La curvatura de la córnea

13 junio 2017

Dos caminan

Dos caminan es un poema de Pablo Nogueras Millán

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28 mayo 2017

El Comediante o tener un gran día





Todavía recuerdo la irrupción de Marcel Tomás en la Sala Bicho a finales del mes de mayo de 2014 con aquel torrente de muecas de un hombre incompleto con ramo de flores en la mano, aquella función me dejó tan buen sabor de carcajada que no podía perderme su regreso con el espectáculo “El comediante”.
Antes de entrar en materia les confesaré una cosa, desde que reservé las entradas para la función de ayer sábado 27 de mayo, de nuevo en la Sala Bicho, andaba con una medio sonrisa en los labios porque recordaba todas esas veces que mi padre regresaba a casa después del trabajo y me encontraba en la cocina con una toalla y el escurre pescados colocados en la cabeza mientras recitaba con voz engolada y grandes gestos aquella tonada de Albert Hammond que decía: Échame a mí la culpa de lo que pase, cúbrete la espalda con mi dolor. Mi padre fruncía el gesto y, mientras miraba a mi madre que suspiraba tras la tabla de planchar, sentenciaba: Este zagal es un comediante.
Pero ya ven, una cosa son las expectativas y otra la realidad. Y esa es la dualidad con la que juega Marcel Tomás en El Comediante, con la diferencia que va de los soñado a la cruda de la realidad, de esta manera  el escenario de la Sala Bicho se transformó en cueva de Platón para comprobar que las expectativas casi siempre son un pálido reflejo de la realidad, y es ahí donde aparece el trabajo del comediante que a Marcel Tomás le brota de cada poro de su piel y es capaz de sintetizar en su mirada, en cada uno de sus gestos, desde el mohín hasta el brillante reflejo de sus dientes, porque Marcel sale al escenario y la energía cambia, los iones del aire permutan la polaridad y el público se pone en modo carcajada para subirse a una montaña rusa de risas en la que Toni Escribano ejecuta su papel como el contrapunto perfecto, el frontón que devuelve todas las bolas, el demiurgo que genera nuevas situaciones, el apuntador que reconduce el espectáculo, el que pone el sonido, el que rueda un video clip, el camarero, el tipo imprescindible que aliña todos los delirios que suceden en escena.
Una de las virtudes de la función es demostrar que una de las virtudes del teatro son los breves segundos que van de un oscuro a la luz como ese camino que va de la realidad a la imaginación, de la expectativa del espectador a la dramaturgia. En El Comediante las expectativas culminan en las metas volantes de la risa, la boca abierta y el aplauso que, a modo de gasolina, impulsan las situaciones que transitan por el escenario. El Comediante comienza como una partida de ping pong entre los dos actores en escena, pero poco a poco ese peloteo empieza a buscar los límites de las tablas y saltan al patio de butacas en busca de la complicidad activa del público. Ay! ese maravilloso público del teatro alternativo siempre dispuesto a subir a  las tablas.
Tan solo hay que tener la edad suficiente para que la evocación de tiempos pasados se convierta en el motor de aquella bicicleta fabricada con una pinza y una carta de la baraja. Pero es un baño de nostalgia muy alejado de esos videos ñoños que pueblan la red con recuerdos empañados en musiquitas facilonas, sin embargo las músicas de El Comediante son imperecederas, desde los paseos de un matón en las calles de Nueva York hasta ese mensaje final que es toda una declaración de principios: Hoy puede ser un gran día, tan solo tenemos que sonreír, porque ese es el tesoro de esta función: Cuando el interruptor de las luces de sala de la Sala Bicho nos devolvió al presente, uno sale a la calle Pilar Lorengar con ganas de sonreír y, según los últimos estudios, nueve de cada diez espectadores de teatro recomiendan la asistencia a El Comediante de la compañía Cascai Teatro, recuerden que el consumo de este medicamento no precisa de receta médica, con sacar la entrada en taquilla es suficiente.

