La curvatura de la córnea

14 abril 2024

Noche de Reyes

 


¡Viva el teatro!

La teatralidad de 'Noche de Reyes' brota desde el disfraz y la palabra para que la peripecia sea un enredo entre la apariencia y la realidad. Shakespeare escribe una comedia con dos tramas que se cruzan: La intensidad dramática de un noble enamorado que es rechazado por la dama. La burla grotesca que sufre un criado con ínfula suficiente para soñar con un amor de alcurnia inalcanzable.

La dramaturgia de Castrillo-Ferrer respeta estos elementos pero modifica radicalmente su dosis mediante una adaptación muy intervencionista que añade textos, canciones y escenas, elimina las partes más dramáticas, y trastoca el desarrollo de algunos personajes. Si Shakespeare comienza su obra con la música que alimenta un lecho de violetas y el espíritu del amor. Castrillo-Ferrer nos invita a una fiesta de aromas balcánicos para, además de construir una escenografía con tres listones, dos cortinas y cuatro taburetes, rendir un delicioso homenaje al teatro y sus gentes.

El resultado incrementa la comicidad de una farsa que salta de la cadencia de recitar versos a una ranchera desafinada, de juegos de palabras que construyen chistes al beso que sella un matrimonio, o ¡Paren las máquinas! La oratoria de un bufón al servicio de una sinopsis visual por si el respetable se ha perdido en la espiral de equívocos.

La puesta en escena saca partido de unas interpretaciones eficaces para alejarse de la veracidad y abonar un humor que construye arquetipos meneando el ritmo del despiporre gestual. El trabajo actoral de desdoblamiento en diferentes personajes nos permite entrever como la mecánica interna de la actuación engrasa la ironía generada entre los laberintos de la identidad y la necesidad de amar, hasta cerrar el círculo y conectar con el inicio de la función con un apasionado ¡Viva el teatro!

 

'Noche de Reyes'

Calificación: 4 estrellas

Producción: Nasú Teatro y El Gato Negro. Autor: William Shakespeare. Dirección y dramaturgia: Alberto Castrillo-Ferrer. Intérpretes: Irene Alquézar, David Ardid, Blanca Carvajal, Gema Ruiz, Alfonso Pablo y Luis Rabanaque. Espacio Sonoro: David Angulo. Iluminación: Bucho Cariñena. Vestuario: Marie-Laure Benard. Coreografías: Cristina Guadaño

Jueves 11 de abril de 2024. Teatro del Mercado.






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21 enero 2024

He venido a hablar de mi libro



 

Miguel Sáenz, en una conferencias de la Fundación Juan March, definía la colaboración que durante tres años tuvieron el compositor Kurt Weill y el escritor Bertolt Brecht, como un momento decisivo para la evolución de la opera moderna, y sin embargo su relación se podría definir como una historia de desacuerdos. Mientras a Brecht parecía no gustarle la música de Weill, entre otras cosas porque su éxito reducía su papel al de libretista, el compositor comprendía mejor el dilema: "La música impacta más que las palabras. Brecht lo sabe y yo sé que lo sabe. Pero nunca hablamos de ello. Si se planteara, no podríamos seguir trabajando. Brecht pide una sumisión total. De mí no la consigue, pero sabe que soy bueno y que lo comprendo artísticamente. Brecht es uno de los mayores talentos literarios de la Alemania moderna; pero ser un gran poeta no significa necesariamente ser un buen compositor... Brecht es un genio, pero yo soy el único responsable de la música de nuestras obras conjuntas".

'He venido a hablar de mi libro' nace como un homenaje musical a Kurt Weill a partir de cuatro elementos tan esenciales como interesantes: El texto de Alberto Castrillo-Ferrer, la delicada dirección musical de Marta Almajano y la elegancia en el desarrollo escénico.

El texto parte de una trama sencilla y cotidiana. La vida de una bibliotecaria y como su pasión por la lectura nos lleva hasta una compleja reflexión sobre las maneras que tienen los lectores de enfrentarse a los diferentes modos de contar una historia.

