La curvatura de la córnea

12 diciembre 2021

El caballero incierto

 



Una actriz impecable para un caballero incierto

“El caballero incierto”, una producción de Teatro Español – Producciones Come y Calla, se gestó cuando la actriz Silvia de Pé descubrió a Josefina Aznárez en la novela “La Carne” de Rosa Montero, y sintió la necesidad de darle una nueva vida sobre el escenario.

Laila Ripoll ha escrito un texto donde la acción dramática transcurre entre saltos temporales y diferentes puntos de vista hasta construir una historia tan atractiva como eficaz. Nos encontramos ante un relato de gran musculatura narrativa capaz de cambiar el ritmo, alimentar la sensación de misterio y crear una fuerte tensión emocional con un patio de butacas que intenta descubrir si Josefina es sombra real, fantasma de un sueño o la forma simbólica que convierte el escenario en un escaparate donde mostrar la condición humana. Esta sólida base narrativa se asienta en una escenografía que, detallista en los enseres y práctica para la narración, se aderezada con un espacio sonoro y una iluminación destinadas a subrayar la intriga, aportar densidad espacial y poner a punto los engranajes técnicos y dramáticos y así, convertir los sueños de una lectora de novelas en el motor que arranca la maquinaria del teatro.

“El caballero incierto”, dirigida con precisión por Castrillo-Ferrer y Recuenco, es un reto interpretativo al que Silvia de Pé se enfrenta cabalgando frases que piden aire, o trotando palabras que reclaman latido y corazón, cuida el gesto pequeño, se desenvuelve con soltura por la peligrosa línea que separa los movimientos que componen un personaje sin llegar a ridiculizarlo, y construye un universo donde la emoción y la fantasía se agitan gracias a la metamorfosis que transforma una cosa en otra, o la duplicidad enfermiza que mezcla el brillo de los sueños por vivir con la atrocidad que reclama el drama.

 

Ficha Técnica de “UN CABALLERO INCIERTO”

Calificación: 4 estrellas

Texto: Laila Ripoll a partir de un personaje de Rosa Montero, Dirección: Alberto Castrillo-Ferrer y José Recuenco. Interpretación: Silvia de Pé. Escenografía: Anna Tusell Iluminación: Juan Gómez Cornejo. Espacio sonoro: David Ángulo


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31 octubre 2021

Malabrocca el pícaro de la bicicleta

 



La primera maratón olímpica femenina fue en Los Ángeles´84 y la atleta Joan Benoit se llevó el reconocimiento de todo el estadio como la primera ganadora de la prueba. Gabriela Andersen de 39 años entró en el Memorial Sports Arena veinte minutos más tarde, lo hizo tambaleándose, con la gorra ladeada, deshidratada y desorientada. Se negó a recibir asistencia médica y, ante un púbico maravillado, dio toda la vuelta a la pista para desplomarse cuando cruzó la línea de meta. Sin lugar a dudas fue la atleta más aplaudida de aquellos juegos olímpicos. El público mostraba su reconocimiento a alguien que se entrega hasta el final con independencia del puesto que ocupaba en la clasificación porque el mérito estaba en superar los límites personales. Grabiela Andersen se convirtió en una heroína.

El ciclista Malabrocca ya había experimentado la sensación del reconocimiento del público en el Giro de 1946 cuando se clasificó el último de la competición, y se convirtió en un héroe popular al que el pueblo aplaudía porque lo importante era pedalear hasta el final. El puesto era lo de menos. La diferencia entre Gabriela Andersen y Luigi Malabrocca fue que el italiano comprendió muy pronto la idiosincrasia de un negocio en el que sus emolumentos aumentaban si llegaba el último y así, muy pronto planificó sus carreras para terminar en  el último lugar. Pasó de la épica del héroe a la travesura del pícaro.

El Gato Negro presentó en el Teatro del Mercado de Zaragoza la obra Malabrocca, una versión teatral inspirada en la novela Maglia Nera de Matteo Caccia que, traducida y adaptada por Rafa Blanca, nos cuenta las aventuras y desventuras de un ciclista para convertirse en el eterno perdedor al que los espectadores adoran.

