La curvatura de la córnea

01 febrero 2022

Historia: Memoria y olvido

 

Ilustración: @fer_zombra


“Pájaro del olvido, jamás te tuve más cierto en mi memoria”

(José Ángel Valente)

 

El pasado se construye con los recuerdos que almacenamos mediante un proceso personal de selección. La neurobióloga Mara Dierssen lo describe como un registro codificado por palabras e imágenes con capacidad para interpretar la realidad a partir de una mínima porción captada por nuestros sentidos. Es un procedimiento complejo con el que modulamos cuánto y cómo recordamos y así, desde que Shakespeare escribió que los humanos estamos hechos con la misma sustancia de los sueños, los anhelos, la memoria y los recuerdos son una parte importante de lo que somos y de lo que sentimos.

Nadie piensa en sus recuerdos como un material engañoso producto de nuestra subjetividad que evoca de manera diferente los hechos ocurridos. Como dice Oliver Socks, ocurre lo contrario, todos estamos seguros que lo almacenado en nuestra mente tiene una conexión directa con la verdad histórica. En esa permanente tensión entre lo que pensamos y lo que realmente ocurre en nuestro cerebro radica la potencia narrativa de los relatos que contamos y explica que, con unos recuerdos escasos, frágiles e imperfectos somos capaces de construir grandes historias que no deberíamos confundir con la Historia con mayúscula, ese relato científico que manejan los historiadores.

Mara Dierssen recuerda que nuestro cerebro imprime sin esfuerzo los recuerdos autobiográficos y sin embargo está construido para que olvidemos cosas gracias a unas neuronas que se dedican a borrar memorias sobre escribiendo nuevos recuerdos. Fijar los recuerdos o bórralos son dos maneras de enfrentarnos a nuestro pasado, dos modelos que en las últimas semanas se han visto reflejados en los escenarios zaragozanos mediante sendas obras de teatro.

La Companhia de Teatro de Braga presentó en el Teatro de la Estación «Desearía estar viva para verlos sufrir», una obra basada en el monólogo «De algún tiempo a esta parte» escrito por Max Aub en 1939 a los pocos meses de haber iniciado el exilio, una experiencia vital que volcó en Enma y su ejercicio de recordar la muerte de su marido y su hijo. El primero entre las filas de las Brigadas Internacionales que lucharon en la batalla de Madrid, el segundo durante la noche de los cristales rotos instigada por los nazis contra los judíos. Enma se encuentra atrapada en el negro de unos recuerdos que conviven con ella y le hablan sin parar.

“El tiempo entre costuras”, un musical de beon Entertainment estrenado en el Teatro Principal e inspirado en la novela homónima de María Dueñas, nos cuenta la historia de Sira, una modista que abandonó Madrid en los prolegómenos del golpe de estado de 1936, pasó la guerra civil en el Protectorado Marroquí y allí, en un lugar lo suficientemente alejado de las batallas, pudo confeccionar una vida de color interrumpida por el brochazo de luto y dolor que su madre acarrea después de vivir las míseras de la contienda militar, un desgarro que culmina con una decisión esencial: La mejor manera de olvidar es el silencio.

Enma y la madre de Sira se enfrentan al horror de sus recuerdos de dos maneras radicalmente diferentes. Enma rodeada de palabras. La madre de Sira envuelta en el silencio. Dos decisiones que marcarán toda una vida (o toda una muerte). Enma con las heridas abiertas de par en par. La madre de Sira con las heridas escondidas. Dos mujeres que tienen recuerdos muy potentes para convertirse en un excelente material para la narración sin embargo, recordar no es lo mismo que historiar. El recuerdo está constituido por hechos pero también por sentimientos  que sitúan la acción mucho más allá del análisis científico que corresponde al historiador. El profesor de historia Gonzalo Pasamar nos recuerda que los testimonios personales y autobiográficos que provienen de memorias traumáticas son “una parte destacada” para la investigación histórica siempre que en su tratamiento seamos capaces de diferenciar entre la memoria y la historia

Las actitudes personales de Enma y la madre de Sira frente a sus recuerdos son esencialmente diferentes por su forma de enfrentarse a los hechos y es ahí donde entra en juego la profesionalidad del historiador que, como recuerda el profesor de historia Juan Sánchez, debe tener en cuenta “que el olvido y el recuerdo no tienen por qué ser necesariamente dos aspectos antagónicos que exijan calibrar el predominio de uno sobre otro, sino que, por el contrario, pueden funcionar de manera complementaria, y responder a una misma intencionalidad” De esta manera es fundamental que los historiares hagan un buen manejo de los recuerdos y la memoria porque, como afirma el catedrático de historia contemporánea Julián Casanova, asimilar la historia del siglo XX en Europa, es una tarea muy complicada cuando allí donde algunos ven actos heroicos otros ven acciones criminales. Por eso, insiste Casanova, “es tan importante estudiar las formas e instrumentos de los recuerdos y construcciones de las memorias, porque esos “teatros de la memoria” (en denominación de Jay WinterJ) nos ayudan a comprender “cómo las sociedades crean sus héroes y deciden quiénes son las víctimas y los culpables”.

El catedrático de Literatura Española José Jurado Morales afirma que las memorias heredadas de la guerra se caracterizan porque suelen ser unos recuerdos que “se asientan en la intrahistoria familiar” y que en algunos casos provienen del silencio de quien, una vez muerto, ya no tiene ocasión de contar nada. Pero también de otros muchos que siguieron con vida y, ostentando la victoria o soportando la derrota, pervivió en ellos no referir lo sufrido hasta mucho tiempo después y así formar una cadena de transmisión de la memoria heredada.

Todos estos materiales de memoria son elementos nuevos a disposición de los historiadores que, más allá del tradicional consejo de E. H. Car, para que sean selectivos con los hechos, apelen a ellos para fijar su intensidad en el relato dependiendo de la calidad de los mismos y terminen fijando un punto de vista porque los hechos, que muchas veces son acontecimientos controvertibles, por sí solos no constituyen historia. A esta concepción clásica de entender el oficio de historiador resumido en la máxima “historiar significa interpretar” hay que añadirle el tratamiento de los materiales que llegan desde el recuerdo y la memoria, un aspecto que aumenta la complejidad de la narración de un proceso histórico que, en palabras de Julio Aróstegui, se constituye en el problema central del historiador profesional que racionaliza y objetiva el discurso, relaciona materiales memorísticos de carácter individual con los documentos históricos clásicos de manera. La aspiración del relato histórico es pertenecer a todos y su vocación es de carácter universal, por eso la reconstrucción histórica sustentada en la memoria tiene la dificultad añadida de la existencia de memorias múltiples, por lo tanto, aunque es importante que la historia incluya los materiales propios de la memoria, no debemos olvidar que la memoria no equivale necesariamente a la historia, que los recuerdos no pueden ser la única fuente ni siquiera su matiz más importante. “Todas las experiencias históricas quedan registradas en la memoria” sin embargo “la memoria tiene su propia trayectoria no necesariamente confluente con el discurso de la Historia”.

El historiador no puede desvestirse de todas sus circunstancias y, aunque conocerlas es parte fundamental para comprenderlo, lo más importante para valorar su trabajo es comprobar que está regido por la honestidad profesional que no confunde historia y memoria. En ese sentido Pierre Nora nos alerta del peligro que supone la construcción histórica cuando el historiador confunde el papel “cívico” propio de su profesión y lo convierte en un papelón “ideológico” y concluye que, el oficio de historiador a día de hoy consiste en“trabajar en el presente y tratar de luchar contra la presión de las memorias, haciéndoles justicia. El historiador es un árbitro entre las diferentes memorias, un intérprete de cada una de ellas y aquel que trata de reconstruir los sucesos en su profundidad histórica y en su duración”.

Un buen método para evaluar la calidad histórica de nuestros recuerdos es enfrentarlos a otros recuerdos, cotejarlos con lo escrito por los historiadores y distinguir entre los candidatos a formar parte de la Historia y los que habitan en el mundo donde Shakespeare construye sueños.


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09 noviembre 2021

Un viaje a la violencia en la Europa del siglo XX de la mano de Julián Casanova

 

Ilustración: Ainhoa Feria Royo (también conocida por Caos)


La relación entre violencia y política constituye un debate historiográfico que todavía está por dilucidar y, mientras la tesis de Piker defiende que el declive de la violencia está ligado a la modernidad, otros autores defienden un progresivo aumento de la violencia. El libro de Julián Casanova “Una violencia indómita. El siglo XX europeo” se instala de lleno en medio de este debate en torno a la violencia política en el continente europeo durante el siglo XX y aporta varios aspectos novedosos:

Discute la cronología tradicional de Hobsbawn de un siglo XX corto definido desde en comienzo de la Primera Guerra Mundial en 1914 hasta la desaparición de la URSS en 1991, para subdividirlo en un tríptico: las catástrofes 1914-1945, edad de oro 1945-1975 y crisis 1975-1991. Casanova rompe este esquema temporal ampliando tanto por el comienzo del que lo lleva hasta las tensiones propias del mundo imperialista y colonial, como por el final dando gran importancia a la extensión del siglo hasta abarcar las guerras que marcaron Yugoslavia en los años noventa. De esta manera modifica el relato construido por el eje franco británico que defiende una primera mitad de siglo violento y una segunda pacífica.

Introduce las referencias históricas de la Europa del Este y del Sur porque se escapan del estándar europeo occidental porque su objetivo. Casanova afirma en la introducción que el objetivo es mostrar una historia múltiple que huya del relato único que ha prevalecido. La esencia de su trabajo consiste en la comparación de un contexto transnacional para mostrar los matices y las diferencias entre los conflictos que, sin embargo, también mantienen similitudes en asuntos como “la ideología de raza y de la nación”, las crisis que generan guerras y revoluciones, y los proyectos de “utopías totalizadoras”.

Aplica una visión de género que traslada la figura de las mujeres al primer plano de las víctimas de la violencia.

La estructura formal del libro es impecable gracias a la redacción de unos capítulos prácticamente idénticos en su extensión que vuelven a mostrar a un autor con musculatura narrativa, capacidad de síntesis y una gran habilidad para destilar lo esencial de una enorme cantidad de bibliografía, quizás podría destacar la preocupación del autor por poner el énfasis del desarrollo histórico en las personas que toman las decisiones, antes que a las estructuras políticas y sociales, sin embargo, en el paseo al que les invitó voy a omitir la gran mayoría de los nombres propios. Va a ser un viaje guiado por las palabras del autor, y lo hago con la pretensión de abrirte el apetito, para que bucees  en todos los detalles que el libro de Casanova te ofrece. El viaje terminará con una coda a modo de reflexión filosófica en torno a la violencia de la mano de Hannah Arendt.

Y no olvides lo fundamental: La violencia es la protagonista que nos va a guiar a lo largo de este viaje a la historia de la Europa del Siglo XX.

1 Primeras tensiones

El continente europeo finales del siglo XIX se encuentra en un momento de tensión porque el mundo que provenía del imperialismo está en fase de desaparición de privilegios, lujo y poder cuando las colonias fueron el banco de prueba para una violencia que hizo un viaje de ida y vuelta y desembarcó en la Europa de 1914 donde afloró el nacionalismo étnico racista, el colonialismo y los conflictos de clase de mano de la revolución bolchevique y la crisis del capitalismo.

El siglo XX para las potencias europeas, con la excepción de Francia, comenzó con la monarquía instalada en el poder y, aunque el republicanismo era un movimiento considerado radical, marginal y revolucionario, las ideas de la revolución francesa en cuanto al declive y la decadencia de la nobleza y la aristocracia eran incuestionable en un tiempo en el que clase y rango venían marcados por el vestido y la forma de hablar, un tiempo en el que emergía una sociedad de masas donde los sindicatos y los partidos atraían a las clases trabajadoras para organizar huelgas y disturbios en los que exigían que no se les excluyera del sistema político.

La clase trabajadora era un nuevo actor político y reivindicaba su espacio político con la intención de reformar el sistema liberal capitalista. El terrorismo también apareció en escena con la idea del “asesino virtuoso” que tenía como objetivo gobernadores, políticos y miembros de la policía en busca de una ética de sacrifico que evitara sangre inocente.

La violencia no fue un rasgo distintivo en el nacimiento del anarquismo que, sin embargo, sufrió una mutación en sus intenciones iniciales cuando la tendencia violenta se impuso como un fenómeno internacional mediante atentados por venganza o represalias contra el poder torturador que condenaba a muerte a personas que nada tenían que ver con los asesinatos. El terrorismo de principio de siglo dejó miles de muertos y la represión, además de luchar contra esa violencia, derivó en violencia criminal financiada con robo en bancos y trenes.

“Ciudad de las bombas” fue el sobrenombre que recayó sobre la Barcelona de principios del siglo XX cuando un terrorismo turbio e indiscriminado que, carecía de objetivos políticos, avivó la inquietud y los disturbios, de manera que el anarquismo quedó asociado a la figura siniestra de un hombre de capa negra de bomba, daga y revolver.

La violencia terrorista contra el Estado aumento el poder del Estado que concentró y reforzó el monopolio de la violencia en casi todos los países creando nuevas fuerzas de policía y el reclutamiento para el ejército.

Cuando la clandestinidad anarquista de la violencia se esfumó, se abrió paso al lenguaje de clase de manera y los movimientos sociales se dividieron entre los que buscaban por los medios legales la oposición parlamentaria y quienes seguían defendiendo una vía insurreccional que, en los casos más extremos, mantenía la opción terrorista. Estas dos posturas las podríamos resumir situando la primera en Alemania y en Rusia la segunda.

Mientras tanto el desarrollo del capitalismo y la industrialización en la Europa Occidental provocaron conflictos entre patronos y obreros donde la huelga como forma de la protesta se sustituyó por el motín. El objetivo era solucionar las penosas condiciones en las que se desarrollaban las nuevas formas de trabajo en fábricas y talleres, lo que favorecieron la creación de sindicatos y partidos políticos en torno al socorro, la ayuda y la resistencia mutua.

Las ideas socialistas y anarquistas alarmaban a la gente de orden y, aunque los socialistas mantenían cierta retórica revolucionaria, su aspiración era llegar a los parlamentos nacionales gracias a un sufragio censitario que sustituyera al sufragio universal masculino. Sin embargo los mayores desafíos a la autoridad y al sistema de propiedad se produjeron en la Rusia imperial de antes de 1914, un país con una incipiente clase obrera industrial frente al gran número del campesinos, este desequilibrio lo simbolizaba el atraso económico que a la postre imposibilitaba la construcción de una democracia liberal por dos motivos: La inexistencia tanto de una poderosa clase burguesa industrial como de un proletariado capaz de organizar una alternativa política y revolucionaria al régimen autocrático de los zares. La chispa que encendió la hoguera de la primera revolución fue la guerra contra un Japón expansionista.

