La curvatura de la córnea

17 septiembre 2016

La Asamblea de mujeres: Entre la reivindicación de Echanove y la mofa de Aristófanes




La guerra del Peloponeso (431-404 a. C.) fue un enfrentamiento provocado por el temor de los espartanos al crecimiento de sus vecinos los atenienses. Esparta gana la guerra y deja desolados los campos del Ática, de manera que muchos campesinos se vieron obligados a emigrar a la ciudad de Atenas por lo que se rompió el equilibrio que se había conseguido entre la ciudad y el campo. La peste asoló Atenas propició el hundimiento moral de la población, se impuso un régimen oligárquico y el espíritu cívico que venía floreciendo en la ciudad decayó de forma evidente para decantarse, en palabras de Espelosín, “por elementos individualistas que buscaban el beneficio y la salvación personal en prejuicio de los intereses públicos.”
Esta profunda crisis moral y política se ve perfectamente reflejada en la comedia de la época cuyo autor principal es Aristófanes quien consideraba corruptos y miserables a los líderes políticos, y utilizó la parodia, la obscenidad y un lenguaje innovador para mostrar la gravedad de la situación de la ciudad de Atenas y la necesidad de encontrar una solución inmediata a los problemas.
En esta tesitura Aristófanes escribe su “Asamblea de mujeres” una comedia que sirve de espejo para la actualidad porque cuando en ella nos miramos, nos encontramos con los mismos chupópteros y mangantes que la obra denuncia. Esta fase de la obra es recibida por el público entre el asombro y el jolgorio por aquello de que si, la historia con dos mil años de por medio se vuelve a repetir, pero ay! conforme avanza la comedia descubrimos las verdaderas intenciones de Aristófanes que sí, es cierto que denuncia la corrupción pero, a poco que rascas, encuentras que las nuevas proposiciones para solucionar los problemas de Atenas, esas soluciones que tanto nos suenan porque las hemos escuchado en los medios de comunicación como una nueva ola regeneracionista, al final, junto a las mujeres que las proponen, se convierten en chascarrillo y mofa. No olvidemos que las mujeres atenienses del siglo V a.C. es un colectivo marginado de la vida política y social
Y es precisamente ese desfase en los mensajes el que determina la intensidad interpretativa de la obra. Mientras la comedia transcurre entre mofas por las cuestiones económicas, sociales y políticas la función va viento en popa, sin embargo el viento amaina cuando llega la segunda parte y queda desvelada la intención final del autor que no es otra que dejar en ridículo a ese hipotético gobierno de las mujeres y, por lo tanto, dejar en agua de borrajas todo el ímpetu de cambio.
Y a mí me parece que ese es el motivo para que Echanove, como director de la función, haya buscado una salida más airosa a la representación y añada, a modo de chirigota, el grito que a los ciudadanos de este bendito país nos queda por cantarles a los dirigentes políticos: ¡¡Que nos devuelvan las ruinas!!
Esas ruinas morales y económicas que nos están dejando con el culo al aire.
De esta manera podemos situar a cada uno en su sitio, mientras Echanove subraya la pimienta de los conflictos actuales, Aristófanes nos muestra su verdadera cara, la cara de un tipo conservador y tradicional, algo así como lo que ocurrió en las últimas elecciones en España que parecían traer vientos de cambio pero a la hora de la verdad democrática de las urnas todo se quedó en aquello que decía Felipito Takatún en el televisivo “Un, dos, tres responda otra vez” de los años setenta: Yo sigo.

La función también sigue durante todo este fin de semana en el Teatro Principal de Zaragoza.



