La curvatura de la córnea

16 marzo 2019

La guitarra de Raquel



Un cuento dedicado a Natalia Feria Ventura

Raquel era una cantante muy alta con un sombrero muy pequeño y una guitarra a la medida de su gran corazón. Raquel siempre usaba unas botas con cordones rojos para cantar, bailar o contar cuentos, por eso, una buena mañana se sentó en su habitación, se puso sus botas de cordones rojos y empezó a pensar y a pensar y a pensar en cómo sería su próximo espectáculo. Raquel escribió un cuento sobre un viaje que iba de la cima nevada de una montaña hasta las arenas calientes del desierto, pasando por lo más profundo del mar y lo más espeso del bosque.

Pero a Raquel no le gustaba viajar sola, así que comenzó a escribir de nuevo su cuento, pero esta vez estaba acompañaba por el miedoso Alfredo, el alegre Pelacos y un dragón verde que se encontró debajo de su cama y que daba un miedo de no te menees.

El cuento había mejorado mucho pero a Raquel le faltaba lo más importante: Los acordes de su guitarra, así que no se lo pensó dos veces. Raquel tomó su guitarra entre las manos y por entres sus dedos empezaron a bailotear el Do Re Mi Fa Sol La Si Do Sostenido. Y muy pronto de sus cuerdas vocales surgieron frases que rimaban unas con otras y las  canciones llenaron toda la habitación, se escaparon por la ventana y, en un abrir y cerrar de ojos, todos los bailongos de la ciudad movían sus caderas con melodías que tan pronto estaban alegres, tristes, rabiosas o enfadadas.

A Raquel le gustaron tanto sus cuentos y canciones que enseguida pensó en un decorado: Un sol amarillo y otro mosqueado con un gran cartel en el que se leyera: La guitarra de Raquel. Y por ahí va Raquel recorriendo el mundo con una mochila de colores, una cesta para cabreados y un trocito de su vida que en una guitarra dejó enterrado. Si en algún pueblo, villa o condado encuentras el show de Raquel anunciado. No te lo pienses dos veces y acude al entoldado: Si tienes dos orejas, una nariz y el culo cuadrado, la guitarra de Raquel te dejara emocionado.
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C.C. Distrito Sur. Domingo 17 de marzo a las 12 h.
C.C.T. Sánchez Punter 24 de marzo a las 12 H