La guerra fue larga y se perdió provocando una debacle militar que precipitó una crisis política y social. Una manifestación masiva en enero de 1905 concluyó frente al Palacio de Invierno de San Petersburgo donde las tropas abrieron fuego, los trabajadores levantaron barricadas, algunos grupos asaltaban armerías y tiendas de licor y, aunque nadie se puso al frente de aquella revuelta, tuvo un profundo efecto en la conciencia de mucha gente.

Aunque a los pocos meses Trotski dirigía el primer soviet, las protestas cesaron y entonces los terratenientes reclamaron represión para restablecer el orden mediante asociaciones que contrataban grupos armados para defender sus propiedades. Se trataba de ultraderechistas paramilitares para enfrentarse en las calles contra los revolucionarios y que portaban retratos del zar, estandartes patrióticos y consignas contra los judíos. Fue, en perspectiva histórica, el más claro precedente de lo que sería el fascismo de los años treinta.

La violencia rebelde se contestó con más brutalidad por las autoridades y el ejército y, aunque el zarismo de 1905 sobrevivió, se dibujó el antagonismo de clase y desigualdad social que explotaba al campesinado y llevaba a la violencia política. Un marco social muy alejado del marco narrativo idealizado desde los países occidentales en los que se anteponían el valor de los buenos tiempos del continente antes de que todo se derrumbara en 1914.

En la Conferencia de Berlín de 1884 se repartió África entre los principales poderes europeos y fue el punto de partida para creer en la superioridad de la raza blanca europea sobre los “salvajes”. La superioridad blanca llevaría el cristianismo y la civilización superior hasta llegar a que los libros de texto en Gran Bretaña subrayaban la inferioridad racial de los pueblos sometidos. Lo interesante en el análisis de Casanova es que aplica esta división de razas superiores e inferiores a las consecuencias violentas entre potencias y colonias que destruyó economías locales, sistemas políticos y realidades culturales.

Se daba la paradoja de que el viejo imperio español estaba en retirada frente al momento cumbre de alemanes, franceses y británicos y así, la decadencia melancólica en España contrastaba con el orgullo de los nuevos imperialismos que contagió a amplios sectores sociales con una poderosa mezcla de nacionalismo, militarismo y racismo. La vida se interpretó como una cruel lucha de supervivencia donde los fuertes dominaban a los débiles, una idea que trasladada al ámbito de la relaciones entre naciones reafirmaba la importancia de la fuerza militar y construía una imagen nacional que sirvió para respaldar y promocionar la guerra.

El imperialismo también tenía justificaciones económicas y culturales. La industria europea necesitaba las materias primas de las colonias, mercados para sus productos y nuevos territorios donde invertir.

La violencia que sofocó la resistencia indígena fue el anticipo de lo que ocurriría durante la Primer Guerra Mundial hasta llegar a la afirmación de que el colonialismo europeo fue el tercer sistema totalitario anterior al comunismo y al fascismo. El mejor ejemplo es la actuación del rey de Bélgica Leopoldo II en el Congo donde, tras la filantropía de acoger a misioneros cristianos, se realizaban torturas, violaciones y exterminio que se pueden conectar con el Holocausto judío: Diez millones de víctimas mortales entre 1890 y 1914.

Mientras el imperialismo europeo agitaba a las masas populares hacia el nacionalismo y la identificación con el Estado, en España se producía el efecto contrario. El siglo XX español se inauguró con el desastre de 1898 y un nuevo rey en 1902 cuando Alfonso XII heredó el militarismo del siglo XIX al que sumó la guerra con Marruecos, un conflicto que conectó a los militares africanistas con el desastre de Annual, la rebelión de julio de 1936 y la brutal represión posterior que sufrió una parte de la sociedad española.

La creación de los Estados nación en Europa Occidental fue un proceso lento y gradual, sin embargo en Europa del Este se produjo una notable aceleración en el cambio del siglo XIX al XX cuando los Habsbrugo, Romanov y sultanes otomanos, después de siglos en el poder y para darle solución a la cuestión nacional, buscaron la homogenización racial o religiosa mediante la expulsión, traslado o eliminación de minorías étnicas o grupos de los considerados diferentes.

Rusia aumentó el odio contra los judíos con la publicación de un libelo en 1902 en el que se les acusaba de una conspiración mundial para subyugar a las naciones cristianas, se les acusó de asesinatos rituales, vampirismo y trata de blancas hasta conseguir que el antisemitismo fuera considerado una moda elegante entre la élite.

La expansión de los Habsburgo conllevo persecución sobre musulmanes y cristianos ortodoxos con rebeliones de serbios reprimidas brutalmente que culminaron con el asesinato del Archiduque Francisco Fernando de Austria el 28 de junio de 1914 en Sarajevo.

La rivalidad entre los estados independientes de la zona de los Balcanes impidió una alianza frente a la autoridad imperial otomana y así, los conflictos nacionalistas del área se saldaron con dos guerras. La primera terminó por la solicitud de un armisticio por parte de los otomanos que fueron derrotados en diferentes frentes con pérdida de territorios. Las negociaciones fracasaron y una segunda guerra provocó la derrota y una amplia reducción de la presencia otomana en Europa. Esta victoria cambió significativamente el mapa con la paz de Constantinopla de 1913 pero no calmó las diferencias entre los balcánicos. Las batallas de los Balcanes anticipaban el imperialismo de Hitler y Stalin gracias a la anexión de áreas que creían de su pertenencia por cuestiones históricas, culturales o de lenguaje. Sin embargo lo más relevante fueron las masacres de civiles que, asesinados en nombre de la religión o la integridad racial, fueron el preludio de los genocidios que estaban por venir.

Un buen ejemplo fueron las humillaciones sufridas por los cristianos armenios, un pueblo nómada, indefenso, sin aliados, sin independencia nacional y que, dispersos entre Turquía, Rusia y Persia, sufrieron los maltratados de kurdos y el gobierno otomano con el objetivo de exterminarlos.

2 Culturas de guerra y revolución

La Primera Guerra Mundial, las revoluciones de 1917 en Rusia y las secuelas de los conflictos armados dejó una oleada de violencia paramilitar, brutalización de la política, glorificación de las armas, miedo a la revolución y el comunismo y, a la vez, crítica a la democracia que resistió en pocos países frente al autoritarismo del fascismo en un continente roto en lo económico y lo político hasta hundirse en un abismo de tres décadas.

Los civiles muertos en las guerras europeas eran pocos en comparación con quienes combatían. La Primera Guerra Mundial borró la tradicional línea que dividía la población combatientes de la que no lo era con un tercio de los muertos civiles. Este cambio, que ya se había anunciado en las colonias y los Balcanes, convertía a la violencia en un factor fundamental de la política. La idealización y glorificación de la violencia se instaló más allá de la guerra. Los nacionalistas, especialmente allí donde había mezcla étnica, marxistas y anarquistas la defendían como una forma de protesta social frente a la burguesía, como una herramienta para cambiar la sociedad y, mientras tanto, las potencias coloniales ejercían la violencia justificando la represión de pueblos inferiores. En ese escenario, la guerra en la Europa de 1914 se aceptó como un instrumento más en el baile de la política y así, de una guerra limitada se pasó a la política por otros medios que no admitía transigencia en un desarrollo sin cuartel entre el bien y el mal. La guerra, desarrollada más allá del campo de batalla, fue la forma más extrema de la violencia política.

Esta forma de entender la guerra entre la población civil afectó a todo el continente pero tuvo mayor impacto en la Europa Central, del Este y del Sudeste. Las razones de esta diferencia están relacionadas con unas fronteras nacionales muy claras en Occidente frente a la fragmentación étnica, social, nacional y política. El conflicto europeo fue el detonante para canalizar las corrientes homogeneizadoras en torno a la etnia nacional y una política que aspiraba a borrar del mapa a todos los considerados hostiles o ajenos al proyecto nacional. La   brutalidad frente a las minorías alcanzó las mayores cotas en el imperio ruso donde la guerra mundial, revoluciones y guerras civiles entre 1914 y 1921 culminaron con el cambio más profundo de la historia del siglo XX donde el poder pasó en muy poco tiempo de una autocracia propia del Medievo a los revolucionarios marxistas y, mientras la secuencia de las grandes revoluciones norteamericana y francesa siempre tuvieron el aroma de la liberación progresiva de la humanidad. La revolución rusa rompía las relaciones jerárquicas: El control de las fábricas pasaba a los obreros, los soldados desertaban en masa y los campesinos tomaban las tierras comunales. El estudio de este periodo cambió en 1989 cuando, con la caída del comunismo, empezó a ser más fácil acercarse en las revoluciones, especialmente a la bolchevique en Rusia, teniendo presente la espantosa violencia que la acompañó.

Las primeras revoluciones en territorio ruso antes que generadoras de violencia eran la respuesta a la violencia preexistente y, aunque los acontecimientos hubieran podido transcurrir por otros caminos, la consolidación en el poder de una minoría revolucionaria en medio de una guerra civil frente a los contrarrevolucionarios fue la que inyectó la dosis de violencia.

Los bolcheviques eran un partido minoritario que aprovechó el caos en el campo, el encono de los trabajadores y soldados. La mayor parte de la población vio frustradas sus expectativas cuando el poder soviético sometí a sus súbditos a una movilización total  mostrando muy poca consideración por la vida humana y, en febrero de 1917 mientras las mujeres organizaban disturbios contra el racionamiento del pan, las autoridades perdieron el control de las fuerzas militares compuestas por jóvenes reclutas en un paso definitivo hacia la revolución cuando en el corazón de las fuerzas armada zaristas, un millón de soldados se cansaron de la guerra y desertaron entre marzo y octubre de 1917.

La eliminación de Zar quebró el poder del Estado y, mientras la revolución barrió a quienes pretendieron controlarla, se dispararon los actos de violencia avivados por la memoria de las largas disputas en torno a la tierra. Era la venganza de los siervos contra el brutal comportamiento de siglos de servidumbre en beneficio de los hacendados. El verano de 1917 unió a las personas que habían perdido la ilusión sobre los conceptos de democracia y ciudadanía y, quien sabe, si el Gobierno hubiera buscado un final inmediato de la guerra mediante negociaciones con los alemanes, tal vez no se hubieran producido las deserciones en masa que los bolcheviques aprovecharon para alimentar de odio cuarteles y trincheras contra la burguesía, los oficiales, los terratenientes, los comerciantes y los clérigos. La histeria generada por los revolucionarios fue una guerra plebeya contra el privilegio que expresaba un odio de siglos y un rencor por tres años de guerra.

La revolución llevó a los bolcheviques al poder pero no tenían un ejército para combatir contra Alemania o el Imperio Austrohúngaro, por eso Rusia firmó la paz el 3 de marzo de 1918 y entregó a Alemania gran parte de sus territorios europeos como el paso imprescindible para concentrarse en la guerra lanzada por los contrarrevolucionarios del Ejército Blanco y sus aliados en Europa. Pasaron seis meses hasta que el Ejército Blanco pudo reunir fuerzas suficientes, un tiempo en el que otras fuerzas de izquierda alejadas de los planes bolcheviques para el control de la tierra y la industria defendían la formación de un gobierno de coalición, sin embargo, los bolcheviques disolvieron en enero de 1918 la Asamblea Constituyente y apostaron por la dictadura del proletariado para dejar claro que su guerra era contra las clases opresoras, pero también contra el resto de los socialistas. Estaban abocados a una guerra civil.

La guerra civil ayudó a los bolcheviques a mantener el poder, estableció una clara opción entre revolución Roja o contrarrevolución Blanca y convirtió a la guerra en la cubierta protectora para aplastar las aspiraciones de libertad popular en nombre de las necesidades militares y políticas. Los bolcheviques durante la guerra civil fueron aumentando la política de terror que, iniciada contra los denominados enemigos del pueblo, se extendió a anarquistas, mencheviques y social revolucionarios.

El Terror Rojo se asocia con la Checa, acrónimo para definir la nueva política del Estado bolchevique, un órgano que muy pronto fue unos de los más poderosos del Estado y que justificaba el terror como método legítimo, y de último recurso, para defender la dictadura del proletariado. La revolución tenía que defenderse y la represión y el crimen desorganizado se trasplantó a la justicia revolucionaria en tribunales populares mediante un sistema descentralizado que impartía el terror organizado desde arriba. Era una batalla en la que se usó la coerción militar y policial contra los enemigos de clase, los adversarios políticos, pero también contra los sectores de la población por quienes se suponía que habían hecho la revolución.

El Terror Blanco se desató de forma cotidiana en el bando contrarrevolucionario cuando los oficiales dieron libertad a sus hombres para el saqueo, pero también hubo abundante violencia contra los campesinos que se oponían a la restauración del viejo orden y los judíos que se percibían como agentes revolucionarios. Este antisemitismo aseguró la lealtad de los judíos a los bolcheviques.

Las acciones violentas del régimen bolchevique no estaban muy alejadas de lo que hacían todos los contendientes de la Primer Guerra Mundial, lo específicamente ruso fue la incorporación posterior al escenario político interno continuando con esas práctica en tiempo de paz asumiéndolas como parte de su aparato de Estado.

Las dos revoluciones rusas, la que derribó al zar y la que llevó al poder a los bolcheviques, tuvieron importantes repercusiones en Europa donde hubo revoluciones abortadas en Austria y Alemania junto a otros fenómenos parecidos en Hungría y Finlandia. Esta oleada de revueltas fue derrotada en todos los casos pero asustó a la burguesía, generó un potente sentimiento antirrevolucionario y provocó el miedo a la revolución y el comunismo con la perdida de posibilidades para definir democracias con perspectiva  de compromiso social y así, los regímenes democráticos que surgieron de la desintegración de los Imperios alemán y austriaco buscaron rápidamente una paz que evitara las tensiones de la guerra. Por su parte, las clases trabajadoras de estos países y la socialdemocracia que los representaba se encontraban en una fase de aceptación de la democracia y el parlamentarismo. Todos estos factores anularon las condiciones para desarrollar nuevas revoluciones y, por lo tanto, la revolución en Rusia terminó como una anomalía doctrinal, política y económica en Europa.

Parecía que la guerra había terminado sin embargo, la brutalización fue un fenómeno que se produjo en el interludio entre la guerra y la paz, un fenómeno de carácter transnacional en el que la guerra no acabó con el armisticio firmado el 11 de noviembre de 1918 y continuó en tiempos de paz mediante revoluciones, guerras civiles, de independencia, conflictos étnicos y levantamientos anticoloniales. Es un momento histórico en el que se produjo dos cambios decisivos: La revolución bolchevique y la disolución de los imperios con la creación de nuevos estados, disputas territoriales y desplazamientos masivos de población de manera que, en algunas zonas del este el Estado desapareció y la violencia aprendida en muchos sectores sociales se usó en beneficio propio y así, quienes fueron víctimas se convirtieron en perseguidores incluso para golpear más fuerte que los anteriores criminales. Veamos algunos ejemplos de cómo la violencia paramilitar fue un componente central en Europa.

