La curvatura de la córnea

18 junio 2026

Ginzburg, Menocchio y mi madre


 

Ginzburg, Menocchio y mi madre

El historiador Carlo Ginzburg (Turín 1939) murió este 17 de junio a los 87 años. Doctor en Filosofía y Letras por la Universidad de Pisa, alcanzó notoriedad internacional con el libro ‘El queso y los gusanos’ (1976), que le valió para identificarlo como el maestro de la microhistoria. Una historiografía que otorga relevancia a fenómenos individuales para elevarlos a representativos de la cultura popular en relación con la cultura de la gente dominante. Una historia alejada del relato político.

El texto de Ginzburg cuenta las declaraciones del molinero Menocchio que interpretan la cultura de finales del siglo XVI con el choque entre las tradiciones rurales, lejanos acontecimientos históricos y la invención de la imprenta.

Mientras la concepción bíblica de la creación parte de un principio absoluto antes del cual no existía nada, ‘El queso y los gusanos’ es el choque entre la página impresa y la cultura oral. Una mezcla explosiva en la cabeza de Menocchio que lo llevó a ser ejecutado por la Inquisición porque su pensamiento estaba muy lejos del ejercicio católico del acto de fe en cuanto al origen del mundo que encontramos en (2 Mac 7, 28) “Te pido hijo mío que mires al cielo a la tierra y lo que hay en ella, que sepas que Dios hizo todo esto de la nada y que el género humano fue hecho así” Una idea rematada en (Gén 3,24) “Expulsó al hombre y puso delante del jardín de Edén los querubines y la espada de llama flameante para guardar el camino de la vida”

La cosmovisión de Menocchio partía de la creencia de un mundo originado en el caos del que surgió “una masa, como se hace el queso con la leche, y en él se formaron gusanos, y éstos fueron los ángeles” El molinero trataba de convencer a sus vecinos que el mundo había nacido de la putrefacción.

El estilo Menocchio mezclaba lo leído con una manera de contar los acontecimientos que nos llevan inexorablemente hacía la creación literaria. Esa idea de ”formar una masa” para crear el mundo me recordó a mi madre. Ella también tenía una cosmovisión propia de cómo Dios había hecho a los hombres. Me lo contó muchas veces en las tardes de invierno cuando la infancia en las Barriadas del Sur de Utrillas se detenía a escuchar historias junto a una estufa de carbón.

La Rosario, madre católica, creyente apostólica, de misa semanal y rosario diario, me hablaba de un Dios alfarero que creaba hombres y mujeres de barro y los introducía en un horno. El tiempo de cocción de cada hornada determinaba la raza. Nosotros éramos así tan blanquitos porque estábamos poco hechos, sin embargo indios, chinos, mulatos y todos los que tenían pieles cobrizas estaban cocidos al punto. ¿Y los negros? pregunta yo. Mi madre entonces levantaba la mirada del ganchillo y ponía sus ojos en los míos. Los negros hijo mío son un descuido divino. A Dios nuestro señor se le fue el santo al cielo y se le quemaron un poco. Ya ves Javi, todos diferentes pero iguales a los ojos del creador. Como cuando se me quema alguna croqueta.

Afortunadamente mi madre no terminó sus días en la hoguera como le ocurrió a Menocchio porque ella, lejos de la herejía, tan solo me estaba contando un cuento con ese quejío interno de quienes aceptan el mundo creado por Dios, pero no comprenden la forma que tienen algunos de mirarlo.

 

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