La curvatura de la córnea

29 mayo 2022

De Propio. Concierto en El Caracol


 

El sábado 28 de mayo fui de propio hasta el centro comercial El Caracol para ver un concierto de la banda De Propio. El trayecto desde la calle Cádiz hasta la planta baja donde el grupo había instalado sus instrumentos fue un recorrido en espiral abierto en otras direcciones, la premonición de un repertorio ecléctico.

A lo largo del concierto sentí que De Propio aunaba tres caminos tan diferentes como interesantes. El primero tenía sabor anglosajón conectando el sonido americano que va del rock emotivo de My Chemical Romance con la jovialidad californiana de Green Day, para terminar en las antípodas del rock australiano de Jet y ese riff de marcado carácter Motown. Un vertiginoso camino entre los miedos de un tipo que desconfía de la reacción de unos adolescentes vestidos de negro pululando por el metro de Nuevo York, la idiotez del ciudadano que sigue a pie juntillas las consignas de odio de cualquier orador, para terminar al amparo de una bola de cristales preguntando Oh yes!! ¿Vas a ser mi chica? mientras el bajo de Alex es un soul train para darle gusto al baile.

Los homenajes a los sonidos nacionales empezaron con ese derroche de imágenes con las Fito Cabrales desborda todas las letras de sus canciones. Mucho más interesante fue la aproximación a 'La Pared' de Cupido con una versión que se alejó del autotune y el trap melancólico para desnudar una deliciosa melodía pop donde vivir o morir depende de si te alejas o te veo venir. Y de una canción donde la vida es una dependiendo de la distancia a la que se encuentra el amor, De Propio dan un enorme salto generacional para enfrentarse al hard rock urbano de la banda gallega Los Suaves, la canción 'Dolores se llamaba Lola' lleva cerrando verbenas de verano desde mediados de los años ochenta del siglo pasado hasta llegar al vertiginoso punteo de Ainhoa para recordarnos que las vueltas de la vida pueden dejar a una niña de azul tirada en la barra americana de un burdel. El chisporroteo de la guitarra punk de David agitó el recuerdo de cuando la chupa sobre el hombro no evitaba perderte por esas calles que antaño estuvieron okupadas por multitud de tribus, y se combinó con una parte del público que jaleaba desde sus atuendos neogóticos las teclas que Candela acariciaba, antes de reclamar un nuevo edificio para la Escuela Superior de Música que se merece esta ciudad.

De Propio presentaron cinco temas originales. 'Pereza' comenzó con sabrosura ragga de quien escribe cosas nuevas hasta que los sonidos derivaron sureños de azahar y un poquito de Fuel Fandango. El territorio rojo de David mantiene el pulso de la banda. Me recuerda a una baterista de jazz con movimientos tan intensos como cortos y una melena que se me antoja setentera y californiana pero con camiseta para reivindicar el heavy metal británico. Cuando llegó la 'Medianoche' la voz de Laura miró a un cielo desde donde caen espinas de tristeza, un preámbulo para que la voz se rompa entre lágrimas como 'Gotas de abril' y purificar los recuerdos de todas las personas que ya no están a nuestro lado pero, bañadas por rayos de sol permanecen aquí, entre las líneas de un pentagrama mientras nosotros, escondidos para volver a sentir, buscamos 'Senderos' y escapar del veneno de las piedras que suben, suben y suben. Reconforta comprobar que una banda de jóvenes músicos afilan sus instrumentos para denunciar que se viene encima ese 'Show Matinal' donde cada mañana se mercadea con las vísceras de quien compra y vende el peor titular posible mientras que si chaval, en el olimpo de la parrilla mediática todos se piensan forrar.

De Propio recorre con frescura todos estos caminos musicales, mientras continúan componiendo temas originales que jalonaran una carrera por venir, en la que les deseo ese tipo de suerte que nace del esfuerzo, el estudio y la dedicación.


