La curvatura de la córnea

04 mayo 2013

Campanas de boda de La Cubana



Uno de los papeles que más me gusta en la representación de la vida es el de invitado a una boda. Ya saben: Traje gris perla, camisa blanca y corbata coral. Esperar a la novia en la escalinata de la iglesia mientras haces bromitas con el novio para aumentar su nerviosismo. Alcahuetear los trajes de las señoras y, mientras se celebra la misa, vermutear con los amigos y los primos más recalcitrantes de la pareja. A mi me encantaría entrar en misa, con sus jotas, la homilía cañera del sacerdote, las lágrimas de la suegra y esas cuñadas que no tiene paciencia y comienzan a pelar al personal bajo sagrado. Si no asisto al espectáculo es porque no me gusta como está diseñada la escena cumbre. Al momento del si quiero, la búsqueda del anillo y el intercambio de las arras le falta un puntito de dirección, no puede ser que los actores principales den la espalda al público, eso resta emoción. La ceremonia ganaría mucho si los invitados pudieran ver la cara de los novios.
Sin embargo, para recibir a los esposos, frente a las nuevas modas de confeti y pétalos de rosa, me decanto por el clasicismo del arroz, un símbolo de abundancia y prosperidad. Pero la abundancia llega con el cóctel, la fritura de los entrantes, un pescado en salsa, cordero asado con patatas a lo pobre y que se besen los novios. Vinos de denominación regional, tarta, helado y que se besen los padrinos. Café, copa, puros para ellos, pitillos para ellas y que se besen los consuegros.
Un vals vienes para comenzar el baile. Corbatas anudadas a la frente, gintonics a banda, la abuela avienta el bastón y las tías de la novia que se me rifan para darle ritmo a pasodobles, rumbas y chachachás. Todo eso es un bodorrio: Un gran espectáculo donde me lo paso en grande.
Quizás por eso no me gustó la segunda parte de Campanas de boda de La Cubana, cuando la compañía derriba definitivamente la cuarta pared, enciende las luces de la platea y el cubana style se instala entre las butacas. En ese preciso momento se rompe el alocado ritmo de una representación que me recordaba a las comedias de puertas con entradas y salidas. La Cubana, durante la primera parte de la función, nos explican los preparativos de un bodorrio de alto copete que, aunque en los últimos tiempos algunas costumbres han cambiado, sigue un guión y una puesta en escena que todos conocemos al dedillo. Cada raza, nación, clan, grupo social, generacional, religioso ( y alargue la lista todo lo que usted quiera) tiene sus propios códigos y rituales, pero al final todos forman parte de la gran parodia de la vida. En el caso de una boda quizás entren otros factores en juego pero no se engañen, no deja de ser una más de las escenas que cada día interpretamos para sobrevivir en la maraña social.
La Cubana toma ese paralelismo entre realidad y ficción para lanzarse por un trepidante vodevil perfectamente sincronizado. Yo no necesitaba más. Me hubiera bastado con los colores chillones del vestuario, la multiplicación de escenas, las frases que cortan, interrumpen y se superponen unas a otras, la milimétrica coreografía para organizar un caos tan sugerente como un plano secuencia de Berlanga plagado de arquetipos.
El único pero a este genial galimatías estaría en limpiar alguna escena que detiene la velocidad de crucero de la función cuando el grito de ¡¡más madera!! ya está instalado en las butacas y la máquina avanza a todo trapo. Con esto bastaría, sin embargo en el ADN de La Cubana anida la participación del público en el espectáculo y eso, además de una excesiva pedagogía en cuanto a la manera hindú del casamiento y un arrebato de pamelas, varían la cadencia de la representación para detenerse en algunos momentos delirantes entre flores, bailes y un concejal venido a mucho menos. En cualquier caso estos pequeños peros son absolutamente personales porque la verdad es que todo el público lo pasó en grande participando de la función.
Mención aparte merecen los actores. A la cabeza Annabel Totusaus y Mont Plans que no paran de incendiar la máquina a la que se suben sus compañeros de reparto capaces de duplicar y triplicar personajes presentando multitud de matices, rostros, acentos, juegos corporales, canciones y todo mezcladito en el puchero del humor. Un trabajo brillante. Y lo tengo que decir aunque me salte la norma de desvelar lo menos posible de la trama y el argumento: Todavía no he salido del asombro de escuchar la versión Bollywood de Paraules d’amor de Serrat. ¿Se lo imaginan?
Campanas de boda cumple con los requisitos de la marca La Cubana para convertirse en un delicioso espectáculo en el que, además de pasarlo bien, encontraras las claves antropológicas de cualquier spanish bodorrio bizarro and all over the world. ¿Se puede pedir más?

