La curvatura de la córnea

10 febrero 2025

Pájaros en la cabeza


 

Una función magistral

La ovación cerrada del patio de butacas me hizo ver ‘Pájaros en la cabeza’ como una historia alimentada de otras historias. De un texto de Esteban Villarocha para dos zagalas ‘Perdidas en el teatro’. De una película de Almodóvar en la que Agrado memoriza las frases de ‘Un tranvía llamado deseo’ en el camerino de Huma Rojo, mientras la diva está en el escenario. Del bastón lorquiano con el que Bernarda le recuerda a Poncia que solo le paga para ser la criada de la casa. La dramaturgia de Rafael Campos se suma a esa corriente de narraciones, y en una sola escena expone su poética teatral, muestra la esencia del conflicto dramático mediante dos personajes maravillosos, con los que juega a pasar de un lado a otro de esa frontera que se llama proscenio, y acompañado por Lorca, Valle y Calderón cubrir los avatares de la vida con la pátina dorada del teatro.

Las palabras desterradas de la jaula de la memoria son un símbolo poético para representar el tema de la amistad en un espacio vacío. Una invitación para olvidar el ritual que organiza los diálogos en torno a un decorado y así, toda la responsabilidad recae en el talento de unas interpretaciones que Campos dirige con delicadeza, mediante una coreografía de tira y afloja alimenta pleitos y cariños de toda una vida compartida. Un camino ribeteado de humor, y con algunas pistas que culminan en un giro final para poner del revés una realidad que se va por donde ha venido.

Los matices del texto abonan el duelo entre dos actrices que afinan la prosodia para cambiar de registro en un suspiro, y moldear con naturalidad movimientos, gestos y miradas hasta convertir sus cuerpos en el salvoconducto de unas emociones, que a veces solo necesitan la sabiduría de un silencio. El trabajo actoral de Carmen Marín y Marisa Nolla es magistral.

 

‘Pájaros en la cabeza’

Calificación: 4 estrellas

Compañía: Le Plató de teatro. Autor y Director: Rafael Campos. Reparto: Carmen Marín y Marisa Nolla. Producción ejecutiva: Esteban Villarrocha. Música: Jaime López. Ayudante de dirección: Ana Isabel Aguilé. Vestuario: Jesús Sesma. Técnico de luces: Roberto Gregorio Moreno.

Sábado 8 de febrero de 2025. Teatro del Mercado.


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18 marzo 2024

Paris


París a media
s

El programa de mano de ‘Paris’ nos habla de una pareja. Uno y Dos tienen comportamientos tan humanos como los de Dos y Uno, ambos pasan por situaciones sencillas que se complican por los inesperados caminos de la vida, de los sueños o de la imaginación hasta convertirse en una minúscula epopeya con el tono de una comedia de humor patético.

 El aroma existencialista de la función me llevó hasta el Kierkegaard que afirma que cada sujeto define el momento de lo que quiere ser a partir de un horizonte de anhelos y expectativas que les impulsa a moverse y, aunque a veces parezcan quietos, estáticos o paralizados, el impulso de vivir siempre los deja en un camino que  siempre parece el mismo. Sin embargo una apelación tan directa a lo patético nos sitúa ante la mezcla de lo cómico y lo trágico para llegar a un humor reflexivo que nos devuelve a Kierkegaard y su concepción del humor como el mecanismo que revoca el sufrimiento por medio de la broma.

 ‘Paris’ se sostiene sobre un texto que es una invitación a reflexionar a partir de un humor con la función de contrapunto crítico. El método que usa es un laberinto de imágenes y palabras enfrentados a vueltas y revueltas, frases que sirven de espejo, contradicciones que terminan por ser coherentes aunque todo esté del revés hasta que el resultado, más allá de algunos picos que consiguen la sonrisa del chiste, es una peripecia que recorre temas profundos y complejos que revolotean alrededor de nuestra existencia: Muerte, suicidio, recuerdos, el viaje por venir, la catarsis del cambio mucho más cercana del sueño que de la realidad, la percepción que se tiene de uno mismo o la importancia (siempre relativa) de ser un comunista pata negra.

La exposición de los contenidos tiene se percibe con la virtud de unos deliciosos circunloquios que, entre recovecos inesperados, terminan desvelándose  como una  apelación persona mientras  la fuerza del discurso gira y gira para que las mismas palabras digan lo que digan, o lo que tengan que decir según la apreciación de quien las escucha, o del momento vital en el que se encuentra el espectador. Un ejercicio para deleitarse por las cosas que se están diciendo, y al mismo tiempo aburrirse por como se dicen.