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12 marzo 2019

Jane Eyre o el amor como acto de libertad


El jueves 7 de marzo la compañía Teatre LLiure presentó en el Principal de Zaragoza la función Jane Eyre a partir de la adaptación de la novela que Charlotte Brontë publicó en 1847 cuando la literatura de Inglaterra evolucionó desde la poesía romántica de Byron o la novela histórica de Walter Scott hasta destilar la novela realista de Dickens y de las hermanas Brontë que, en tono misterioso y romántico, nos sitúan en la Gran Bretaña victoriana, su transformación de un entorno agrícola a otro industrializado y la apuesta literaria que reflejaba la realidad exterior caracterizada por fuertes transformaciones que se reflejaban en una mayor movilidad social y la progresiva sustitución cultural desde la aristocracia hacia la burguesía y las clases medias. Es importante tener en cuenta este marco histórico para atender a las palabras de la directora Carmen Portaceli cuando en el programa de mano nos recuerda que Charlotte Brontë, a través de los ojos de Jane Eyre, muestra la visión de un mundo injusto edificado sobre la diferencia arbitraria entre clases, mostrando una especial atención al papel de la mujer que, en medio de una gran historia de amor, siempre defiende que su pobreza y su género no la convierten en un ser inferior. Y ustedes me disculparan pero no puedo evitar el pensamiento que me asalta al recordar que precisamente es en el año 1848 cuando se publica el Manifiesto Comunista en el que se subraya el antagonismo económico y social entre burgueses y obreros, o se produce la revolución europea bautizada como la Primavera de los Pueblos y que pretendía abolir el poder absoluto de los monarcas y la sumisión servil de los campesinos a sus señores. O como escribió Hobsbawn:
El hecho fundamental en Inglaterra es las dos primeras generaciones de la Revolución industrial fue que las clases ricas acumularon rentas tan deprisa y en tan grandes cantidades que excedían a toda posibilidad de gastarlas e invertirlas. Sin duda las sociedades feudales y aristocráticas se lanzaron a malgastar una gran parte de esas rentas en una vida de libertinaje, lujosísimas construcciones y otras actividades antieconómicas. Una sociedad moderna, próspera y socialista no habría dudado en emplear algunas de aquellas vastas sumas de beneficios en instituciones sociales y así, virtualmente libres de impuestos, se multiplicó la acumulación de riqueza en medio de una población hambrienta, cuya hambre era la contrapartida de aquella acumulación.
Pero volvamos al Principal de Zaragoza y a la escenografía diáfana que propone Ana Alcubierre sobre la que se proyectaban los abundantes ambientes por los que circula la obra, desde mansiones a tormentas. La música en directo subrayaba algunos de los momentos de la acción y, al menos desde el segundo piso del teatro, se percibía ajustada con respecto a las voces de los actores. El vestuario negro y gris con alguna pincelada roja de Antonio Belart desbordó con su sencillez la diferencia social entre los personajes que, igualados en los tonos y hechuras de las prendas, reflejaban sus diferencias o similitudes en el plano del lenguaje que, como ocurre con la vertiginosa gestualidad y movilidad, caracteriza una función en la que una soberbia Ariadna Gil asume el papel de Jane Eyre para brillar desde el minuto gracias a su imponente presencia física y una interesante cadencia en cada palabras, frase o párrafo como si de un jinete se tratase que lo mismo cabalga sobre verdes prados o riscos peliagudos. Su voz y presencia destilan tanta energía que a veces, cuando por su boca borboteaban frases de duda o reflexión, sentí que no casaba el contenido del discurso con su propuesta gestual que por momentos necesitaba remanso y quietud. Aunque tal vez esta composición del personaje responda a eso que la directora de la función ha dicho en alguna rueda de prensa: Jane Eyre siempre tira para adelante y, en esa tesitura, Ariadna Gil es como uno de esos juncos de ribera que azotado por vientos y tempestades sigue tan recto y perseverante como cuando luce un espléndido sol. Lo contrario ocurrió con Abel Fork en el papel de Rochester que, situado enne un tono sobresaliente, sus actitudes siempre tienden a cierta levedad, incluso cuando el texto y el desarrollo narrativo parecen pedir un fraseo y una gestualidad más contundentes y enérgicas.
Pero estos detallitos son mínimos si los comparamos con la potencia de una función que te atrapa en un dogal para seguir los pasos de la protagonista y de una gran historia de amor que, en palabras de la directora, sobre podrá realizarse cuando el amor deje ser una cárcel para convertirse en un acto de libertad entre iguales que se funden con el monumental aplauso final, al que se sumó la señora de la décima fila del patio de butacas después de pasar gran parte de la representación entretenida con un Smartphone cuya luminosidad, además de molestar, empieza a ser algo común entre espectadores que, en lugar de consumir teatro, se dedican a devorar datos, olvidar la educación y faltar al respeto a quienes se sientan a su lado.

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27 febrero 2019

Ildebrando Biribó o la arqueología del teatro


Los cómicos llegaron al pueblo en el año de mis diez primaveras. En la Plaza del Mercado montaron un escenario, bancos corridos y una carpa de lona. Mi padre compró el abono para toda la familia, un pase para cada una de las dos funciones diarias de jueves a domingo, ocho obras diferentes por las que transitaron héroes y villanos, damiselas inocentes y viejas resabiadas, galanes y gañanes, risas y llantos. En el descanso de una de aquellas funciones mi padre entabló conversación profesional con el conductor de la compañía que también hacía de taquillero, acomodador y apuntador. Cuando la palabra “apuntador” salió de su boca el tiempo se detuvo en una pausa dramática que se resolvió en un tono que abandonó lo prosaico para instalarse en lo artístico: Mi tarea es evitar el blanco de los actores.

El pasado 22 de febrero la compañía El Gato Negro celebró en el Teatro Arbolé su vigésimo aniversario con el reestrenó de la obra “Ildebrando Biribó” un monólogo que nos cuenta la vida y milagros del último apuntador que murió en la concha desde la que soplaba el texto a los actores durante la primera representación mundial de Cyrano de Bergerac el 28 de Diciembre de 1897.