La narración de la picaresca tradicionalmente es responsabilidad de Juglares y trovadores como los interpretes más adecuados para captar la atención del auditorio y será por eso que, en cuando Rafa Blanca se presentó sobre el escenario, arqueó las cejas, abrió los ojos, encogió los hombros y sonrió, sentí que comenzaba el juego de contar historias, la hora de los romances de ciego y así el actor, en lugar de apuntar con un bastón sobre las viñetas que ilustran la historia, se pertrechó con un sombrero, unas gafas y  par de maletas como elementos para saltar de un capítulo al siguiente, de personaje a otro, auto tunear las cuerdas vocales para conseguir voces diferentes y componer escenas multitudinarias, el arte de la interpretación a la vista de todos, sin trampa ni cartón, si acaso con la ayuda de un espacio sonoro y unos audiovisuales tan sencillos como eficaces y que aportaban densidad a una narración que se percibía clara, diáfana, con un magnetismo que atrapaba. La aparente sencillez de quien cuenta anécdotas en clave de humor, sin embargo dejaba espacio para mostrar el contexto histórico en el que se desarrollaba la historia, un país devastado por la guerra de carreteras destrozadas y sin combustible donde la bicicleta se convirtió en el medio de transporte de las gentes populares, que veían en el esfuerzo de los ciclistas la metáfora de sus vidas.

La responsabilidad de llevar hacia adelante toda la arquitectura teatral del texto, la interpretación y la coordinación con los efectos técnicos recae en la excelente cadencia del pedaleo de Rafa Blanca y sin embargo, cuando el humor tapizaba todo el ambiente, la función tuvo un momento para detenerse, Blanca se bajó del carrusel de personajes y, desde los ojos quien sabe si del actor o del hombre, contó la gesta de las gestas de la historia del ciclismo mundial y fue ahí, cuando el desenlace fue recibido por los espectadores con una abrumador silencio, cuando noté el pinchazo de la emoción.

Malabrocca es una función en la que se destila la esencia del teatro, la importancia de la voz desentraña una narración aliñada del buen gusto en candilejas, canciones y sonidos para convertir la tragedia de la vida en esa proteína del humor que te obliga a cambiar de piñón para ascender la montaña de la reflexión.


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31 octubre 2020

Ser o no ser: Meta teatro al rescate

 


“Ser o no ser, esa es la cuestión” es la primera frase del monólogo de Hamlet que Shakespeare escribió en 1603. La frase es una referencia que todo el mundo conoce y representa la atribulación del ser humano frente a la realidad y el deseo, frente a una manera de sobrevivir o la inmediatez de morir, ese terrible momento donde nos preguntamos por el sentido y el propósito de nuestras vidas frente a todos los imposiciones que nos trae la fortuna, los terraplanistas y la Covid-19. La duda de Hamlet ha sobrevolado sobre nosotros durante más de cuatro siglos y sobre ella surfea Lucha Franceschi para escribir esta obra de teatro que, con el pretexto de presentar los Shakespeare Soliloquios Hits, nos invita a viajar al mundo interior del teatro, ese lugar donde conviven, actores, personajes y público, la Santa Trinidad de todo buen espectáculo.

La compañía El Gato Negro ya nos invitó a realizar un viaje a las tripas del teatro en su función Ildebrando Biribó, que reestrenada en el Teatro Arbolé en febrero del año pasado para celebrar el 20 aniversario de la compañía, nos mostró un recorrido arqueológico por el hecho teatral gracias a ese momento en blanco que a veces sufren los actores en escena. “Ser o no ser”, aunque también desvela las interioridades del mundo teatral, su recorrido tiene mucho más de reflexión filosófica o de diván del psicólogo porque nos muestra esa extraña relación que une al actor con su personaje sin que sepamos muy bien cuál de los dos roles es el principal a la hora de que el trabajo progrese hacía un hecho escénico potente y cautivador porque, si bien es cierto que el teatro necesita de autores que escriban las palabras y de un público que las reciba…, ¿Quién hace posible la alquimia para conectar esos dos mundos: el actor o el personaje?