Hungría comenzó la Primera Guerra Mundial como parte de la monarquía de los Habsburgo, con la derrota perdió dos tercios de su territorio y la mitad de su población húngaroparlante quedó bajo el control de sus países vecinos. Hungría quedó desarmada, aislada, sin economía y odiada por sus vecinos. El trauma que arrastraban las élites políticas, militares y económicas fue aprovechado por los bolcheviques que lanzaron una revolución comunista derrotada por los terratenientes y el ejército rumano y que dio paso a la primera dictadura derechista que se estableció en Europa.

Finlandia era un ducado autónomo del imperio ruso hasta la caída de los Romanov en 1917. La situación que estableció fue que, sin el tradicional control de las tropas imperiales, se crearon las Guardias Rojas con grupos socialistas y las Guardias Blancas con antirrevolucionarios. Para los socialistas se trataba de una doble batalla por la revolución y la democracia; para los blancos fue una guerra de liberación para separarse de la influencia maligna del bolchevismo. La revolución fue derrotada y los vencedores desataron un Terror Blanco sobre la clase obrera que combinó represalias extralegales y al amparo de la ley. El asesinato fue completamente arbitrario y las víctimas no fueron necesariamente ni los socialistas más activos ni los acusados de ejecutar el Terror Rojo. Fue una guerra civil que, por carecer de ejército nacional, se desarrolló como un conflicto paramilitar con grupos de voluntarios armados que no supieron controlar la espiral de violencia.

Alemania cayó derrotada en la Primera Guerra Mundial y la población se lanzó a las calles al sentirse engañada por las promesas de victoria de la propaganda oficial. Los consejos de obreros y soldados se multiplicaron de forma esporádica y la oleada revolucionaria llegó a Berlín provocando la abdicación del Kaiser y el derrumbe del todopoderoso imperio alemán. Era el fin del orden tradicional como había ocurrido un año antes en Rusia. En ese momento los grupos de revolucionarios eran pequeños en número y por lo tanto débiles, sin embargo aspiraban a una revolución al estilo bolchevique y por eso no reconocieron al gobierno provisional socialista mientras un grupo antibélico creado en 1914 abanderaba el movimiento al grito de “Todo el poder a los soviets” y, aunque eran pocos, muchas gene los percibió como una amenaza bolchevique. La insurrección de estos grupos comenzó en enero de 1919 para derribar al gobierno socialdemócrata y nombrar un comité revolucionario.

Los Freikorps se crearon para sofocar la revuelta y estaban compuestos por trabajadores, soldados, burgueses, estudiantes favorables al gobierno y a las órdenes de antiguos oficiales del ejército que odiaban la revolución. Los rojos eran ratas que estaban inundando Alemania y había que eliminar con medidas de extrema violencia: La intelectual marxista Rosa de Luxemburgo murió aplastada a culetazos y rematada a balazos y su asesinato ilustra dos concepciones políticas que marcarían el futuro del continente. Los Freikorps y el ejército, primero a instancia de los socialdemócratas y por iniciativa propia después, sacaron sus armas para luchar contra el bolchevismo, como más tarde lo harían para socavar la legitimidad de la república y derribarla. Más allá de las discrepancias ideológicas, el verdadero cisma entre socialdemócratas y marxistas se estableció con el estallido de la guerra en 1914, cuando los primeros apoyaron la causa bélica de la Alemania Imperial y los segundos la denunciaron y la querían aprovechar para que los trabajadores derribaran el capitalismo. Algunos grupos de Freikorps se especializaron en el asesinato político. La mayoría de las víctimas no fueron comunistas, sino político, banqueros y católicos que fueron etiquetados como traidores a la patria y responsables de la caída de la monarquía.

La transición de la guerra a la paz no fue aceptada por algunos oficiales y soldados que sintieron la frustración de la derrota de los Imperios y, bajo la denominación de contrarrevolucionarios, se rebelaron contra un nuevo mudo de repúblicas y revoluciones. Se sentían horrorizados por el Terror Rojo que llegaba desde el Este y pusieron sus armas al servicio de la violencia paramilitar de unas formaciones que compartían la cultura de la derrota, el odio al bolchevismo, a los judíos y a las mujeres politizadas. Si la revolución amenazaba las jerarquías sociales, el orden y la autoridad, la contrarrevolución nacía para impedirlo, reparar los daños de la derrota en la guerra y la humillación nacional mediante una venganza violenta.

Después de la derrota de todas las revoluciones comunistas llegaba el momento del ajuste de cuentas. La persecución contrarrevolucionaria afectó a socialdemócratas, liberales, intelectuales, escritores, músicos, judíos y mujeres rojas, un desprecio muy presente que diferenciaba entre las enfermeras tan castas como las madres, esposas e hijas de clase media y alta, y las mujeres de clase obrera que, armadas con rifles, amenazaban la integridad masculina.

La emancipación política de las mujeres socialistas y comunistas se percibía como una amenaza en el contexto de guerra, derrota y revolución hasta desencadenar una brutal represión de los Freikorps mediante torturas, violencia sexual y rituales de mutilación del cuerpo. Los paramilitares ultraderechistas agredían a las mujeres para reafirmar su identidad híper masculina, el culto a la virilidad forjado en las trincheras, el respeto a las jerarquías y el amor a la patria. Los niveles de violencia no bajaron significativamente hasta 1923.

El paramilitarismo allanó el camino para el surgimiento del fascismo que desde el principio estuvo unido a la violencia como distintivo fundamental, el elemento unificador de su existencia. Mussolini inauguró el fascismo el 23 de marzo de 1919 con una reunión de cincuenta individuos. Todo cambió un año más tarde cuando las actividades violentas contra periódicos socialistas y locales de sindicatos para intimidar o asesinar si era necesario. Era una lucha armada dirigida fundamentalmente a ganar la guerra de clases contra los socialistas. Las camisas negras propagaron el terror por el campo, ocuparon ciudades, dieron palizas y humillaron a sus adversarios políticos, eran pandillas que demostraban su hombría. En 1921 eran un cuarto de millón de militantes.

El plan de insurrección de los fascistas italianos comenzó ocupando edificios púbicos hasta partir desde diferentes sitios para converger en Roma. El presidente del gobierno presentó un decreto de ley marcial al rey Víctor Manuel para usar el ejército contra los fascistas, el rey se opuso para no crear divisiones dentro del cuerpo militar y el gobierno dimitió. Fue el rey quien nombró a Mussolini jefe de Gobierno, una decisión aplaudida por quienes esperaban que el socialismo dejase de amenazar a las clases acomodadas y el orden social establecido. El fascismo italiano accedió al poder con una combinación de violencia paramilitar y maniobras políticas sin levantamientos militares ni elecciones.

El camino de la dictadura hacia el nuevo orden fascista se consiguió con la aparente aceptación popular de la autoridad que había logrado la banalización de la violencia para controlar la oposición, eliminar las libertades de prensa, crear una policía secreta para detener a los ciudadanos y así, con la institucionalización de la violencia y el terror, disciplinar a quienes rechazaban la obediencia absoluta a la autoridad del Duce.

Las dictaduras que se establecieron en otros países del centro y sudeste en los años veinte y treinta tras la disolución de los imperios no fueron fascistas. Fueron antiparlamentarias, autoritarias, anticomunistas y antiliberales surgidas del choque violento entre revolución y contrarrevolución.

La violencia también anidó, con niveles más bajos, en los estados democráticos. La democracia pudo regular y reprimir la violencia entre comunistas y fascistas, sin embargo en las colonias los métodos de pacificación fueron violentísimos. Veamos algunos ejemplos.

Gran Bretaña es el paradigma de la excepción de la militarización de la política, una tranquilidad británica matizada por el ciclo de violencia irlandesa entre 1920-1921 cuando el ejército de la República Irlandesa (IRA) desafió a la corona británica y comenzó una guerra de independencia en la que, más que una fuerza paramilitar, se comportaba como un ejército con la convicción de representar a la nación frente a la colonización británica. El resultado fue el Estado Libre Irlandés, pero el IRA y una parte de la sociedad no admitieron que seis condados del Úlster permanecieran en el Reino Unido como pago por la independencia. La guerra civil produjo una profunda división en una sociedad que se vio muy afectada por la violencia.

Francia, la otra gran vencedora de la Primera Guerra Mundial, elaboró una cultura de la victoria aumentando el tamaño y el prestigio del ejército que era recibido con ceremonias cívicas y rituales nacionales, pero también abundaron los defensores de la violencia política que formaron unidades paramilitares visualizadas en un terrorismo de ultraderecha y, sin embargo, la mayoría parlamentaria de un gobierno conservador dejó a los paramilitares sin espacio ante la fortaleza del Estado, las fuerzas armadas y la casi completa ausencia de tensiones étnicas o fronterizas.

España, siguiendo la senda de la mayoría de los países europeos, también resolvió sus conflictos por la vía violenta. Hasta la Segunda República la sociedad española parecía al margen de la ola violenta, tal vez por su neutralidad en la Primera Guerra Mundial que le evitó la desmovilización de millones de excombatientes, sin embargo, había capas sociales que también temían al bolchevismo, las diferentes manifestaciones del socialismo y el sueño de un nuevo mundo igualitario que surgiría de la lucha de clases. Los problemas de España tenían que ver con el corporativismo del ejército, la deriva autoritaria de la corona, el conflicto colonial marroquí, la movilización sindical y las protestas populares que, en sectores conservadores, sonaban a cánticos de la revolución rusa. Hasta que todo estalló en Barcelona donde cayeron militantes anarcosindicalistas enrolados en grupos de acción y patrones que, entre los empresarios más radicales contrataron cuerpos de seguridad privada para encontrar soluciones de fuerza hasta que algunos de ellos derivaron en simples bandas de pistoleros. Las críticas al rey por su intervencionismo colonial y el fracaso en la guerra de Marruecos le llevaron hasta el final del régimen de la Restauración monárquica mediante el golpe de Estado de Primo de Rivera en 1923 que instauró una dictadura con rey hasta la proclamación de la II República el 14 de abril de 1931 que encontró grandes dificultades para asentarse, desde las insurrecciones anarquistas en Asturias y Cataluña fuertemente reprimidas por las fuerzas armadas del Estado republicano hasta el golpe de estado de 1936, un conflicto militar que enterró definitivamente las soluciones políticas y en su lugar puso una guerra que contenía muchas capas: De clases entre diferentes concepciones del orden social, de religión entre catolicismo y anticlericalismo, entorno al concepto de patria y nación, de las ideas que pugnaban en el escenario internacional. Tres años de guerra para que la sociedad padeciera una oleada de violencia sin precedentes por el desprecio de la vida del otro y como a partir de entonces, y no antes, se sucedieron las violencias que ya habían recorrido Europa desde la Primera Guerra Mundial: Revolucionaria, contrarrevolucionaria, paramilitar, fascista/nacionalista y asesinatos masivos en retaguardia. Y la más específica, la derivada de convertir la guerra en cruzada religiosa, la guerra santa y el odio anticlerical cuando el vacío de poder causado por el golpe de estado inauguró un periodo de odio de clase que quiso aniquilar el viejo orden y, aunque la ola destructiva alcanzó a la Iglesia de lleno, el impulso anticlerical no aportó ningún beneficio a la causa republicana y España, como otros muchos países, sufrió un retroceso democrático por el camino hacia una dictadura ultraderechista. A finales de 1940 solo seis democracias permanecían intactas: Reino Unido, Irlanda, Islandia, Suecia, Finlandia y Suiza.

3 Violencia sin frontera

Los verdugos, asesinos y violadores, en los casos más extremos de violencia, creaban sus propios rituales para la limpieza étnica, el genocidio y la violación sexual.

La limpieza étnica es la eliminación sistemática por medios violentos de un grupo definido por su etnicidad o nacionalidad, y generalmente implica la existencia de un perpetrador violento y una víctima inocente e indefensa. El concepto de “limpieza” surge en Europa a lo largo del siglo XX gracias al idealismo de crear naciones y Estados puros y homogéneos en el que imponer la lengua nacional y, por lo tanto, precisaba de la represión hacia las minorías. La primera limpieza étnica comenzó en 1912 en los Balcanes, la segunda se corresponde con la hegemonía nazi que coincidió con las grandes deportaciones masivas en la Unión Soviética definidas por la nacionalidad, la tercera comenzó con el final de la Segunda Guerra Mundial y el desplazamiento de población de los años posteriores, la última ocurrió en la antigua Yugoslavia a finales de los años noventa. Todos estos casos comparten la extrema violencia, la presencia de guerras como elemento legitimador y la determinación de que la limpieza, además de borrar la huella biológica, tenía que alcanzar los signos físicos y la memoria cultural.

El término genocidio fue acuñado por el abogado polaco y judío Raphael Lemkin durante la Segunda Guerra Mundial, su definición incluyó la idea del odio contra un colectivo racial, religioso o social contra los que se ejecutaba una acción punible hacia la vida, la libertad o la dignidad, además de acciones para destruir su arte o cultura. La ONU en 1948 adoptó su definición pero eliminó las referencias a los crímenes políticos o de clase, seguramente por dos motivos. El primero para subrayar el ataque racial de los nazis contra los judíos. La segunda salvaguardar la Alianza a la que partencia la Unión Soviética que ya realizaba políticas de persecución estalinista contra campesinos y rivales políticos.

Las políticas raciales nazis, además de dirigirse contra los judíos con raíces antisemitas de antes de 1914 y las guerras coloniales, también perseguía a los “defectuosos” con discapacidades mentales y los “asociales” como gitanos y vagabundos. La “solución final” para asesinar en masa y deshacerse de los cadáveres como una práctica de exterminio sistemático se sustentó sobre un grupo de la clase media alemana, muchos de los cuales eran titulados universitarios y ayudaron a que el Holocausto tuviera esa extraña combinación de brutalidad y proceso administrativo con una logística tan concienzuda como eficaz, y que tuvo en Adolf Eichmann el icono de un funcionario que pertenecía a una maquinaria burocrática perfectamente engrasada para el aniquilamiento.

El desplome de la Unión Soviética permitió el acceso a los archivos donde se mostraba  a Stalin como el responsable de los asesinatos masivos que ocurrieron durante su dictadura porque conocía todos los detalles y ejerció un poder que alcanzaba para decidir sobre la vida y la muerte, un poder sin restricciones que incluyó deportaciones, sufrimientos y agonías cuando a partir de 1928 se promovió la persecución contra los kulaks, que los bolcheviques identificaban como los campesinos ricos, y que se extendió a cualquier pequeño propietario. La represión se dirigió contra los enemigos de clase y los grupos que representaban al antiguo régimen zarista y, en los años treinta, también se comenzó a decapitar el propio partido comunista y el ejército. Fue Stalin quien se encargó personalmente de dirigir la eliminación de la vieja guardia del partido bolchevique. Todas estas órdenes desencadenaron un Terror del que eran participes decenas de miles de personas para ejecutar los actos de represión.

