La curvatura de la córnea

06 febrero 2024

The Book Of Mormon

 


El trayecto musical de Malinowski

El musical ‘The Book of Mormon’ se alimenta de dos universos que aparentemente están en las antípodas: La composición musical de Robert López con éxitos de comedias musicales para la familia como ‘Frozen’ y ‘Coco’, frente al texto de Trey Parker y Matt Stone creadores de la serie animada de televisión ‘South Park’ y su humor satírico con el que se burla y ridiculiza a la sociedad. El resultado de la suma es desternillante. La producción española tiene un brillo especial gracias a que a la versión original se han sumado excelentes trabajos locales: David Serrano aporta una dirección ágil y vertiginosa para que su trabajo de traductor mantenga el pulso de un humor que nunca decae. Las coreografías de Iker Karrera que, exentas de sus habituales dinámicas corporales con gestualidad cortante, se centra en la energía de movimientos sincronizados para que la individualidad de cada personaje proporcione la sensación grupal de comunidad característica de los feligreses más entregados a la causa. Las interpretaciones vocales también respiran ese aroma comunitario con ejecuciones individuales de una portentosa calidad como las canciones a cargo Aisha Fay. Pero si además añadimos unas exposiciones narrativas sustentadas en dicciones limpias y contundentes que fluyen hasta crear un conjunto dramático que funciona con la energía y la precisión de una máquina perfectamente engrasada.

El magnífico envoltorio de la comedia musical está al servicio de una peripecia jalonada por situaciones de humor y chascarrillos que hacen chanza de la religión, el imperialismo occidental y unos nativos ugandeses que ponen del revés conceptos de moral aparentemente universales. Desde el escenario se cita al antropólogo Malinowski como el responsable final de lo que allí está ocurriendo. Esa es una buena excusa para introducir su teoría sobre y magia y religión como la gasolina que alimenta la peripecia de la representación.

El conflicto principal se produce entre la miseria que asola a los habitantes de Uganda en forma de sida y señores de la guerra, y la aspiración ingenua e inocente de dos misioneros mormones que luchan por el objetivo de bautizar al número más elevado de infieles mediante la metodología que les han enseñado. Sin embargo la mera declamación de la palabra de Dios no funciona.

Este fracaso inicial en la captación de fieles está relacionado con el enunciado de Malinowki que afirma que un sistema de creencias tiene que explicar el mundo con la finalidad de satisfacer las necesidades humanas básicas. Sin embargo ‘El libro del Mormón’ fracasa en Uganda porque la palabra de Dios que se recoge en sus páginas, está destinada a formar la iglesia de los pueblos antiguos de América como la tercera temporada de la Biblia después del Antiguo y el Nuevo Testamento. Un objetivo muy alejado de los problemas cotidianos y reales de los infieles que pretende captar.

La misión evangelizadora pasa por un momento de crisis. El mejor preparado de la pareja de misioneros mormones es incapaz de soportar el fracaso y abandona. Sin embargo el que nos ha hecho reír con su torpeza toma la iniciativa, da rienda suelta a la imaginación y adapta el mensaje bíblico ortodoxo que le han enseñado a las necesidades locales de los nativos. Y funciona. Es lo que Malinowski define como magia funcional: Una exposición narrativa sin relación con la lógica y el conocimiento científico. Un relato con la capacidad inmediata de conectar el orden práctico de la vida real con el orden mágico.

Los primeros éxitos le motivan y aumenta el delirio por obtener nuevos feligreses. Ya no hay vuelta atrás, la imaginación se desboca y se empiezan a mezclar la teología tradicional con nuevos relatos en los que intervienen las deidades modernas del universo pop. ¿Se imaginan un relato bíblico con el featuring de Star Wars, tu superhéroe favorito y las criaturas de las novelas de Tolkien y Rowling. Este cambio de paradigma es posible porque los ugandeses son conscientes de su incapacidad para solucionar los enormes problemas que los asolan. Sin embargo los nuevos relatos bíblicos en los que personajes como Yoda, Batman y Harry Potter intervienen de manera directa en los acontecimientos sagrados, se convierten en revulsivo inesperado para unir las voluntades de los oprimidos, hasta auto convencerse de que pueden luchar por un futuro mejor. Una ilusión que provocará la conversión en masa de los nativos.