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14 septiembre 2016

Historiografía y Memoria. Un brevísimo acercamiento a la última dictadura militar argentina




Mis compañeros en el Grado de Historia Víctor Pérez, Jorge Sánchez, Felipe López y Óscar López, bajo la dirección de la Doctora Mª Palmira Vélez, confeccionaron para la asignatura de América Contemporánea un trabajo de investigación con el título de “Historiografía y Memoria: La última dictadura militar argentina.” Este texto que tienen ante ustedes nace con la pretensión de sintetizar las ideas y los hechos expuestos por mis compañeros sobre el drama que sufrió la sociedad argentina con una sombra que aún llega hasta nuestros días.
Mi exposición no se va regir por el orden de exposición original, sino que va a jugar mezclar e intercambiar los argumentos con la intención de dotar de un ritmo más adecuado a la longitud de este artículo que, para agilizar la lectura, evitará referencias al abundante material bibliográfico que los autores del texto han manejado.

Sintetizar su trabajo ha resultado un excelente ejercicio práctico cuya finalidad es incitar al lector a reflexionar sobre la importancia de poner la memoria bajo el foco de la historia.
 
Historia, Memoria o el reto de los nuevos historiadores
En la actualidad nos encontramos con una sociedad que ejerce su voluntad de recordar hasta el extremo de pensar que lo que está por venir se puede medir por el deseo de imaginar pasados, esa inseguridad por el futuro nos lleva a mirar al pasado con la esperanza de encontrar respuestas para el presente.
La memoria sin embargo también tiene que ver con esos pasados que no pasan, pasados traumáticos y dolorosos que son el resultado de la represión de las dictaduras, y en el caso que nos atañe, la dictadura argentina entre 1976 y 1983.
La memoria, que tantas tensiones puede crear en los terrenos políticos, culturales y sociales, es una magnífica oportunidad para el historiador. Un nuevo campo de investigación con un punto de partida muy claro: No existe equivalencia entre los conceptos de memoria e historia y sin embargo están muy unidos porque ambos carecen de la pretendida objetividad tan inalcanzable para cualquier ciencia.
Las memorias están sujetas a la propia experiencia y son fruto de una compleja relación entre presente, pasado y futuro hasta destilar una determinada representación del pasado. Esa memoria individual es una visión parcial y sesgada que, en manos del historiador, se convierte en una fuente importante que deberá contrastar con otras fuentes documentales para acercarse al estudio científico de ese pasado y de las dinámicas de las sociedades humanas.
Aunque recordar es un ejercicio personal siempre se inserta en culturas grupales, un medio ambiente que lo retroalimenta para convertirse en intereses y cosmovisión compartidos de manera que lo individual termina por transcender hacía lo colectivo. El recuerdo personal se genera dentro de una narrativa colectiva y así la memoria hay que concebirla como un producto esencialmente social.
El olvido es el reverso imprescindible del recuerdo, sobre todo cuando los acontecimientos son traumáticos y entonces, las heridas de la memoria se ven influenciadas por el temor tanto a la represión como a la incomprensión, el resultado final es que la plasmación narrativa resulta muy difícil de conseguir y por lo tanto se allana el camino para el olvido.
La memoria protagoniza muchas disputas políticas porque, mientras el pasado es un territorio propicio para las reinterpretaciones intencionadas. Por eso es imprescindible agrupar en el espacio público diferentes memorias generadas por grupos sociales, políticos o religiosos y construir una memoria colectiva donde concurran la experiencia privada y la oficial en un marco exento de controversia y conflicto.
Los procesos de democratización que siguieron a la dictadura argentina gestionaron el pasado de tres formas muy diferentes: 1 Obtener justicia para las víctimas de las violaciones de derechos humanos. 2 Estabilidad institucional para mirar a un futuro que promueva políticas de olvido y reconciliación, y 3 Enaltecer y glorificar a la dictadura.
Si tenemos en cuenta esos tres posibles escenarios, la figura del narrador se convierte en un factor muy importante porque delimitará de una manera muy determinada el espacio de la memoria y la representación del pasado hasta convertirlo en lucha por el poder, legitimidad y reconocimiento así, frente a la memoria de los oprimidos surgen relatos que otorgan a la dictadura el papel de salvador. Esta dicotomía no implica una contraposición entre la historia oficial asumida por el Estado y otras narrativas alternativas.