Crónica publicada en el º 135 de El Pollo Urbano

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01 mayo 2013

El caso Perry en El Extintor



El pasado 26 de abril se estrenó en la Sala El Extintor la obra El caso Perry, una comedia de espíritu cabaretero que nació en la Sala Eve´s Bayou de la mano de Óscar Castro, Minerva Arbués, Belén Lázaro y Leyre García. Aquella primera versión pasó por el tamiz de la compañía “6 de trébol” que lo trabajó hasta conseguir el texto de una historia detectivesca, ya saben de lo que hablo, lo han visto multitud de veces en una pantalla o en las páginas de un libro: El detective y su fiel ayudante, un fiambre y varios sospechosos, todos y cada uno de ellos con razones suficientes para matar y con una coartada infalible. El caso Perry marida la novela de Agatha Christie con la hora Chanante para crear una comedia con la capacidad de deducción del detective Hércules Poirot y la intrépida acción del Inspector Clouseau. A bordo de este Orient Express del misterio viaja el detective Wunderstand Hitchcock Shwarkoff, un tipo de sombrero, gabardina y pensamiento en off.
Voy a ser sincero: Prefiero no contarles nada de la trama porque los spoiler no les sientan bien a una historia con un muerto, tres sospechosos, colorines de tebeo y constantes guiños para que el espectador entre en el juego de la ironía y el humor. Un Cluedo que te invita a seguir los pasos del detective, diseccionar la personalidad de los sospechosos y plantear retorcidas teorías. Un viaje para disfrutar del elenco de actores que juegan entre la voluptuosidad científica y la inteligencia seductora, lo etéreo de un matrimonio atado por unos papeles y la química sensual del horóscopo, la aparente frialdad de una gran estirpe rusa y la pasión Ninja por las espadas. Un trabajo de interpretación que fue capaz de cruzar la delgada frontera que separa el humor de la realidad. Ese instante mágico cuando una elipsis de tono, gesto o palabra provoca un momento de silencio y, lo que hasta entonces era chiste y aventura, se transforma en novela negra que pone sobre las tablas la realidad social.
El caso Perry es una comedia absurda en la que un detective sigue la pista a tres hermosas mujeres capaces de casi todo. No se la pierdan. La función del estreno terminó con una atronadora salva de aplausos para gratificar el excelente trabajo de Nashaat Abdel Hafed, Irene Alquezar, Minerva Arbués, Óscar Castro, Susana Martínez y Francesc Tamarite.
La vuelven a programar el viernes 3 de mayo en La Sala El Extintor de la calle Las Armas 20, Zaragoza. Para reservar entradas pueden enviar un mail al correo electrónico salaelextintor@gmail.com
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La crónica ya ha terminado pero no me resisto a contarles ese momento mágico cuando una de las tres Damas del Tugsteno, la diva de cabaret Irina Smirnoff, se sentó encima de mis rodillas, clavó sus ojos en mis pupilas y posó las yemas de sus dedos sobre mi cabello. El latido de mi corazón ocupó todo el patio de butacas hasta que alguien dio luz de sala y el hechizo se rompió. Fue entonces cuando conocí al detective  Wunderstand Hitchcock Shwarkoff.