El texto de la obra es una polifonía de voces al servicio de dos cometidos: El primero, como parece obvio, es contar la vida, muerte y resurrección de Ildebrando Biribó. El segundo es un recorrido arqueológico por el hecho teatral y, como motor de arranque, el blanco que se produce en el actor en el momento más inoportuno, en medio del crescendo dramático que debería llevarle a la gloria de la interpretación y que, por capricho de su memoria, puede arrastrarlo a las miasmas del fracaso o, como contaba Rafael Álvarez El Brujo en su monólogo «Autobiografía de un Yogui» cuando confesó que algunos de sus blancos en escena eran peligrosos porque, aunque él sabía que la ignorancia del espectador con respecto al texto le permitía cierta flexibilidad a la hora de proseguir con la obra, a veces, su memoria se hacía un pequeño lio y el texto se le iba a otros monólogos de su repertorio y podía seguir con palabras del Lazarillo de Tormes, el hidalgo Don Quijote o el asno de oro. Pero volvamos a nuestra función porque estos momentos de la explicación del blanco en la mente de un actor son muy ilustrativos en cuanto a la prospección, cata, descubrimiento, estudio y explicación pedagógica de la mecánica interna de ese artificio que llamamos teatro, y que no deja de ser una tarima donde miedos, deseos y virtudes de un actor se ponen al servicio del espectador.

Y todo este peso argumental y el desarrollo dramático de la función recae sobre el buen oficio del actor Alberto Castrillo Ferrer que nos muestra, en una brillante pirueta, como la infinidad de voces, personajes y acciones se puede usar para romper la cuarta pared, coger al público de la mano y acompañarlo en un viaje que va desde la chispa del humor al drama de la muerte con un tono siempre poético. Es la delicia de un lenguaje teatral de alto voltaje que demuestra maestría en la exposición de la palabra y un trabajo corporal que subraya lo imprescindible al tiempo que despliega una eficaz coreografía en torno a un antiguo «secretaire» en cuyos cajones se guardan los secretos de la historia, y que se transforma en todos los universos posibles. La aparente sencillez en el manejo de este artefacto ayuda a que el viaje por la vida de Ildebrando Biribó sea fascinante.

Si concluimos que el teatro es texto, espacio y personaje, es incuestionable que el Ildebrando Biribó que nos muestra Alberto Castrillo Ferrer es, en palabras mayúsculas: TEATRO.