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25 enero 2021

Bunbury Live Streaming en una tarde rara de domingo pegadito a la pantalla

 



Bunbury presentó el domingo 24 de Enero un concierto en Streaming para los tiempos que nos han tocado vivir y porque la gira mundial que tenía programa es imposible de realizar. El cantante preparó la lista de canciones pensando en desarrollar un artículo de opinión, canciones del presente y del pasado, para leerlas como una revista de actualidad. Pero como todos sabemos las canciones no pertenecen a quienes las compones, son de todos nosotros y tenemos la libertad de filtrarlas por los poros de nuestra piel y eso es lo que yo he intentado porque, ante la evidencia de que el directo on line de Bunbury no tendría nada que ver con esas sensaciones orgánicas que solo se obtienen en la sala del concierto, cuando el corazón y el sudor mandan, ante esa falta de nutrientes a la que mi cuerpo ya está acostumbrado, decidí filtrar mis sensaciones a través de las imágenes en la pantalla, las letras y los arreglos de unas canciones que forman parte de banda sonora de mi vida.

La primera sorpresa son las escaleras de acceso al escenario donde se va a grabar el concierto, esas escaleras son las del Palacio de Congresos de Zaragoza, tan cerquita de mi ventana que si me asomo quizás pueda todavía escuchar el eco de una introducción instrumental a contraluz de fantasmas velados de grises y sepias que se desdoblan antes que ver mi casa arder, cuando cae el telón y el cantante se muestra con un terno tan morado como elegante para decirnos que no se va a quedar demasiado tiempo. La salida es su interior y, aunque lo va a dar, una y otra vez, todo está dispuesto para reconstruir su casa las veces que haga falta, y lo va a hacer por mí. ¿Se lo imaginan? Bunbury está dispuesto a todo, solo por mí.

Las cuerdas más graves de la guitarra se vuelven fronterizas y sinuosas ante el Nuevo Orden Mundial de verde té y noche de rayos. Bunbury ladra como un perro en un tablero de ajedrez en el que suenan las congas de un sueldo que no llega a fin de mes, al fin y al cabo ni tú ni yo tenemos talento y estamos en ese peligroso terreno donde se beben sermones de oradores y, si nos descuidamos de una rock star.

Mantenerse alerta es la solución y el precio a pagar son las gafas con cristales de espejo del tipo que toca el saxofón. Un mensaje a esa audiencia hostil que todavía se recuesta noche tras noche en aquellos viejos temas como el tesoro intocable en la memoria de un fan y, mientras tanto, el autor sueña con desmontarlos y montarlos a placer, por eso suena este saxo oscuro como un vendaval que todo lo nubla.

Cuando camino por las calles que conozco tengo miedo a encontrarme con quien fui. Es el mismo miedo de encontrar el momento para huir y reconocer mi vulnerabilidad, el mismo miedo que me muestra la certeza de mi cautiverio cuando la batería se adueña de la melodía y las palabras dejen de brotar. A veces prefiero el silencio y dejar el camino a los demás, que las rimas sean suyas porque a mí se me enredan en espiral. Callar y dejar que suene el cabaret y el jazz.

Los sonidos me llenan de sombra y luz cuando sueño con el piano bar de un casino decadente en medio de Los Monegros el que Bunbury me canta este bolero que me recuerda todos los hombres que quise ser cuando vivía en el pasado mientras tú, en acorde mayor, me invitas a mirar hacia adelante ¿Me atreveré a semejante aventura en estos tiempos fugaces?

No, no quiero ser como él: Guitarras para arañar la piel, volver al hogar y hacernos daño. Elige armas cuando el enemigo a vencer ya no es un rival, es tú hermano: Exilio, prisión o villano. Despierta. Todo lo que cambia no lo puedes imaginar y ahora, que ya soy distinto, me vienen a ver y lo tengo claro: He despertado bajo las estrellas de la gran estafa de un verano nuevo y recuerdo el filo de la soledad en la que vivo mientras los predicadores, que necesitan una nueva ley, se mecen en las corcheas de un saxofón y congas tropicales hasta que Bunbury explota en cuatro palmas de satisfacción para predecir: Más alto que nosotros sólo está el cielo de contar una historia o de amar, que a la vuelta de la esquina está todo lo que quiero saber de ti, de mí y como arpegiar un solo de guitarra.

La línea del bajo marca el camino con señales entre mis opiniones y mis convicciones. Pedir perdón por no pelear, por no quemarme y echarme marcha atrás, porque no soy un hombre de acción y tan solo espero a que las cosas cambien mientras las guitarras acústica toman el estrado y agradecen todo lo vivido: El amor y lo que cambia, escapar de la amistad y pese a todo, bailar frente a la policía de lo correcto que ahora vive en los balcones para vigilar musas, viajes y rutinas.