Reseña publicada en el nº 135 de El Pollo Urbano

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26 abril 2013

Mi testamento, de Charo de la Varga

 Ayer estuve en la Sala de Juntas de la Facultad de Filosofía y Letras. Charo de la Varga puso las imágenes de sus versos y sus ojos, una mirada de ida y vuelta que, aunque atada al canto de la mesa, sentí magnética. Gustavo añadió la sabiduría de sus cuerdas vocales y la digitación hipnótica que recorre trastes, cuencos y maquinitas de fabricar ritmos.
Al llegar a casa busqué los versos de Charo en la antología “Yin” seleccionada por Angel Guinda y editada por Olifante Ediciones de Poesía. Este es el resultado:


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25 abril 2013

JOY (IN PROGRESS) o la alegría del agotamiento




El Teatro del Mercado, dentro del ciclo “Sin Fronteras 2013” que organiza el Ayuntamiento de Zaragoza, acoge una serie de conferencias en torno a la idea de la alegría. La primera de ellas se celebró el 24 de abril y corrió a cargo de Miguel Ángel Ortiz Albero en la palabra, Ingrid Magrinya en la danza y Gonso en la música. Lamentablemente me fue imposible llegar a la parte perfordance del evento y solo pude asistir al debate posterior.
Gracias a las interesantes aportaciones del público y a las explicaciones de los artistas desde las tablas, me enteré que la esencia de la actuación había sido mostrar como a través de la ejecución, repetición y vuelta a empezar de una actividad se puede llegar hasta la alegría. En el caso de los presentes esa actividad pasaba por el tamiz de la verdad, no se trataba de hacer el teatrillo de sentirse agotados, no, la esencia era mostrar desde la verdad el agotamiento de leer textos, interpretar música al piano y bailar y bailar y bailar hasta la extenuación para, quizás desde ahí, comenzar a crear de verdad.
El gran Cifu contaba hace unos días en Radio 3 como Thelonius Monk estuvo preparando una serie conciertos durante varios días seguidos sin ver la cama hasta que, durante la primera actuación se quedó literalmente dormido sobre el piano y se tuvo que suspender la actuación. Los recitales se reanudaron al día siguiente y Monk, bien dormidito (ustedes ya se lo imaginan) estuvo sublime.
Desde luego la primera premisa para esta teoría del agotamiento sería realizar una actividad creativa. Recuerdo mi temporada como trabajador de una cadena de montajes de lavadoras en la que desarrollaba una actividad repetitiva y constante hasta el agotamiento, más que físico, mental. No estuve mucho tiempo pero dudo que con el tiempo hubiera sido capaz de extraer algún resquicio creativo de aquella actividad. Más allá de la propia experiencia personal parece aceptable que si el agotamiento es la base