Historiografía y contexto político-económico y social de la dictadura argentina
El origen de la represión durante la dictadura argentina hay que buscarlo en una estrategia económica orquestada desde EE. UU. La Operación Cóndor trataba de eliminar los opositores políticos al neoliberalismo ideado desde la Escuela de Chicago y crear un clima de miedo en el resto de los ciudadanos. Videla encabezó esta operación entre los años 1976 y 1983. El discurso público para llevar a cabo estas operaciones se basaba en construir una imagen de peligrosos enemigos del Estado con intención de capturar a un sector indeciso de la sociedad que ni apoya al Estado ni a los subversivos.
La memoria sobre este período de la historia argentina tan solo es una aproximación parcial que reconstruye con fragmentos una realidad oficial a la que se opuso el movimiento de derechos humanos que, frente al discurso oficial centrado en la guerra, se orientó hacia la figura del detenido-desaparecido y de la Triple A (Alianza Anticomunista de Argentina), una organización terrorista que ya empezó a operar antes del golpe de 1976 contra los sectores izquierdistas del peronismo. Con  el triunfo del golpe de estado algunos miembros de la Triple A pasaron a servir al Estado para perseguir a determinados movimientos sociales de izquierda a los que se criminalizaría como terroristas, sin embargo, al amparo de las empresas que salían favorecidas con la implantación de políticas neoliberales de la Escuela de Chicago, el foco de actuación se amplió hacia cualquier persona que no tuviera una visión de una sociedad construida sobre el único valor del beneficio económico, incluidos sectores religiosos ligados al mundo obrero y los miembros de las congregaciones dedicadas al trabajo entre los mendigos y desfavorecidos.
Los periodistas fueron un sector muy castigado porque eran el medio de transmisión entre la sociedad y la realidad de los acontecimientos. Esta represión tuvo como efecto más importante una sociedad desinformada durante los años de la represión.
La mujer, en una sociedad que ya era radicalmente patriarcal, fue un objetivo específico de represión para mellar y degradar su conciencia mediante la violación, y así construir una identidad dominante del hombre en una dictadura que solo ve a la mujer como madre y, por lo tanto, con un importante papel en el cuidado y la educación de los hijos. Por eso era importante contar con mujeres cercanas a la orientación política del Estado y así alejar a los hijos de la subversión y se convertirlos en apéndices del poder militar.

El aparato represor de la dictadura
El aparato represor de la dictadura se dedicaba a secuestrar, trasladar a los centros de detención y torturar en lo que se llamó la guerra contrarevolucionaria.
Un patota o grupo de cinco o seis individuos provistos de arsenal, coches y helicópteros en algunas ocasiones, detenían a los sospechosos a los que previamente habían cortado el suministro eléctrico y aturdido con megáfonos y reflectores. Las patotas se hacían a cara descubierta y, cuando no encontraban a la víctima, podían permanecer en la ratonera hasta que cayera en la trampa.