La respuesta es complicada y, aunque en esta función se cuenta con la colaboración de Shakespeare, un escritor capaz de jugar las bazas del odio y el amor, la comedia y el drama, la vida y la muerte, un autor cuyas palabras crean universos que definen paradigmas y sin embargo, las palabras por si solas no son suficientes, por eso es tan importante la demostración empírica que Alberto Castrillo Ferrer realiza sobre las tablas para demostrar que la piel y el corazón de los actores determinan el devenir de las palabras escritas en los libretos, y como uno de esos actores de sartenazo y tentetieso es capaz de destrozar el mejor de los monólogos dramáticos porque la interpretación, lejos de construirse con aspavientos mecánicos y ondulaciones vocales, es un oficio de brujería que necesita adueñarse del alma de los personajes, esos seres escurridizos que viven en la mente de los autores, bueno, o quizás sea al revés, que los personajes se adueñen de los actores para servirse de ellos como un simple soporte biológico que les permita materializarse sobre un escenario, ¿quién sabe? Sin embargo, y en cualquiera de las dos suposiciones, el motor que mueve la función “Ser o no ser”, en palabras de la compañía, es “un grito por la creación sincera y personal”, porque sobre el escenario no es posible la tabla y el cartón, bajo los focos, el actor-personaje solo puede sobrevivir aceptando la búsqueda de su propia condición para regala al público en todas y cada una de las funciones. “Ser o no ser” tiene toda esta tramoya argumental detrás y sin embargo, lo que hace más grande el espectáculo, es que navega con fluidez por los mares de un humor que casi siempre es blanco pero también apunta hacia el centro del blanco con el que imaginamos a los poderosos.

La portentosa actuación de Alberto Castrillo Ferrer, celebrada con una prolongada y cerrada ovación, sostiene este universo meta teatral con fluidez y un dominio de la escena tan de verdad que, siendo conscientes de nuestra condición de público, asistimos entre risas al desfile de la vida, y quien sabe, quizás el espacio de la reflexión se encuentre en eses camino que va desde las candilejas del teatro hasta la inquietante oscuridad de la noche, y como de a poquitos nos alejamos de la relación público-actor-personaje para dejarnos atrapar por los desvelos, los miedos y las alegrías que conlleva nuestra condición de seres humanos.

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20 mayo 2013

Cuando la amistad se cocina “Al Dente”




