La curvatura de la córnea

02 diciembre 2008

Carta abierta a un payaso


Estimado Darío
Si a esta carta abierta, le sumas la necesidad que tengo por dejar constancia de lo que me ocurrió durante el curso de clown que impartiste en la Antigua Estación Norte de Zaragoza en los dos últimos días de noviembre, tendrás una buena pista para comprender y valorar algo que va mucho más allá de la mera felicitación académica sobre la metodología que usaste con los alumnos. Una mezcla excelente de exquisitez salpicada de ironía, una inagotable capacidad para transmitir buenas vibraciones, motivación para incitar al trabajo, la perfecta dosificación de la información y la eficiente transmisión del mensaje.
Algunas de las grandes lecciones de tu pedagogía residieron en las explicaciones, unos valiosos regalos que nos dabas en las rondas de valoración y en el tiempo que dedicaste a cada uno de los alumnos. Tus palabras fueron un prodigio de respeto y equilibrio, desconozco si lo haces teniendo en cuenta el nivel artístico, la entrega y el grado de evolución de cada clown, o si te riges por parámetros psicológicos y de madurez personal, es una duda retórica porque lo importante fue que cada uno de nosotros recibió una evaluación medida, una dosis personalizada y distinta, ese fue uno de los grandes aciertos del curso.
Al tercer toque de pandero salí al escenario. Era la primera vez que lo hacía ataviado de “nariz en nariz”. Fue un instante en blanco, el instante fatal en el que olvidé el consejo de Saúl “No te cierres” Pero yo estaba cerrado desde el momento en el que pusiste la primera condición del ejercicio: Pasar desde al ladito de las bambalinas hasta el proscenio en un solo paso. Un solo paso para cubrir más de tres metros de distancia. Fue ahí, en el instante cerril de agachar la cabeza y caminar hasta plantarme delante de todos los compañeros, ahí fue cuando demostré que no había entendido nada. Todo lo que pude hacer a continuación no tuvo ningún valor para el público porque ese desplante, que en la vida real pudiera ser apreciado, en el universo clown es un error de los grandes, un error que solucioné a medias y sin saberlo. Regresé a las bambalinas en la fachosa pose de caminar con los brazos en alto, esa fue la rendija que dejé abierta para mi salvación y me diste una segunda oportunidad.
Regresé de nuevo al proscenio y sentí como me esperabas al compás de una de mis frases favoritas: La debilidad siempre aflora cuando te sabes pecador. Y yo a esas alturas había caído en uno de los peores pecados que puede cometer un clown: No me había enfrentado al infortunio desde la verdad, tan sólo me había comportado como un hombre, había presentado pelea, rebeldía ante la norma impuesta y olvidé que con esa actitud me enfrentaba al público, un animal implacable que te devora sin misericordia. Así ocurrió. Hice mi gran número de los deditos de la mano caminito, caminito en ascenso y descenso para topar con un fracaso rotundo, sin paliativos. Sentí la cuerda floja y el vacío bajo mis pies.
La primera de tus preguntas fue para corroborar que había percibido el fiasco de mi actuación. El interrogatorio continuó indagando sobre los hijos, el enamoramiento y el reto de calcular cuantos años duraba tanto frenesí amoroso. Fueron tres certeras saetas, la prueba del nueve para sobrevivir ante el espejo de la sinceridad y la sensación física del desequilibrio emocional, una inestabilidad de la que huimos por miedo a enfrentarnos a ella.
Salí lo mejor que pude del envite, entre el atolondramiento del KO pugilístico y la estúpida sensación del desorientado. El tiempo que restaba para terminar la clase lo pasé en averiguar que había ocurrido. Creo que llegue a conclusiones acertadas, así al menos intenté demostrarlo al día siguiente.
Para el ejercicio a dúo me levanté tras la estela de Sara. Estábamos tras las bambalinas cuando me recordó que habíamos comenzado la tarde juntos, durante los ejercicios de calentamiento habíamos disfrutado de nuestros masajes. Tomé la coincidencia como una buena señal.
Al tercer golpe del pandero de nuevo mi “nariz con nariz” y al escenario. Aporté todas las ideas que pude, puse los cinco sentidos en percibir los cambios que mi compañera me ofrecía, al menos fue así hasta que los latidos del corazón decidieron cabalgar por su cuenta, el oxígeno se negó a regenerar mis pulmones y entonces llegaste tú con la orden de detenernos. Un instante para cruzar nuestros ojos, sentir la intensidad del momento, el presente en estado puro, un segundo y detrás el siguiente. Miré a mis compañeros, encontré los ojos del público y allí me relajé. Estaba a gusto aunque el número no terminaba de funcionar pero ya no había miedo, tal vez falta de pericia, muestras evidentes de aturullamiento, pero no había miedo. Ni siquiera cuando fuimos incapaces de decir la misma frase los dos a la vez, no me importó el error, sólo teníamos que intentarlo de nuevo.
Cuando terminamos abracé a Sara y le di las gracias por compartir el espacio y el tiempo conmigo. La sentí un poco confundida. Besé su frente y le dije que había disfrutado a pesar de todas las dificultades por las que habíamos pasado. Entonces caí en la cuenta de que tal vez, sólo tal vez, aún tenía posibilidades de descubrir la personalidad de mi clown.
Pero el azar aún me deparaba una alegría, ¿recuerdas? en el último círculo que trazamos, en nuestro último segundo de “nariz con nariz”, en la rueda de la despedida me tocó estar a tú lado, un privilegio que me permitió darte tres besos como tributo al aprendizaje continuo, al desarrollo de la confianza en el otro y a la sinceridad constructiva. Tres conceptos que estuvieron presentes durante las dieciséis horas del curso y que ahora descansan en mis alforjas de donde saldrán para aplicarlos sobre el escenario de la comedia, las escenas del drama y los avatares de la vida.
Gracias por todo y un abrazo.

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6 Comments:

At 02 diciembre, 2008 16:30, Blogger Gubia said...

Todo un ejercicio de agradecimiento y de aprendizaje que merece la pena. Ojalá a diario encontremos gente que nos llene tanto y nos ayude a conocernos y crecer un poco más. Has tenido suerte y sabes reconocerlo,seguroq ue él también aprendió algo valioso; un abrazo.

 
At 02 diciembre, 2008 23:57, Blogger Lamia said...

Javier, qué importante es ese momento en que los ojos se cruzan...

 
At 03 diciembre, 2008 14:05, Blogger AGUSTIN MARTIN said...

extraordinario agradecimiento...como tu solo sabes.

necesito tu foto , por favor... te dejo el cartel en el miguel o lohaces por fotoshop o lo que sea...

tus sabes..

gracias por todo.

agustin


reurep

 
At 06 diciembre, 2008 14:41, Blogger Javier López Clemente said...

Hola Gubia

Supongo que es la diferencia entre ser y parecer, entre ser actor y parecer actor, entre ser clown y sólo parecerlo. Entre ser persona y personal, o esconderlo.

Salu2 Córneos y un abrazo.

 
At 06 diciembre, 2008 14:43, Blogger Javier López Clemente said...

Hola Lamia.

Importante y difícil. Encotrarse con la mirada es la posibilidad de decirlo todo sin decir, emitir las vibraciones del alma en otra frecuencia insólita. Calmarse y disfrutar de eso es suficiente aprendizaje, te lo aseguro.

Salu2 Córneos.

 
At 06 diciembre, 2008 14:44, Blogger Javier López Clemente said...

Hola Agustín.

Ya sabes: De bien nacidos es ser agradecido.

La foto que te envío jajajaaj, en fin, a mi me gusta.

Salu2 Córneos.

 

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