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25 febrero 2019

Bodas de Sangre o el camino que va del amor a la muerte


Las palabras de Lorca brotan del surco, el trigo y el viento para crecer en las tablas del escenario y llenar de belleza palcos y butacas. Las palabras de Lorca son simiente, tierra y agua, la savia que nace del sol y alimenta emoción y sentimientos. Las palabras de Lorca son un material que parece sensible y dúctil pero tienen alma de acero y roca, tal vez por eso son imperecederas y tientan una y otra vez a los dramaturgos que, embriagados por el poeta de Granada, se adentran en sus palabras para decorar el universo del genio.
Teatro del Alma representó Bodas de Sangre de Federico García Lorca el pasado 24 de febrero en el Teatro de la Esquinas con un éxito sobresaliente que terminó con el público en pie. Nada se puede añadir sobre el texto de Bodas de Sangre que conforma una función poética, árida y musculosa, un texto imprescindible al que regresar una y otra vez. Teatro del Alma lo hace con una propuesta muy interesante con el trazo carmesí de la danza que enlaza escenas, modifica la sensación temporal y representa la esencia de la muerte. El otro aditamento lo encontramos en la sugerente aportación musical de voz, guitarra y bandoneón, con tonadas que envuelven el espacio dramático y ensanchan las fronteras que tan bien conocemos del terruño cercano para trasladar los sentimientos a latitudes porteñas y tal vez fue por eso que, cuando la dramaturgia musical dio un giro tan radical en letra y melodía, me sentí un poco confundido porque, cuando yo esperaba una música de raíz, madera y fiemo, me encontré con una de esas canciones que tanto me acompañaron en mis años mozos y, atrapado en el recuerdo, intenté recordar la letra: Roxanne. You don't have to put on the red light. Those days are over. You don't have to sell your body to the night. Roxanne. Pero la escena pudo más que mis recuerdos y ese cuchillito que coge en la palma de la mano penetró en mi corazón como ocurrió con el resto del público que culminó con sus aplausos el rio rojo que vierte amor y odio sobre la tierra.
El reto de cualquier compañía de teatro que se enfrente a un texto de Lorca es conseguir que la belleza bruta de las palabras se impregnen de aliento y pulso. El trabajo actoral fue notable tanto en el fraseo como en la expresión corporal, sin embargo, también aprecié algunas pausas que restaban intensidad y aunque no sé muy bien cómo explicarlo, quizás me faltó la evolución corporal de los personajes que si comienzan enamorados, confundidos o desorientados poco a poco deben abandonar la volatilidad aérea de las dudas para ir clavando sus pies en la sementera del drama, que la muerte los aplaste en la tierra. Tal vez sea una cuestión física, incluso de movimientos. Tomaré como ejemplo a Leonardo que se nos presenta deambulando, atribulado y que tan bien enmarca su voz en las palabras, pero  que tan vez necesita de una gradación gestual más evidente hasta que llega a esa brillante escena de intenso amor con la novia y de allí, desde el amor, tan solo puede arrastrarse hasta el tálamo de la muerte. La madre del novio también sufre esa transformación que va de la fuerza del muro de dos varas de ancho que no permite la humedad de los sentimientos a ese derrumbarse sin consuelo y ese transcurso también pide que la presencia o la gestuaidad de un polo a otro sea mucho más nítida y contundente. Lo contrario le ocurre al novio y tal vez aquí la transformación gestual sea más clara, la que va de la seguridad del dinero y las viñas hasta la locura enrabietada que conduce a la muerte. Otros personajes como la mujer de Leonardo permanecen y allí morirán atadas con sus pies al suelo de la casa y a la nana de la cuna y su trabajo corporal así lo transmiten.
Pero estas pequeñas disquisiciones escritas desde las teclas de mi ordenador son a posteriori porque, durante la función sentí esa maravillosa e inigualable sensación que nace en las tablas de un teatro, atraviesan el cuerpo de los actores y provocan momentos de profunda emoción.
Permanezcan atentos a las carteleras de su pueblo o ciudad y no se pierdan esta interesante propuesta de Teatro del Alma que, ”como un cuchillito que apenas cabe en la mano pero que penetra fino por las carnes asombradas” llegará al centro de sus corazones y les ayudará a entender el profundo y negro abismo donde hundimos nuestras raíces sociales y culturales.

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09 febrero 2019

La fórmula del conocimiento


Yuval Noah Harari nos recuerda como el conocimiento medieval se basaba en aplicar la lógica a la lectura de las escrituras, así si leías Job 38:13 podías concluir que la Tierra era plana, pero si leías Isaías 40:22 era fácil pensar que la Tierra era redonda.

La revolución científica implementó al conocimiento una ecuación muy diferente, se trataba de aplicar fórmulas matemáticas a los datos empíricos y así, mediante la observación y la trigonometría determinar que la Tierra es redonda, pero, aunque esta nueva forma de conocimiento produjo grandes avances, sin embargo, dejaba fuera de juego a los juicios éticos que todavía seguían vigentes en las escrituras: No hay fórmula matemática que pueda discernir si robar o asesinar está mal o bien. Así que para superar esta dificultad, el humanismo propició una nueva fórmula de conocimiento basada en el acopio de experiencia y la estimulación de la sensibilidad, dos conceptos que no son datos empíricos pero que se retroalimentan en un ciclo sin fin para aumentar nuestro conocimiento. Sin embargo, la experiencia es imposible si la participación de la sensibilidad, y la sensibilidad no se puede desarrollar a menos que estemos expuestos a una diversidad de experiencias.

La finalidad del ser humano debería consistir en un proceso gradual que nos llevara de la ignorancia al conocimiento por medio de la experiencia y la sensibilidad. Y es aquí donde aparece la melancolía que me atrapa estos días cuando observo una y otra vez, y cada vez con más frecuencia, como se renuncia a la experiencia de la novedad y como se va apagando la llama de la sensibilidad hacia el otro que no es exactamente igual que yo. Nos abalanzamos hacía parajes en los que todo lo que no me gusta debería desaparecer, la grandilocuencia cuadriculada del pensamiento no deja resquicio a una leve ondulación y así, con todo el paisaje convertido en un páramo monocolor, solo nos queda la acritud y la ceguera.