para la alegría, ese agotamiento tiene que ser creativo: El músico que repite mil veces la misma partitura en busca de la perfección, la bailarina que rueda y rueda hasta llegar a lo etéreo y Ortiz Albero que trota y trota sobre sus zapatillas de color amarillo chillón en para que la inercia de la carrera le suministre nuevas ideas. Puedo aceptar que el agotamiento es fuente de alegría, pero no lo creo posible ni en la zanja, ni en el andamio. El agotamiento en el tajo solo es la antesala del accidente laboral.
Avanzado el debate se suscitó la relación de la alegría con la infancia y claro, si aparece la infancia tenemos que hablar de educación. Ortiz Albero recordó sus tiempos de escolar en un colegio de curas en el que la pedagogía pasaba por machacar y machacar hasta el agotamiento y de nuevo, como en el trabajo manual, en ese agotamiento no hay ni pizca de alegría. Entonces Magrinya recordó que, de esa exaltación del esfuerzo sin mucho sentido hemos pasado a todo lo contrario: Cualquiera puede ser casi cualquier cosa sin el más mínimo esfuerzo ¿han visto ese anuncio del i phone dónde parece que interpretar música es cosa de coser y cantar? y no, no es posible, ser músico, escritor, bailarín y cualquier otra cosa requiere de mucho esfuerzo.
Fue entonces cuando recordé a Ted Robinson, un pedagogo norteamericano que, frente al utilitarismo de la educación, ya saben, puesto que van a machacarte, al menos estudia algo con lo que te puedas ganar la vida, defiende la indagación en la creatividad para potenciar la educación. Y, si la conectamos con el discurso de esta conferencia/perfordance, podríamos decir que la educación basada en la creatividad y bajo la premisa del esfuerzo sería un camino óptimo para alcanzar la alegría.
Tal vez parezca una utopía pero Ted Robinson cuenta en una de sus conferencias (las pueden buscar en You Tube) como una amiga suya padecía los síntomas de eso que la modernidad ha calificado de niña hiperactiva. Aquella niña tuvo la suerte de encontrarse con una psicóloga que le abrió la puerta al mundo del baile, la niña pasó el umbral y descubrió que los síntomas que sufría solo eran los de una gran bailarina. Robinson cuenta que han pasado mucho años de aquello pero que su amiga todavía está dispuesta a ensayar hasta el cansancio, hasta la gloria de conseguir una coreografía perfecta.
Así que ya lo saben, si desean encontrar la alegría, con independencia del oficio que les da de comer, busquen una actividad que les agote. Pueden correr por la ribera en busca de los mil y un sonetos, tocar por bulerías el cajón flamenco bajo los puentes o teclear hasta la extenuación el argumento del best seller 2014, da igual, lo importante es poner un poco de creatividad en sus vidas.