Hitler y Stalin fueron dictadores, asesinos y genocidas que aniquilaron millones de personas y destruyeron países y sociedades en nombre de una utopía transformadora. Esta crueldad e indiferencia hacia el que se consideraba el enemigo se convirtió en seña de identidad de toda Europa en los años treinta y cuarenta.

La violencia sexual, dentro de la brutalización general, adoptó formas específicas hacia las mujeres en forma de violaciones, mutilaciones, prostitución, rapado de pelo, matrimonio y embarazos forzados.

En el verano de 1915 los hombres de Armenia había  sido desarmados y, sin posibilidad de resistencia, el siguiente blanco fueron las mujeres y los niños. Cientos de miles fueron desplazadas hacia el desierto Sirio por el Imperio Otomano con el propósito de matarlas o dejarlas morir de hambre y deshidratación. Las mujeres eran violadas para convertirse en mercancía distribuida entre los habitantes de las zonas por las que transitaban hasta convertirlas en esclavas al servicio de los musulmanes de la zona. En los casos más brutales a las mujeres embarazadas se les extraía el feto para simbolizar la completa destrucción y el dominio total de los verdugos.

Algunas autoridades alemanas de los años cuarenta estuvieron preocupadas por el peligro que corría la pureza de la raza y su incompatibilidad con la prostitución, los intercambios sexuales y la lógica de la higiene racial. Estas preocupaciones no llegaban ni a los soldados en el frente, ni a los campos de concentración donde se sucedían las violaciones, sin embargo las leyes raciales de 1935 prohibía mantener relaciones sexuales entre la “raza superior” y las “inferiores” y así, la propaganda de los líderes nazis intentó disuadir a los alemanes de que judías y gitanas, que estaban destinadas al aniquilamiento, se convirtieran en “objeto de deseo sexual.” Sin embargo hubo muchos casos de abuso sexual por las SS en los campos de concentración cuando las mujeres llegaban forzadas a la “sauna” donde se desvestían, eran desinfectadas, rapadas y se les tatuaban un número en el  cuerpo.

En la España de la guerra civil y la postguerra se rapó a muchas “mujeres rojas”, una práctica que dejó testimonios orales, escritos y fotográficos. Los responsables de esta humillación eran grupos paramilitares, sobre todo falangistas y después guardia civiles. Las “pelonas” como se las llamaba en Andalucía eran señaladas y paseadas por las calles. El rapado funcionaba para construir al “rojo” como el “enemigo interno” de la patria.

En Francia se raparon a 20.000 mujeres entre 1943 y 1946 acusadas de colaborar con las fuerzas de ocupación alemanas humilladas por miembros de la Resistencia, vecinos, autoridades y miembros de la policía. Se trataba de  un espectáculo público en torno al castigo a los traidores.

4 Democracias: Sistemas de persecución

La derrota militar del fascismo favoreció el modelo de una sociedad democrática de sufragio universal, estado de bienestar, prestaciones sociales, progreso y consumo. Pero la violencia no desapareció y, aunque la cultura dominante la rechazaba, Europa occidental diseño sistemas de persecución contra rebeliones en sus colonias desde mediados de los años cuarenta hasta los setenta. La violencia también continúo en los estados bajo el bloque soviético dominados por partidos comunistas y en las anomalías históricas de Europa Occidental con dictaduras ultraderechistas de Portugal y España o el régimen de Los Corones en Grecia desde 1967 a 1974.

Los ejércitos conquistadores en cualquier época histórica siempre han encontrado colaboradores voluntarios en los países ocupados, pero el término colaboracionista apareció por primera vez en palabras del mariscal francés Pétain tras un encuentro con Hitler en octubre de 1940. La colaboración francesa con los nazis dotó personal nativo a una burocracia nacional establecida con el consentimiento del ocupante formada con funcionarios, fuerzas armadas, hombres de negocios y afines en el terreno ideológico. Con la expulsión de los nazis cientos de miles de personas sufrieron la violencia vengadora mediante linchamientos en los últimos meses de la guerra o fueron sometidos a actuaciones judiciales que los llevaron a las cárceles. Pétain fue condenado a muerte. En Italia unos 15.000 fascistas fueron asesinados sobre todo en el norte del país y la liberación fue acompañada por linchamientos a manos de los partisanos.

El odio de los verdugos fue sustituido por el odio de las víctimas y durante la postguerra se recuperaron las ejecuciones públicas contra nazis, fascistas y colaboradores, sobre todo en el este de Europa donde el avance de las tropas soviéticas aplastó a los ejércitos de Hitler y sus aliados y, si el comportamiento de las tropas alemanas incluía violaciones y saqueo, la simple victoria no restablecía el honor de los hombres soviéticos que necesitaban una humillación total del enemigo simbolizada por la completa deshonra mediante la violación de sus mujeres frente a vecinos, maridos, niños y desconocidos.

Los dos primeros años de postguerra estuvieron caracterizados por la violencia y millones de desplazados entre soldados, prisioneros de guerra, liberados de los campos de concentración, expulsados y deportados. Alcanzar la normalidad no fue fácil y, mientras los castigos descendían, la tendencia fue hacia el perdón lo que limitó la desnazificación de la Alemania Federal y, de perseguir a fascistas, se pasó al “enemigo comunista” con el comienzo de la Guerra Fría y el reparto de Europa en dos zonas de influencia, la de Estados Unidos y la de la URSS. Comenzaba lo que Hobsbawn definió como la Edad de Oro pero, ese análisis de dividir el siglo XX europeo entre catástrofe y prosperidad está lastrado por importantes matices: La democracia no se instaló en el Portugal de Salazar, la España de Franco y en la Europa que va desde la frontera de Austria a los Urales.

La guerra de Francia contra el movimiento de independencia de Argelia entre 1954 y 1962 ilustra la continuación de la cultura militar, una violencia que las democracias creían superada y en la que tuvieron lugar numerosos casos de tortura y violencia sexual. A partir de 1959 los disparos de los soldados franceses a las mujeres fueron calificados como actos de guerra hasta el alto el fuego. El Frente de Liberación asesinó a 10.000 franceses opuestos a la independencia y 150.000 argelinos que había permanecido leales a Francia.

El terrorismo apareció en Europa en el último tercio del siglo XIX conectado con el surgimiento del Estado-nación y el uso de la violencia para desafiar a la autoridad, matar al tirano y conseguir los objetivos revolucionarios. En esos inicios se daba mucha importancia a los magnicidios y, aunque esa idea no desapareció, el terrorismo italiano neofascista puso una bomba en una estación de ferrocarril en 1978, una facción del Ejército Rojo alemán atentó contra bancos, comercios y asesinó banqueros, industriales y jueces. ETA en España y el IRA en Irlanda fueron las organizaciones que más víctimas causaron para sostener mitos nacionalistas. Sin embargo esta violencia terrorista fracasó en la obtención de sus objetivos políticos porque, al contrario que en la primera mitad del siglo XX, la sociedad y la política a partir de 1949 rechazó la violencia como método político y depositó el monopolio de la violencia en los Estados que regularon la posesión privada de armas. La experiencia de las dos guerras mundiales había cambiado la percepción que muchos ciudadanos tenían de la violencia.

En occidente nos encontramos con dos dictaduras de orígenes muy diferentes: Portugal tras un golpe de estado triunfante, España con un golpe de estado fracasado que necesitó de una guerra civil de casi mil días para alcanzar el poder. Lo que las igualó fue su larga duración. La dictadura de Portugal 48 años entre 1926 y 1974 y la de Franco 36 años desde 1939 a 1975.

La dictadura de Franco se consolidó en los años de la Segunda Guerra Mundial situando a España en la misma senda de muerte y crimen que recorría la mayoría de los países de Europa. La posguerra española anticipó las purgas y castigos que se vivirían en el continente después de 1945. La guerra terminó con la centralización de la violencia en la autoridad militar, un terror institucionalizado al amparo de las nuevas leyes del Estado que subrayó la división entre vencedores y vencidos, patriotas y traidores, nacionales y rojos. Una violencia organizada desde arriba y sustentada en la venganza de “paseos” y fusilamientos sin juicios. Es importante señalar que la participación ciudadana le dio fuerza hasta que el paso del tiempo dulcificó la violencia pero sin renunciar a la guerra civil como acto fundacional de una represión que Franco administró hasta pocas semanas antes de su muerte cuando se ejecutó a cinco supuestos miembros del FRAP y ETA.

En 1967 se produjo un golpe de estado en Grecia que abrió un periodo de siete años de persecución política y terror. Fue la Dictadura de los Coroneles que, con la excusa de impedir la toma del poder por los comunistas, se anticipó a las elecciones generales, detuvieron a las principales figuras políticas y, entrenados por la CIA, tomaron los principales centros militares. El régimen se consolidó a través de la intimidación mediante la brutalidad de la policía militar contra izquierdistas, funcionarios y profesores. EE. UU: apoyó la dictadura mientras los disidentes en el extranjero mostraban el cordón umbilical que unía el fascismo en su nueva versión apoyada por el imperio norteamericano para conectarlo con las oligarquías locales. En ese momento Grecia era un territorio clave en los equilibrios de la Guerra Fría, lo que nos sitúa ante el tema fundamental de como las dictaduras fueron apoyadas por las democracias occidentales.

La revolución de 1974 en Portugal, la caída pocos meses después de los Coroneles en Grecia y la muerte de Franco en 1975 provocó un giro en lo que había constituido una anomalía justificada por su dudosa utilidad en la lucha contra el comunismo.

5 El final del comunismo

Todos los regímenes en la Europa Central y del Este que habían caído en el abismo de los autoritarismo de ultraderecha de los años veinte y fueron contaminados por el nazismo durante la guerra, cambiaron el domino alemán por el soviético. El péndulo se movió de un lado a otro

La destrucción de la Segunda Guerra Mundial allanó la llegada del poder comunista con una administración estatal implantada sobre poblaciones impactadas por los años de guerra y la quiebra de valores y comportamientos. El antiguo caos de la guerra nazi tuvo una fácil sustitución por el nuevo orden comunista de los tanques desplegados en los ochos países que el Ejército Rojo ocupó en 1945, un bloque que se denominó Europa del Este, un concepto político definido por un socialismo, comunismo y totalitarismo que no tenía en cuenta ni a individuos, ni naciones y así, Stalin impuso su visión del comunismo a los países vecinos.

La Unión Soviética, que se encontraba económica y demográficamente muy deteriorada por la guerra, se percibió como una superpotencia que causaba miedo a sus vecinos y antiguos aliados. De esta manera la presencia militar de la Unión Soviética en su radio de acción fue duradera y estableció una barrera de contención mediante unos países en los que se construyó el poder a través de la destrucción de la sociedad civil, de manera que el sistema comunista vivió en estado de guerra permanente contra sus propios ciudadanos mediante ejecuciones, represión y censura que tan bien conocían las dictaduras ultraderechistas y fascistas del resto del continente.

La excepción era Yugoslavia, un país diferente de la región porque el comunismo de Tito no había llegado con la invasión del Ejército Rojo, ellos habían ganado una guerra partisana contra el fascismo y, aunque la dictadura posterior eliminó a sus opositores políticos utilizando una ortodoxia ideológica que se parecía mucho a la usada por la URSS sin embargo, Tito y su carisma tuvo la capacidad de mantener la independencia frente Stalin que, en 1948, lo acusó de antisoviético y rompió relaciones.

Stalin, constructor del comunismo, murió en 1953 después de convertirse en una autoridad sacralizada mediante el culto que se creó en torno a su figura que simbolizó un sistema de concebir la política y la nación. Stalin no tenía un claro sucesor y tuvieron que pasar cinco años hasta que Jrushchow lo consiguió pero, aunque denunció las políticas totalitarias de Stalin, no renunció al uso de la represión en las insurrecciones de Hungría y Polonia. Brezhner, quince años después, solucionó la primavera de Praga de 1968 con la invasión de Checoslovaquia y así eliminar el intento de solventar la ruptura histórica que se había producido entre socialismo y democracia.

El comunismo ya había perdido toda su credibilidad cuando el presidente de la URSS Gorbachov intentó renovarlo a mediados de los años ochenta y, con la llegada de las revoluciones de 1989 ya no se trataba de democratizar el socialismo, el objetivo era la democracia y el libre mercado. En menos de un año cayeron de forma pacífica todas las tiranías de larga duración, excepto en Rumania, no hubo ni asaltos ni contrarrevoluciones porque los regímenes pro soviéticos se desmoronaron desde dentro por pérdida de compromiso ideológico y el factor Gorbachov que rechazó recurrir a los tanques.

El legado de estas revoluciones, si es que lo fueron, se ha debatido con posterioridad porque el final de la prevalencia soviética también llevó al florecimiento de una retórica reaccionaria que incluyó mensajes racistas, fascismo residual y un fundamentalismo etnoclerical y militarista. Tal vez todo cambio para no cambiar nada porque los burócratas del partido y el Estado siguen ahí, tan solo se adaptaron para establecer un nuevo dominio. El resultado no fue igual en todos los países, la desmantelación de las dictaduras comunistas no significó la implantación automática de una democracia liberal. Las excepciones violentas se produjeron en Rumania y Yugoslavia.

Aunque Ceausescu había llevado a Rumania a un problema de abastecimiento de los productos básicos que derivó en un aislamiento internacional, en noviembre de 1989 el líder rumano dijo en un discurso durante el congreso del Partido Comunista que el socialismo tenía un largo futuro, sin embargo el 16 de diciembre unas dos mil quinientas personas marcharon hacia el centro Timisoara para asaltar la sede del Partido Comunista. La tarde del 17 de diciembre el ejército tomó las calles en las que hubo 60 muertos. El 18 de diciembre Ceacescu se fue de visita a Irán mientras su mujer se quedaba al cargo y, como era habitual, se organizó un recibimiento para recibir al mandatario. El 20 de diciembre la plaza del Palacio de Bucarest se llenó de una multitud obligada bajo amenaza de despido. Tras los aplausos y las aclamaciones desde la parte de atrás surgieron pitidos y abucheos hasta que todo se precipitó. Al mediodía del 21 de diciembre miles de personas habían visto a Ceausesco por la televisión y lo habían identificado con un tirano viejo y débil. El 22 de diciembre el dictador acusó al ejército de disparar contra el pueblo y aseguró su derrota porque los comandantes del ejército lo abandonaron y se unieron a los manifestantes. Ceausesco intentaron escapar pero fueron detenidos y entregados al ejército. El día de Navidad de 1989 un tribunal militar los condenó por asesinato en masa y fueron ejecutados por un pelotón de fusilamiento.