La subversión de los dogmas así tan a la ligera parece una locura, pero no sé crean, en realidad tiene precedentes históricos. Pio IX en 1854 declaró la concepción inmaculada de la virgen María sin el soporte doctrinal de algún texto cristiano. El profeta mormón Joseph Smith hizo algo muy parecido en 1830 cuando creó el movimiento de los Santos de los Últimos Días a partir del convencimiento de que el Libro del Mormón era un nuevo testamento de Jesucristo que, añadido a la Biblia, contenía la palabra de Dios para los pueblos antiguos de América.

Pero la irreverencia más incómoda de la función no se sitúa tanto en el plano religioso como en la distorsión provocada por un texto que hace chocar una visión localistas de una tribu de Uganda con sus consideraciones morales y religiosas con la percepción occidental. El resultado es una avalancha de carcajadas al servicio de un humor satírico, irreverente y obsceno en el que las situaciones se exageran hasta llevarlas a un extremo que, casi sin darte cuenta, te deja un extraño sabor de boca cuando te das cuenta de que te estás estar riéndote de injusticias y barbaridades. El reto es superar esa sensación, no arrepentirte de tus carcajadas, ni sentirte culpable. Todo para mayor gloria de la comedia.

La misión evangelizadora ha sido un éxito tan incontestable que se produce un giro final muy importante. Una vez solucionado los inconvenientes locales mediante la introducción de elementos mágicos fuera de toda lógica, se instala la necesidad de regresar al uso ordinario de la religión mediante los textos sagrados, pero claro, esos textos que llegaron desde Estados Unidos ahora se han modificado con la incorporación de los nuevos profetas del universo pop. Un cambio con suficiente profundidad teológica como para crear una nueva religión sustentada sobre un nuevo libro sagrado que podríamos titular…. :Nuevo Testamento para los pueblos Africanos. Es una manera de cerrar con la teoría de Malinowski y recordar que cuando ya no se necesita la utilidad de la magia, regresa la estabilidad de los valores establecidos por la religión.

Toda esta peripecia está mucho más cerca de nosotros de lo podríamos pensar. A mediados de los años ochenta una amiga mía me llamó desde la Universidad Laboral. Quería que fuera a la Basílica del Pilar para poner una vela y rogar a la Virgen para que la ayudara a aprobar el examen de matemáticas del viernes.

Colgué el teléfono, le conté el encargo a mi madre y ella, desde la convicción de sus creencias católicas, apostólicas y romanas me dijo: Haz el recado pero recuérdale a tu amiga que el mejor método para aprobar el examen de matemáticas es estudiar todo lo necesario. Mi madre no necesitaba de la magia para satisfacer sus necesidades religiosas mientras mi amiga, después de aprobar el examen por medio de la magia, volvió a la tranquilidad de la religión para dar gracias a la Virgen en la misa del domingo.

Los africanos del musical y mi amiga recorren el trayecto de Malinowski. Ante la duda sobre la efectividad práctica de la religión acuden a la magia para solucionar un problema inmediato. Esa solución es la que los empuja de nuevo al seno de la religión.

 

Teatro Calderón de Madrid. 17 de diciembre de 2023


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04 diciembre 2022

Matilda: Un musical maravilloso con un potente mensaje

 



Ronald Dahl escribió Matilda en 1988, una novela de la que no tengo ninguna referencia. Mi acercamiento al personaje se debe a la adaptación cinematográfica dirigida por Dany De Vito en 1996, que se queda muy alejada en calidad de la excelente máquina narrativa que supone el musical realizado en 2010 por la Royal Shakespeare Company, cuya version española se representa en el Nuevo Teatro Alcalá de Madrid.

Matilda es un musical impecable. Narración, partitura y coreografía encajan perfectamente en una dramaturgia que incorpora otras artes escénicas en forma de narración oral y lenguaje circense. El trabajo actoral es sobresaliente y gracias a un amplio elenco, el reparto de cada función se va alternando, pero es fácil imaginar que el nivel de interpretación será muy parecido en todas los pases para conseguir números musicales tan elocuentes como el lirismo de unos columpios gigantes que nos recuerdan que cuando eres mayor siempre tienes preguntas por responder, la locura de unas habitaciones apiladas donde la noche es un no parar de cantar y bailar, o la emocionante coreografía de una revolución que pone en valor la importancia de los pupitres.

