La curvatura de la córnea

01 marzo 2025

Un tranvía llamado deseo

 




Una ovación cerrada para el dolor

La reciente lectura de ‘Un tranvía llamado deseo’ me llevó hasta  la tentación de identificar arquetipos para delimitar con nitidez el conflicto dramático. Blanche ocultaba su personalidad con el uso de la mentira y apaciguaba la tristeza mediante la lujuria. El gran atractivo físico de Kowalski mostraba sin complejos la contundente sexualidad de una personalidad simple y agresiva. El destino de Stella era elegir a uno de los dos para vivir en un autoengaño: no ver la barbarie violenta de su marido, o aceptar la fantasía exculpatoria de su hermana.

Mi prejuicio de lector se vino abajo cuando los sonidos de una marcha oscura iluminaron el pasillo central del patio de butacas, la ficción del teatro envolvió de realidad la verdad escénica, y un elenco de campanillas encarnó en sus cuerpos la poesía trágica de un texto en ebullición, que construye identidades por acumulación de matices como la ceguera de quien no sabe convivir, o el miedo que solo es capaz de generar un horizonte de soledad. Ahora los conflictos eran múltiples y de diferente intensidad. Una cuerda floja en la que el trabajo actoral se la jugaba en cada instante.

Pablo Derqui y María Vázquez se enfrentan a Kowalski y Stella con la contención rasgada de unas dentelladas que sangran pero no matan a quienes saben donde están, y sin embargo todavía aspiran a cumplir el sueño americano. La sobriedad de Jorge Usón engrandece un personaje incapaz de lanzarse por la peligrosa pendiente de un amor que puede cambiarle la vida. Nathalie Poza salta sin red sobre un arco dramático que moldea la fragilidad de Blanche, desde la falsedad de una serpentina roja con aroma a jazmín que se tambalea a cada paso, hasta la voz seca y profunda que bucea en el dolor de unos recuerdos que la llevan a la locura, y a una ovación cerrada.

 

‘Un tranvía llamado deseo’

Calificación: 4 estrellas

Producción: Producciones Abu, Milonga Producciones y Teatro Picadero. Autor: Tennessee Williams. Dirección y adaptación: David Serrano. Reparto: Nathalie Poza, Pablo Derqui, María Vázquez, Jorge Usón, Carmen Barrantes, Rómulo Assereto, Mario Alonso, Carlos Carracedo. Escenografía: Ricardo Sánchez Cuerda. Iluminación: Juan Gómez Cornejo.

Jueves 27 de febrero de 2025. Teatro Principal

crítica de teatro: 'Un tranvía llamado deseo': una ovación cerrada para el dolor


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17 abril 2021

El salto de Darwin: El dilema en la selva y la solidaridad social

 


Van diciendo por ahí que la obra El Salto de Darwin de Sergio Blanco es una road movie porque sus protagonistas hacen un largo viaje durante el mes de junio de 1982 por la Ruta Nacional N-40 desde no sabemos muy bien qué lugar hasta el cabo Vírgenes en la Patagonia Argentina, mientras en la radio y la tele se libra la última batalla de la Guerra de las Malvinas. La función está construida sobre la geografía de un viaje iniciático que produce el desplazamiento emocional de una familia que va a esparcir las cenizas del hijo muerto en una guerra austral. Sin embargo yo me apunto a esa teoría de Guillermo Altares que defiende que el western es posible sin caballos, ni indios, ni cowboys, “que los verdaderos westerns hablan de solidaridad, de personas que cruzan el mundo para empezar una nueva vida” y la familia de esta función, más allá de que su vuelta al hogar podría ser el final feliz de una road movie épica, la realidad es que no vamos a saber a ciencia cierta si su viaje se ha terminado en el Sur del Sur, sin embargo sí que estaremos seguros de que sus vidas han cambiado tanto que ya no podrán seguir el argumento de su vida anterior al viaje, y que la nueva vida que se abre ante ellos es la epopeya de un western del siglo XX.