Yugoslavia, que no existió hasta el siglo XX, sin embargo ocupaba un territorio donde vivían los eslavos del sur en una historia sur que se puede rastrear hasta el siglo VI. La primera Yugoslavia fue la consecuencia de la desintegración de los imperios de los Habsburgo y otomano tras la Primera Guerra Mundial en forma de los Reinos de los Serbios, Croatas y Eslovenos entre 1918-1929 para derivar en el Reino de Yugoslavia 1929-1941 que dejó de existir con la invasión nazi salvo el Estado Independiente de Croacia. Una segunda Yugoslavia surgió tras la derrota de los fascismo con Tito como presidente y seis repúblicas (Eslovenia, Croacia, Bosnia-Herzegovina, Serbia, Montenegro y Macedonia) La tercera Yugoslavia es un proceso de desintegración del estado anterior cuando la Serbia de Milosevic estableció la República Federal de Yugoslavia basada en un nacionalismo racial al que se enfrentaron Eslovenia y Croacia. Con la caída de los comunistas en 1990 se eligió una coalición de partidos para organizar un plebiscito de independencia. Las elecciones en Croacia de 1990 llevaron al poder a la Unión Democrática Croata que comenzó a utilizar los símbolos nacionales tradicionales que había lucido durante la Segunda Guerra Mundial en los campos de exterminio de serbios, judíos, comunistas croatas y gitanos. En las  zonas  croatas de mayoría serbia se produjeron tensiones y la guerra terminó por afectar a todo el territorio. Al contrario que en Eslovenia y Croacia, en Bosnia-Herzegoniva no había un grupo étnico mayoritario con un 43% de musulmanes, un 31 % de serbios y un 17% de croatas que en general habían convivido con notables dosis de tolerancia pero, los nuevos partidos surgidos tras la debacle comunista se radicalizaron hasta desencadenar una guerra larga, violenta y con episodios de genocidio como el asesinato de casi toda la población masculina musulmana de Srebrenica, o la campaña de limpieza étnica lazada desde Serbia contra los musulmanes separatistas albaneses de Kosovo que contó con acciones terroristas del Ejército de Liberación de Kosovo. Resulta muy difícil examinar e interpretar las guerras que siguieron a la desintegración de Yugoslavia bajo un solo relato. El conflicto solía verse desde occidente como el estallido de un odio étnico ancestral que se producía entre identidades tan sectarias como irreconciliables que venían definidas por la nacionalidad y la religión. La mayoría de los historiadores han rebatido estos argumentos y han apuntado a la manipulación de las élites para construir y exagerar los relatos étnicos que polarizaron las sociedades y, por lo tanto, el sectarismo étnico que, antes que incitador, fue la consecuencia de una guerra provocada por la desintegración política, mientras la violencia fue una estrategia utilizada por esas élites Serbias y Croatas para desmovilizar a quienes querían un cambio estructural del poder económico y político que podría afectar negativamente a los intereses de esas élites. No se trata de negar la importancia de la etnicidad y los sentimientos nacionalistas promovidos por Milosevic en Serbia, Kokan en Eslovenia o Tudjam en Croaciapero y como la deshumanización del contrario llevaba a llamar “perros” a los bosnios musulmanes, pero también sin duda, hubo otros factores coyunturales que procedían de la década anterior a la muerte de Tito como la quiebra de instituciones, una década de austeridad y el deterioro del nivel de vida del tejido social.

6 Coda al estilo Hannah Arendt

Arendt publicó “Sobre la violencia” a mitad del siglo XX y ya entonces lo define como el siglo de guerras y revoluciones donde todo lo que ocurrió se puede medir por el denominador común de la violencia que, en sí mismo, ya alberga un elemento de arbitrariedad que nada tiene que ver con el miedo a la agresión: La violencia y la guerra aparecen en el escenario político por el simple hecho de que todavía no hemos encontrado un árbitro definitivo que ponga en razón las palabras de Hobbes cuando dijo: “Los pactos, sin la espada, son algo más que palabras”

En cualquier reflexión sobre la historia es imprescindible saber que la violencia siempre tiene un papel fundamental porque, más allá de la afirmación de Clausewiz de que la guerra no es otra cosa que la continuación de la política por otros medios, la violencia sobre todo es un acelerador del desarrollo económico y por eso es tan importante señalar que la continuación de la Segunda Guerra Mundial, más que una Guerra Fría, fue la instauración de un complejo laboral, industrial y militar.

La visión de Marx sobre la violencia, aún consciente del papel que representaba en la historia, la situaba en un plano secundario de los cambios históricos, quizás sugiere Arendt, porque la violencia que conoció Marx era la que había terminado con el Antiguo Régimen y la consideraba como un actor secundario frente a las propias contradicciones de una sociedad que decayó ante una nueva sociedad que, si bien había sido precedida por la violencia, en realidad esa nueva sociedad no la había provocado, sino que la violencia era como los dolores del parto que preceden, pero no causan el nacimiento.

Arendt recuerda que entre muchos teóricos de la política defienden que la violencia no es más que la manifestación más fragante del poder. Este consenso que equipara poder y violencia puede tener sentido si aceptamos la concepción de Marx cuando define el estado como un instrumento de opresión en manos de la clase dominante, lo que nos lleva a una pregunta clave “¿El fin de la guerra y la violencia significaría el fin de los estados? Pero frente a esta concepción, otros autores como Passerin d´Entréves definen el poder como una forma mitigada de violencia y, el hecho de usar la fuerza de acuerdo a la ley cambia su naturaleza y así, el mero hecho de condicionar el uso de la fuerza, deja de ser fuerza. Se trata de obedecer a las leyes no a los hombres porque es el apoyo del pueblo el que da el poder a las instituciones de un país que da el origen a las leyes.

Arendt afirma que nunca ha existido un gobierno basado exclusivamente en la violencia porque, incluso el dirigente totalitario cuya herramienta principal de poder sea la tortura, necesita una base de poder de policía secreta y una red de informantes, ese factor humano donde apoyarse para que la violencia tenga éxito, por eso, aunque el poder y la violencia son fenómenos distintos, generalmente aparecen juntos y, quien gobierna por medio de la violencia, es porque teme la pérdida de poder, lo podemos ver en la solución rusa frente a la alternativa planteada por los checoslovacos en 1968, o el apoyo norteamericana al golpe de Estado que Pinochet cometió contra el gobierno chileno de Allende en 1973. Por eso en términos políticos, Arendt afirma que en realidad el poder y la violencia se oponen el uno al otra porque, allá donde domina el poder se ausenta la violencia y viceversa.


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17 mayo 2021

Caciques: De las evidencias del pasado a las preguntas del presente

 



Carmelo Romero Salvador se jubiló recientemente de su actividad como profesor de Historia Contemporánea de la Universidad de Zaragoza, un Doctor en Historia que ha dedicado su labor profesional a investigar los comportamientos políticos de la España de los siglos XIX y XX para utilizarlos en sus clases de la Facultad o en novelas como “Calladas rebeldías. Efemérides del tío Cigüeño” en la que aborda el clientelismo político y las relaciones de poder, o “El Pardo Bigot” que, al albur del 15M, donde construye un esperpento sobre cómo fabricar diputados, las listas cerradas y la dinámica bipartidistas que se creó a partir de 1978. Por lo tanto nos encontramos con un libro que condensa el trabajo exhaustivo de un historiador y las hechuras literarias imprescindibles para proporcionar el placer de los relatos que a veces se escuchan a la fresca de una noche de verano.

Las investigaciones de Romero y gran parte de su actividad docente en la dirección de tesis doctorales se ha desarrollado en el campo de los procesos electorales, un camino continuo dentro de su carrera docente que comenzó con la tesina y la tesis doctoral del propio autor centradas en las elecciones de la Segunda República hasta conformar una línea de estudio sobre la dinámica política electoral en la historia de España. Sin lugar a dudas son esos vientos los que guían las páginas de este libro: Recorrer el parlamentarismo liberal español desde 1834 hasta el golpe de estado de Primo de Rivera de 1923 con una extensión a la etapa democrática de la Segunda República y una breve mirada final al presente. Esta periodicidad está expresada en el título de libro, en lo que me parece una declaración de intenciones del autor para que no nos despistemos, ya saben: “Caciques y caciquismo en España (1834-2020)” Es evidente, como recuerda Ramón Villares en el prólogo, que el libro describirá el proceso global del caciquismo en España y su evolución histórica a lo largo del siglo XIX, pero una pista fundamental a la hora de abordar su lectura está en no perder la conexión entre el pasado histórico y la más rabiosa actualidad, como dijo Romero al periodista Antonio Ibáñez en El Periódico de Aragón “Las sociedades, como las personas, somos consecuencia de la experiencias acumuladas” Por eso es importante enfatizar que la práctica investigadora del autor sobre las relaciones de poder en un contexto determinado, aunque se anclen en un pasado que nos puede parecer muy alejado a nuestras inquietudes, siempre plantean interrogantes que se conectan con el presente. A partir de esta premisa me voy a permitir, querido e improbable lector, plantearte dos ideas que a mí me han servido para enmarcar, comprender y diferenciar los diferentes momentos históricos que recorre el libro: La primera trata de la evolución de las legitimidades políticas. La segunda valora los pilares sobre los que se ha construido nuestro sentimiento de identidad nacional una tarea que, después de un garbeo por la rabiosa actualidad, está todavía manga por hombro entre las idas y venidas de los nacionalismos que, si hasta hace un cuarto de hora se calificaban de periféricos, de buenas a primeras parece que brota un neo nacionalismo centrípeto de cañas, populismo y chotis.

La primera idea en torno a la legitimidad política es un recorrido entre dos muertes: La de Fernando VII en 1834 que dejó pasó a la Monarquía Constitucional y la de Franco que permitió una Democracia Parlamentaria. Estos dos hitos contienen un siglo XIX de legitimidad política sustentando en la monarquía constitucional como principio de legitimidad hasta que, en palabras de Javier Pérez Royo, este principio se rompe de manera radical con la Constitución de 1931 donde “hace acto de presencia por primera vez de manera inequívoca el principio de legitimidad democrática, el principio de soberanía popular en el que el pueblo es el lugar de residencia del poder que emanan todos los poderes del Estado” Podríamos decir que la democracia y la soberanía popular eliminan el principio monárquico liberal. Creo que es importante tener presente estos conceptos para evitar la confusión promovida por algunos actores políticos entre un continuo histórico de legitimidad, y vuelvo a Pérez Royo, que partiría del Antiguo Régimen con monarquías absolutistas, las revoluciones liberales que aspiraban a construir monarquías parlamentarias y el advenimiento de la democracia contemporánea  hasta que la dictadura del general Franco la interrumpió además de condicionar la transición a la democracia parlamentaria actual. Esta cadencia temporal de la historia nada tiene que ver con una continuidad en la legitimad política.

La segunda idea me asaltó durante la lectura del libro en forma de pregunta ¿Y si en España todavía no hemos terminado de construir un concepto político e identitario en el que reconocernos? Te confieso que pegué un respingo porque ¡Ohmygod!, eso nos resituaría desde el punto de vista de la construcción nacional en el siglo XIX, en el largo siglo XIX español que, si tradicionalmente se ha localizado entre la Guerra de la Independencia de 1808 y 1923, tal vez en este aspecto podríamos ampliarlo hasta el presente. En cualquier caso para reflexionar sobre la idea de la construcción de una nación que se llama España te invito a situarnos en las tres guerras que tradicionalmente han servido para definir nuestra construcción nacional: Covadonga para expulsar a los “moros”, Independencia para darle una patada en el culo a los “gabachos” y la Civil para enterrar a los “rojos”. La gran hazaña mítica de Covadonga ha quedando en desuso salvo para los que practican los recuerdos más ultras y también suelen reclamar la legitimidad histórica de una Guerra Civil que sin embargo, la gran mayoría de los ciudadanos ha sustituido en su imaginario identitario por el icono de una Transición que, aunque fue una herramienta muy útil y práctica para cambiar el paso de un régimen dictatorial a otro democrático, quizás no tiene ni la virtualidad ni la musculatura suficiente para configurar con clarividencia esa nación que en el siglo XXI todavía llamamos España. Y finalmente, la Guerra de la Independencia, que yo pensaba como ese lugar idóneo para las reproducciones históricas de primavera-verano, pero resulta que de vez en cuando vuelve a situarse en el marco de la construcción nacional, baste con recordar las palabras que la Presidenta de la Comunidad de Madrid dedicó este mismo año al 2 de mayo de 1808: "El pueblo, es decir, la Nación, organizó el levantamiento para defender la misma causa que hoy, dos siglos después, seguimos defendiendo: España y la Libertad" Esta simplificación que arrima el ascua de la historia a la sardina de un eslogan electoral se aleja de la complejidad de un conflicto al que Álvarez Junco asigna diferentes niveles. El enfrentamiento internacional entre Francia e Inglaterra. Los elementos de guerra civil que, aunque la larga interpretación nacionalista ha difuminado, “lo cierto es que las élites de la España de 1808 se dividieron en dos bandos lo que nos lleva a resaltar los aspectos fratricidas de la guerra.” Una cierta reacción anti francesa alimentada a lo largo del todo el siglo XVIII resumida en el adjetivo “afrancesado” que, en lugar de subrayar lo positivo de tu patriotismo, lo único que hace es alimentar el factor negativo del otro nacionalismo, un recelo que sin embargo no afectaba a la familia real de origen francés. La guerra también tuvo mucho de antirrevolucionaria con una inspiración político-religiosa difícil de negar gracias a una “abrumadora presencia de llamamientos a la defensa de la religión heredada frente a los invasores ateos, especialmente del clero rural”

Y en fin, ustedes verán lo que hacen, pero a mí me parece un ejercicio muy interesante navegar por este libro con las dos ideas de fondo que acabo de desgranar. Y después de las recomendaciones volvamos a los Caciques.

Carmelo Romero pretende conectar las realidades socioeconómicas de cada tiempo concreto con los comportamientos políticos de una actividad parlamentaria que, aunque ha cambiado mucho desde el siglo XIX, todavía es posible reconocer en algunos rasgos que caracterizan la ley electoral actual, y el juego de engranajes que desarrolla para sentar en el Parlamento a nuestros representantes: ¿Tiene el mismo valor el voto de cada ciudadano o depende de la provincia en la que resida? ¿Qué papel juegan las listas cerradas y los partidos políticos? ¿Por qué rige en la elección de senadores el principio de mayoría en lugar de la proporcionalidad que se usa para la elección de diputados? Como pueden ver, aunque la mirada al presente es una coda a la cuestión principal de libro, no deja de plantearnos dudas cuyo primer germen lo podemos encontrar en lo que Romero califica de “caleidoscopio caciquil”

Cacique es un concepto básico, atemporal y universal que, adornado de diferentes pelajes según el siglo y la latitud donde se produzca el fenómeno, se caracteriza por hacerse presente en cualquier relación de poder e influencia entre desiguales y así, producir paternalismos, dependencias y clientelismo por eso, cuando calificamos a alguien de cacique le reconocemos “un mando e influencia superiores” ya sea en la actividad política, empresarial o académica. Por eso la línea que separa la percepción exterior de encontrarnos ante un cacique del que no lo es, a veces tan solo tiene que ver con algo tan sencillo como recibir un favor o un atropello. Y como nos recuerda el autor “Mientras exista una sociedad con diferencias socioeconómicas, existirá el caciquismo.”