Bunbury está cantando mejor que nunca, gustándose en la lentitud y la actitud correcta hasta cuando se quita la chaqueta y reluce su gran talento, no necesito justificarlo, lo siento, eso es lo único que importa. Me da igual quienes hablan de una versión discreta que no va más allá de reproducir, copiar y pegar. Bunbury tiene sobre el escenario la actitud correcta que no sé lo que es, pero es lo único que importa. Otras interpretaciones nos llevan al terreno blues de los que parecen tontos, y a veces lo son. Que me da igual que intenten engañarnos a todos, ya tengo suficiente con preocuparme de que no me engañen a mí con el galimatías de la religión y la incredulidad que nos llevarán a los neones multicolores de Las Vegas y allí, ser felices e inmortales.

Deshacer el mundo suavecito y con nostalgia, sin mirar atrás porque es imposible empezar hasta que el giro de la tonada asciende apoteósico y llega a un desierto que antaño era el hogar de una boa con plumas rosas, un lugar donde tener suertecita, traducir el futuro y  sustituir el sonido biológico por una realidad eléctrica cuando el trovador nos regala la suerte de una ranchera galáctica que, con vocación de eternidad, se mueve desde nuestro amor hasta el orgullo infinito y en un momento se va.

Hay mundos en los que te echo de menos, a ti y a tus ojos que me miran desde la noche hasta envejecer. Ya no hay nada que temer si desciendo hasta el traste 12 de un solo de guitarra que, por razones personales, algún día contaré. Es parte de mi debilidad.

La fanfarria de una barca que no sabe dónde me lleva se ha mudado a las teclas del piano. El soniquete de quien viven en la carretera: Ni patria, ni bandera, ni limites, ni fronteras, ese al que llaman extranjero se mueve al ritmo de los platillos charles y aquí, tanta torería no puede sustituir los latidos de una verbena y quizás por eso todos salimos a un mar adentro para por fin encontrar el camino y nadar en una línea de bajo tan breve como la primera vez de aquella chispa de felicidad, un segundo antes de surfear por el sonido Hammond y seguir nadando: No tener dueño y ser de todo el mundo. La figura de Bunbury se agranda y en mi mano está no ponerle en el aprieto de todo aquello que crece en los aledaños de estas vibraciones musicales que son mías y de mis pensamientos, que son un regalo.

La cuenta atrás de un cocodrilo en órbita lunar es uno de esos mantras inexplicables de emoción planetaria que siempre me lleva a una tarde vacía sin ti, al día que estaba perdido y solo era capaz de mirar las nubes de verano pasar y sentir, de nuevo, como cada uno de los píxeles de un fondo azul reclaman la luz que se fue. La soledad es un lugar que hace insignificante el espacio exterior: Dictadores, artistas y espectadores.

Los conciertos son magia y, para esta nueva modalidad on line aún no tengo el duende que me diga si estas estrellas me iluminan aunque no las pueda tocar. Quizás ha llegado el momento de divagar solitario sobre el inmenso poder de las horas de las que no puedo escapar porque hay canciones que suben y suben y suben de nivel y parecen no encontrar límites hasta explotar en este cuarto que no para de menguar. Que no, que no me arrepiento de lo de ayer.

Bunbuy está enamorado y lo canta a los cuatro vientos: Si algo no sale bien serás mi constante, mi medicina y mi bálsamo. Por eso no tiene miedo y los Santos Inocentes lo saben y le siguen allá donde vaya, por eso se abrazan en sus ternos negros y sonríen después del trabajo bien hecho: Suite, Mena, Castellanos, Rebenaque, Gacias, Béjar y del Campo son los mosqueteros que acompañan la afinada creatividad del fenómeno Bunbury: Si le quieres no hay remedio, le quieres hasta el final, no hay medida ni nada que razonar cuando se habla desde el corazón.








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16 marzo 2019

La guitarra de Raquel



Un cuento dedicado a Natalia Feria Ventura

Raquel era una cantante muy alta con un sombrero muy pequeño y una guitarra a la medida de su gran corazón. Raquel siempre usaba unas botas con cordones rojos para cantar, bailar o contar cuentos, por eso, una buena mañana se sentó en su habitación, se puso sus botas de cordones rojos y empezó a pensar y a pensar y a pensar en cómo sería su próximo espectáculo. Raquel escribió un cuento sobre un viaje que iba de la cima nevada de una montaña hasta las arenas calientes del desierto, pasando por lo más profundo del mar y lo más espeso del bosque.