La tesis de la función es demostrar que, frente a la burricie de quienes pasan las horas muertas ante los concursos hilarantes de una televisión tóxica que anula el espíritu crítico, otro mundo es posible en el que se fusiona estudio, lectura y creatividad, tres actividades que, al contrario de lo que piensan lo zoquetes, no están reñidas con el divertimento. Matilda es la historia de la historia de una niña  aficionada a la lectura que transcurre en tres ámbitos para msotrarnos diferentes aspectos de su personalidad y de las personas que forman parte de su vida en el hogar, la escuela y la biblioteca.

La familia de Matilda es odiosa porque para ellos Matidla simplemente no existe, o tan solo es un objeto horroroso que se puede patear, insultar o vilipendiar. Sin embargo, están dibujados de una manera tan nítida y a la vez tan colorista, que nunca se terminan de perciben como los malos malotes de ponerse a temblar, más bien son una caricatura de que dan un pelín de pena porque no dejan de ser el pack garrulo de una ignorancia arrogante que más pronto que tarde les llevará a pegarse un Tozolón importante. Sin embargo, como el libreto envuelve todos esos despropósitos de ironía, vestuarios tropicales y un dinamismo chispeante en las acciones, hasta culminar con un fantástico número musical entre la madre desnortada de Matilda y un electrizante, sensual y muy gracioso profesor de bailes latinos.

La Biblioteca es para Matilda un Contendor inmenso de historias para leer y el lugar donde la bibliotecaria escucha con fervor las
historias que dictan su imaginación. Nos encontramos con unas escenas de una gran potencia teatral en las que aúnan la fuerza evocadora del relato oral, una deliciosa escenografía, y el lirismo de una acción ejecutada por unas siluetas circenses. Matilda mezcla todos esos elementos para construir un universo donde el más difícil todavía permite giros inesperados que nos llevan de las grandes dosis de amor a las lágrimas del drama, y quien sabe si a un final feliz.

La escuela es el meollo esencial de la función. Un lugar donde gobierna la maldad de una profesora mala, malísima con la autoestima muy alta, y un irremediable tendencia a deleitarse en el sufrimiento de los demás, sin embargo, como está dibujada sin un gramo de parodia y su puntito de ironía, la seguimos con mucho interés y, pese determinación para aniquilar niños, nunca se llega a odiarla. La decisión de que este papel femenino sea interpretado por un actor es un acierto mayúsculo que  permite una composición brillante del personaje, un puntazo que diría Raquel Vidales.

En la escuela ocurren cosas muy importantes. La primera tiene que ver con la formación y la evolución del conocimiento de los niños que asisten a clase, y que se convierte en todo un alegato en contra de esa corriente que está inundando el mundo occidental, que Antonio Muñoz Molina califica de "La edad de la ignorancia", y a la que hemos llegado en tres fases: 1 En un principio la ignorancia desataba el ridículo y había un intento por disimularla. 2 La ignorancia, cuando algunos líderes mundiales la mostraban sin vergüenza, comenzó a ser aceptada con indulgencia y naturalidad.3 En la actualidad la ignorancia se muestra sin complejos para convertirse en una señal de orgullo, y ahí es donde triunfan las redes sociales que la glorifican.

La segunda es que la defensa en favor dela cultura y el conocimiento deriva en que los alumnos se dan cuenta de la importancia de luchar contra la ignorancia desde el esfuerzo individual como el primer paso para obtener la conciencia colectiva que les permitirá enfrentarse al despotismo que les oprime y así, la fuerza del grupo limita la importancia de los poderes telequinésicos personales y exclusivos de Matilda que, si eran decisivos en la versión cinematográfica, ahora solo son un elemento más de la revuelta, una herramienta simbólica en la revolución que se visualiza en un emocionante número musical en el que participa todo el elenco.

Es evidente que la visión que les acabo de enunciar pertenece a la mirada de un adulto, sin embargo la grandeza de este espectáculo radica en que también está pensado para el público infantil que, con menos requiebros teóricos, se lo pasa de rechupete en un espectáculo que aúna emoción, reflexión y carcajadas para alimentar espíritus rebeldes.