La novela siempre invita a imaginar con total libertad escenarios, personajes y situaciones. Sin embargo, la lectura de obras de teatro, además de minoritaria, casi siempre está lastrada por la idea de que el texto está incompleto hasta que se representa sobre un escenario. Una cortapisa mental ante la evidencia de que la obra teatral es el resultado final de un trabajo en equipo, quizás por eso se paraliza la imaginación del lector ante el apabullante trabajo de pensar en modo dramaturgia, escenografía, iluminación y Dirección de actores.

El valor narrativo de los diferentes lenguajes que conforman la arquitectura escénica de la función nos lleva a preguntarnos sobre la distancia que hay entre la realidad orgánica que nos rodea y la ficción teatral. ¿Cómo es posible que algo inventado que no existe más allá del escenario alcance el corazón del espectador con más potencia emocional que muchos hechos reales? En ese terreno crecen las dudas de la protagonista que no sabe muy bien dónde está la frontera entre las vicisitudes de la vida y el escenario donde todo lo que sucede está escrito previamente por un autor. La peripecia de nuestra protagonista, más allá de reflexiones metateatrales, nos sitúa ante una duda esencial en nuestro comportamiento cotidiano: ¿Nos limitamos a seguir a pie juntillas el papel que nos han escrito, o somos capaces de dar ese salto de libertad que nos permita ir un poquito más allá?

La selección musical está pensada para subrayar los estados de ánimo por los que pasa la protagonista. Un toque de alegría, ternura y melancolía hasta un puntito de decepción. La interpretación al piano de Enrique Escartín recoge la sutileza de unos temas que a veces evocan el sonido del cabaret alemán con acento político y reivindicación comunitaria, para saltar a una percepción mucho más lúdica de canciones estilo Broadway, diseñadas para asfaltar los caminos por los que transcurre la acción.

La iluminación, escenografía y atrezo tienen un tratamiento aparentemente sencillo bajo la máxima de que todo lo que aparece en escena está ahí para alcanzar un valor narrativo. Un cielo de estrellas y un foco cenital crean un entorno íntimo y agradable, mientras dos escaleras transforman el espacio.

La dirección de Alberto Castrillo-Ferrer utiliza todo este utillaje teatral al servicio de las capacidades interpretativas de una Esther Ballesteros que comenzó un pelín dubitativa. Muy pronto alcanzó el peso dramático y la eficacia necesaria para manejarse con todos los elementos escénicos. Destaca su calidad como cantante gracias a un agradable timbre de voz y una amplia paleta de expresividad que va de la dulzura a la contundencia. Recursos que utiliza con un acierto notable, y que le permite recorrer un arco dramático que conecta la encogida bibliotecaria del inicio, con la rutilante estrella del teatro musical que cierra la función con broche de oro.

'He venido a hablar de mi libro'

Texto y dirección: Alberto Castrillo-Ferrer. Música: Kurt Weill. Dirección musical: Marta Almajano.  Interpreta: Esther Ballesteros. Piano: Enrique Escartín. Vestuario: Marie-Laurie Bernard. Iluminación: Toño Candelas y Mariano Ballestero. Confección Vestuario: Carmen Fernández. Coreografía: Ingrid Magrinyá.

Viernes 19 de enero de 2024. Teatro Arbolé

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03 noviembre 2023

Ay, Carmela

 



‘Ay, Carmela’ sigue vigente cuarenta años después

La Sala Beckett de Barcelona y El Teatro de la Abadía de Madrid andan este otoño homenajeado a Sanchis Sinisterra mediante un festival de lecturas dramatizadas, charlas, mesas redondas y el montaje de clásicos indiscutibles de la historia del teatro nacional como ‘Ay, Carmela’ y ‘Ñaque o de piojos’. Desconozco si es una cuestión del destino, pero el caso es que La calle 47 producciones presentó el pasado mes de octubre en el Teatro del Mercado de Zaragoza la obra ‘Ay, Carmela’ adaptada y dirigida por Alberto Castrillo-Ferrer, y protagonizada por Luis Rabanque y Laura Plano.