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20 mayo 2017

Manipulados y el cordón umbilical





Manipulados es el último montaje de Teatro Pezkao, una compañía zaragozana cuyos objetivos artísticos pasan por un teatro de corte social y de creación propia con intención de activar al espectador que casi siempre es interpelado y con el que suele buscar algún tipo de conexión. En Manipulados eso vuelve a ocurrir cuando el sacerdote al cargo del ritual no tiene reparos en manipular, manosear, sobarlo todo para alterar la verdad, que de eso trata el teatro ¿no? De decirnos desde las tablas que la vida es sueño y que sí, que todos soñamos que estamos en estas prisiones, y pese a todas las cadenas que han apretado nuestro cuerpo, en otros estados más lisonjeros nos vimos. Y esa es la clave de la función: Las cadenas.
Una cadena amarrada al cuello es la más evidente de las manipulaciones porque limita nuestros movimientos y pone en duda nuestra dignidad. Pero la evidencia se puede disfrazar, como se disfrazan los malos actores que engolan el texto para alejarse de la verdad, esa verdad acotada a tu espacio, no salgas de él, es peligroso porque ahí afuera esta la luz que te vigila y te abre el camino hasta que se apaga. A oscuras puedes ser tú, o casi tú, o lo más parecido a ti. Por lo tanto la cadena no es el problema, hay muchos mecanismos para que la manipulación nos llegue al corazón, ahí donde el amor anida, anuda y ata. Manipula tu cuerpo Danone, el teléfono Jazztel y el vendedor de mierdas como “convierte la crisis en una oportunidad”.
Fran Martínez se sube a las tablas para invitarnos a un viaje de reencarnaciones, un ciclo de nacimientos, muertes y renacimientos que muestra un universo gestionado al antojo del actor, que a veces se muestra cercano y otras vuela al mundo del simbolismo que agita manos, mueve pies y disfraza cuerpos. Esos excelentes giros en el registro actoral son los que mantienen alerta al espectador que no se puede fiar del sacerdote que a veces es actor y que nos manipula.
Manipulados, todos manipulados. Es primordial reconocerlo, ser conscientes de nuestra situación, el sacerdote del ritual te lo recuerda: Lo primero fue la palabra que permite expresar el sueño, ¿recuerdas que la vida es sueño y todos sueñan lo que son?,  lo importante es reconocerte en el sueño, ser parte de él para interiorizar el ritual que el sacerdote está ejecutando en el escenario, su misión es lograr que el sacrifico sea interno, tan suyo como del espectador: El objetivo es comprender que todos nosotros somos parte integrante de la manipulación, esa revelación es la esencia del Karma que se producirá cuando el espectador asuma que cada acción del sacerdote tiene su consecuencia, merece una retribución y determina las reencarnaciones que se van sucediendo en la representación hasta comprender que todos nosotros: El sacerdote que dirigir el ritual, los espectadores que somos un panteón politeísta o el técnico que sueña con ser Lenny Kravitz, todos y cada uno de nosotros habitamos en la cárcel de unas vidas manipuladas y para liberarnos tenemos que comprender el absoluto: La manipulación se romperá cuando empecemos a ser nosotros mismos, bueno; casi todo lo que te gustaría ser de ti mismo… si eres capaz de arrancar el cordón umbilical que nos une al mundo:




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08 mayo 2017

Fran Martínez en la peluquería


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12 marzo 2017

Jesús Aparicio En La Peluquería

Jesús etuvo En La Peluqería para hablarnos de tecnopop, bandas sonoras, boleros y unas cuantas cosas más ;-)