 

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22 febrero 2022

Tina Turner el musical: Cuando la vida y el espectáculo son dos caras de la misma moneda



Aunque el musical lleve el nombre de Tina, en realidad nos cuenta la vida de Ann Mae Bullock, una niña que nació en 1939 en el estado de Tennessee, en la planta baja de un edificio municipal que atendía exclusivamente a enfermos negros. Una mestiza con sangre de indios navajos por parte de madre y raíces africanas como la hija de un diácono Baptista, una condición que le permitió acceder desde muy pequeña al coro de la iglesia donde su voz góspel escapaba de un hogar donde la vida transcurría entre golpes, discusiones y reproches.

Ann Mae Bullock cruza el umbral del anonimato cuando Ike Turner la sitúa al frente de su banda para aportar potencia vocal y una espléndida imagen visual. La relación artística termina en un desdichado matrimonio donde las habituales armas del machismo provocan incontables actos de vejación al mismo tiempo que alcanzan un gran éxito en la industria de la música circunscrita al ámbito negro del Soul y el R&B.

La calidad en la voz de Tina Turner los convierte en uno de los mejores grupos de los sesenta, su proyección internacional se amplía participando en el muro de sonido ideado por Phil Spector hasta que la pareja se despeña en una relación tóxica entre un hombre despechado en fase de autodestrucción, y una cantante venida a menos por tanto desprecio que se refugia en las drogas y en las actuaciones crepusculares que le ofrecen en los hoteles de La Vegas, ese cementerio de estrellas.

Las suerte de Tina Turner cambia con la llegada de los años ochenta gracias a  jóvenes y nuevos productores que visualizan la posibilidad de darle otro aire a su música mediante la incorporación de los nuevos sonidos propios de la época que la llevaran desde el pop salpicado por una incipiente música electrónica hasta caminar de la mano de los más grandes exponentes del Rock & Roll y alcanzar el cetro del éxito mundial.

La escenografía juega un papel muy dinámico, propicia múltiples cambios de plano y genera movimientos del atrezo y una parte del escenario para conseguir imágenes que juegan con la profundidad del espacio y desarrollar escenas apoyadas en coreografías que subrayan la narración dramática de la acción.

La dramaturgia combina dos elementos: Los teatrales de una trastienda personal donde los prejuicios siguen siendo la norma, y los momentos musicales de lentejuelas y minifalda. Esa dualidad proporciona la tensión narrativa de la obra, y lo hace con resultados desiguales.

Hay una decisión artística tan valiente como arriesgada que consiste en modificar la producción musical de algunos de los temas más populares de la cantante para transformarlos en elementos narrativos propios del lenguaje del teatro musical, algo que va en favor de la historia pero merma el recuerdo que esas canciones han dejado en la memoria colectiva.

Las interpretaciones musicales que se insertan a lo largo del relato para reflejar los directos y la evolución musical de la cantante son excepcionalmente brillantes gracias a un fabuloso elenco de músicos, bailarinas y a la espectacular voz de Kery Sankoh, que acierta de lleno al alejase de una imposible imitación de Tina Turner para construir su personaje con algunas pinceladas de sus movimientos más particulares y así, en lugar de atarse al icono, consigue una libertad en su interpretación que conecta de manera sobresaliente con la platea.

Las acciones esencialmente dramáticas de la función tienen mucha menos consistencia que los números musicales y, en la segunda parte, incluso restan el dinamismo que la historia requiere, una carencias dramáticas que sin embargo, cumplen la misión de subrayar el mensaje que se quiere transmitir: Incluso cuando Tina Turner ha alcanzado el cetro de la fama mundial, su condición de mujer negra juega en su contra desde la xenofobia de la industria musical, pero también desde el machismo arraigado en lo más íntimo de su familia.

El tramo final de la función concentra todas las energía en un soberbio número final propio de un gran concierto y que pone a todo el público en pie para jalear un elenco en su máximo esplendor y entonces, con la energía en lo más alto, se apagan las luces, y en el aire flota el mensaje que nos trae este gran espectáculo: El escenario, ese lugar donde las estrellas nos entregan emociones, sueños y fantasías, tiene un reverso donde la vida sigue jugando su propia partida. El musical de Tina Turner traza la frontera entre el brillo de la diosa que vemos los espectadores y la oscuridad que se cierne sobre Ann Mae Bullock cuando se apagan las luces y los micrófonos.