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24 abril 2013

La Revelación en Gromeló



Hernán Romero me contó la historia de un elefantito recién nacido al que encadenaron a una estaca. El elefantito, en cuanto se sintió atrapado por el grillete, empujó y empujó y empujó tratando de soltarse pero, a pesar de todos sus esfuerzos, no lo consiguió. Aquella diminuta estaca era demasiado grande para él. Los años pasaron y el elefantito se convirtió en un elefante con una fuerza descomunal sin embargo, permanecía atado a la misma diminuta estaca clavada en el suelo. Era evidente que el elefante podría escapar en cualquier momento pero ¿por qué no lo hacía?
Esa es la pregunta que planea sobre “La Revelación”, la última obra que Rompelanzas Compañía Teatral estrenó el pasado sábado 20 de abril en la Sala Parakultural Gromeló.“La Revelación” es el resultado de un proceso creativo en torno a multitud de tazas de mate y, como dice el dramaturgo Juan Mayorga, explorar en torno a la idea de que “el texto sabe cosas que su autor desconoce” Este concepto, aparentemente teórico, fue la palanca que accionaron el actor Javier Harguindeguy y el director Hernán Romero para maridar textos que navegaban por mares tan diferentes como la claustrofobia del pesimismo y una bocanada luminosa de esperanza. Esta combinación desvelo una nueva criatura y sus relaciones con los tentáculos del poder.
La clave del poder también estaba en de “Soy sola”, el anterior trabajo de la compañía que todavía está en cartel. La diferencia entre ambos montajes radica en la visualización del poderoso, mientras en “Soy Sola” el poder se nos presenta delante de nuestras narices; en “La Revelación” solo lo adivinamos como una sombra alargada que ahoga los sueños de un personaje teñido por el miedo.
El protagonista de la función tiene un aire pesimista de corre ve y dile y sin embargo me atrapó como para estar junto a él pase lo que pase, piense lo que piense. Seguramente fue un acto reflejo tras descubrir que su situación era muy parecida a la del oso que, acostumbrado a dar vueltas en el perímetro interior de su jaula, comprueba asombrado como el poder retira los barrotes y entonces…¿qué hacer entonces? Nuestro protagonista puede aprovecharse de la eventual magnanimidad que el poder siempre muestra para alcanzar, como diría Canetti, el grado de poder absoluto. Es una de esas ocasiones que se nos presenta dos o tres veces en la vida, momentos cruciales que definen nuestra personalidad y el discurrir de nuestra existencia: Correr al aire libre o hacerlo sobre la ruleta de hámster que gira, gira y gira sin llevarnos a ningún lugar.
“La Revelación” nos narra el camino que va desde la manifestación de una verdad oculta y secreta hasta su transformación en rebelión y revolución. Pero nuestro personaje olvida que la palabra revolución tuvo, de verdad, un significado político y que nuestra atención, como nos recuerda Hanna Arendt, debería dirigirse “hacia aquellos momentos de la historia en que hicieron su aparición las revoluciones […] y comenzaron a cautivar el espíritu de los hombres”
Javier Harguindeguy bajo los focos y Hernán Romero en la sombra son los demiurgos encargados de diseñar el viaje, un trabajo escénico y de dramaturgia que parte del profundo convencimiento de entender el teatro como algo mucho más importante que un rato para comer pochoclos. Actor y director han diseñado un camino que comienza en tonos grises y transcurre por veredas llenas de color y curvas emocionales que  Harguindeguy afronta con una explosión de energía.
La interesante propuesta interpretativa de este argentino afincado en Zaragoza parte de una composición corporal que tiene la magia de lo orgánico. Desde su irrupción en escena sientes como los músculos y la respiración son tan importantes como el movimiento, la gestualidad o el ritmo del fraseo. Modular todos esos elementos convierte cada función de “La Revelación” en una montaña rusa. Esa es una de las grandezas de esta pieza teatral: La lucha del actor por alcanzar el grado optimo de intensidad, la cantidad de energía necesaria para cogernos de la mano y conseguir que la alquimia del teatro nos haga volar de la butaca y viajar a su lado. Como espectador puedes decidir quedarte sentadito en tu localidad pero entonces, ¡ay! no descubrirás los motivos, el aliento que empaña miedos y sueños. Sin lugar a dudas “La Revelación” es un espacio de reunión para la crítica y la utopía. Un lugar para valientes, para aquellos que, frente al riesgo de convertirse en estatua de sal, son capaces de mirar atrás y tal vez, solo tal vez, mirar de cara al futuro. Y tú, querido lector ¿Te atreves a probarlo?


“La Revelación”

Todos los sábados a las 22 horas

“Soy sola”

Todos los viernes a las 22 horas

en

Espacio Parakultural Gromeló

C/ Comandante Ripolles 21 (Bar La Caja Tonta)