La tormenta se quedó en la M-40 y Madrid nos recibió rojiblanca desde Atocha a la fuente de Neptuno, donde los colchoneros del Atlético tocaban el claxon, agitaban bufandas y sonreían felices por ganar la Copa de Rey frente al eterno rival. Más allá, cuando el Paseo del Prado se hace Recoletos, justo antes de llegar al Centro de Arte Fernando Fernán Gómez, Javier Lostalé en La Estación Azul de Radio Nacional hablaba del teatro de Chejov. El autor ruso, decía, recurre a la acción indirecta, es decir que los sucesos ocurren fuera de la escena mientras los personajes los perciben con frustración. Como nos recuerda Joaquín Melguizo, algo muy parecido ocurre en la construcción dramática de “Al dente” cuyo “principal atractivo radica en el peso que tiene lo extraescénico, lo que sucede fuera de escena permaneciendo oculto a los ojos del público”
El motivo de este doble plano narrativo es la reunión alrededor de una cena de un grupo de amigos que, tras la ruptura amorosa de dos de ellos y la posterior división en dos bandos, han pasado diez años sin verse. La tensión del reencuentro provoca un ir y venir desde el salón hasta la cocina que se convierte en el espacio donde transcurre la obra y marca la frontera entre lo real y lo imaginario. La cocina de “Al dente” es un lugar donde se destila la realidad, mientras en el “living”, a tropecientos metros de distancia, se produce una acción en paralelo que el espectador no puede ver pero que conoce a la perfección gracias al transito de los personajes de un plano a otro. El pasillo es el trecho que separa la vida de los sueños. Mientras que en el salón todo es posible - desde una victoria rotunda del azar hasta el éxito catódico, social y económico –, la cocina es el ancla con la realidad y el teléfono, ese invento capaz de comunicarnos con el otro lado del planeta, se encarga de mantener a los personajes atados a este mundo. Cuatro personajes en escena y cada uno de ellos como representante de un estereotipo, una etiqueta para elegir entre quienes ya tenemos cuarenta años cumplidos: La anfitriona felizmente casada o no tanto. El hermano vividor. El amigo amargado por la excesiva lucidez de ver la vida desde las antípodas y la mujer inteligente, atractiva y con aspiraciones. Al otro lado de la puerta los que no vemos. La mujer de silicona, el marido ejemplar y el triunfador con un estatus social diferente, elevado, estamos hablando de la nueva jet encumbrada por la tele y otras zarandajas. Cuatro personajes que van y vienen a través de una puerta cervantina capaz de conectar dos universos: Los sueños del Quijote y la realidad de Sancho. En ese ir y venir descubrimos la relación que cada uno de los personajes mantiene entre la quimera y lo real: Claudio está plantado en la realidad, abrazado a su piedra de la verdad, visita el mundo imaginario como un notario que anota todo lo que ve. Miranda vive en la frontera, una línea que todavía le permite dar un pasito y olvidar la realidad durante el tiempo que dura un musical. Pipo, adicto a lo imaginario, solo surfea la realidad para abastecerse de comida, bebida y cash, sin embargo Penélope, que vive instalada cómodamente en lo imaginario, se enfrente a la realidad con la curiosidad de quien ve un documental sobre antropología y comportamiento social. La hora de la verdad llega para todos ellos cuando la rabia contenida, las ganas de gustar y los silencios vengativos dejan paso al lance final que los sitúa en el sitio que merecen. Se admiten apuestas pero yo les recomiendo que vayan a ver la función para ver el desenlace.
Alberto Castrillo, además de ejercer las funciones de Chef, es el responsable de construir un texto que mantiene el interesante entramado argumental, de salpimentar con humor las situaciones que por momentos nos invitan a la reflexión. Un juego que los actores entienden y ejecutan con brillantez. En este aspecto no puedo evitar la comparación de esta función con las sensaciones que recuerdo del estreno zaragozano de marzo del año pasado en el Teatro del Mercado.
Carmen Barrantes mantiene esa deliciosa elegancia que la lleva, en viaje inverso al de Alicia, desde la compañía del sombrerero hasta el balcón de un pueblo que huele a cerdo. Jorge Usón está arrollador y sigue siendo una explosión cómica, todas y cada una de sus entradas en escena son como la erupción de un volcán. Es en los otros dos componentes del elenco en los que he notado como han pasado en su interpretación de lo bueno a lo mejor. Laura Gómez – Lacueva mantiene toda la intensidad cómica de su personaje a la vez que ha profundizado en sus aspectos más reflexivos y ha limpiado muchas acciones para conseguir que la maraña emocional en que está atrapada quede nítida y fresca a los ojos del espectador. Hernán Romero ha hecho un viaje parecido pero en dirección contraria. Su personaje ha moldeado su actitud cetrina para, desde su papel de Pepito Grillo que todo lo retuerce en dirección al pesimismo, conseguir mostrarnos algunos resquicios de luz que nos ayudan a quererlo, es muy difícil ser un cenizo y conseguir que el público te guarde un poco de su ternura, ahí radica la magia de su interpretación.
El resultado de este guiso estuvo sentenciado por el premio de una cerrada y extensa ovación. “Al dente” es un excelente espectáculo para, como dice su director, que ustedes lo disfruten. Y yo, que aún ando preocupado por la fortuna de los personajes de la obra, quiero terminar esta nota con un regalo para los cuatro, un poema de Luís García Montero titulado “Compañero” y que dice así:
 
Cada cual tuvo entonces un origen distinto.

Yo sé dónde acabaron nuestras revoluciones,
¿pero dónde empezaban nuestros sueños?

Si empezaron por culpa del dolor,
hay motivos recientes para seguir soñando.
Si empezaron por culpa
de nuestra envenenada estupidez,
puedes seguir soñando,
pues también hay motivos.



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