De los testimonios de las personas que estuvieron detenidas clandestinamente y recuperaron su libertad, se deduce que los centros de detención clandestina se dividían en: 1 Lugares de Reunión de Detenidos donde pasaban periodos considerables de tiempo hasta que se decidía el destino definitivo, 2 Lugares de Transito donde el detenido llegaba inmediatamente después del secuestro y 3 los Centros de Detención Clandestinos que fueron concebidos para practicar la tortura con total impunidad. En este aspecto el trabajo recoge muchos testimonios que voy a obviar pero que sintetizan perfectamente la vejación a la que fueron sometidos las víctimas que se enfrentaban a una paliza de tres horas en lo que se conocía como “sesión de ablande” y que solo era el preámbulo de un proceso de tortura que era revisado por un médico con el objetivo de supervisar los excesos que los torturadores pudieran tener al aplicaban técnicas como la picana eléctrica para descargas en uñas, encías y testículos.
La picana se combinaba con palizas para acosar psicológicamente a la víctima hasta hacerle sentir que convivía con la muerte, entonces las torturas físicas disminuían y entraba en escena el simulacro de fusilamiento, el enterramiento hasta el cuello en fosos cavados en la tierra, para volver a la parrilla que consistía en aumentar el efecto conductor de la electricidad mediante la utilización de agua, quemaduras de cigarros o el submarino que consistía en dejar sin respiración mediante una bolsa.
La pena de muerte se incorporó al derecho penal durante la dictadura y, aunque su aplicación fue sistemática, nunca medió una sentencia judicial. Muchas se ocultaban bajo la apariencia de un enfrentamiento armado o un intento de fuga. Los muertos eran tratados como simples bultos a los que se les marcaba con un número en el pecho. Una idea fundamental que se desarrolló durante la dictadura fue que los cadáveres no se entregan. En ese sentido, un modo frecuente de deshacerse de las víctimas era el lanzamiento de detenidos al mar.
Borrar la identidad de los cadáveres fue una forma de paralizar el reclamo público y aseguraba, al menos por un tiempo, el silencio de los familiares que se agarraban a la esperanza de encontrarlos con vida.
Cuando los secuestrados tenían hijos el procedimiento para con ellos iba desde dejarlos en casa de algún vecino, derivarlos a instituciones para su posterior adopción, entrega a otros familiares, dejarlo libre a su suerte o trasladarlos a un centro de detención donde presenciaban las torturas de sus padres o eran también torturados. Muchos de esos niños todavía figuran como desaparecidos.
Las embarazadas sufrieron torturas específicas, sus cuerpos fueron instrumentalizados en función del nacimiento de sus hijos que pasaron a manos de los verdugos. Las mujeres detenidas y embarazadas mantenían un impulso de optimismo que les llevaba a adoptar un comportamiento positivo y esperanzador con el objetivo de superar las dificultades y sacar adelante su embarazo. Sin embargo, muchas de ellas nunca llegaron a estar en contacto con sus bebés porque los recién nacidos quedaban a cargo del hospital que nunca registraba su ingreso. Los niños terminaban apropiados por miembros de las fuerzas represivas o personas vinculadas a ellos.