www.gromelo.com

Reseña publicada en el nº 135 de El Pollo Urbano

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05 abril 2013

Poder Absoluto del patio de butacas a la sociedad


Algo hemos hecho mal cuando relacionamos política con cloaca y políticos con corrupción. Seguro que muchos de ustedes aún recuerdan cuando pensaban que lo público era una cuestión de servicio a la ciudadanía. Yo a veces hago el esfuerzo y me dejo llevar por la melancolía.
Roger Peña Carulla, que también toma las riendas de la dirección, escribió el texto de esta función en 1995, cuando el olor a putrefacción todavía estaba oculto por la sensación de ser los reyes del mambo, por eso tiene tanto mérito, porque sentado en el patio de butacas parece que Peña Carulla se ha dedicado a cortar y pegar titulares de prensa de uno de estos días. En esa tesitura, la obra tiene un aroma de actualidad que el autor sazona en el programa de mano cuando nos recuerda que “Entre el relativo positivismo de Rousseau (…) y Hobbes, afirmando que “el hombre es un lobo para el hombre”, debería hallarse el equilibrio para definirnos como seres sociales.”
Las teorías políticas de Hobbes y Rousseau parten de puntos de vista muy diferentes sobre la naturaleza humana. El primero la sitúa en el ámbito de una competencia feroz por cubrir las necesidades básicas propias, en la que todo el mundo teme constantemente ser atacado o robado y es imposible de vivir. Para evitar el estado natural descrito por Hobbes necesitamos una autoridad política que sea ilimitada e indivisa para firmar un pacto de no agresión y renunciar a la libertad total.
Rousseau añade al hombre natural, preocupado por la auto-conservación, el rasgo de la compasión que le impulsa a interactuar con los demás, de esa necesidad surge la sociedad, la propiedad y con la desigualdad. Es entonces cuando las instituciones políticas se hacen necesarias y el hombre, transformado en un hombre hobbesiano, termina por construir unas instituciones corruptas.
Roger Peña sitúa a sus personajes sobre este entramado de teoría política y nos muestra a un veterano político deseoso de saciar sus últimas ambiciones frente al político joven envuelto todavía por el halo de las nobles aspiraciones. Del diálogo entre ambos surgirá el retrato de una vida pública carcomida por la corrupción. Pero lo que realmente asusta es comprobar como la realidad ha superado algunas de las afirmaciones del texto (“el poder está en manos de los partidos y puede controlar a los mercados”)
Todo es sobrio en escena: la escenografía, la iluminación, los movimientos, todo menos los actores que están soberbios. Poder Absoluto es fundamentalmente palabra, un constante esgrima dialéctico entre sus protagonistas que cada uno de los intérpretes aborda desde premisas diferentes. Emilio Gutiérrez Caba da una lección magistral de naturalidad, no hubo en su interpretación ni un gramo de afectación, incluso llegué a desear un pequeño gesto teatral, alguna pista del proceso de construcción del personaje, una diminuta rendija que me dijera que, efectivamente, Gutiérrez Caba era un actor y no el político que yo veía sobre las tablas. La evolución del personaje de Eduard Farelo tiene más recorrido y un camino más arriesgado que transitó con energía en los gestos y con excelente dominó en la disertación, sin embargo, el conjunto quedó envuelto en una crispación ligeramente excesiva. El problema quizá no sea una cuestión actoral, más bien es el texto de Roger Peña que dibuja el inicio del personaje de una manera excesivamente virginal, de tal modo que su transformación sufre una aceleración que no sería necesaria si partiera de unas premisas más reales. Pero no teman, esto son detallitos de nada frente a la portentosa exhibición de ambos actores.
No les engañaré. Aunque entre el público surgen risitas por el impacto que produce comprobar como lo que se dice en el escenario es carne de los noticieros de la tele, Poder Absoluto nos envía un mensaje triste, por eso creo necesario volver a la teoría política y recordar la teoría del elitismo competitivo de Schumpeter en la que describe a los ciudadanos como masas vulnerables, sin racionalización política, un pueblo con ciudadanos poco formados y sin opiniones concluyentes sobre todas las cuestiones políticas y económicas. El mejor caldo de cultivo para instaurar la influencia de partidos y sus líderes, maquinarías que fabrican la opinión y la voluntad políticas mediante estrategias similares a la propaganda comercial. Schumpeter nos recuerda que en la actualidad se invierten los elementos de la democracia clásica porque en realidad los electores no eligen a los líderes, son éstos, los líderes, quienes toman las decisiones sobre que es el bien común y el interés general.
En cualquier caso, cuando el telón cierra la representación y las luces del patio de butacas nos devuelven a la realidad, siempre nos queda la alternativa de aplaudir a los actores y regresar al mundo para subvertir las líneas de poder, que las decisiones se tomen desde la base de la sociedad y, como nos recuerda Habbermas: La legitimidad del poder político y de las leyes no depende solo de la elección democrática los gobiernos, ni siquiera del consentimiento de los ciudadanos a las decisiones políticas de estos. La democracia deliberativa exige que dicho consentimiento sea el resultado de una deliberación pública que garantice la aceptabilidad racional de su resultado, y que no se reduzca a una negociación de compromisos entre intereses particulares enfrentados.