 

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04 diciembre 2021

El tiempo entre costuras: Una vida de colores

 




Sira se confecciona una vida de colores

“El tiempo entre costuras” es un musical de beon Entertainment inspirado en la novela homónima de María Dueñas que, estrenado en el Teatro Principal, nos cuenta la historia de Sira, una modista que abandona Madrid para vivir una vida que nunca había imaginado.

Mientras la escenografía hace de marco escénico con agilidad y muchas veces de manera espectacular, la dramaturgia asume el reto de traducir el lenguaje literario al teatral. Las canciones originales empujan la narración con solvencia y la música instrumental arropa el discurso narrativo que, pendiente de la tensión entre palabra y acción, pierde energía cuando voces ajenas a Sira toman el mando y relatan desengaños y aventuras; se diluye entre la gran calidad de todas las interpretaciones musicales, a las que siguen algunos registros mucho más discretos en los diálogos; se esconde en el momento clave de Sira al borde del fracaso, donde todo se solventa con un par de frases, hasta que de repente vuelve la acción vertiginosa con la simple y eficaz escenografía de un tren.

Estos desequilibrios se compensan con escenas muy potentes en las que música, discurso y acción se complementan, como en la irrupción del humor que se contrapone al drama gracias a las refrescantes actuaciones de los nuevos amigos de Sira que le dan un tantarantán a la narración, los sentimientos de unos y otros se relacionan con intensidad y me atrapan. A esta montaña rusa se añade el inabarcable vestuario de Caprile y una estupenda orquesta. Y sin embargo soy incapaz de conectar con Sira hasta que rompe la cuarta pared y confiesa que tal vez, lo sucedido tan solo sea el retal de colores con el que confeccionar una vida que tenga sentido y entonces, todo el elenco unido por las manos lanzó la nota más aguda para terminar en todo lo alto.


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23 noviembre 2021

Cantar, bailar y chapotear bajo la lluvia

 


La película “Cantando bajo la lluvia” se estrenó en 1952 y con el tiempo se ha convertido en uno de esos materiales culturales que traspasan generaciones para formar parte de una memoria colectiva capaz de tararear la famosa melodía en la que Gene Kelly canta y baila bajo la lluvia. El Teatro Tívoli de Barcelona acoge desde primeros del mes de septiembre la versión musical con Ángel Llácer en la dirección, Manu Guix en la dirección musical y las coreografías de Miryan Benedited.

Lo esencial de la trama, más allá de la historia de amor con final feliz, es la preocupación ante las incertidumbres que se producen en los tiempos de cambio o transición, esos paréntesis en los que lo viejo no acaba de irse mientras lo nuevo todavía no se ha asentado, ese miedo a cambiar que a veces nos hace perder la partida.

La dramaturgia del musical aprueba el reto de traducir el lenguaje cinematográfico original al lenguaje propio del teatro tanto en los aspectos técnicos como en los artísticos que la compañía sitúa al mismo nivel cuando algunos representantes de la parte técnica salen a escena parea recibir los mismos aplausos dedicados al elenco artístico.

El cine está presente en la representación porque se incluyen imágenes que solucionan la necesidad narrativa de acudir al flashback, al visionado de las películas que ruedan los protagonistas y, especialmente acertada por su comicidad, es la secuencia en la que Ángel Llácer interpreta al inventor que ha unido imagen y sonido. Pero desde el punto de vista técnico el momento más esperado es la secuencia de la canción de “Singing in the rain” que, con un atrezo tan simple como media docena de farolas, es capaz de hacernos soñar cuando la lluvia se hace realidad sobre el escenario para formar charcos donde los zapatos de los bailarines se dedican a salpicar (o no tanto) el patio de butacas.