El autor maneja una considerable cantidad de datos para, evitando juicios éticos o morales, recorrer con profundidad los espacios históricos que ocupa la figura del cacique desde sus origen hasta las leyes electorales que han definido la representación parlamentaria, pero también las piruetas que hay que dar para saltarse esas leyes, caer en el fraude electoral, visitar, con abundancia de nombres propios, una “fábrica de diputados”, darnos un garbeo para reflexionar sobre las diferencias entre los verbos “poder, saber y querer”, y llevarnos una deliciosa sorpresa con un muestrario de animales políticos como los “cangrejos ermitaños y las ”aves de paso”.

Una de las virtudes que Romero muestra es su capacidad literaria en el manejo del lenguaje virado hacia una ironía que recorre el libro de principio a fin y se agradece como agua de Mayo, pequeños oasis en los que detenerse a sonreír, tomar aliento y seguir con un relato construido con el buen oficio de quien sabe contar una historia, y Romero las cuenta con al menos dos tonos diferentes. El primero se caracteriza por una escritura zigzagueante que a veces me recuerda a esos postes que los esquiadores tienen que sortear para que la delicia de deslizarse por el hecho histórico no sea una monótona y aburrida línea recta y así, el ritmo del relato tiene una buena ración de curvas. Es un estilo de escritura que a mí me gusta mucho y que además define muy bien como late el discurso en la cabeza del autor, un discurso del que yo he disfrutado en las clases de Romero y que se asemeja al delicado trabajo del artesano que una veces es el alfarero que acaricia las palabras y otras el joyero que las engasta. Sin embargo no me terminó de convencer el uso de este tipo de expresión en un capítulo tan complejo para profanos como el dedicado a las leyes electorales que, tal vez precisa de ese otro lenguaje que maneja el autor a lo largo del libro y que, mucho más cercano a un tono académico, también lo adereza con algunas curvas que atrapan al lector poco adiestrado en la materia. Un buen ejemplo es ese párrafo en el que Romero asemeja el trabajo del historiador al de esas costureras de antes que eran capaces de pespuntear viejas vestimentas de aquí y de allá hasta componer un vestido nuevo que, más allá de los materiales usados, era el reflejo de la habilidad y el gusto de la costurera a la hora de confeccionarlo.

Caciques y caciquismo en España (1834-2020) es un mapa para conocer las “geografías de la influencia” y muchos de los “males de la patria” que han configurado una idea de nación que, ¡¡quién sabe!! tal vez está pidiendo a gritos un repaso de chapa y pintura. La lectura del libro a veces lleva a la sonrisa por algunos de los sucedidos en un siglo XIX que apreciamos tan lejano, sin embargo y al mismo tiempo, también es una invitación a reflexionar sobre la maquinaria que se mueve detrás del actual modo de representación política y quizás eso ya no nos haga sonreír tanto: ¿Es el caciquismo una mera antigualla?


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18 febrero 2021

Los Austria: Imagen y un siglo poder a través de tres obras de arte (1550 – 1643)

 


Introducción

Los seis apartados de este texto tienen como objetivo adentrarnos en la Edad Moderna para estudiar las relaciones que se establecen entre arte y el poder de la monarquía de los Austria mediante la imagen que de ellos elaboraron tres artistas a partir de tres obras de arte: La Gloria de Tiziano (1554) Cenotafio de Felipe I I y la familia real de Corte Pompeo Leoni (finales del siglo XVI) y el retrato de Carlos I y Felipe II de Antorio Arias Fernández (1640)

El primero identificará cada una de las obras para conocer a sus promotores y atisbar los motivos de su creación. El segundo es una aproximación al papel que jugaron los autores de las obras (Tiziano, Leoni y Arias) dentro de la evolución representativa del siglo XVI en la que los artistas abandonaron el anonimato medieval para reivindicar la autoria personal de su obra. El tercero recorre los centros de poder, su evolución y como representan la manera particular de cada monarca a la hora de ejercer el poder. El cuarto se centra en la función y evolución de los agentes de poder como medio material del monárca y su linaje para afianzar su poder. El quinto se detendrá en los espacios de glorificación del monarca gracias a los programas decorativos y al retrato como símbolos de su poder. La conclusión final será el sexto y último apartado.

 

1 Identificación de las obras de arte

 


La Gloria
de Tiziano
es un óleo sobre lienzo de octubre 1554 que Carlos V encargó durante su estancia en Augsburgo entre 1550 y 1551. La obra estaba directamente relacionado con el retiro del monarca al Monasterio de Yuste donde se convirtió en su objeto de devoción predilecto y, por lo tanto, podemos deducirr que nos encontramos ante una obra para disfrutarla en un espacio intimio y personal. (Museo del Prado La Gloria)

La obra cuando se entregó tenía el título de La Trinidad y así se mantuvo en los inventarios de los bienes del Emperador en los años 1556 y 1558, sin embargo ese mismo año ya se menciona en un codicilio testamentario como Juicio Final de mano de Tiziano. Fue el padre Sigüenza en 1599 quien utilizó por primera vez la denominación La Gloria de Tiziano para, señalarla más tarde como La Trinidad acompañada por la Real Familia. (Morán Cabré 3)

El esquema iconográfico y la composición estableceque la maxima jearquía para la Iglesia es la Trinidad que preside la escena en la zona central superior donde se nos muestra la idea de Dios uno y trino con el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. En un escalor inferior, pero por encima de los hombres, la Virgen en el papel de intercesaora, de “eslabon intermedio entre lo divino y lo humano” mientras la familia real, aunque destacada por el símbolo de la corona, ocupa un lugar secundario en la parte derecha del cuadro. Esta composición, además de dar pleno sentido al título original de la obra (La Trinidad) nos habla de la trayectoria vital de Carlos V que, por la década de los cincuenta, “había dispuesto que se le representara resignado, sin símbolos del poder y envuelto en su mortaja” con lo que se crea un “clima espiritual” que justifica el cambio del nombre de la obra por Juicio Final donde el emperador, un príncipe calótico defensor del dogma de la trinidad, está más preocupado por la salvación de su alma que por cualquier otro dilema en el terreno del poder terrenal y la política. (Morán Cabré 2-3)

Carlos V, uno de los hombres más poderosos de su época, asume su condicon humana para mostrarse arrodillado frene a la Trinidad, vestido con un sudario blanco y mostrando una humilde e insólita condición. Tiziano aparece en cuadro junto a su amigo Pietro Arentino, un poeta integrante del grupo de intelectuales defensores de la pintura como una herramienta que, más allá de la iconografía y la temática, permitía la reconstrucción ideal de la Antigüedad clásica. La obra, que navegaa entre la condición humana del monárca y el interés iconográfico del pintor, representa que el poder de los hombres está al servicio en exclusiva del poder divino, no sólo de la Trinidad, sino de esa imagen de la Virgen situada por encima del resto de los mortales, (Checa 7) y de personajes tan importantes del Antiguo Testamento como Noé, Moisés y David que aparecen en la parte inferior de la obra. (Museo del Prado La Gloria)

Los elementos iconográficos del cuadro relacionados con Carlos V nos pueden descolocar si pensamos en la grandiosa de un personaje que ha heredado un reinado basado en las cortes itinerantes de sus abuelos, un  emperador que se aleja del arte cortesano de los palacios italianos evitando en sus retratos “la vanidad o la adulación, contrarios a la prudencia” y prefería proyectar la imagen “de un monarca administrando sus reinos, luchando contra la herejía o como heredero de los césares de la Antigüedad.” Sin embargo en este cuadro el emperador decide mostrarse despojado de todo atributo para que prevalenzca “su humilde condición mortal, su devoción trinitaria y el ejercicio de la Pietas por parte de su dinastía para lograr la salvación eterna” (García Melero. Alzaga Ruíz  Cortes Italianas 101-105)

Tiziano cumple con la intención del artista a todo lo largo del siglo XVI en la búsqueda de la proximidad al poder para lograr desembarazarse del control de los gremios medievales y, si los autorretratos son un indicador de como el autor considera que debe pasar a la posteridad por su excelencia, uno de los paradigmas de artista de corte es ligar su imagen junto a la del monárca (Cámara Muñoz 17-31)

Uno de los retratos más famososos de Tiziano es del de Carlos V tras la Batalla de Mülhlberg en 1548 para conmemorar la victoria sobre la liga Esmalcada. Un acontecimiento muy importante porque permitía al monarca imponer las condiciones políticas y religiosas sobre Alemania, sin embargo el retrato nos muestra una imagen sin vencidos porque, la aspiración de Carlos V era realizar su ideal políltico y promover la sucesión imperial en Alemania para su hijo Felipe. Pero los alemanes, tanto católicos como protestanes, consideraban intolerable la presencia española y solo aceptarían un príncipe alemán para el título imperial. A esto se sumó el desprestigio de Carlos V por la represión que siguió a Mülhlberg y las acusaciones de avanzar peligrosamente hacia el absulutismo. La crisis por la sucesión imperial se abrió entre su hijo  Felipe y su hermano Fernando al que apoyaron los alemanes al sentir temor por de verse subordiandos a las leyes católicas (Linch Carlos 258)

La retirada de Carlos V de Flandes, además de otorgar a su hermano el imperio, suponia la consumación de la división religiosa de Alemania, y la libertad de los principes para optar por la doctrina reformadora o la tradicional. Por todos estas acontecimientos es fácil imaginar a Carlos V en disposicón de mostrarse con la sencillez de un creyente que pasaría sus últimos años en el Monasterio de Yuste hasta que falleció en 1558 (Martínez, Giménez, Armillas y Maqueda 113)


 


Cenotafio de Felipe II y la familia real de Pompeo Leoni instalado en el altar mayor de la Basílica del Real monasterio del Escorial (1578-1598) en colaboración con el escultor Jacopo NIzzolo da Trezzo y el orfebre Juan de Arfe (Coppel) El conjunto se encuentra en el presbiterio de la iglesia de El Escorial, frente al altar mayor, en el lado de la epistola, mientras que en el lado del evangelio se sitúa un cenotafio similar de Carlos V. El motivo de su creación hace referencia a la vínculación de la monarquía con la divinidad y su privilegiada condición social sobre el resto de los mortales. (García, Alzaga Austrias 109) Cuando se iniciaron las obras de El Escorial, Pompeo Leoni ya trabajaba para la monarquía, y el proyecto para los cenotafios de puso en marcha en 1578, pero diez años más tarde se pensó en grupos sepulcrales de marmol, “y sólo en la última década del siglo en bronce.” (Arciniega 15)

Ambos cenotafios labran la idea de que tanto la donación como la adoración sustentan el poder basado en la continuación dinástica paterno filial (Checa Felipe II 135). También hay que resaltar que la dureza del material empleado en la escultura, que aventaja a la pintura y proporciona una mayor sennsación para transmitir la idea de “adoración perpetua” (Arroyo y Pérez 6) porque los cenotafios, si en un primer momento se iban a realizar en mármoles policromados, Felipe II finalmente eligió el bronce porque, aunque la policromía favorecía el naturalismo, un alto grado de inmediatez, veracidad y realismo, el monarca no pretencía estos efectos, la elección del metal “se traduce en una mayor idealización, heroísmo y monumentalidad”, además de unificarlos con el retablo y hacerlos participes del “esplendeor retablístico” (Arroyo y Pérez 10)

Las estatuas conectan directamente con las ideas que Felipe II quería representar su actitud en la vida y vincularse con ellas para la eternidad después de la muerte: “majestad”, “adoración perpetua” y permanecer agazapado al lado de Dios. La idea de majestuosidad y de “rey oculto” se consigue gracias a la situación del conjunto en alto, de manera que su visualización solo es posible si te adentras en la iglesia. Son unas “imágenes frías, distantes, se insiste en rasgos congelados, estatismo de postura y en el estudio minucioso del vestido y joyas” Las estatuas están dispuestas en rigurosa jerarquía para representar la idea de “dinastía eterna” que se proyecta con la heráldica gracias al “águila bicéfala en el manto del emperador” y una reducción decorativa porque Felipe II no precisaba de alegorías o decoraciones superfluas para mostrar majestad, que reside en sí mismo. “Esta provervial falta de espectácularidad de Felipe II contrasta con el resto de cortes europeas” (Arroyo y Pérez 11)

El Escorial como centro de poder es la imagen artística que certifica la grandiosa realidad de la Monarquía Española durante la dinastía de los Austrias englobando palacio real, panteón, iglesia y convento. La fusión entre Iglesia Católica y realeza por medio de una obra de arte que podemos percibir como un “autorretrato de Felipe II mediante la conjunción de muchos edificios donde el centro se constituía sobre la iglesia, las habitaciones del monarca y el panteón real, un espacio jerarquizado, inamovible y hermético. El Escorial, como casa de Dios y del Rey, es un edificio esencialmente desornamentado más allá de su imponente estructura que acoge este conjunto de estatuas orantes para escenificar la vinculación de la monarquía con la divinidad y “que le concede el poder y la primacía sobre los fieles y vasallos” de tal forma que el cenotafio de Felipe II y de Carlos V “sirven para simbolizar la permanencia física de tales reyes tras la muerte, su memoria histórica, así como su devoción ante el altar.” (García, Alzaga Austrias 108-109)

El proyecto del cenotafio se puso en marcha en 1578 (Arciniega 15) en el marco histórico temporal denominado fase atlantica del gobierno de Felipe II (1578-1598)  y que nos lleva hasta la crisis sucesoria provocada por la muerte del rey don Sebastián de Portugal en la batalla de Alcazarquivir de 1578 y la ausencia de una heredero directo. Aunque hubo otros pretendientes, la crisis se clausuró en abril de 1581 con el rey de España investido como Felipe I de Portugal. El monárca, para demostrar la justicia de su pretensión al trono, acudió a juristas y teólogos, lanzó una campaña de captación de apoyo entre la nobleza y los procuradores de las Cortes, y estudió la situación de las defenesa portuguesas en la frontera. Sin embargo, como nada pudo conseguir desde el punto de vista legal, finalmente designó al duque de Alba como como comandante del ejército español que cruzó la frontera cerca de Badajoz y obutvo una victoria fulminante y varios compromisos: No reuinir las cortes fuera del reino, no legislar sobre asuntos portugueses en un parlamento extranjero y que los funcionarios, militares y eclesiásticos serían cargos que recaerían exclusivamente sobre portugueses. Todas estas promesas convertían a Portugal en un reino singular al que Castilla, por una cuestión práctica y de convencimiento, nunca trató como a una nación sometida. (Salvador 234)