La función cuenta la peripecia de dos artistas en un momento muy concreto de la guerra civil. Carmela y Paulino Variedades a lo Fino están actuando en la zona republicana hasta que por la gracia de un despiste y el avance de las fuerzas nacionales cruzan la línea del frente, caen prisioneros y los mandos nacionales bajo la dirección artística de un teniente italiano, deciden celebrar la toma de Belchite con un espectáculo de números musicales, magia y momentos cómicos. Entre el público formado por oficiales y altos mandos se encuentran algunos prisioneros de las Brigadas Internacionales que van a ser fusilados al amanecer. Una de las escenas de la función incorpora la burla explicita contra la República lo que desencadenará la tragedia. Carmela es fusilada y su espíritu oloquesea visita a un Paulino humillado y amarrado al recuerdo.

Sanchis Sinisterra subtituló la obra «Elegía a una guerra civil» y sin embargo, en el programa de mano del estreno en el año 1987 afirmaba que la idea era mostrar como unas determinadas circunstancias bélicas reales «zarandean y hieren a los personajes en un acontecer dramático totalmente ficticio». El soporte para imaginar «la tragedia colectiva» Por eso es importante subrayar que, más allá de lecturas históricas, políticas o sociales, el protagonismo corresponde a los cómicos Carmela y Paulino y dos maneras diferentes de enfrenarse al destino: La auto humillación y la valentía.

El acierto de la adaptación de Castrillo-Ferrer está en poner el foco en la relación entre los dos intérpretes, y hacia ese objetivo orienta las decisiones escénicas con las que ha matizado el texto original para acentuar el lado humano de la peripecia y, sin olvidar la evidente reivindicación sobre la memoria de tantos conciudadanos desaparecidos en las cunetas, apostar por un final que apela al público con la invitación a reflexionar sobre un sentimiento nacional amplio y actual. Pero antes de llegar a ese punto hagamos un recorrido por algunos de las modificaciones realizadas por Castrillo-Ferrer.

Sanchis Sinisterra comienza la obra con una acotación muy clara. «Escenario vacío» con una vieja gramola y una bandera republicana medio quemada. Castrillo-Ferrer hace todo lo contrario situando sobre el escenario elementos de atrezo que participaran con valor narrativo en diferentes fases de la obra. Una mesa y una silla volteadas, una caja de maquillaje, un foco de teatro, una lámpara de pie y un arcón para hacer el primer guiño. Sanchis-Sinisterra utiliza la bandera republicana para cubrir la vieja gramola. Castrillo-Ferrer la mete dentro del arcón.

La mesa va a ser un elemento esencial en el transcurso de la peripecia. Junto al aguardiente será el motor del recuerdo que lleve a Paulino a su niñez en el Seminario. Soporte para que los artistas se maquillen para la función. La consulta grotesca del doctor Tocametoda. El recurso visual en todas estas escenas es el mismo. La mesa mantiene bien juntitos a los protagonistas para potenciar la sensación de unión personal y artística hasta llegar al momento culminante de la función cuando Carmela se une al canto de los milicianos. Sanchis Sinisterra la ha situado sobre el escenario y acota una acción. «Al tiempo que abre y despliega la bandera alrededor de su cuerpo desnudo, cubierto sólo por unas grandes bragas negras. Su imagen no puede dejar de evocar la patética caricatura de una alegoría plebeya de la República.» Mientras tanto Paulino está «angustiado y falsamente jocoso» y muy preocupado porque a Carmela se le ven las tetas. Los sonidos de escena son «los propios de un fusilamiento: pasos marciales, voces de mando y una cerrada descarga de fusilería» al tiempo que «la luz se extingue, excepto una vacilante claridad sobre la figura de Carmela» La versión de Castrillo-Ferrer sitúa a Carmela sobre la mesa que se convierte en el altar de un sacrificio donde se ha eliminado por completo la simbología política. No hay desnudo ni un protagonismo especial de la bandera. La escena del fusilamiento se resuelve con una tenue luz que subraya el abrazo de Paulino y Carmela.