La función principal de las canciones de un musical es empujar la acción, ahí radica la esencia del espectáculo. La adaptación y traducción de las letras al castellano suenan frescas, naturales y cumplen a la perfección las exigencias narrativas. El trabajo de Marc Artigau es especialmente brillante en la creación de los trabalenguas que recita el entrenador de pronunciación y repiten la pareja de protagonistas masculinos hasta construir un delicioso número. La preocupación para que las modificaciones de las canciones sean en beneficio del lenguaje teatral se puede apreciar con claridad en el número “Good morning”. En la versión original hay un momento en el que los buenos días se cantan en diferentes idiomas mientras los protagonistas cambian de vestuario para que los tópicos nos den pistas del país al que se refieren, en el caso de España es inevitable y se acuda al simbolismo de los toros. En la versión teatral, la parte multilingüe de la canción se convierte en melodía instrumental aliñada con imágenes en blanco y negro que nos llevan por todo el mundo, mientras los bailarines muestran coloridos vestuarios que nos recuerdan a esos mismos lugares. Pero entonces, me pregunto ahora, si el trabajo de adaptación y traducción es realmente bueno, ¿por qué  la canción que da título a la obra se interpretó en inglés?  Creo que la razón es que todos sabemos que la historia se encuentra en un momento clave, y precisamente por eso la acción narrativa se detiene para subrayar el inicio de un gran amor, nos encontramos ante una explosión de felicidad y todos lo sabemos, por eso no hace falta traducir la letra, porque el texto en realidad no aporta nada al desarrollo de la trama y así, interpretada en el inglés original, se convierte en una potente herramienta de conexión entre el escenario y los recuerdos que brotan entre las butacas donde el público susurra, tararea o silba la tonada original.

La coreografía chispea sin cesar para conseguir que el aroma de la película esté siempre presente. La ejecución es una explosión de fluidez, equilibrio y precisión, enérgica cuando la acción acelera, pausada en los momentos de calma, protagonista total en muchos momentos, pero también tapiz de fondo para dotar de densidad los aledaños de algunos diálogos. Es como si el baile formara parte de la vida.

Don Lockwood es una estrella de cine mudo interpretado por Iván Labanda que, con un buen trabajo de engarce, empuja la acción. Es evidente que su trabajo es el más difícil aunque solo sea porque Gene Kelly proyecta una sombra muy alargada desde el celuloide, y sin embargo Labanda demuestra oficio y cumple a la perfección con su papel.

Kathy Selden es la guapa y joven principiante que se enamora de la estrella de cine, y que Diana Roig resuelve con una sobresaliente interpretación en la que hace gala de una magnifica voz, excepcional en la ejecución de las coreografías y una prestancia en escena en la que parece volar.

Ricky Mara se sitúa al mismo nivel de interpretación en su papel de Cosmo Brown, el amigo fiel, la energía del optimista y el apoyo sin límites. El artista que desde la segunda fila de la fama se permite ser el contrapunto que salpimienta todas las acciones con humor y comicidad, Cosmo es ese amigo con el que todos soñamos y quizás por eso es el que más aplausos se lleva a lo largo de la representación.

Mireia Portas le da un giro espectacular a la figura de la diva tan insoportable como inocente (o no tanto) de Lina Lamont. Es importante que nos detengamos un momento en el rol que juega este personaje en la función porque su arco interpretativo cuanta con una modificación que juega a favor del desarrollo narrativo del musical creando un final esperanzador para todos, incluso para los perdedores. La historia original saldaba la participación de Lina Lomont con una derrota ejemplarizante frente a la victoria intachable de la fama y el amor. Sin embargo, la Lina Lomont de la función aprovechará sus problemas de dicción para llevar al personaje mucho más allá, a terrenos muy cercanos al clown que, cuando todo se pone negro, es capaz de recrearse en su destino, hacerlo suyo sin complejos y mostrarlo delante de todos sin ningún rubor. Para alcanzar este nuevo objetivo dramático, la actriz Mireia Portas rompe la cuarta pared, se enfrenta al público y realiza un generoso ejercicio de comicidad sin trampa ni cartón: Insistir y aguantar en el error hasta para que el público se parte de la risa. Ese número tal vez sería suficiente para que Lomont se quedara en los corazones del público, sin embargo la dramaturgia del espectáculo lo lleva más allá gracias a un número musical que le permite reivindicarse, porque ela también tiene derecho a participar en el nuevo cine sonoro que anuncia su muerte como estrella del cine mudo, ese nuevo lugar creativo en el que se precisa hablar, cantar y bailar a la perfección mientras ella, la gran Lina Lamont será una artista venida a menos porque no tiene la capacidad para adaptarse al nuevo avance tecnológico que la va a dejar fuera de foco. Pero la dramaturgia viene a salvarla con un gesto valiente que permite a Lina Lamont, con todas sus torpezas, recibir una estruendosa mezcla de carcajadas y ovación, esa es la mejor demostración de que el mundo del espectáculo no hay ni límites, ni etiquetas, que nadie tiene la fórmula mágica para conseguir que el público se emocione.