El viaje que nos cuenta la función  es la huida hacia adelante de una familia que busca reconstruir los trozos rotos de sus vidas, por eso afloran los conflictos, las contradicciones y esa encantadora condición humana que tan bien reconocemos desde la butaca, unos en la debilidad de la pareja más joven, otros en todas las retrancas, sobre entendidos y los chispazos que saltan entre la pareja menos joven, y aquí me detengo para resaltar el sobresaliente trabajo de Goizalde Núñez y Jorge Usón dando vida a esa pareja que se conoce tan bien que son capaces de asumir su rol en la pareja con la paciencia de quien sabe que muchas veces las cosas no siempre son como a uno le gustaría que fuesen y que la vida, quien sabe, tal vez sea agarrarse a todas las demás. En esa tesitura las relaciones y la acción dibuja una comedia trágica que muestra una cotidianidad conmovedora como el preámbulo revelará la condición humana del Homo Sapiens, un animal al que todos debemos comprender y perdonar en sus debilidades y que guarda muchas similitudes con los pre neandertales que cuidaron a Benjamina, una niña que nació en Atapuerca hace 530.000 años con una malformación rarísima del cráneo y que, como ocurría con ancianos, débiles, enfermos o discapacitados, se benefició de toda una comunidad volcada en su cuidado. Eran los cuidados especiales para recalcar que, si  Darwin defendía esa máxima de que el individuo mejor adaptado es el que tiene más posibilidades de sobrevivir, el comportamiento social solidario es capaz de dar un salto evolutivo que separa a los humanos del mundo de los animales desde los neandertales hasta el día que el ejército británico venció al ejército argentino en las Islas de las Malvinas.

El salto de Darwin es un muestrario donde amor, humor y dolor tienen un objetivo sanador siempre y cuando todos conduzcan en la misma dirección, la dirección que marca un Ford Falcón de 1971 donde Padre, Madre, Hijo y Novio atraviesan un país y abren sus almas para comprobar que las debilidades humanas son la gasolina que nos ayudan a vivir tal y como somos, gracias a las certezas que nos proporcionan la fe, peto también las mentiras piadosas de esos que están a nuestro lado y que tanto nos aman aunque a veces seamos incapaces de detectarlo.