El movimiento femenino frente a la dictadura y la desaparición de personas
Azucena Villaflor de Vincenti junto con otras doce mujeres decidieron interponer denuncias de desaparición en las oficinas del Ministerio de Interior de Buenos Aires con la esperanza de obligar al dictador Videla a darles una respuesta. Eran mujeres sin acción política previa que desconocían el proceso judicial y que ya se habían movilizado individualmente hasta encontrarse unas a otras en las largas colas burocráticas donde compartieron sufrimientos hasta que una de ellas, María del Rosario Carballeda de Cerruti escribió una carta a Videla en la que le solicitaba una entrevista y una respuesta sobre el paradero de sus hijos. Las madres comenzaron a reunirse para apoyar la carta con un buen número de firmas hasta fijar un horario de encuentro los jueves a las 15:30 horas en la Plaza de Mayo.
La asistencia crecía cada semana hasta obligar a los militares a contraponer la idea de de mujeres locas pertenecientes a familias subversivas frente al orden que ellos traían a la nueva Argentina.
Aunque Videla nunca las recibió, el coronel José Ruiz Palacio, subordinado del Ministro de Interior, reconoció a una de las madres que hacia un tiempo le había presentado una denuncia sin obtener respuesta. El militar fingió sorpresa al verla y mostro su extrañeza de que todavía no hubiera encontrado a su hija que, argumentó el coronel, seguramente se encontraría en México ejerciendo la prostitución como la mayoría de las subversivas. Ese fue el toque de atención definitivo que puso en alerta a las madres de la Plaza de Mayo: Los militares conocían lo que estaba pasando. Tres días más tarde el gobierno desalojó la Plaza, declaró el estado de sitio y comenzaron las detenciones que incrementaron la solidaridad entre ellas hasta alzar la voz frente a Carter que, recién llegado a la Casa Blanca, frenó la ayuda norteamericana a Argentina.
Las madres deciden aprovechar esta coyuntura y realizan una primera solicitud al gobierno para pedir la aparición de los desaparecidos mediante la petición de firmas que realizan junto a otras asociaciones con las que organizan una marcha para el Día de la Madre a modo de manifestación y donde algunas de las cabecillas fueron detenidas. El inicio de las movilizaciones callejeras contra la dictadura tuvo repercusión en la prensa nacional con la suficiente fuerza como para que el gobierno enviara mensajes a las madres para decirles que sus hijos habían muerto, les entregaban los ataúdes cerrados con la prohibición de abrirlos y sabiendo que no tenían medios pecuniarios para pagar una identificación.
El 8 de diciembre de 1977 detienen a algunas madres, tres días más tarde el diario La Nación publica una solicitada con el nombre de todos los desaparecidos y Azucena Villaflor es secuestrada en mitad de la calle. El golpe fue muy duro para las madres que se vieron huérfanas de su lideresa natural y, aunque poco a poco volvieron a la Plaza, porque el régimen aflojó la represión para que la disputa del Mundial de fútbol de 1978 fuera un éxito para el régimen.
Las Madres sabían que ese Mundial era una oportunidad histórica para poner el problema de los desaparecidos en la agenda internacional. Por eso fue tan importante la fotografía que el capitán de la selección holandesa de hockey les hizo a principios de 1978 y que terminó publicada en la prensa holandesa así, mientras todo el mundo seguía la retransmisión de la ceremonia de apertura del campeonato, las cámaras holandesas seguían la marcha de las Madres.
La represión para las madres se recrudeció cuando el mundial desapareció de las noticias, sin embargo ellas ya habían decidido que su mensaje viajaría por todo el mundo. La internalización del problema empezó en octubre de 1978 con viajes al Canadá, el Vaticano y los EE.UU.
El régimen decidió frenar a las madres, impidió sus reuniones en la Plaza y dictó una ley por la que los desaparecidos pasaban a ser fallecidos. Ante esa afrenta las Madres deciden institucionalizarse como Las Madres de la Plaza de Mayo el 14 de mayo de 1979.
La guerra de las Malvinas, que el régimen pretendió utilizar a su favor, terminó por ser su puntilla. Así a lo largo de 1982 las Madres aparecían en algunos actos políticos como una marcha por la democracia en octubre, o un viaje a Europa a principios de febrero de 1983.
El 28 de febrero de 1983 se anunció que las elecciones se celebrarían el 20 de octubre del mismo año. Ante los nuevos tiempos que se aproximaban las Madres decidieron no adscribirse a ningún partido político para evitar ser utilizadas en campaña y el día de las elecciones se presentaron en las mesas electorales dónde debían acudir a votar sus hijos.
El 23 de septiembre de 1983, un mes antes de las elecciones, se sancionó la ley de Pacificación Nacional que extinguía los delitos cometidos con la finalidad de luchar contra los terroristas o los subversivos desde mayo de 1973 hasta junio de 1983
Después de la Junta