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11 marzo 2017

Help! Un grito desde los retazos de la memoria



El pasado 10 de Marzo la compañía Teatro Imaginario representó en el Teatro Arbolé la obra Help!. El actor Alfonso Desentre, como pude leer en la nota que publicaba S. Campo en el Heraldo de Aragón, afronta el nuevo espectáculo bajo la influencia de una situación muy directa sobre el olvido y, con esa premisa, el espectáculo pivota sobre una pregunta esencial “¿Qué me gustaría recordar si algún día padeciera alzhéimer o demencia?”
Si la memoria es nuestra capacidad para recordar imágenes sonidos y sensaciones del pasado; el olvido es precisamente la pérdida de ese recuerdo, o en palabras del tanguista Luís César Amadori: “Si pensara alguna vez en lo que fui  no tendría ni la fuerza de vivir. Pero yo sé que hay que olvidar y olvido sin protestar.” Memoria, recuero y olvido trabajan justas para construir el relato de nuestras vidas, todo un proceso creativo en el que, igual que elegimos minuciosamente los materiales para construir una historia que sea exactamente la que nos queremos contar, también hacemos un profuso ejercicio de olvido como la herramienta imprescindible para destruir de la memoria todo aquello que entorpezca el relato, es ese mecanismo de supervivencia que nos permite borrar los reglazos humillantes de algunos profesores o ese día que agachamos la cabeza y la dignidad ante las amenazas de un superior. Pero esta construcción tiene poco que ver con la pregunta esencial que se hace Desentre “¿Qué me gustaría recordar si algún día padeciera alzhéimer o demencia?”Porque, como explica la Asociación de Alzhéimer en su página web, las células del cerebro funcionan como pequeñas fábricas que procesan y almacenan la información para comunicarla a otras células. La enfermedad comienza cuando algunas partes de esa fábrica no funcionan bien y, aunque en la actualidad no se sabe con certeza donde empiezan los problemas, el resultado es que los atascos y averías en el flujo de información terminan por afectar a otras áreas, pero el alzhéimer no determina los recuerdos que se desechan, simplemente nos desconecta de ellos de forma aleatoria, no podemos elegir que palabras olvidar y tampoco si seremos capaces o no de abrocharnos la camisa hasta que la avería se generalice y nuestra personalidad y estado de ánimo sean independientes y nada tengan que ver con nuestra voluntad, entonces, la comunicación con los demás y con nosotros mismos será imposible: No se puede construir un relato desde las células afectadas severamente por el Alzhéimer.
La historia que se nos contó Alfonso Desentre se sustentó fundamentalmente sobre el lenguaje corporal y un puñado de palabras de un hombre desmemoriado que intenta una y otra vez encontrarse en sus recuerdos que están a nuestra vista, desplegados en forma de fotografías, discos, textos, y voz. El personaje, al que queremos desde que sus ojos se fijan en los nuestros, hace un sobre esfuerzo cuando cada una de esas ventanas abiertas al recuerdo le permiten si acaso un breve asomarse que no termina de culminar, en una especie de experimento de prueba-error que siempre termina en frustración hasta que, por el capricho de los sueños, podemos ver con nitidez  como uno de sus recuerdos salta todas la barreras y se presenta con la sonrisa y la satisfacción de quien juega un partida de pinball mientras en la sinfonola de local suena una canción de Los Módulos. Y por eso, gracias a ese final, que yo sentí esperanzador, también me quedé con ganas de más y me atrevo a lanzar un reto a Alfonso Desentre que, en la charla posterior a la función, confesó la dificultad interior que sentía al preparar este espectáculo porque algo personal rondaba por su cabeza, y es precisamente ahí dónde el actor debería bucear y profundizar para que esta historia alcance una cota mayor desarrollo artístico y de paso sacie mis deseos por saber más de ese personaje y sus recuerdos, por eso me gustaría que el hombre desmemoriado que me mira a los ojos y confunde mi nombre se asomase a cada una de las ventanas que tiene a su alrededor y me muestre más destellos de su vida, que la memoria, el recuerdo y el olvido hagan su trabajo para levantar una historia, un relato nuevo, el relato del hombre desmemoriado que sirva para dibujarlo con nitidez. Alguno de mis improbables lectores pensará que esto de lanzar ideas es un atrevimiento que está fuera de lugar, y tal vez tengan razón pero, ¿qué quieren que les diga? Si la función me sacó del patio de butacas para sentarme en el escenario, una vez allí, me siento parte de la historia.