Felipe II se había convertido en el monarca de una península unificada con un poder terrritorial y naval en el Atlántico gracias a los dos imperios coloniales más importantes del siglo XVI, un inesperado engrandecimiento de su poder ofensivo que Inglaterra sentía como una provocación, sobre todo desde que Felipe II fijó su residencia en Lisboa en 1581 para dejar constancia de que el centro de sus posesiones atlánticas le habían llevado a una nueva posición, sin embargo, aunque le aconsejaron fijar su residencia de manera permanente en Lisboa, (Lynch Felipe 382-390) el monarca se fue de Portugal en 1583 para no regresar nunca más. Fue una decisión que lo alejó de sus súbditos lusitanos y desaprovechó la oportunidad de una nueva actividad internacional mirando al Atlántico para consolidar su posición en el nuevo reino (Salvador 235)

 


Carlos V y Felipe II
de Antonio Fernández Arias
es un óleo sobre lienzo realizado entre 1639 y 1640 para ocupar una disposición concreta en el Salón Dorado del Alcázar de Madrid, una gran sala donde se desarrollaban las ceremonias públicas del Rey, además de la antesala a su dormitorio. La pieza era parte de un programa de redecoración de ambas estancias realizado entre 1630 y 1640 en el que se decidió utilizar una serie iconográfica de los Reyes de Castilla que llegara hasta Felipe IV el titular por entonces. Se trataba de conectar los ámbitos públicos y privados del palacio mediante una escenificación del linaje dinástico del monarca que convocaba a sus antepasados como testigos de su existencia. (Museo del Prado Carlos y Felipe) Sin embargo Martínez Leiva y Rodríguez Rebollo desmienten esa aparente convivencia entre las funciones de residencia y áreas de gobierno y defienden que la planta baja del edificio era la destinada a las tareas de gobierno, mientras la principal conformaba la residencia real de manera. Una gran escalera imperial se constituía en “una barrera física entre ambos mundos que solo algunos privilegiados podían cruzar gracias a su rango. Esta separación de espacios es propia de un “reinado débil” y nos muestra a un monarca que, ajeno a las cuestiones de gobierno, se atrinchera en la planta principal entre cuadros y salones, en un reflejo del siglo XVII español: “por un lado la profunda crisis económica, por otro el esplendor del teatro, pintura, escultura y literatura durante el conocido como Siglo de Oro español” (Rodríguez Navarro 3)

El formato del lienzo respondía a las condiciones predefinidas por la situación que iba a ocupar en “la parte alta de los muros a unos ocho metros de altura” eso explicaría la colocación de los personajes que parecen “como asomados desde una galería” El autor de la obra repite la fisionomía que Tiziano realizó de los retratados, resaltando la juventud del príncipe Felipe II respecto al padre Carlos V, y es cuidadoso con los atributos iconográficos que describen a cada uno de ellos: “Carlos V es revestido con un manto y tiene detrás la corona imperial, mientras que Felipe porta una bengala y apoya su mano sobre un orbe, símbolo de la extensión planetaria de sus posesiones” (Museo del Prado Carlos y Felipe) La simbología de la bengala resulta interesante porque  los mandos militares desde los griegos y los romanos la han utilizado como símbolo de alto rango dentro de los ejércitos. En el Renacimiento se recuperó y los Austrias la utilizaron como elemento simbólico. (Monarquía Digital) Sin embargo, al carácter netamente militar de la bengala parece contradecir la imagen que Felipe II pretendió dar a su reinado subrayando las diferencias con su antecesor porque “no quiso participar personalmente en todos estos combates /…/ Por ello no resulta extraño que precisase reflejar todo su prestigio posible para un lugar de residencia/…/ una de obra magnífica que reflejase su personalidad y reino” (García y Alzaga Austrias 106) es decir la imponente figura de El Escorial refleja mucho mejor el reinado de Felipe II que una bengala de mando militar.

La composición y los escasos elementos simbólicos enfrentan a ambos personajes en un espacio simétrico: En primer plano el desafío de las armas mediante la representación de las espadas, en un plano posterior la corona imperial de Carlos V y la mano de Felipe II que reposa sobre una bola que representa la universalidad de su imperio.

La utilización de la armas para mantener el poder es una idea que nos lleva hasta El Príncipe de Maquiavelo, sin embargo, Carlos I reflejaba la magnificencia de su poder en obras que recogían las armas de sus tercios y sus batallas como los tapices de la Batalla de Pavía (1531), sin embargo los retratos del emperador buscaban transmitir la imagen de la prudencia y de un monarca administrando su reino o luchando contra la herejía (García y Alzaga Austrias 102-105) Un buen ejemplo es la obra de Tiziano sobre la Batalla de Mühlberg que muestra a un emperador pertrechado con media pica y armadura pero, y sin embargo huye de una representación guerrera y arrogante de quien ha vencido a sus propios súbditos, y pretende proyectar la imagen de un emperador capaz de gobernar un heterogéneo conjunto de estados y religiones (García y Alzaga Austrias 102-105), una imagen que quizás no se corresponda con esa espada desenvainada en primer plano y tampoco con la corona imperial como símbolo de su reinado porque, aunque Carlos V fue Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico entre octubre de 1520 y febrero de 1558, el sueño imperial se desvaneció tras la pérdida de Alemania y la división de Italia, dejando los pilares de poder de la política española entre el área mediterránea y los Países Bajos, una política que cada vez era menos imperial “para convertirse en expresión de la política exterior española”, lo que revelaba “la presencia de una nueva generación, la de Felipe II, que no era un emperador, sino un monarca absoluto” (Lynch Carlos 279) que fijó en Madrid la “capitalidad del imperio por su centralidad geográfica y su equidistancia con respecto a las grandes urbes”, un  trono que lo situaban en América, Europa y África y en 1565 hasta las posesiones asiáticas. (García y Alzaga Austrias 106)

Los retratos familiares eran uno de los temas que coincidía con los gustos reales y las recomendaciones de los tratados de la época para las residencias de recreo, sin embargo los Habsburgo, en opinión de Jonathan Brown, “no tenían necesidad de proclamar ni afianzar una imagen majestuosa de sí mismos”, por lo tanto se puede entender que los atributos de poder no proliferen en estas obras. (Alzaga 338)

La década de 1640 constituyó para la monarquía española un periodo de revueltas que la abocaron a una situación crítica (Felipo 368) y que nosotros vamos a centrar en las sublevaciones de Cataluña y Portugal frente a una Castilla que no podía afrontar en solitario la defensa de los intereses españoles en Europa y ultramar, cuando el comercio transatlántico entró en una aguda crisis que agravaba su posición en la guerra de los Treinta Años. Estas necesidades económicas y militares empujaron al gobierno a mirar hacia las provincias no castellanas para obtener recursos. Sin embargo Cataluña y Portugal se negaban a contribuir a los gastos generales de defensa cuando “la estructura constitucional del imperio español y la diversidad jurídica que existía en su seno impedían al gobierno central imponer contribuciones a los dominios periféricos mediante un procedimiento ejecutivo y suscitaban la cuestión de la prerrogativa real frente a los privilegios regionales.” (Lynch Crisis 281-283) Pero lo que parecía una crisis política en la que Cataluña y Portugal mantenían su propia personalidad, esquivaban la Unión de Armas y recelaban ante un sistema monetario único, terminó en un problema político. (Martínez, Giménez, Armillas y Maqueda 253-254)

La declaración de guerra de Francia en 1635 colocó a Cataluña en el centro estratégico del conflicto y, pese a la negativa catalana de reclutar tropas y recaudar subsidios desde 1626, el valido Olivares planeó en 1639 forzar la contribución de Cataluña al esfuerzo bélico trasladando a un ejército real de 9.000 hombres para preparar la campaña de la primavera de 1640 contra Francia. Las instituciones catalanas negaron su colaboración y a finales del mes de mayo algunos campesinos atacaron a los tercios, se infiltraron en Barcelona donde se unieron segadores y temporeros, mataron el virrey y, en el vacío político, el levantamiento se transformó en un movimiento político contra el gobierno de la monarquía que terminó por solicitar la protección francesa hasta que en 1641 se puso bajo el gobierno de Luís XIII. (Felipo, 369)

La dimensión atlántica y ultramarina de Portugal la situaban en un potencial peligro para la monarquía y ya desde 1634 Olivares planeó medidas de presión para que entrara en la Unión de Armas, algo en lo que la aristocracia portuguesa estaba de acuerdo, sin embargo, cuando un Olivares falto de tropas pretendió que la nobleza lusa interviniera contra los catalanes, se encontró con una negativa y una conspiración. La causa primordial de la negativa hay que buscarla en el interés vital luso por su imperio ultramarino colonial que ya había sufrido en Brasil una derrota contra los holandeses en 1638. Esto había provocado una inevitable ruptura ibérica con los españoles que se oponían a la invasión portuguesa de su imperio. (Martínez, Giménez, Armillas y Maqueda 257-258) De manera que en el otoño de 1640 algunos miembros de la nobleza portuguesa traman una revuelta para depositar su confianza en don Juan de Braganza que, con capacidad para alegar derechos dinásticos al trono portugués, se convirtió en símbolo de la unidad nacional hasta que el 1 de diciembre de 1640 es proclamado rey con el nombre de Juan IV de Portugal (Felipo, 369)

Las rebeliones de Cataluña y Portugal revelaban el fracaso de Olivares que, consciente de que carrera política no podía sobrevivir, comunicó su disposición a retirarse, de manera que Felipe IV organizó una salida honrosa en 1643. (Felipo, 370)

 

2 Artistas

La Edad Moderna es un periodo en el que la figura del artista sufre un proceso de revalorización que lo llevará del anonimato medieval hasta relacionarse con el poder. Este proceso, de reconocimiento profesional y cambio de estatus social, se inició en las cortes italianas del siglo XV y se consolidó en las cortes europeas del siglo XVI. No fue un proceso fácil y el propio Velázquez en el siglo XVII tuvo que pleitear para conseguir la orden de Santiago un honor del que estaban excluidos los que practicaban oficios mecánicos. (Cámara 17-20)

Formación para llegar al privilegio

Los artistas, para lograr grandes cotas de eficacia en el manejo de la imagen al servicio del poder, debían tener una formación que justificará su inclusión como artistas de corte. (Cámara 26) Los artistas italianos de la primera mitad del XVI se volvieron hacia las matemáticas, la perspectiva y la anatomía, una ampliación de conocimientos que los alejaba de los artesanos para convertirse en maestros. (Gombrich 215)

Tiziano (1500-1576), que entre los diez y los doce años llegó a Venecia para formarse en el taller de Gentile Belllini (Museo del Prado Tiziano), no fue un gran erudito universal, ni una personalidad sobresaliente, ni un hombre versátil fue, por encima de todo, un pintor con una gran maestría en el dibujo lo que le permitía desdeñar las reglas tradicionales de la composición que unía mediante el uso del color. (Gombrich 251)

La trayectoria de Pompeo Leoni (1533-1608) viene marcada de origen por su padre Leone Leoni al que el emperador Carlos V ya había concedido dinero, una casa en Milán, el título de caballero y privilegios de nobleza para él y sus descendientes (Cappel 2) Los inicios de Pompeo están ligados al taller paterno de acuerdo con los esquemas de aprendizaje tradicionales muy posiblemente en Venecia y, aunque manifiesta un planteamiento personal e independiente, es evidente su sentido de colaboración en las obras que se abordan para la Familia Real. (Arias) Precisamente fue su intervención en el cenotafio de Felipe II lo que le supuso el reconocimiento real y en junio de 1593 se estableció que, además de los 30 ducados mensuales que recibía desde su llegada a España, se añadieran otros 50 ducados al mes hasta que finalizase su trabajo en El Escorial, y que en 1600 Felipe III, atendiendo al leal servicio del escultor y su avanzada edad, ordenó que los cobrara permanentemente, así como los 7.000 ducados por el valor de los dos grupos funerarios y sitiales. A este proceso de reconocimientos y en consideración a los más de treinta y cuatro años de servicio del escultor, y particularmente en la realización de las figuras y demás ornamentos de bronce del retablo, custodia y entierros de la basílica del monasterio de San Lorenzo el Real que le ocuparon doce años, le concedió una renta como remuneración y recompensa. (Arciniega 16)

Antonio Arias (1614-1684) nació en Madrid, mostró una “excepcional precocidad” y recibió su primer encargo importante con 14 años siendo el discípulo más singular de Pedro de las Cuevas que debe su significación e importancia, antes que artista, a su tarea como maestro de destacados pintores Sus biógrafos más antiguos le adjudicaron ya un lugar importante en esa materia, considerando que su escuela “ha sido la mejor que ha tenido España pues della han salido [...] los más insignes artífices que hoy en ella se conocen” (Piedra)

Excelencia

Uno de los argumentos que utilizaron los artistas para reivindicarse fue comparar su grado de excelencia con el gobernante que les amparaba. (Cámara 22)

Tiziano alcanzó entre sus contemporáneos una fama que casi igualó a la de Miguel Ángel, gracias a sus retratos mientras los poderosos de este mundo competían “por el honor de ser pintado por el maestro” “Su primeros biógrafos cuenta asombrados que hasta el emperador Carlos V le hizo el honor de recogerle del suelo un pincel que se le había caído” (Gombrich 251-252)

Pompeo desarrolló su actividad con una concepción de la escultura que evolucionaba un género tan específico como la escultura hispana, “contribuyendo a una renovación formal, que tuvo sus consecuencias palpables en los artistas de su radio de influencia.” (Arias)

Antonio Arias tenía 25 años cuando fue uno de los elegidos para completar la remodelación del Alcázar de Madrid de 1640, un edificio que se conformaba como centro simbólico de la monarquía y cuya decoración interior debía mostrar la grandiosidad de la Casa de los Habsburgo, por lo tanto se llenó de la firma de grandes artistas del momento bajo la confianza que Felipe IV depositó en Diego Velázquez, que era su pintor de cámara, “y reflejando la verdadera dimensión del Rey Planeta como coleccionista y amante de las artes y desvelando su residencia como una verdadera cámara de maravillas (Rodríguez 2) Arias, pese a tocar el éxito en 1640 y ser un hombre culto “a juzgar por la Biblioteca que poseía”, (Museo del Prado Arias) murió en 1684 en el Hospital General de Madrid “en la más absoluta miseria” como cruel indicativo del desfase de su estilo y sensibilidad que se mantuvo fiel al naturalismo en el que se había formado, frente al barroquismo de esas fechas. (González)

El artista de corte

El artista de corte tiene la ventaja de estar al servicio de un señor, lo que no deja de dificultar la libertad y nos obliga estudiarlo inmerso dentro de los intereses y la cultura de cada gobernante y de sus sucesores. (Cámara 24)

El primer retrato de Tiziano a Carlos V en 1530 inauguró una relación que lo ligó a la casa de Austria durante más de cuarenta años porque su trabajo se adecuaba perfectamente a sus necesidades políticas, cortesanas, devocionales y artísticas. El monarca lo nombró Conde de Palatino y Caballero de la Espuela de Oro y, sin embargo, rechazó establecerse en la corte hispánica, del mismo modo que rechazó instalarse en Roma en 1513 y prestó sus servicios al gobierno veneciano. Mientras trabajaba para el marqués de Mantua retrató a Carlos V, y mientras seguía trabajando para los Austrias pintó para Urbino en Florencia y estuvo auspiciado por el papa Pablo III. (Museo del Prado Tiziano) Esta gran variedad en sus trabajos para los poderosos lo alejaría del ideal de pintor de corte dedicado a un solo monarca o dinastía.