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15 febrero 2020

La Tuerta o como miramos la vida pasar

La Tuerta, una producción de Nueve de Nueve Teatro, es el estreno en la escritura y la dirección del actor Jorge Usón y, como se lee en el programa de mano, nos encontramos antes un cuento, un esperpento poético.
El valor literario del esperpento es deformar la realidad con la alquimia de lo grotesco para degradar personajes y valores hasta llevarlos al ridículo. La lupa del esperpento funciona especialmente bien cuando se aplica a los poderosos porque difumina la enjundia del cargo y desvela la condición humana que, para regocijo del populacho, suele ser cerril y mentecata. El cuento por su parte hace referencia a la narración de hechos que, aunque suelen ser imaginarios, también se puede aplicar a situaciones costumbristas o de cualquier otra índole porque su esencia es la narración, los cuentos son para contarlos. Jorge Usón ha tomado estos elementos narrativos para jugar en escena con la idea de que un parche en la flor de la vida puede ser el generador de una rabia que te arruine el resto de la vida,
La representación tiene la inapelable virtud de ser estéticamente bella gracias a un espacio escénico diáfano que, construido sobre un lienzo en blanco, aprovecha la extraordinaria iluminación de Gómez-Cornejo y el magnífico subrayado musical de Torsten Weber y Mariano Marín, para arropar a la figura femenina como protagonista total de una composición inspirada en la genialidad de Goya y Velázquez.
La Tuerta navega sobre la idea de que la rabia ante un acontecimiento inesperado, que bien puede ser fruto del azar pero también de la adicción juvenil hacia el amor, lo emocionantemente prohibido y lo peligroso. La pregunta es, ¿Qué es más humano, eliminar la rabia o dejarla que gobierne nuestras vidas para que modifique la lógica reacción humana?
Usón deposita la responsabilidad de la narración de todos los personajes sobre un solo cuerpo que será el demiurgo que impulse la historia en un universo literario en el que intervienen diferentes puntos de vista y es ahí, en la elección de cómo se nos cuenta la historia, donde el drama a veces pierde pie, en esas ocasiones donde el cuento nos deja huérfanos de uno de los personajes, en esos diálogos donde no vemos a los dos personajes, donde solo queda una voz y el espectador tiene que completar la escena. Es un ejercicio arriesgado porque el cuento, si precisa de algo, es de ser contado en su totalidad. Sin embargo, la historia alcanza sus mejores cotas cuando la historia se desdobla en una serie de planos y contra planos en los que aparecen todos los personajes bajo la lupa del esperpento y, al contrario de lo que ocurre  con los poderosos, el esperpento nos deja ver toneladas de humanidad que nos llevan al perdón y la compasión porque los personajes de Usón están ahí para que los amemos en la dualidad de un texto que casi siempre se desarrolla con el lenguaje popular que habla de Tinder, motos y calzoncillos, pero que de repente se eleva por destilación poética a otros aromas mucho más literarios y menos prosaicos.
Pero, más allá de elementos técnicos o literarios, la gran protagonista de la función es la actriz María Jáimez que lidia con la difícil tarea de alternar la interpretación de todos los personajes a través de la voz, la actitud y la coreografía. La actriz compone cuadros notables a lo largo de todos los vaivenes del cuento, tanto en escenas donde la acción lo es todo, como cuando la palabra es la protagonista de lienzo, incluso en esas pausas donde el silencio se llena con su mirada. Durante la representación no pude dejar de mirarla, estuve con ella, la quise y ahora la quiero aún más, sentí los latidos de su corazón y el aliento de sus pulmones pero todo se quedó ahí, al bordecito, al ladito de esa raya que traspasa la emoción y te rompe. Sin embargo, cuando el oscuro final se la llevó, le dediqué el más fuerte y prolongado de mis aplausos porque, ante un desafío como el que representa La Tuerta, la única respuesta posible es el agradecimiento.
Vayan ustedes a ver a La Tuerta para reflexionar sobre esos caprichos de la vida que a veces nos quita lo que más queremos o necesitamos, y sin embargo está en nuestras manos la decisión de cómo miramos al mundo, y si lo hacemos con un ojo, con dos o tras los cristales tintados de unas gafas que filtren el perdón, la risa, la tristeza o el amor.

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20 mayo 2013

Cuando la amistad se cocina “Al Dente”