Tal vez ha llegado el momento de recordar que el camino de baldosas amarillas  nos llevarán hasta el Mago de Oz que tan solo es un charlatán, y que el Espantapájaros, el Hombre de Hojalata y el León no necesitan discursos grandilocuentes que separan a los hombres por su procedencia, o por su pensamiento. Todos y cada uno de nosotros, como los tres compañeros de viaje de Dorothy, deberíamos descubrir que el cerebro, el corazón y el valor están dentro de nosotros, y que es a través de la experiencia y la sensibilidad como sentiremos su presencia. Una experiencia humana que pertenece a las miles de millones de personas en el mundo. Todas tan valiosas como yo.




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01 febrero 2019

“Entretelas” o llevar a Chejov al terreno de la comedia


Eduardo Haro Tecglen, en una de sus críticas teatrales allá en los primeros años ochenta, contaba que el estreno de La gaviota de Chejov en 1896 supuso un fracaso porque los actores representaban demasiado a sus personajes y como el autor ruso decidió no volver a escribir teatro. Entonces entró en juego la opinión de Stanislavsky que acababa de fundar el Teatro de Arte de Moscú y convenció a Chejov de que su obra precisaba de un halo naturalista en la declamación de los diálogos y el modo de interpretación. El giro fue radical y La gaviota fue un éxito. Ese es el riesgo que asume la compañía zaragozana Teatro con Botas en su  aproximación al universo de Chejov que, lejos de los cánones establecidos por Stanislavsky para insuflar a los personajes una vida interior basada en la veracidad conjugada por lo físico y lo emocional, se lanzan a una trepidante comedia construida sobre arquetipos. Y la apuesta fue un éxito si atendemos a la ovación final que el público les dispenso el día del estreno en el Teatro del Mercado.
Javier Vázquez, autor de “Entretelas” ha escrito en las redes sociales que para escribir esta comedia ha hilado cuatro cuentos de Chejov gracias a la inspiración que obtuvo al descubrir que el abuelo del escritor ruso había sido comerciante de telas y esa era una buena excusa para trasladar la acción a una tienda de retales llamada La Gaviota, por la que pasaran personajes originales de Chejov y otros que Vázquez introduce para conseguir el juego dramático que le interesa. De esta manera - aunque se aprecia la intención por definir personajes que no han llegado a ser lo que han soñado, y se vislumbran relaciones entre diferentes clases sociales que retratan una mirada crítica - la sensación que tuve fue que la ironía y el sentido del humor para afinar ese dibujo social se había sustituido por un tono elevado en la interpretación y la inclusión de chistes, chascarrillos y otras chanzas que, cuanto más se alejaban del universo Chejov que yo esperaba, mejor eran recibidas por gran parte del público.
Dentro de la representación destaca el vestuario de la función diseñado por El taller de Sesma como la mejor herramienta para un viaje al siglo XIX, pero también se echa en falta la construcción de atmosferas diferentes para cada una de las escenas y así, tanto la iluminación como los decorados, se perciben como elementos estáticos que juegan en contra del desarrollo dramático.
La apuesta de Teatro con Botas con respecto al universo Chejov es acudir al modo original de representación en el que prima la teatralidad, el personaje subrayado por gestos y alguna característica propia que lo individualiza. Este acercamiento es posible gracias a la experiencia de los actores que demuestran una gran solvencia y destreza en este tipo de trabajo actoral que recibió el premió del aplauso del público al ritmo de los sones rusos que coreografiaron el saludo final de la compañía.
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Funciones en el Teatro del Mercado, Zaragoza
Jueves, 31 de enero a las 20:30 horas
Viernes, 1 de febrero a las 20:30 horas
Sábado, 2 de febrero a las 20:30 horas
Domingo, 3 de febrero a las 18:30 horas

DURACIÓN:70 MINUTOS
Todos los públicos
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26 enero 2019