Pero a Raquel no le gustaba viajar sola, así que comenzó a escribir de nuevo su cuento, pero esta vez estaba acompañaba por el miedoso Alfredo, el alegre Pelacos y un dragón verde que se encontró debajo de su cama y que daba un miedo de no te menees.

El cuento había mejorado mucho pero a Raquel le faltaba lo más importante: Los acordes de su guitarra, así que no se lo pensó dos veces. Raquel tomó su guitarra entre las manos y por entres sus dedos empezaron a bailotear el Do Re Mi Fa Sol La Si Do Sostenido. Y muy pronto de sus cuerdas vocales surgieron frases que rimaban unas con otras y las  canciones llenaron toda la habitación, se escaparon por la ventana y, en un abrir y cerrar de ojos, todos los bailongos de la ciudad movían sus caderas con melodías que tan pronto estaban alegres, tristes, rabiosas o enfadadas.

A Raquel le gustaron tanto sus cuentos y canciones que enseguida pensó en un decorado: Un sol amarillo y otro mosqueado con un gran cartel en el que se leyera: La guitarra de Raquel. Y por ahí va Raquel recorriendo el mundo con una mochila de colores, una cesta para cabreados y un trocito de su vida que en una guitarra dejó enterrado. Si en algún pueblo, villa o condado encuentras el show de Raquel anunciado. No te lo pienses dos veces y acude al entoldado: Si tienes dos orejas, una nariz y el culo cuadrado, la guitarra de Raquel te dejara emocionado.
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C.C. Distrito Sur. Domingo 17 de marzo a las 12 h.
C.C.T. Sánchez Punter 24 de marzo a las 12 H









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28 julio 2018

XCM: Debut en acústico



El pasado jueves 26 de julio tuve la suerte de asistir, o eso decían ellas, al primer concierto de XCM en el Parque Grande José Antonio Labordeta, el escenario era un banco de madera y el público unos pocos amigos y familiares, un grupo de Zen sentado en círculo por allí cerquita y unos cuantos zagales bañándose en la fuente de la Plaza de las Princesas, y ya empiezan los problemas léxicos ¿un grupo de Pop catchy-catchy from Zaragoza, una All-girl band estrenando su set acústico en un lugar llamado la Plaza de las Princesas? Pero no, no se confundan Ceci, Marta, Ixeia y Ainoha nada tienen que ver esa imagen estereotipada, ellas son chicas de aquí y ahora, de un año 2018 marcado definitivamente por las miradas y las reivindicaciones de las mujeres.
Cuando etiquetamos a un grupo con el término “Pop” se suele pensar en el canon que nos habla de una música ligera e instantánea de esencia popular. Sin embargo es conveniente abrir las orejas para comprobar que el pop hace mucho que se convirtió en un enorme contenedor donde caben diferentes sensibilidades artísticas y sociales y, para un grupo incipiente como XCM, creo que es bueno fijarse en los covers que realizan y certificar que su propuesta, más allá de la bendita e inevitable sensación festiva, tiene una mirada particular sobre el universo femenino. En este ejercicio me voy a detener en "Scars to Your Beautiful" de la artista canadiense Alessia Cara que, según sus propias palabras, es una canción sobre la imagen del cuerpo de las mujeres, un mensaje que se dirige tanto a hombres como a mujeres para detenernos por un segundo a pensar sobre esa idea que se pretende instalar en la sociedad y que nos habla de que solo una imagen de mujer es posible, esa mujer convertida en icono publicitario, esa idealización que expulsa de la realidad al resto de las mujeres, y en ese punto el mensaje de Alessia Cara es incuestionable: “Y tú no tienes que cambiar nada, es el mundo (el que) podría cambiar de actitud. No hay cicatrices para tu belleza, somos estrellas y somos hermosas.”
Que XCM haga un cover de esta canción es toda una declaración de principios que se confirma con su primer tema original titulado “Perfecta”,, uno de esos temas redondos que pueden marcar el inicio de la banda. "Perfecta" es la historia de un chica que se ha sentido un cero a la izquierda cuando no valía nada porque no era la muñeca perfecta hasta que consigue comprender que, como en el tema de Alessia Cara, el problema está en la mirada (y en las palabras) de los otros.
Y así pasé un buen rato escuchando a esta nueva banda de melodías claras en la guitarra, exquisita sobriedad en el ritmo del bajo, un cajón que anuncia la potente personalidad de quien se sienta encima de él y una voz particular muy interesante y atractiva. No lo duden y escuchen a XCM en su cuenta de Instagram (xcmofficial)