La tormenta se quedó en la M-40 y Madrid nos recibió rojiblanca desde Atocha a la fuente de Neptuno, donde los colchoneros del Atlético tocaban el claxon, agitaban bufandas y sonreían felices por ganar la Copa de Rey frente al eterno rival. Más allá, cuando el Paseo del Prado se hace Recoletos, justo antes de llegar al Centro de Arte Fernando Fernán Gómez, Javier Lostalé en La Estación Azul de Radio Nacional hablaba del teatro de Chejov. El autor ruso, decía, recurre a la acción indirecta, es decir que los sucesos ocurren fuera de la escena mientras los personajes los perciben con frustración. Como nos recuerda Joaquín Melguizo, algo muy parecido ocurre en la construcción dramática de “Al dente” cuyo “principal atractivo radica en el peso que tiene lo extraescénico, lo que sucede fuera de escena permaneciendo oculto a los ojos del público”
El motivo de este doble plano narrativo es la reunión alrededor de una cena de un grupo de amigos que, tras la ruptura amorosa de dos de ellos y la posterior división en dos bandos, han pasado diez años sin verse. La tensión del reencuentro provoca un ir y venir desde el salón hasta la cocina que se convierte en el espacio donde transcurre la obra y marca la frontera entre lo real y lo imaginario. La cocina de “Al dente” es un lugar donde se destila la realidad, mientras en el “living”, a tropecientos metros de distancia, se produce una acción en paralelo que el espectador no puede ver pero que conoce a la perfección gracias al transito de los personajes de un plano a otro. El pasillo es el trecho que separa la vida de los sueños. Mientras que en el salón todo es posible - desde una victoria rotunda del azar hasta el éxito catódico, social y económico –, la cocina es el ancla con la realidad y el teléfono, ese invento capaz de comunicarnos con el otro lado del planeta, se encarga de mantener a los personajes atados a este mundo. Cuatro personajes en escena y cada uno de ellos como representante de un estereotipo, una etiqueta para elegir entre quienes ya tenemos cuarenta años cumplidos: La anfitriona felizmente casada o no tanto. El hermano vividor. El amigo amargado por la excesiva lucidez de ver la vida desde las antípodas y la mujer inteligente, atractiva y con aspiraciones. Al otro lado de la puerta los que no vemos. La mujer de silicona, el marido ejemplar y el triunfador con un estatus social diferente, elevado, estamos hablando de la nueva jet encumbrada por la tele y otras zarandajas. Cuatro personajes que van y vienen a través de una puerta cervantina capaz de conectar dos universos: Los sueños del Quijote y la realidad de Sancho. En ese ir y venir descubrimos la relación que cada uno de los personajes mantiene entre la quimera y lo real: Claudio está plantado en la realidad, abrazado a su piedra de la verdad, visita el mundo imaginario como un notario que anota todo lo que ve. Miranda vive en la frontera, una línea que todavía le permite dar un pasito y olvidar la realidad durante el tiempo que dura un musical. Pipo, adicto a lo imaginario, solo surfea la realidad para abastecerse de comida, bebida y cash, sin embargo Penélope, que vive instalada cómodamente en lo imaginario, se enfrente a la realidad con la curiosidad de quien ve un documental sobre antropología y comportamiento social. La hora de la verdad llega para todos ellos cuando la rabia contenida, las ganas de gustar y los silencios vengativos dejan paso al lance final que los sitúa en el sitio que merecen. Se admiten apuestas pero yo les recomiendo que vayan a ver la función para ver el desenlace.
Alberto Castrillo, además de ejercer las funciones de Chef, es el responsable de construir un texto que mantiene el interesante entramado argumental, de salpimentar con humor las situaciones que por momentos nos invitan a la reflexión. Un juego que los actores entienden y ejecutan con brillantez. En este aspecto no puedo evitar la comparación de esta función con las sensaciones que recuerdo del estreno zaragozano de marzo del año pasado en el Teatro del Mercado.
Carmen Barrantes mantiene esa deliciosa elegancia que la lleva, en viaje inverso al de Alicia, desde la compañía del sombrerero hasta el balcón de un pueblo que huele a cerdo. Jorge Usón está arrollador y sigue siendo una explosión cómica, todas y cada una de sus entradas en escena son como la erupción de un volcán. Es en los otros dos componentes del elenco en los que he notado como han pasado en su interpretación de lo bueno a lo mejor. Laura Gómez – Lacueva mantiene toda la intensidad cómica de su personaje a la vez que ha profundizado en sus aspectos más reflexivos y ha limpiado muchas acciones para conseguir que la maraña emocional en que está atrapada quede nítida y fresca a los ojos del espectador. Hernán Romero ha hecho un viaje parecido pero en dirección contraria. Su personaje ha moldeado su actitud cetrina para, desde su papel de Pepito Grillo que todo lo retuerce en dirección al pesimismo, conseguir mostrarnos algunos resquicios de luz que nos ayudan a quererlo, es muy difícil ser un cenizo y conseguir que el público te guarde un poco de su ternura, ahí radica la magia de su interpretación.
El resultado de este guiso estuvo sentenciado por el premio de una cerrada y extensa ovación. “Al dente” es un excelente espectáculo para, como dice su director, que ustedes lo disfruten. Y yo, que aún ando preocupado por la fortuna de los personajes de la obra, quiero terminar esta nota con un regalo para los cuatro, un poema de Luís García Montero titulado “Compañero” y que dice así:
 
Cada cual tuvo entonces un origen distinto.

Yo sé dónde acabaron nuestras revoluciones,
¿pero dónde empezaban nuestros sueños?

Si empezaron por culpa del dolor,
hay motivos recientes para seguir soñando.
Si empezaron por culpa
de nuestra envenenada estupidez,
puedes seguir soñando,
pues también hay motivos.