Doce sin piedad: Del teatro a la posverdad


El pasado 20 de Enero el grupo aficionado Knuck Teatro en colaboración con Teatro Bicho y bajo la dirección de Fran Martínez representaron la obra “Doce sin piedad”, una función que nos habla de la reunión de las doce personas que componen un jurado enclaustradas para decidir si declaran inocente o culpable a un joven acusado de matar a su padre, en lo que significaba una vuelta al clásico cinematográfico de los años cincuenta “Doce hombres sin piedad” de Sidney Lumet; o a la realización de Gustavo Pérez Puig para el Estudio 1 de TVE. Y fue precisamente el recuerdo de ese programa difuminado en blanco y negro el que se ancló en mi cabeza durante el trayecto hasta llegar a la Bóveda del Albergue, ese híper activo ámbito de agitación cultural, donde se iba a representar la función. El recuerdo me dejó preocupado porque solo podía ver la primera escena del Estudio 1 con la presentación de unos personajes a los que conocemos gracias a un recurso tan alejado del teatro como el primer plano televisivo, que nos mostraba unas cuantas sobreactuaciones gestuales que restaban a la historia credibilidad y verosimilitud a la historia, dos cualidades imprescindibles que una obra de teatro tiene que mantener intactas para que el interés del espectador no se desvanezca.
La primera sorpresa agradable llegó al comprobar que el espacio de la representación no era el habitual y la sensación de claustrofobia necesaria para contar la historia se iba a producir porque el público rodeaba muy de cerca el espacio que ocuparían los actores y, si esta configuración  puede parecer poco efectiva para que el público perciba con nitidez el desarrollo de la obra, sin embargo, la evidente pérdida de perspectiva visual se compensa con creces porque las acciones teatrales se perciben mucho más cercanas y la piel del espectador, inmerso dentro de la dinámica de la acción teatral, a veces tan solo escucha la voz de un personaje sin capacidad para diseccionar su gestualidad o viceversa, a veces tan solo tienes la información gestual de alguien que, aunque en silencio, escucha, reflexiona, construye una argumentación o navega en un mar de dudas.
La segunda sorpresa agradable llegó con la entrada al espacio escénico de los actores: Pasos lentos y coreografiados, dejándose ver para que el espectador caiga en esa tentación diaria de etiquetar al resto de homo sapiens para situarlos en el sitio correcto dentro de ese catálogo que recoge las múltiples personalidades que adornan a la condición humana. Sin embargo muy pronto nos daremos cuenta que la función no va de etiquetar, subrayar o colorear, el reto de este texto es descubrir la valentía intelectual de aparcar las certezas para enfrentarte a las dudas y, en medio de un dilema, chequear todos esos prejuicios que terminan por convertirse en influencias tóxicas para alimentar dogmas, estereotipos y simplificaciones de un mundo cada vez más complejo y así, el espectador avisado se encuentra ante una encrucijada que le permitirá apreciar la gran diferencia que existe entre usar nuestra capacidad de persuasión ante una realidad siempre resbaladiza, o como el relativismo de las opiniones previas  son las vitaminas para terminar manipulando la verdad hasta convertirla en una realidad paralela que tanta preponderancia ha tomado en este inicio del siglo XXI, la posverdad que Miguel del Fresno define como la formación de una opinión única e inmutable construida sobre las emociones o creencias personales. Algo que va mucho más allá de las evidencias y que está relacionado con las dudas razonables que deberían acotar todas nuestras certezas.
El éxito de la función consiste en que, más allá de la concepción espacial o física de la representación, las reflexiones sobrevuelan el ámbito emocional que empuja hasta el desenlace final donde se enfrentan dos maneras de entender la vida. La diversidad de opiniones, por muy polarizadas que estén, es una buena noticia siempre y cuando el respeto y la educación estén presente en ese ir y venir de ideas que no es otra cosa que el fluir del conocimiento, de la experiencia y del pensamiento. Y para convertir este ejercicio en un espectáculo teatral es imprescindible la participación de unos actores que comprendan la función como una de esas frases musicales donde la nota se desplaza de la tónica a la dominante para regresar a la tónica y así, en un ir y venir de tu argumento al mío, ver la vida transcurrir, que los diferentes potenciales produzcan un flujo de intensidad intelectual. Ese fue el gran trabajo actoral que, más allá de algún microsegundo de retraso en la respuesta que necesita la inmediatez de la vida, consigue fluidez y un dibujo bien definido de los personajes, un trabajo actoral complicado porque se trata de reproducir la vida conla obligación de contener las interpretaciones en favor de un crescendo emocional que terminó con un merecido y atronador aplauso del público.

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