Regresemos al principio de la función. La primera acotación sobre la iluminación del espacio escénico es tan sencilla como «un click enciende una triste lámpara de ensayo» En este caso Castrillo-Ferrer diseña algunas acciones que parecen una coreografía. Paulino tiene un momento tan poético como teatral. Cruza el escenario y tira del cabo de una cuerda para elevar el foco que está en el suelo. Su luz fluctúa hasta detenerse. La acción de Carmela es mucho más prosaica cuando cambia la bombilla de la lámpara de pie con ese aire cotidiano de andar por casa. Es una manera muy teatral y sencilla de marcar las diferentes personalidades de nuestros protagonistas que el texto terminará de alicatar con sus reflexiones sobre el hecho de ser artistas. Paulino tiene una actitud intelectual y con un gran sentido de la dignidad artística, que sin embargo todos percibimos de manera grotesca. Carmela tiene preocupaciones mucho más terrenales y prácticas como la poca calidad de los decorados o del vestuario

La importante decisión de Castrillo-Ferrer de que los protagonistas hagan más acciones tiene la intención final de aumentar la comicidad que ya contiene la versión original. Veamos dos ejemplos.

Carmela comienza el espectáculo que se ofrece a los militares cantando un pasodoble tuneado al gusto del bando nacional. Al finalizar, se queda junto a Paulino que «ordena las hojas, aclara la voz y lee con un énfasis que apenas disimula su inseguridad» un discurso de alabanza patriótica. La comicidad original se sustenta en una Carmela que permanece indiferente junto a Paulino hasta que por aquello del orden desordenado de las hojas, pasa de una alabanza al Caudillo Franco, a la lista de la compra de la compañía. Cuatro kilos de morcillas y dos pares de ligas negras. Paulino aterrado pide perdón mientras Carmela ausente se está arreglando un zapato. La versión de Castrillo-Ferrer añade un efecto cómico clásico. Paulino lee el discurso con Carmela a su lado. En cada punto y seguido en el que Paulino detiene las alabanzas a los invictos salvadores de la Patria, Carmela da por terminado el discurso y camina presurosa hacia el fondo del escenario para seguir la función. Sin embargo lo que sigue es el discurso y Carmela vuelve al lugar inicial. La secuencia se repite varias veces con el evidente disgusto de Carmela a la que el discurso se le está haciendo muy largo.

El segundo ejemplo tiene carácter poético. Paulino «lee con rapsódica entonación» un romance que Federico de Urrutia publicó en su libro de 1938 ‘Poemas de la Falange’ En la versión original Paulino está solo en el escenario hasta que Carmela lo interrumpe después del verso que viste al Cid con la camisa azul de los falangistas. Castrillo-Ferrer opta por un número a dúo. Paulino propone que Carmela traduzca a gestos las bellas palabras del idioma español, y así los extranjeros de la sala comprenderán mejor las esencias del poema. El resultado es desternillante y su grado de patetismo es suficiente para que Castrillo-Ferrar decida acortar la velada que nos están ofreciendo, y eliminar el número del mago «Pau-li-chin» La decisión es acertada porque con todo lo que ha sucedido en el escenario el público ya tienen claro la intención del autor de mostrar a unos cómicos de humor chabacano, mediocre y vulgar. Y sin embargo los queremos.

Hay otras muchas acciones que Castrillo-Ferrer ha incorporado para aumentar la teatralidad cómica. Me gustaron especialmente los momentos en los que Paulino juega con el atrezo para que de manera acrobática desaparezcan del escenario la silla y una escoba. La incorporación más importante de estas pequeñas acciones quizás sea la forma de incidir en la dualidad temporal de una peripecia en la que el tratamiento del tiempo es decisivo para el desarrollo de la acción dramática y así, para que todos lo tengamos claro, cuando Paulino cojea significa que Carmela está muerta.

Pero todo este planteamiento dramático sería imposible sin el excelente trabajo actoral de Luis Rabanaque y Laura Plano. Rabanaque llena de matices el discurso de Paulino modulando sus estados de ánimo desde el tono profesional para hablar con el teniente que también es un artista, hasta el matiz de un miedo que a veces tiene que ver con la guerra, pero también con esa duda que acarrea sobre la calidad de su arte y cómo se enfrenta a los obstáculos de la vida. Ese miedo que le salva la vida pero lo dejará muerto para siempre. Laura Plano está deliciosa dibujando una Carmela carnal en el enfado, la risa y el gozo. Sus matices tienen más que ver con la gestualidad en las manos y un amplio catálogo de caras de ojos bien abiertos, boquitas de piñón y una revolera en las manos para mayor gloria de una copla desgarradora que nos cuenta la vida de una mujer más preocupada por el sufrimiento de una madre polaca, que de la ceguera ideológica a punto de fusilarla. Lo personal por encima de lo político, como en la última escena.