 “Cantando bajo la lluvia” enseña lo positivo de envolver las circunstancias que nos pueden cambiar la vida con grandes dosis de humor y esperanza, que cualquier momento de renovación tendrá un buen final si lo enfrentas con optimismo y  que, más allá de las personas que cantan y bailan a las mil maravillas, la vida siempre guarda un lugar para los que solo somos capaces de chapotear bajo la lluvia.

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11 octubre 2021

Romeo y Julieta. El musical de un amor inmortal


 

Asistir a una función de Romeo y Julieta de Shakespeare es adentrarse en los terrenos de una obra clásica, de esas que nos conmueven y emocionan sin importar que fue escrita en el siglo XVI. Sin embargo Borges nos advertía de lo resbaladizo del calificativo porque los méritos de una obra están sometidos a los acuerdos y decisiones previas de generaciones de lectores que deciden cuanto de clásico tiene un texto. Rafael Narbona sostiene que la obra de Shakespeare es un clásico porque conserva su capacidad para interpelarnos, en este caso, Romeo y Julieta nos interroga por la delgada línea que separa el odio y el amor.

El odio y el amor es una temática que se ha representado en múltiples formas desde la película West Side Story hasta la versión en dibujos de los Gnomos o la última canción de Lola Índigo donde a ritmo de reggaetón nos canta que “yo te quiero ver cómo te hizo tu mamá. Si tú quieres lo grabamos y lo hacemos en 4K. Lo que tú quieras hacer, dime, yo te voy a dejar. Si somos Romeo y Julieta, que nadie se puede enterar” Un lenguaje del siglo XXI que, si ponemos un poco de nuestra parte, podemos conectar con las palabras que Shakespeare puso en labios de Julieta: “Amor, buenas noches. Con el aliento del verano, este brote amoroso puede dar bella flor cuando volvamos a vernos. Adiós, buenas noches. Que el dulce descanso se aloje en tu pecho igual que en mi ánimo”. Y eso es lo que hace fundamentalmente este espectáculo conectar la historia universal de Romeo y Julieta con la forma de representación de un musical.

El reto de levantar un musical en torno a los amantes de Verona ya ven que tiene múltiples riesgos que van desde la necesidad de emocionar al público, interpelarlo en algunos de sus intereses vitales y hacerlo desde un género que muchos lo entienden como el rio que nos lleva a un gigantesco final feliz en el que corear una tonada, un clímax que parece imposible en la historia de Romeo y Julieta. Por eso hay que comenzar con una felicitación previa para la productora española Theatre Properties que ha pasado veinte años montado una gran variedad de musicales tanto de franquicia como de producción propia en un bagaje en el que parece natural enfrentarse al reto de contar esta historia dramática desde la producción de un musical, en esos pensamientos andaba en el patio de butacas cuando una duda me asaltó ¿Podemos llamar musical a un espectáculo que reproduce la parte musical mediante una grabación? La Real Academia de la Lengua no se mete en líos cunado en la tercera acepción del término musical lo define como un género teatral o cinematográfico que incluye como elemento fundamental partes cantadas y bailadas. Si afinamos un poquito más podríamos decir que para que una obra de teatro se convierta en un musical lo imprescindible es que las canciones sean las responsables de llevar la acción dramática hacia adelante y, con esa premisa, Romeo y Julia, después de sustituir muchas de las palabras de Shakespeare por canciones, cumple esa condición y entonces se levanta el telón.