Publicado en el nº 134 de El Pollo Urbano

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26 marzo 2013

Tranvía Teatro regresa a casa con El Hospital de los Podridos y otros entremeses para el siglo XXI



El teatro como hecho comercial, centro de ocio y maquinaria de entretenimiento nació en España en el siglo XVII. El corral de comedias fue el lugar dónde se celebraba el ritual y el autor dramático era el encargado de rellenar las horas que iban desde las dos de la tarde hasta la puesta del sol. Los espectadores estaban dispuestos a pasar por taquilla para que les entretuvieran con historias nuevas, así que las comedias solían tener poca vida en los escenarios como nos recuerda Tirso de Molina: “La que más duración goza, en la corte, quince días, y en los demás pueblos de tres a cuatro, quedando al tercer año sepultado sus cuadernos en legajos”
Con esta cadencia en la creación es fácil imaginar la inevitable irregularidad en la calidad de las obras, aunque autores como Lope fueran reclamo suficiente para que el espectador acudiera en masa previo paso por taquilla y exigir, como afirma José María Díez Borque, un espectáculo totalizador caracterizado por el horror al vacío. En ese gusto por tener al espectador entretenido se generalizó rellenar el interludio entre los tres actos en los que se dividía una obra dramática.
La compañía zaragozana Tranvía Teatro  ha tenido el buen gusto de espigar algunas de esas obras escritas Quevedo, Lope de Vega, Cervantes, Quiñones de Benavente, Bernardo de Quirós y otros autores anónimos del siglo XVII para confeccionar una deliciosa selección que sorprende por la vigencia de la preocupación popular por la belleza, las pillerías por alcanzar el amor o la querencia de políticos, banqueros y leguleyos hacía los dineros públicos. Para contarnos esas peripecias se acude al entremés, pieza breve de carácter divertido sobre hidalgos pobres, casamientos, murmuraciones y cualquier situación ridícula. Jácaras de origen poético más que dramático para representar pendejadas de pícaros. Mojigangas para hacer risas con lo grotesco. Sin olvidarnos de las loas que ejercen de prólogo, llaman la atención del público y fijan el interés en las tablas, allí dónde Los cómicos de la legua detienen la representación y se nos presentan tan reales y cercanos como el queso para la panza, y el vino para el gaznate, un remanso para compartir viandas entre chascarrillos, adivinanzas y refranes.
La representación transcurre dinámica gracias al interesante juego escénico sustentado en elementos básicos como el ajetreo de una puerta, un taburete y unos actores bregados en el oficio, felices sobre el tablado, encantados con tantos jaques, puntillas y otros sucesos. Ese es el secreto final del guiso: El magnífico trabajo actoral de Jesús Bernal, Carmen Marín, Gema Cruz y Miguel Pardo que tan pronto juegan con máscaras y Comedia dell´ Arte, como saltan a la farsa en ortodoxa representación del gesto cuanto más grande mejor o se muestran naturales. La energía en la construcción corporal de los personajes no les impide un espléndido fraseo, claro en la dicción y rítmico en la rima, una pulcritud que el texto y el público agradecen para olvidar reparos modernos a los versos de antaño, da gusto ver como las palabras del XVII resucitan lozanas a la luz de las candilejas del XXI.
La variedad en los textos y las situaciones, el buen gusto en la cocina de la dirección, el sencillo aderezo de luces, escenografía y vestuario, además del perfecto emplatado de los actores conforman una magnífica fiesta del teatro.
Publicado en nº 134 de El Pollo Urbano

Todavía la puedes ver porque después de año y medio de su estreno, y gracias al buen recibimiento entre el público, los chicos de Tranvía Teatro han regresado al Teatro de la Estación y cuando escribo esta palabras aún tiene programados dos funciones más para el mes de abril: Sábado 6 a las 20:30h. y Domingo 7 a las 19:00h

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