Raúl Alfonsín ganó las elecciones y aprobó una serie de leyes que llevaron a juicio las Juntas. Sin embargo su discurso fue un ejercicio de simetría porque, aunque pretendía castigar los crímenes de las Fuerzas Armadas, se señalaba a la guerrilla como la causante del desorden social y la ruptura de normas. Este lenguaje permitió enjuiciar a las cúpulas guerrilleras por actos cometidos entre 1973 y 1983, y a los militares por la represión establecida después del golpe de estado de 1976.
Esta interpretación gubernamental recibió el nombre de la teoría de los dos demonios que, mientras justificaba de manera implícita los actos represivos del aparato militar, eliminaba del marco jurídico toda referencia a ideologías o compromisos políticos, la tarea fundamental era determinar los crímenes obviando su motivación política. Con este escenario político fueron las organizaciones no gubernamentales las que se encargaron de obtener al mismo tiempo verdad y justicia ocupando el espacio público para denunciar tanto las políticas de amnistías patrocinadas por el gobierno, como mantener viva la memoria de los afectados apoyándose en multitud de evidencias documentadas, testimoniales y jurídicas que, sin embargo, no rompen con la argumentación de los defensores de la dictadura, de manera que la imagen de la violencia política se queda teñida por lo que se llamó La vulgata procesista: Unn relato que justifica la represión legal frente a las organizaciones armadas y sus “crímenes de la izquierda”
La equidistancia entre terrorismo de izquierda y de Estado permitió dibujar un infierno que ya no remitía a la experiencia de los desaparecidos, sino que situaban en la misma ecuación la violencia guerrillera y estatal. Sin embargo, frente al silencio de los historiadores de los años ochenta, la memoria de los crímenes de la dictadura militar y el dolor provocado se hicieron imperecederos.
En 1986 se aprobó la Ley de Punto Final que establecía un tiempo límite para llevar a juicio a los opresores.
En 1987 se aprobó la Ley de Obediencia Debida que absolvía a los militares de rango intermedio de las acusaciones por violación de los derechos humanos durante la dictadura, por considerar que habían actuado cumpliendo órdenes de sus superiores. La grave crisis económica provocó un adelanto electoral y Carlos Menem ganó las elecciones en 1990 , un gobierno peronista que sin embargo incorporó el ministerio de economía al máximo responsable de esa área durante los últimos tiempos de la Junta Militar, es una continuidad en las formulas neoliberales de la Escuela de Chicago que consistió en privatizar empresas estratégicas para, junto al recorte el gasto público, satisfacer a los inversores extranjeros a la vez que se agredía a las capas más bajas de la población hasta conseguir que a mitad de los habitantes del país quedaran por debajo del umbral de pobreza.
En cuanto a la memoria de la represión, las políticas de Menem reemplazaron el derecho penal por el civil, es decir, se otorgaron indemnizaciones económicas a las víctimas del terrorismo de Estado después de absolver tanto a las Juntas Militares como a los cabecillas de la guerrilla que habían sido condenados en 1985, y el gobierno reconoció su parte de responsabilidad por las desapariciones y asesinatos.
Los estudios sobre la dictadura de la Junta Militar surgen con mayor visibilidad a lo largo de los años noventa. Investigadores jóvenes que pertenecen a una generación que no ha vivido durante ese período en edad adulta nutren nuevas propuestas mediante la puesta en valor de la historia oral hasta que en julio de 1998 se crea el Proyecto de Reconstrucción de la Identidad de los Desaparecidos a través de los relatos de familiares y amigos que recuperan la historia de su vida y conservan la memoria de los desaparecidos mientras Videla es detenido.
Con la llegada del nuevo siglo los cambios en la historiografía argentina avanzan hacia una mayor profundización entre memoria e historia, de manera que se privilegian aquellos temas que la historia profesional a orillado por cuestiones ideológicas, así las memorias de la víctimas de la dictadura y las resistencias sociales al neoliberalismo adquieren una nueva musculatura y, aunque la relación con el gobierno pasó por momentos de  crisis, el relato sobre el terrorismo de estado es asumido por el estado a partir del año 2004, sin embargo es un estatuto de verdad que se ha gestado mucho más en el ámbito judicial que en el académico.
El presidente Néstor Kirchner pronunció un discurso el 24 de marzo del 2004 en la sede de la Escuela Mecánica de la Armada como el lugar representativo de los campos de concentración clandestinos de la dictadura y que jugó un papel fundamental en la represión. El mensaje del presidente de la república Argentina fue meridianamente claro y, frente a la cúpula militar, dijo que desde ese día el ejército, como brazo armado de la patria, debía portar orgulloso sus armas para nunca volver a levantarlas contra el pueblo argentino.
El cadáver de Azucena Villaflor secuestrada en diciembre de 1977 no fue identificado hasta el 2005. Las Abuelas en la actualidad siguen con su labor a través de la Fundación HIJOS, acrónimo de Hijos e Hijas por la Identidad y la Justicia contra el Olvido y el Silencio, donde se puede acceder a bases de datos con fotografías y otro tipo de información sobre desaparecidos.