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22 junio 2014

Bunbury con lentes de aumento






Para Pablo

“La decadencia está prohibida en tu mente. La caída pierde altura por momentos.”
(La Decadencia. Héroes del Silencio. Senda 91)


No tenía previsto contarles nada sobre el concierto de Bunbury en el Príncipe Felipe de Zaragoza, si ya ven que hasta la primera frase se ha quedado antigua. Pero durante la tarde me he encontrado con mi amigo Pablo y me ha pedido que le contara el concierto. Y aquí me siento con la intención de escribir algo que nada tiene que ver con los deseos de mi amigo, que de ese palo ya he escrito mucho en este humilde blog y en fin, que enseguida se me ve la vena fan y no puede ser.
Hoy les quiero hablar de un viaje que comenzó el extraño día que Bunbury se cortó el pelo, se puso unos pantalones naranja y el personal desde la grada le gritaba que se dejara de ostias y que tocara canciones de Héroes. Después vino el cabaret, justo cuando yo llevaba unos añitos disfrutando de la nueva música electrónica de bucles y bits pero, lo reconozco, me gustó que Bunbury se acercara peligrosamente al mundo de la verbena, un espacio que está íntimamente ligado con mi educación en la música popular. Pero una cosa es acercarse, hacer una rápida incursión, y otra muy diferente la de años que le ha costado quitarse la boa de colores. Musicalmente siempre ha sido una aventura enriquecedora contemplar como Mister Bunbury ha trufado sus discos de las músicas populares latinoamericanas con un vuelta y vuelta por la meca del rock. El cantante zaragozano se siente muy agustito cocinando esos potajes a los que el término rock se les queda pequeño, entre otras cosas porque con el paso del tiempo y el inicio de nuevas giras, siempre anda retocándolos en busca de nuevas sonoridades country, hammond, psicodelia, hasta el infinito y más allá. Esa forma de concebir su carrera musical, en su capacidad de reinventarse, de experimentar, de dar un paso más. Eso lo que hace de Bunbury un artista a lo grande.
Lo deprimente de este viaje, o quizá no tanto, es mi posición en la escena. Olvidemos las abduciones de aquellos conciertos heroicos. En la trayectoria de Bunbury con cada una de su bandas mi situación se ha variado desde la incredulidad electrónica pasado aquellos conciertos sudorosos en la sala Oásis con Natalia on my mind que nunca te he dicho todo lo que te quiero. Hasta los saltos tranquilo que controlo, el último baile agarradito en esta misma pista y un abrazo con Alejandro cuando los dos sabíamos que tenía el sabor de la despedida. Tanto camino recorrido para terminar varado en las gradas desde las que, pertrechado con unos prismáticos para el teatro, escruto las poses bunburyanas con curiosidad de antropólogo, los solos de guitarra que me gustarían mucho más stonianos y como el servicio de seguridad amenaza a los fans que, en primera fila, aún guardan las esencias de la trinchera. Esos tipos que lo dan todo durante el concierto para compensar al cantante tantas horas de felicidad y yo, aunque de eso haya pasado mucho tiempo, fui uno de ellos.
Desde la butaca de una de las gradas laterales se ven las cosas de otra manera y, aunque uno sabe que ya nada será igual, todavía espero que sople el viento a favor.
Gracias Bunbury por ese día en La Casa del Loco en el que me pediste fuego y yo, que no tenía lumbre, te di un abrazo agradecido. Y eso que por entonces no me habías dado ni la mitad de todos los buenos ratos que me has hecho pasar.

