LaMima
Cuando Nacho Escuin me ofreció coordinar Las Tardes de Blog en El Pequeño Teatro de los Libros no tuve dudas sobre quien sería la primera invitada.Quedé con ella vía correo electrónico en una cafetería y, aunque no nos conocíamos, nos reconocimos a la primera. Recuerdo la amplitud de su sonrisa, de esas sonrisas que te abrazan y ya no te sueltan, como sus palabras.
LaMima comenzó a hablar y todo fue un no parar, ella de parlotear y yo de admirar tanta pasión comunicadora para hacerme comprender que significa ser madre de una niña con acondroplasia.
En medio de aquellas maravillosas parrafadas, LaMima alargaba su mano derecha y tocaba mi antebrazo, creo que lo hacía para cerciorarse de que estaba vivo, que no había caído en un estado de catalepsia, que todavía respiraba entre el maremoto de anécdotas graciosas, términos médicos y chascarrillos domésticos, mediáticos y educativos.
Después de dos horas, mi cortado seguía enfriándose sobre la barra cuando ella miró su reloj, se dio cuenta que llegaba tarde al trabajo, me dio dos besos, se fue volando y antes de salir de la cafetería gritó: “Tenemos que volver a quedar que no me has contado nada de ti”
LaMima no inauguró Las Tardes de Blog en El Pequeño Teatro de los Libros por algunos problemas con las fechas, lo hizo mas adelante. Fue un día memorable con una maravillosa conversación, como esa otra que tuvimos en un bar del Centro Comercial de Grancasa cuando descubrí en su mirada que, aunque ella estuviese dispuesta, había preguntas que yo no tenía derecho a formular.







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La sorpresa de la tarde llegó cuando le pregunté por su afición senderista, de la bolsa de Cristian apareció su inseparable Lucho, todo un personaje porque, además de la elegancia con la que se presentó, es un colaborador de lujo en algunas entradas de “