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04 marzo 2017

Conferencia: La España Vacía



La Real Sociedad Económica Aragonesa de Amigos del País organiza un ciclo de charlas y conferencias en el Patio de la Infanta de Ibercaja bajo el título “Despoblación y desvertebración regional” El pasado 2 de marzo se celebró la jornada inaugural a cargo del escritor y periodista Sergio del Molino que, como autor del libro “La España vacía. Viaje por un país que nunca fue” ha construido un relato entre el ensayo y la road movie cuyo eje se sitúa, en el Gran Trauma, o en palabras de Antonio Muñoz Molina, “la migración tremenda que en muy pocos años dejó vacíos pueblos y campos para multiplicar la población de las grandes ciudades. Hijos de campesinos nacidos en barriadas de aluvión afirmaban una identidad desafiadora dejándose el pelo muy largo y abandonándose al éxtasis de los guitarreos del heavy metal. En la conciencia de los españoles que en los años ochenta abrazaban a toda prisa la modernidad había una sombra casi siempre inconfesada que era la de un origen en la España vacía, un pasado escindido entre la abjuración y la nostalgia, entre la arrogancia de una mundanidad demasiado reciente para ser sólida y la perduración de lealtades íntimas alimentadas por un sentimiento de culpa.”
Sergio del Molino comenzó la conferencia autodefiniéndose como un juntaletras asombrado por el éxito editorial de su último libro y que tal vez se explique en una sola oración: La España vacía explica la España ocupada. El autor se reconoce zaragozano y se extraña cuando le citan como un escritor madrileño afincado en Zaragoza, por eso le gusta que después de un año recorriendo España con su libro debajo del brazo, sea en Zaragoza donde se cierre el círculo, la culminación de un libro que ha causado un creciente impacto y que ha puesto en la palestra de la actualidad el concepto de una España vacía que, más allá de las necesidades materiales, veía como su discurso nunca era prioritario, y esa negación se vivía como un segundo, y quizás más doloroso abandono. Pero el reproche del abandono, recordó Del Molino, es viejo y se ha tocado con anterioridad, el cambio fundamental está relacionado con el centro urbano y la reacción de la España llena cuando sintió el aguijonazo de la responsabilidad por el abandono de una España vacía que la nutrió. Ese abandono se ha criado al calor de la mitología familiar hasta generar una catarsis para comprender que las ciudades son, en realidad, la España vacía.
La musculatura narrativa de Del Molino se ha ejercitado en la práctica del periodismo y tal vez por eso se confiesa un intruso en un terreno más cercano a la Geografía y la Historia, sin embargo afirma que las visiones desde la periferia aplicadas a un discurso establecido ofrecen una nueva frescura, en ese sentido recordó sus tiempos de alumno universitario en las clases de Filosofía del profesor Liria y como se sintió fuera de ámbito hasta que la calificación final de la asignatura fue de Matrícula de Honor, ante tamaña sorpresa preguntó al profesor y el filósofo le contestó que su mérito había sido salirse del discurso de carril para aportar una visión original y fresca; y es precisamente en el atrevimiento del neófito dónde Del Molino sitúa sus investigaciones en torno al fenómeno de la despoblación.
Cuando Del Molino trabajaba en la redacción del Heraldo de Aragón todos los días se encontraba con una enorme reproducción de la primera página del primer número de un periódico que recogía problemas de 1895 que, para sorpresa del periodista, todavía estaban presentes: Ferrocarril de Teruel, el paso de Canfranc y los regadíos. Cien años  para seguir anclados en el día de la marmota de un abandono por parte del Estado porque, con todo lo que ha cambiado la sociedad, es muy significativo que las preocupaciones sean prácticamente las mismas. Esta percepción coincidió con su interés en la búsqueda de historias tangenciales que no habían sido contadas, y en ese sentido el desierto que rodea Zaragoza es un semillero de gentes de las que nada se habla al menos hasta que una escopeta sale a la calle y regresa lo atávico para alimentar el rechazo y las  suspicacia. Del Molino confesó que, desde su trabajo de reportero, aplica una mirada exclusivamente personal a la despoblación que construye por comparación con viajes más allá de los Pirineos en los que era muy fácil comprobar que aquellos territorios estaban poblados por granjeros con la posibilidad de vender sus productos en mercados locales. Ese choque entre un campo vivo y la España despoblada de pueblos muertos dejaba de ser percepción sensorial cuando Del Molino apuntaló la percepción con una batería de datos que relacionan Francia y España a través del binomio de parecidos Kilómetros cuadrados y muchos menos habitantes en el territorio peninsular, que además están concentrados.