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23 agosto 2016

Un yanqui en la corte del Rey Arturo nos invita a reflexionar sobre nuestro tiempo

En cualquier reseña biográfica de Mark Twain (1835-1910) podrás leer que trabajó como tipógrafo, en un barco a vapor del Mississippi, fue minero y periodista, viajó por Europa dando conferencias, creó su propia editorial y obtuvo gran fama y reconocimiento como narrador de los temas cotidianos de la sociedad estadounidense y, aunque no hayas leído ni uno de sus libros, tú también has accedido accedido a su literatura gracias personajes universales como Tom Sawyer o Huckleberry Finn.
Twain ejemplifica muy bien las contradicciones del hombre occidental del siglo XIX que abrazaba los grandes descubrimientos tecnológicos de esa época, a la vez que mostraba escepticismo sobre las consecuencias que causaba el progreso.
Un yanqui en la corte del Rey Arturo se publicó en 1889 cuando el prestigio literario de su autor estaba fuera de discusión. Nos encontramos ante un particular relato de viajes porque la invitación es a viajar en el tiempo, un trayecto que nos llevará desde finales del siglo XIX hasta el mito literario del Rey Arturo del siglo VI cuando la Edad Media sustituye al sueño del Imperio Romano. Con este punto de partida uno se teme lo peor y, aunque Twain advierte en el prefacio que en el libro no queda resuelta la cuestión sobre el poder divino de los reyes, mi sensación como lector se precipita sobre lo que presiento: una novela como herramienta de comparación entre el siglo XIX y la mitificada corte del Rey Arturo como un símbolo del poder legítimo, un lugar idílico de igualdad, justicia y paz donde el rey y sus caballeros se reúnen en torno a una Mesa Redonda.
El viajero en el tiempo casi siempre se enfrenta a un dilema fundamental ¿Debería modificar con mi actuación la secuencia histórica conocida o debería influir en los acontecimientos para que el futuro sea mucho mejor de lo ya conocido? Es una apetitosa tentación que nuestro protagonista del siglo XIX resuelve sin problemas: “Me haría el amo de todo aquel país antes de tres meses, porque yo estaba convencido de que llevaba ventaja de más de mil trescientos años al hombre más culto de todo el reino.”
Una imagen que nuestro viajero en el tiempo va a destrozar mediante la comparación de dos épocas, la medieval y la contemporánea, que distan tanto como la frontera que se rompió con las revoluciones burguesas encargadas de finiquitar el antiguo régimen aristocrático. Así, el inicio de mi lectura se vio influenciado por el supuesto interés de Twain en establecer ese marco comparativo que, tal vez funcionase desde el punto de vista narrativo, pero que sin lugar a dudas era un traición a una lectura histórica de los hechos, porque la prepotencia del viajero y la utilización de sus conocimientos astronómicos, industriales o manufactureros con capacidad para implementar en la narración elementos como la publicidad o la prensa, plantean la confrontación sin sentido de dos épocas históricas. Nos encontramos ante una práctica que, como nos recuerda Raymond Carr, era muy denostada por los historiadores del siglo XIX: Aplicar la propia conciencia a los hechos, unos acontecimientos que no dejan de ser impresiones que inciden en el observador desde fuera. El yanqui de nuestra novela, por mucho que se encuentre en pleno siglo VI, tan solo es un observador atado a su propia experiencia personal de pertenecer al siglo XIX, por lo tanto no debería someter a juicios morales conductas en las que no puede estar inserto. Los acontecimientos solo nos hablan cuando el historiador, el novelista o el viajero los apela para decidir cuáles serán la espina dorsal de la historia, del relato o de la aventura, esa capacidad de selección es básica para establecer las coordenadas de lo que se quiere contar, pero a la vez cercena la idea de ejercer una posición moralmente superior a los hechos a los que nos enfrentamos.
Les confesaré que esta certidumbre me tenía bastante enfadado con Mark Twain hasta que llegué a la página 307 de mi novela y de repente comprendí quemi lectura estaba profundamente equivocada.