La función de Sanchis Sinisterra termina con el espíritu oloquesea de Carmela sobre el escenario. A su lado Paulino se enfrenta al teatro vacío después de la tragedia. Sin embargo Carmela puede ver a los muertos que la acompañan en su nueva situación. A los milicianos. Al polaco. A ellos se dirige con diversión. «¡Por lo menos ya sabréis decir donde habéis muerto!» La versión de Castrillo-Ferrer se decanta por un pequeño matiz que me parece definitivo. Las últimas palabras de la función se acompañan por una tenue luz de sala que hace visible al público. Carmela rompe la cuarta pared, se situa en el patio de butacas y cambia los destinatario de sus palabras. Ya no habla para los muertos. Carmela se dirige a los españoles de 2023 para preguntarnos si sabemos decir Belchite, Aragón y España. Quién sabe si tres nombres para tres formas de querer a un territorio: Local, autonómico y nacional.

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‘Ay, Carmela’

Producción: La calle 47 Producciones. Autor: José Sanchís Sinisterra. Adaptación y dirección: Alberto Castrillo-Ferrer. Intérpretes, Laura Plano y Luis Rabanaque. Asesora de movimiento: Carlota Benedí. Escenografía y atrezo, Manolo Pellicer. Espacio sonoro, David Angulo. Diseño de luces, Alejandro Gallo. Vestuario, Jesús Sesma. Maquillaje y postizos, Teresa Lozano. Diseño gráfico, Manuel Vicente

29 de octubre de 2023. Teatro del Mercado.



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30 julio 2022

El tiempo de un café



 Bamboleo espacio-temporal

'El tiempo de un café' es una función construida desde dos postulados: El texto teatral siempre está inacabado hasta que se encarna una y otra vez sobre el escenario. La Relatividad Especial de Einstein constata que las mediciones de tiempo y espacio dependen de la percepción relativa del observador. Estas premisas generan un marco de representación donde los personajes dialogan y reflexionan sobre la arquitectura de la ficción, se añaden acciones y palabras nuevas a las que están previamente escritas, y se interpela al púbico para que abandone su habitual papel de receptor y forme parte activa de la creación.

Los espectadores aceptamos con gusto la experiencia de modificar el emplazamiento de nuestro punto de vista para que el espacio teatral, normalmente constituido por la pasividad del púbico y la acción de los actores, se transforme en un espacio dramático que deja de ser un envoltorio, para convertirse en una ósmosis donde la ficción desafía la frontera entre la magia del escenario y la realidad del patio de butacas. El otro protagonista de la función es la doble naturaleza del tiempo teatral: Esos quince minutos en los que hay que elegir si los personajes permanecen anclados a las agujas del reloj mientras toman un café, o se le da vidilla a la velocidad del tiempo para recorrer en un par de réplicas la distancia entre los gruñidos de los primeros homínidos y la cadencia en el fraseo de Shakespeare.

El principal reto de la obra reside en su mayor virtud: La deliciosa necesidad de adaptarse al espacio físico donde se realiza la representación para incorporar nuevos elementos que aumenten la musculatura dramática de un viaje pilotado por Castrillo-Ferrer, la frescura en la interpretación de Lucas Casanova y Claudia Taboada, y la presencia disruptiva de Angelo Crotti.

 

Ficha Técnica 'El tiempo de una café'

Calificación: 3 estrellas

Producción: Gato Negro Teatro y Producciones Mamua. Autores: Yves Hunstad y Eve Bonfanti. Director y Adaptación del texto: Alberto Castrillo-Ferrer. Intérpretes: Lucas Casanova, Claudia Taboada y Angelo Crotti.

Centro Joaquín Roncal. 28 de julio de 2022.