Del Molino lanzó una pregunta, ¿qué ocurre si miramos al país contando con esa dicotomía que, preocupando mucho, no se visibiliza ni en los medios ni en los parlamentos? El autor confiesa que, sin pretender analizar o responder a esa pregunta, su pretensión es cambiar la mirada sobre el país para ayudar a modificar la visión del mismo y, a partir de ahí, generar un debate que, por la experiencia que ha tenido en su larga gira de presentaciones, siempre termina con la misma pregunta ¿Cómo podemos solucionarlo? una interrogante que apunta a lo material pero también atisba lo sentimental.
El conferenciante admitió que él no puede dar soluciones pero su convicción es muy clara: La España vacía es irreversible. Su pensamiento parte del planteamiento global de que en occidente es evidente el declive de las áreas rurales mientras la mayoría de la población está buscando el hábitat de la ciudad pero, si somos capaces de admitir la imposibilidad de recuperación, tal vez podemos encontraremos un nuevo punto de vista. Un punto de vista muy diferente del expresado por Joan Clos (Exalcalde de Barcelona, exministro de Industria Comercio y Turismo, exembajador en Turquía y Azerbayán y que en la actualidad es Director Ejecutivo del Programa de Naciones Unidas para los Asentamientos Humanos) que en una entrevista de Manuel Jabois para la contraportada de El País y ante la pregunta de ¿por qué se vacía España? La respuesta fue: “Vivir aislado en pequeñísimas comunidades es caro. Si las quieres dotar de la misma calidad de servicios que tienes en la ciudad, el coste se encarece muchísimo. Sólo los países muy ricos vuelven a poder ser rurales. Suiza, Suecia. Estas sociedades, que están por encima de los 60.000 dólares per cápita, pueden plantearse vivir en comunidades de mil, dos mil o tres mil habitantes. Esto es carísimo en términos de provisión de servicios. Hay razones objetivas que explican por qué la población toma las decisiones que toma.”
Este discurso político, que para Del Molino muestra un escaso de tacto y sintetiza la negación de la identidad del otro, de este modo, el espacio de construcción se aleja de nosotros y se instala en el mito del paleto, del monstruo que vive en el campo y, aunque la sociedad ha cambiado, el mito pervive en el desprecio y por lo tanto sus problemas dejan de existir porque, aunque es cierto que la diversión con respecto al paleto es universal, en España se ha dramatizado gracias a que la diferencia entre los ámbitos rurales y urbanos es mucho mayor que en otros países. Por eso la primera tarea, continúa Del Molino, es cambiar tanto el discurso victimista de los políticos que no aporta un discurso alternativo más allá de las inversiones al desarrollo local de zonas despobladas cuyos logros, aunque evidentes, también son anecdóticos porque el resultado final es que se sigue perdiendo población en el ámbito rural de Aragón, las dos Castillas y Galicia.
En ese cambio de mirada, Del Molino propone dos ejemplos que se están desarrollando en Canadá y Gran Bretaña. En el país norteamericano se trata del Rural Lens, un programa estatal que obliga a que cualquier proyecto incluya una óptica rural que lo involucre. En el caso británico el Rural Pathfinders promueve unos planes de desarrollo conformados por la cooperación público-privada con una proyección de veinte años vista y enfocados para cubrir las necesidades locales a través de microindustrias. Lo interesante de estas propuestas es que abren un camino original en el intento de contener la sangría de habitantes, que la población rural no se sienta de segunda categoría para vertebrar un país más allá del supuesto maná del turismo rural que al final no ha sido para tanto. En este sentido el autor está muy contento porque su libro La España Vacía ha producido un cambio de chip en algunos ámbitos y, en fin, quien sabe si en el futuro…

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