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20 junio 2014

Charlar


Musethica en el Centro Comunitario Oliver


El centro comunitario Oliver estaba de fiesta. Los músicos de Musethica ponían sus instrumentos a punto en la sala multiusos que recogía una colección de carteles en los que se mostraba todas las actividades del centro, como el servicio de duchas y comedor, un lugar de encuentro para enlazar con otras actividades. Ya lo ven, de nuevo la palabra enlazar, uno de los objetivos de Musethica.
Aunque también nos acompañaron algunos alumnos de la escuela de formación socio-laboral del barrio, la mayoría del público eran mujeres adultas, esas heroínas que, como nos contó Elena, auto gestionaban sus lecciones de yoga, acudían a actividades como tertulias literarias, informática y los pucheros de Gabriela, unas charlas que recogen ingredientes médicos, culturales y festivos. Charlar. De eso nos habló Esther, la joven chelista nos contó que los quintetos de cuerda no suelen ser habituales en la música de cámara pero que a Mozart, insigne interprete de viola, le gustaba incorporar una segunda viola al tradicional cuarteto formado por dos violines, una viola y un chelo. Esther nos recomendó que estuviéramos atentos a los diálogos que se ejecutaban entre instrumentos. Charlar. A las charlas del centro comunitario Oliver y a los diálogos entre las notas de Mozart se sumó el fluido que discurría por las tuberías bajantes que, ante mi asombro, aunaron au sonido en perfecta armonía. Como me dijo una de las señoras al terminar el concierto: Esto ha sido un remanso de paz.

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16 junio 2014

Ya estamos todos




No hay molinos en el Camino de Los Molinos que me llevó al barrio de San Gregorio. Al final de la senda marcada por Google Maps encontré una señal de tráfico que mentía: Sin salida. La Fundación Cedes, comprometida con las personas con discapacidad intelectual y del desarrollo, está diseñada para buscar mil y una salidas. La entrada al recinto era tan pequeña que pensé en una equivocación, pero desde tan modesta cancela se abrió ante mis ojos la amplitud de quienes apuestan por la educación especial de niños, la formación para adultos, un centro ocupacional, la inserción laboral y una residencia.
Llegué hasta la Fundación Cedes tras los pasos de Musethica y un concierto que se anunciaba para las doce del mediodía. Como había llegado con tiempo de antelación estuve merodeando por las pistas deportivas en las que algunos zagales almorzaban sentados al sol, mientras uno de ellos metía goles al estilo “Cristiano” con una camiseta de “Casillas”. Les pregunté por el concierto y, ante mi sorpresa, me confirmaron que ya se había celebrado. Melisa, Diego, Isdrissa y Noelia se lanzaron a decir que el concierto les había parecido “bonito” pero poco a poco se decantaron por “muy bonito”, y comentaban cuanto les había sorprendido ese instrumento que era mucho más grande que los demás “El violonchelo”, apuntó Noelia, mientras Diego afirmaba que a él le gustaba el violín. Me dijeron que el concierto había sido en el gimnasio y entonces les mostré mi disgusto porque estaba claro que había llegado tarde. Ahora hay otro, me dijo Mari Carmen, una de las cuidadoras que se mostró encanta con la experiencia porque ella siempre había pensado que se iba a aburrir con la música clásica. Su compañera Marisa estaba contenta porque la conexión entre los niños y la música había sido evidente. Fue ella la que me informó que había un segundo pase para los más mayores, en la planta baja del edificio de servicios asistenciales donde se encuentra la zona de manipulación, y aulas de formación.
La luz ocupaba las mesas de trabajo del Centro Ocupacional que, vacías por un momento, observaban como el público se acomodaba hasta que uno de ellos elevó la voz con un solemne “Ya estamos todos” Y eso fue suficiente para la primera salva de aplausos como preámbulo a las palabras de Teresa Muntadas, directora de la Fundación que calificó de experiencia única a la posibilidad de que músicos de todo el mundo estuvieran dispuestos a compartir su pasión con todos ellos. Carmen Marcuello de Musethica hizo una breve presentación en la que agradeció como la Fundación Cedes había abierto las puertas de su casa a unas personas que entendían su dedicación a la música como un elemento a compartir. José García tomó la palabra en representación de los músicos y puso de relieve la emoción que les provoca actuaciones de este tipo, una sensación para sentirse especiales. Y entonces preguntó si alguno de los presentes conocía a Mozart, el autor de la pieza que iban a interpretar. La respuesta fue una salva de vítores y aplausos para abrir el concierto. Esa es, sin lugar a dudas, una de las grandes diferencias con otras audiencias, porque en la Fundación Cedes los aplausos sonaron cuando al público le pareció bien, incluso durante la pieza interpretada fuera de programa en que acallaron las notas musicales. Los músicos arquearon las cejas de satisfacción ante el reto y siguieron los compases hasta que el silencio fue pista de aterrizaje hacia el final coronado por los regalos que la Fundación entregó a los músicos: Una muestra de la bisutería de diseño original y elaboración propia. “Creaciones que apuestan por el desarrollo sostenible y solidario”

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