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19 abril 2008

Cabaré de caricia y puntapié

Alberto Castrillo-Ferrer, director de “Cabaré de caricia y puntapié” entró en la zona de comentarios el 21 de abril a las 22:59 para hacer dos correcciones. Ambos errores ya han sido subsanados en el texto y he explicado el motivo de su incursión en la reseña en la misa zona de comentarios, pero además, me ha parecido conveniente reflejarlos en la siguiente entradilla:
El texto de la obra corresponde a un trabajo conjunto entre el director (Alberto Castrillo- Ferrrer) y los dos actores (Jorge Usón y Carmen Barrantes)
La coreografía ha sido realizada por Blanca Carvajal

Mi amigo Pablo leyó el programa de mano mucho antes que todos los demás y así, como quien no quiere la cosa, lanzó la pregunta clave ¿Alguno conoce a Boris Vian? Esta bitácora no es el lugar más adecuado para culpar de todas mis ignorancias a los planes de estudio de las décadas de los setenta y ochenta del siglo pasado. Ese lastre agudizó mi instinto de supervivencia cultural y en un alarde de rapidez mental preparé un cóctel en el que se mezclaban a partes iguales retazos biográficos de Boris Karloff, Boris Yeltsin y Boris Izaguirre, briznas de valor y una desaforada verborrea del no decir nada. Una señora de la fila de delante detectó nuestra desorientación y, justo cuando me disponía a servir la surrealista mezcolanza preparada con los ingredientes de mi despropósito cultural, contestó la pregunta.
Boris Vian (1920-1959) fue ingeniero, novelista, dramaturgo, poeta, traductor, músico y cantante. El desarrollo de su obra literaria y musical fue una de las señas de identidad de la bohemia parisina de los años cuarenta hasta convertirlo, tras su temprana muerte por un infarto, en un artista de culto en Francia.
“Cabaré de caricia y puntapié”, una coproducción de la compañía Gato Negro y el Centro Dramático de Aragón, nos propone un viaje al universo musical de Boris Vian. La particularidad de ese recorrido se encuentra en la utilización de una abultada tesis doctoral como billete. El trayecto académico se inicia con una provocativa afirmación “ustedes [el público] están habituados a aburrirse” y para que las sesudas, extensas y prolijas investigaciones sobre la obra musical de Boris Vian no queden varadas en palabras y más palabras, la presentación se salpimienta con diez de las canciones más representativas del autor francés traducidas por el director de la obra Alberto Castrillo - Ferrer y arregladas por el compositor Miguel Ángel Remiro. De esta manera la dramaturgia, elaborada por el director y los dos actores, transforma el ambiente universitario en un cabaret por el que pasan los más variopintos personajes atrapados en un triángulo “isósceles” de amor, violencia y materialismo.
La escenografía de Manolo Pellicer guarda ese sabor cabaretero que pudo tener la zaragozana sala de espectáculos Oasis o el café cantante El Plata. Un espacio de bambalinas y candilejas sobre el que los actores Jorge Usón y Carmen Barrantes dejan constancia de un brillante trabajo interpretativo que deslumbra por la dificultad que conlleva dar vida a toda la variada fauna que guardan las canciones de Boris Vian. Una compleja estructura dramática que no da ni un segundo de respiro a los actores en constante transformación tanto en la gestualidad, en los acentos y en el vestuario, un acertado diseño de Marie-Laure Bénard. Dos actores en estado de gracia que dan muestra de una enorme soltura a la hora de moldear los recursos propios del cabaret: Las coreografías de Blanca Carvajal subrayan la comicidad de las situaciones y dan dinamismo al espectáculo. El trabajo vocal, potenciado por la batuta de Raquel Agudo, pone la guinda a la representación, las canciones se entienden perfectamente y esa vía de comunicación crea un vínculo muy potente con el público que aplaudió a rabiar cada uno de los temas musicales.
“Cabaré de caricia y puntapié” es un original espectáculo que entre risas, veras y canciones nos muestra las diferentes caras de las relaciones humanas, una dualidad que siempre circula entre caricias y puntapiés


Boris Vian - Je Bois:



Jaime Guevara - "El Desertor" (Boris Vian):

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