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19 abril 2008

Cabaré de caricia y puntapié

Alberto Castrillo-Ferrer, director de “Cabaré de caricia y puntapié” entró en la zona de comentarios el 21 de abril a las 22:59 para hacer dos correcciones. Ambos errores ya han sido subsanados en el texto y he explicado el motivo de su incursión en la reseña en la misa zona de comentarios, pero además, me ha parecido conveniente reflejarlos en la siguiente entradilla:
El texto de la obra corresponde a un trabajo conjunto entre el director (Alberto Castrillo- Ferrrer) y los dos actores (Jorge Usón y Carmen Barrantes)
La coreografía ha sido realizada por Blanca Carvajal

Mi amigo Pablo leyó el programa de mano mucho antes que todos los demás y así, como quien no quiere la cosa, lanzó la pregunta clave ¿Alguno conoce a Boris Vian? Esta bitácora no es el lugar más adecuado para culpar de todas mis ignorancias a los planes de estudio de las décadas de los setenta y ochenta del siglo pasado. Ese lastre agudizó mi instinto de supervivencia cultural y en un alarde de rapidez mental preparé un cóctel en el que se mezclaban a partes iguales retazos biográficos de Boris Karloff, Boris Yeltsin y Boris Izaguirre, briznas de valor y una desaforada verborrea del no decir nada. Una señora de la fila de delante detectó nuestra desorientación y, justo cuando me disponía a servir la surrealista mezcolanza preparada con los ingredientes de mi despropósito cultural, contestó la pregunta.
Boris Vian (1920-1959) fue ingeniero, novelista, dramaturgo, poeta, traductor, músico y cantante. El desarrollo de su obra literaria y musical fue una de las señas de identidad de la bohemia parisina de los años cuarenta hasta convertirlo, tras su temprana muerte por un infarto, en un artista de culto en Francia.
“Cabaré de caricia y puntapié”, una coproducción de la compañía Gato Negro y el Centro Dramático de Aragón, nos propone un viaje al universo musical de Boris Vian. La particularidad de ese recorrido se encuentra en la utilización de una abultada tesis doctoral como billete. El trayecto académico se inicia con una provocativa afirmación “ustedes [el público] están habituados a aburrirse” y para que las sesudas, extensas y prolijas investigaciones sobre la obra musical de Boris Vian no queden varadas en palabras y más palabras, la presentación se salpimienta con diez de las canciones más representativas del autor francés traducidas por el director de la obra Alberto Castrillo - Ferrer y arregladas por el compositor Miguel Ángel Remiro. De esta manera la dramaturgia, elaborada por el director y los dos actores, transforma el ambiente universitario en un cabaret por el que pasan los más variopintos personajes atrapados en un triángulo “isósceles” de amor, violencia y materialismo.
La escenografía de Manolo Pellicer guarda ese sabor cabaretero que pudo tener la zaragozana sala de espectáculos Oasis o el café cantante El Plata. Un espacio de bambalinas y candilejas sobre el que los actores Jorge Usón y Carmen Barrantes dejan constancia de un brillante trabajo interpretativo que deslumbra por la dificultad que conlleva dar vida a toda la variada fauna que guardan las canciones de Boris Vian. Una compleja estructura dramática que no da ni un segundo de respiro a los actores en constante transformación tanto en la gestualidad, en los acentos y en el vestuario, un acertado diseño de Marie-Laure Bénard. Dos actores en estado de gracia que dan muestra de una enorme soltura a la hora de moldear los recursos propios del cabaret: Las coreografías de Blanca Carvajal subrayan la comicidad de las situaciones y dan dinamismo al espectáculo. El trabajo vocal, potenciado por la batuta de Raquel Agudo, pone la guinda a la representación, las canciones se entienden perfectamente y esa vía de comunicación crea un vínculo muy potente con el público que aplaudió a rabiar cada uno de los temas musicales.
“Cabaré de caricia y puntapié” es un original espectáculo que entre risas, veras y canciones nos muestra las diferentes caras de las relaciones humanas, una dualidad que siempre circula entre caricias y puntapiés


Boris Vian - Je Bois:



Jaime Guevara - "El Desertor" (Boris Vian):

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