Marx sobre la violencia, aún consciente del
papel que representaba en la historia, la situaba en un plano secundario de los
cambios históricos, quizás sugiere Arendt, porque la violencia que conoció Marx
era la que había terminado con el Antiguo Régimen y la consideraba como un
actor secundario frente a las propias contradicciones de una sociedad que decayó
ante una nueva sociedad que, si bien había sido precedida por la violencia, en
realidad esa nueva sociedad no la había provocado, sino que la violencia era
como los dolores del parto que preceden, pero no causan el nacimiento.
Arendt recuerda que entre muchos teóricos de la política
defienden que la violencia no es más que la manifestación más fragante del
poder. Este consenso que equipara poder y violencia puede tener sentido si
aceptamos la concepción de Marx cuando define el estado como un instrumento de
opresión en manos de la clase dominante, lo que nos lleva a una pregunta clave “¿El
fin de la guerra y la violencia significaría el fin de los estados? Pero frente
a esta concepción, otros autores como Passerin d´Entréves definen el poder como
una forma mitigada de violencia y, el hecho de usar la fuerza de acuerdo a la
ley cambia su naturaleza y así, el mero hecho de condicionar el uso de la
fuerza, deja de ser fuerza. Se trata de obedecer a las leyes no a los hombres
porque es el apoyo del pueblo el que da el poder a las instituciones de un país
que da el origen a las leyes.
Arendt afirma que nunca ha existido un gobierno basado
exclusivamente en la violencia porque, incluso el dirigente totalitario cuya
herramienta principal de poder sea la tortura, necesita una base de poder de
policía secreta y una red de informantes, ese factor humano donde apoyarse para
que la violencia tenga éxito, por eso, aunque el poder y la violencia son fenómenos
distintos, generalmente aparecen juntos y, quien gobierna por medio de la
violencia, es porque teme la pérdida de poder, lo podemos ver en la solución
rusa frente a la alternativa planteada por los checoslovacos en 1968, o el
apoyo norteamericana al golpe de Estado que Pinochet cometió contra el gobierno
chileno de Allende en 1973. Por eso en términos políticos, Arendt afirma que en
realidad el poder y la violencia se oponen el uno al otra porque, allá donde
domina el poder se ausenta la violencia y viceversa.
Etiquetas: Hannah Arendt, historia, Julián Casanova, reseña, reseña libro, violencia
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