El musical de Romeo y Julieta comienza como mandan los cánones del género con todo el elenco sobre el escenario cantando en tonos más bien altos y con las soprano en lo más alto de la escala para envolverlo todo con unos coros que son la orla brillante para mostrar la gran calidad de todas las voces, la coreografía también se ciñe al canon de ahora todos juntos mostrándose al público y ahora nos separamos para ganar en dinámica, un inicio perfecto para arrancar el espectáculo con un aplauso. A partir de aquí encontramos canciones de la que antaño calificábamos de melódicas, baladas clásicas, guiños al pop y en fin que, más allá de la calidad de las letras de las composiciones musicales que a veces son desiguales, lo realmente destacable son las excelentes voces que las ponen en pie entre las que me atrevo a destacar los solos de Enrique R. del Portal en el papel de Fray Lorenzo y de Angels Jiménez como el Ama con dos interpretaciones donde lo orgánico tomó posesión del escenario para dejar claro que a veces no hace falta un papel principalísimo para destacar, que lo importante es amarrar a tu personaje por las solapas y darle rienda suelta.

El otro momento chispeante fue el de la aparición de quien sabe si sables, espadas o floretes, sin embargo la emoción se fue diluyendo porque, ante la expectativa de una coreografía trepidante de esgrima, todas las veces que los aceros toman la escena la pelea no termina de alzarse majestuosa y se resuelve en un vaivén confuso. Hay que revisar el vestuario de Teobaldo, no puede ser que la espada del malo malísimo de la función se enganchase cada vez que desenvainó el acero, hay otros detallitos que se pueden pasar por alto como alguna demora en los movimientos de una escenografía muy práctica aunque la puerta de la habitación de Julieta no termine de encajar con los adornos góticos de su balcón, en ese lugar dónde se canta al amor inmortal y que no es otra cosa que el prólogo del drama donde nuestros amantes acaban mu malamente y ahí, en el duelo final cuando la muerte ocupa toda la escena, la voz de Shakespeare, en un excelente trabajo de Paco Arrojo, nos recuerda la imposibilidad de detener la fuerza impetuosa del amor capaz de eliminar el odio, así que no se lo pierdan, vayan al Teatro Principal y disfruten de un elenco que hace un excelente trabajo, y así lo declaró el público con una larga ovación final.


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06 octubre 2009

Día de estreno


El Bus Circular 1 nos recogió frente a las piscinas de Alberto Maestro, 180º después nos bajamos a los pies de la Torre del Agua. Hicimos fila con el veranillo de San Miguel en nuestros cogotes. El interior del Palacio de Congresos de la Expo cumplió las expectativas arquitectónicas de esta ciudad: Aburridas líneas rectas y apabullante presencia de figuras geométricas cuadrangulares. Platea, fila 9, de la butaca 36 hasta la 41. La representación empezó con quince minutos de retraso. Obertura.
Mi chica a la derecha y más allá mis sobrinos: Javier (12 años), Paula (9 años), Julia (10 años) y María (12 años) Miré a cada uno de ellos una y cien veces mientras la vida sobre el escenario transcurría en un musical: Canciones de ABBA con letras arregladas para encajar con el texto del libreto, alegrías de guitarra acústica, dramas adornados por luces violetas, situaciones disco divertidas y bailarines con bañadores fosforitos. Mi chica y los zagales embelesados, ellos ríen o se quedan boquiabiertos, ella tararea las canciones, todos aplaudimos.
Llegó de improvisto. La ráfaga de emoción comenzó en la boca del estómago. Aparté la vista para no ver a mis cinco acompañantes. No sirvió de nada. La emoción alcanzó los lagrimales. Lloré lágrimas, lagrimitas de satisfacción. Me gustó tanto verles disfrutar.
Los últimos aplausos llegaron de noche. De nuevo al autobús que da vueltas sin parar. Regresé cantando y hasta me atreví con algún baile, me encantaría vivir en un musical, allí seguro que no desafinaba. Mi sobrino Javier bajó y cruzó la calle a toda pastilla, su madre lo esperaba junto al portero automático. Mis sobrinas Julia y María subieron cinco pisos en ascensor para encontrarse con sus padres y su hermana. Para ir a casa de mi sobrina Paula hicimos trasbordo, el 24 iba casi vacío. Empezaba a refrescar. Mis cuñados nos esperaban con un plato de jamón.
Mi chica y yo llegamos andando a casa. Silencio. Mañana tengo que madrugar. Telón rápido.



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