Pompeo, a la edad de 24 años, aparece citado en las nóminas reales del emperador Carlos V en una larga relación. Con el tiempo fijó su residencia definitiva en España su residencia y el emperador intervino directamente para que fuera absuelto de las acusaciones de luterano. Se convirtió en el agente de su padre en España y empezó a trabajar para Felipe II hasta convertirse en el escultor más sobresaliente de su reinado. El impacto, el valor simbólico y las vinculaciones ideológicas de sus obras con el poder hicieron que el Duque de Lerma, el valido de Felipe III, lo contratara para trazar su monumento funerario. La figura de Pompeo responde a los cánones de un artista de su tiempo: Nacimiento y contacto permanente con Italia, alta consideración como artista, notable formación, firma con orgullo muchos de sus trabajos, fue un avezado coleccionista y se desenvolvió en ambientes del mundo del Renacimiento, todo ello supuso una aportación e incremento del papel social del artista. (Arias)

Antonio Arias, después del encargo de Olivares para el Alcázar, abrió un estudio en Madrid en 1645 en el que trabajó sobre lienzos religiosos y devocionales destinados a series conventuales de temas marianos, evangélicos y de santos (Museo del Prado Arias)

 

3 Centros de poder

El mundo de la corte fue el escenario privilegiado a lo largo de la edad moderna en la relación entre arte y poder. Las cortes italianas del siglo XV iniciaron el modelo que se desarrolló y amplió en las cortes europeas. De esta manera el palacio, además de su complejidad como continente, también está lleno de objetos que nos hablan, (Cámara 47, 51) en nuestro caso, dos cuadros y un conjunto escultórico.

Corte itinerante

La corte imperial fue itinerante hasta que en 1561 Felipe II dispuso la capitalidad para Madrid, por este motivo las estancias de Carlos I en España necesitaron del acondicionamiento de palacios ya existentes, pero también de nuevas construcciones entre 1533 y 1555 como en la Alhambra de Granada o los alcázares de Madrid, Sevilla y Toledo. Pero el hecho de que no hubiera un lugar fijo para reflejar la magnificencia de Carlos I, implica que no se puede hablar de un arte cortesano en el sentido que impidió la programación de un centro ceremonial fijo y, por lo tanto, se primó la realización de tapices y su portabilidad para escenificar las victorias del Emperador que, en cuanto a su representación personal y al contrario de sus imágenes en relieves, armaduras y entradas triunfales, “rechazó el lenguaje alegórico para sus retratos pintados” (García y Alzaga 102-105) ¨Todas estas dinámicas artísticas nos llevan hasta La Gloria de Tiziano como el gran lienzo que se convertiría en un objeto devocional en su retiro en el Monasterio de Yuste. El lugar de retiro del emperador contrasta con su fama mundial y como el cuarto real destaca por su sencillez y la lógica distribución para un retiro religioso, situado junto al altar de la iglesia bajo el cual el emperador pidió ser sepultado (Patrimonio)  y como señala Molina, César Antonio: “Mucho dice el lugar de su conciencia sobre la pequeñez de los bienes terrenales. Yo creo que Carlos V asumió su “culpa” por no haber logrado detener el avance imparable del protestantismo. Seguro que con esa pena se murió. “

El Escorial

El reinado de Felipe II fue diferente al de su padre Carlos I y, aunque remodeló la fortaleza musulmana del  Real Alcázar de Madrid, el monarca manifestó toda su grandeza en El Escorial, un edificio polifuncional que asumió funciones cortesanas, eclesiásticas y culturales. El edificio se constituye en un “autorretrato” del monarca donde podemos leer su personalidad y psicología. La centralidad del complejo arquitectónico se encuentra en el lugar dedicado a Dios, una iglesia de forma cuadrada la iglesia cuyo altar está conectado directamente con las habitaciones del rey, y un piso por debajo aloja el Panteón Real de manera que se establecía “una relación entre el Santísimo y la muerte regia /…/ estableciéndose un itinerario simbólico que conduce hacia la idea de un final santo, como el auténtico objetivo de la vida.” Esta vinculación de la monarquía y la divinidad, que le concede el poder y la primacía sobre los vasallos, se destaca mediante la colocación de los cenotafios de Carlos V y Felipe II a ambos lados del altar, y sirven como simbolismo para la permanencia física de los rey es después de la muerte cuando Felipe II decide que su memoria histórica se condense en una eterna devoción ante el altar (García y Amaya 106-110)

El Alcázar de Madrid

El Alcázar medieval de Madrid fue la residencia de los Austrias desde la llegada de Carlos I hasta la nochebuena de 1734 cuando el palacio fue devastado por un incendio y se iniciaron sobre el solar las obras del nuevo Palacio Real con aires barrocos. (Alonso 1) Sin embargo, el carácter itinerante de la corte de Carlos I, la centralización del poder de Felipe II en El Escorial, el traslado momentáneo de la capitalidad a Valladolid por Felipe III y la construcción del Buen Retiro con el propósito de Olivares de alejar a Felipe IV de los asuntos de estado parece indicarnos que el Alcázar de Madrid no fue precisamente un lugar donde se desarrollara el ejercicio del poder de los Austrias, sin embargo un edificio del que siempre se ha pensado que era un lugar oscuro y lúgubre, sobre todo si lo comparamos con la pomposidad de la corte francesa, no dejaba de ser la residencia de los Austrias en la capital del reino desde Felipe II y, por lo tanto, la decoración de sus interiores debía responder a su imagen como centro simbólico del poder de la monarquía de los Austrias, y en ese contexto encontramos “la firma de los grandes artistas del momento como Velázquez o Rubens además de importantes figuras de la pintura italiana y flamenca que hoy dan vida al Museo del Prado. (Rodríguez 2) Y en ese entorno debemos de situar el retrato de Carlos V y Felipe II pintado por Antonio Arias. Sin embargo, lo más destacable de la remodelación del palacio de 1640 para la nueva distribución de los espacios destinados a la familia real y la administración del imperio nos habla de una separación de estancias “propia de un reinado débil” en el que las numerosas empresas bélicas desembocaban en la bancarrota y la figura de un rey “amante y protector de las artes que parece atrincherarse en la planta principal entre sus salones y cuadros, ajeno, aparentemente, a lo que sucede en las plantas bajas correspondientes  a las cuestiones de gobierno” (Rodríguez 3)

 

4 Agentes de poder

La Edad Moderna mantuvo la distinción medieval de los cuerpos sociales y la estrategia de la nobleza fue conservar genealogías y usar marcas visuales para fundamentar el reconocimiento social. Este uso de las obras de arte se manifestaba tanto en entornos públicos como privados  (Urquizar Nobleza 165-168) En el caso de las tres obras de arte que estamos analizando, su destino era la residencia del monarca de manera que aún se percibe con mayor intensidad que “la majestad hispana había sentido siempre el disgusto por los signos exteriores del honor” (Carrió 259) Lo habitual era que las obras de arte fueran el soporte para mostrar la magnificencia del retratado y en el caso de La Gloria y el cenotafio nos encontramos ante una aparente disparidad de criterios entre un Carlos I que aparece vestido con una sencilla túnica blanca frente a la imponente figura en bronce de un Felipe II vestido con elegancia y portando señas de su jerarquía, sin embargo no hay que olvidar que el uso de estas imágenes eran de uso privado y, por lo tanto, en realidad nos enseñan como el monarca se quería ver a sí mismo, estos dos retratos no son un mensaje al exterior y su lectura está marcada por la particularidad de denota su uso y disfrute en privado. Sin embargo, el retrato doble de los dos monarcas de Arias, aunque también pensado para el ámbito privado, sí que cumple con una de las máxima de la construcción iconográfica de la nobleza: el linaje que, como una característica medieval, se expandió por la Edad Moderna a modo de legado intergeneracional para el reconocimiento de  los valores y virtudes de la familia (Urquizar Nobleza 174)

 

5 Espacios de poder

El retrato o el propio encargo del trabajo se enmarcaban en una guía de interpretación simbólica en torno a los ropajes, joyas, blasones o su posición en un espacio determinado, todos estos elementos precisaban de unos determinados códigos para leer sus significados, por eso, cada retrato era un tipo de imagen que por su propia naturaleza estaba ligado a la exhibición del poder (Urquízar 349) Apliquemos a los tres retratos que estamos estudiando las características citadas con la perspectiva de las máximas que Alberti y Plinio asignaban a este tipo de obras de arte: que hacen presentes a los ausentes y que es un soporte que activa el recuerdo personal del pensamiento. (Urquízar 349, 350)

El poder de Dios

La exhibición de poder de La Gloria se sitúa lejos de la imagen de Carlos V, el poder de esta imagen está alojado en la trinidad divina de Padre, hijo y Espíritu Santo y la Virgen María como representante de los hombres, mientras la presencia del monarca esa la imagen del devoto que abandona su corona y se inclina hacia delante con la piedad de quien busca la presencia de Dios y por lo tanto, el recuerdo que activa en el futuro tiene mucho más que ver con la grandeza y la importancia de la religión tridentina que por los avatares por los que pasó el monarca.

 

 

El poder del monarca

La exhibición de poder en el cenotafio de Felipe II es tan contundente y robusta como el peso y la solemnidad de las estatuas que lo conforman gracias a las riqueza de las telas, las joyas y una posición de rodillas que, siendo un evidente signo de deferencia, a la vez que transmite una potente imagen de fortaleza y, aunque el gesto es de adoración, la sensación es de firmeza y la consciencia de que el monarca se sabe poseedor de un enorme poder, de manera que el recuerdo que se activa es el de la grandeza de la monarquía.

El poder de la familia

La exhibición del poder en el retrato doble de Arias está muy diluida por la posición sedente y relajada de ambos protagonistas en una escena que, aunque recoge símbolos de poder como la capa que cubre a Carlos V, las armas o las armaduras, se permite un cierto grado de proximidad con el espectador con la mirada de Felipe II que rompe la distancia y el tiempo y, al contrario de los retratos anteriores, la importancia de la mirada se posa en nosotros los humanos, los vasallos que, por un instante, ocupamos la visión de quien con su mano derecha acaricia toda la inmensidad de la Tierra que era el objeto de su quehacer. Por eso el recuerdo que activa, aunque teñido por el inevitable halo de poder de dos figuras enormes, tiene un aire más familiar, su presencia, más que la imagen del poder, evoca la prestancia y la importancia que tiene el linaje familiar.

 

6 Conclusión

El trayecto al que nos invita este paseo por la relación entre imagen y poder, es un viaje a la dinastía de los Austria desde su ascenso a lo más alto del poder, un lugar en el que mantenerse mediante la expansión territorial hasta que el tiempo y una dudosa gestión provoca el suave descenso con el desenlace fatal de unos Austrias que terminan por perder el trono que recaerá en la dinastía de los Borbones. Es un planteamiento típico de los relatos con su planteamiento, nudo y desenlace que sin embargo no lo es tanto. En este recorrido nos han acompañado diferentes actores y escenarios sobre los que podemos proyectar una singladura similar a los protagonistas.

Planteamiento

Carlos I todavía actúa como un rey medieval con una corte itinerante cuyo objetivo final es vencer la autoridad del papado frente a la omnipresencia de Dios, sin embargo, su duelo con la historia se salda con la derrota ante los protestantes y, como única recompensa, su relación directa con la Trinidad en condición del hombre que suplica el perdón.

Tiziano ha alcanzado la fama y la notoriedad que los artistas de la edad moderna reclaman y, sin embargo, en lugar de atarse a un solo patrón, su elevada categoría profesional le permite trabajar para los hombres más importantes de su época y ocupar el mismo espacio iconográfico que el emperador.

Nudo

Felipe II no se siente concernido ni por la pérdida espiritual ni por la territorial ocurrida en Alemania, y centra todo su poder universal en un edificio que es su autorretrato, un bloque cerrado desde dónde gestiona el destino del mundo y de su alma y, aunque ha sido capaz de multiplicar la deuda heredada de su padre, declarar tres bancarrotas y apreta a los castellanos con impuestos, la imagen de su reinado se tiñe de bronce por la preocupación en la defensa de la fe, mantener el imperio territorial y dejar una sólida memoria de quien, adorando a Dios, lo hace desde la imponente figura de un monarca universal.

Leoni ha nacido para ser escultor y su técnica le ha permitido acceder a ese nuevo lugar donde los artistas pueden acceder a los privilegios de los nobles, es el ascenso paradigmático del artista de la edad moderna que es capaz de asociar la brillantez de su trabajo con la del noble para quien trabaja.

Desenlace

Felipe IV simboliza el desapego por el poder y tal vez por eso, en esta triada de obras de arte, ni siquiera hemos tenido que analizar su imagen porque su imagen es el anuncio de la decadencia que solo sabe mirar atrás, a las glorias pasadas de Carlos I y Felipe II, mientras el poder cae en las manos de los validos y el monarca se dedica a las fiestas y el entretenimiento. Es el anuncio del final y tal vez por eso ya no se necesitan artistas excelentes, es suficiente con la ejecutoria de Arias que es un buen técnico que, sin embargo se ha quedado anclado en el pasado de un estilo artístico que le llevará al fracaso que en este largo artículo es tan solo el preludio al fracaso mayor.

Coda final para un fracaso

Si consideramos que la edad moderna es el enorme tránsito temporal que va desde la caída de las monarquías medievales hasta culminar en el absolutismo del barroco, podemos concluir que los Austrias fracasan en el intento y, aunque llegaron a las más altas cotas de poder, los retratos que hemos estudiado no dejan de ser la constatación de que pese al dominio que nuestros protagonistas tuvieron sobre el Estado, en este proceso no se llegó a identificar de manera clara y contundente a los Austrias con el Estado porque ellos, cuando realmente fueron poderosos preferían establecer su relación con Dios y, cuando el poder menguó se centraron en las delicias de la corte mientras las preocupaciones del estado recaían en otros actores y así, para que el poder absoluto fraguara en la nueva época hacia la que se encaminó la historia, los Austrias dejaron de ser los protagonistas, un papel que recayó en los Borbones, pero esa es otra historia.

 

Documentación

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