Morgan y el rey Arturo salen a recorrer el reino disfrazados como gente del pueblo, son detenidos y vendidos como esclavos. Los dos hombres protestan pero, ante la invitación de los traficantes, se comprueba la dificultad de demostrar alguna diferencia entre un rey y un vagabundo. Es una invitación para reconocer que todos los hombres somos iguales, una afirmación que no era tan fácil de entender en los Estados Unidos de 1899 que, aunque había declarado ilegal la esclavitud en 1865, todavía viviría muy profundamente la segregación racial hasta bien entrado el siglo XX. Esto nos lleva hasta una lectura contemporánea de la novela de Twain, de manera que el siglo VI hace las veces de feudalismo sureño norteamericano, y el yanqui Morgan representa los ideales demócratas del norte. Frente a la antigua espiritualidad medieval instalada en pleno siglo XIX se busca ensalzar al nuevo hombre como epicentro de una historia embriagada por el desarrollo tecnológico, económico y científico de una era en la que brilla la electricidad, el alumbrado público, el telégrafo, los primeros automóviles, el cinematógrafo y el inicio de la aviación. El hombre occidental del siglo XIX tiene una fe ciega en el futuro porque se ha convencido de su capacidad para dominar el progreso.
Y los deseos de Twain de finales del siglo XIX tal vez sean un buen motivo para reflexionar sobre esas nuevas formas de esclavitud que, como nos recuerda Luís Almagro, “es un crimen silencioso, de difícil identificación y constituye una triste y desafiante realidad de siglo XXI. El 30 de julio es la fecha elegida por las Naciones Unidas para recordarnos la precariedad moral en la que nos movemos con un costo inestimable: la dignidad humana. Este crimen hace que hombres, mujeres y niños, muchas veces motivados por sus sueños y por la expectativa de mejorar sus condiciones de vida, sean sometidos a situaciones de explotación de todo tipo, similares a la esclavitud. Según cifras de la Organización Internacional del Trabajo más de 20 millones de personas se ven obligadas a realizar trabajos forzados (incluyendo la explotación sexual)”
El relato de Twain ha dejado los iniciales optimismos y poco a poco el relato rebaja tanta alegría con la inesperada muerte del Rey Arturo lo que permite a Morgan la posibilidad de ascender al poder, eliminar la monarquía e instaurar la república y así, poner de nuevo permitir que la era contemporánea tomo el pulso de los acontecimientos gracias al hombre nuevo y su nuevo gobierno, sin embargo el relato asume con espeluznante naturalidad que el poder ilimitado es ideal cuando se halla en manos seguras, en las manos de nuestro yanqui en la corte. De esta manera la superioridad moral y democrática del hombre contemporáneo deja paso al mesianismo personal de quien se cree mejor que sus conciudadanos, en lo que se me antoja, si me permiten el atrevimiento, una alerta hacía las dictaduras personales que están a punto de llegar a Europa durante el primer tercio del siglo XX, tan marcadas por el canto a la personalidad del líder.
Sin embargo para terminar esta nota, y con la intención de elevar la moral a un improbable lector, voy a tomar una cita de la novela como reflejo de cómo a finales del siglo XIX se tenía una gran esperanza en los sistemas liberales y democráticos que habían desbancado al Antiguo Régimen:
“En todas las edades y en todas las naciones , las inteligencias señeras han brotado en copiosa muchedumbre de la masa de la nación, y sólo de la masa de la nación, no de sus clases privilegiada; por eso, sea cual sea el grado intelectual de la nación, lo mismo si es alto que si es bajo, el gran volumen de su capacidad ha estado entre las numerosas filas de sus gentes pobres y sin apellido, y por esa razón jamás dejó de tener material en abundancia para gobernarse por sí misma. Con ello afirmamos un hecho demostrado siempre, a saber: que hasta la monarquía mejor gobernada, más libre y más culta, no llega nunca a colocar a la nación en el grado más alto a que podría llegar su pueblo; y eso mismo es exacto aplicado a las varias clases de gobierno de grados inferiores, hasta el más bajo de ellos”
Una buena excusa para que reflexionemos sobre si los sistemas representativos, la educación y toda la estructura del Estado de la que nos hemos dotado permiten que los mejores hombres y mujeres de cualquier extracción social puedan alcanzar el liderato orgulloso y decidido de la nación.


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