La sencillez de la escenografía y los deliciosos compases musicales que separan las escenas son el preámbulo estético que te predispone a una adhesión emocional al espectáculo. Esta primera impresión funcionó durante el inicio de la función, cuando los recursos retóricos en el uso del lenguaje todavía tenían la pátina de la novedad. Pero mientras avanzaba la peripecia aumentaba la distancia entre la fluidez que merecían las palabras y su retórica, entre el lenguaje y la situación. Las  confusiones y malentendidos perdían vuelo por unas interpretaciones con un peso escénico menguante hasta alcanzar los terrenos de la monotonía y la desconexión con los personajes. Campos se situó en un registro plano excepto en algunos cambios de ánimo en los que estuvo forzado y sin credibilidad. Ortega fue todo lo contrario, y a base de subrayar todas y cada una de las palabras solo consiguió un soniquete que diluía la fuerza expresiva de las frases.

El reto que nos presenta la función es mayúsculo: Alcanzar el juego de contrarios al que nos invita el programa de mano, o vaya usted a saber, que a lo mejor Uno y Dos son en realidad Uno o quizás Dos. Lograr un grado de complicidad que conecte los personajes y el patio de butacas. Dar la voltereta entre la dualidad y el individuo con la ligereza y el compromiso de unas actuaciones mucho más densas y precisas. Todas estas cumbres me llevan a las palabras de Javier Vallejo cuando, en una circunstancia similar a la que se produce en este espectáculo, se pregunta por el resultado que se produciría si la concreción de un buen texto se mediante un director de escena y dos actores que no estuvieran implicados al mismo tiempo en las tareas de escritura, dramaturgia, dirección y actuación. Hacer todo a la vez implica la dificultad de estar en diferentes lugares al mismo tiempo, mantener todas las perspectivas, y perder la oportunidad de trabajar codo con codo con un equipo de iguales. 

 ‘Paris’

Producción: Teatro del Espejo y Le Plató de Teatro. Autor: Rafael Campos. Dramaturgia, dirección, interpretación y espacio escénico: Paco Ortega y Rafael Campos. Banda sonora: Paco Aguarod.

Martes 5 de marzo de 2024. Teatro del Mercado


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14 octubre 2021

Clavícula es mucho más que una comedia de dolores

 


Fotografía de Mas Mastral


La clave de Clavícula está en el cambio de clave. Clavícula es un libro de Marta Sanz que, como nos recuerda Rodríguez Fischer, es un tratado sobre el dolor y sus ramificaciones, dolores grandes y chicos, de exploración médica y de auto prospección, dolores de mujer, de esposa, hija, amiga, trabadora y escritora. Sobre todo escritora. Porque el origen de Clavícula es un libro muy preciso a la hora de señalar los síntomas, pero absolutamente variado en cuanto al método de expresión que utiliza para hacerlo y así, Marta Sanz salta de un estilo a otro para moverse por las líneas de pentagramas tan variados como la crónica, el diario o los cuentos y que pueden ser retratos, autobiografía o un contubernio de palabras que a veces suenan raras y otras son esa palabrota gratamente sonora. Un universo formal que la editorial Anagrama resumió en la portada del libro mediante una clave de Sol.

El primer gran acierto de la compañía de teatro Le Plató dTeatro es que la adaptación de Rafael Campos consiga modificar un texto literario en clave de Sol en una dramaturgia simbolizada en clave de Fa. Un cambio de clave que entiendo como una declaración de principios que nos habla de la diferencia formal entre la obra literaria de Marta Sanz y su versión teatral.

La dramaturgia juega a mostrar el texto de la obra como si se tratase de una interpretación musical, o al menos esa fue mi percepción y así, cuando la avalancha de palabras empezó a llenar el escenario, yo las recibía como si fuesen diferentes estilos musicales, palabras como una fuga donde las voces se perseguían unas a otras, frases para componer un cuarteto de cuerda donde la melodía y sus variantes pasaban de un timbre a otro hasta componer una coda final, duetos que son conversaciones de ida y vuelta para crear tensión entre la nota tónica y la dominante, sentarse en el muelle de la bahía del soul, la emoción rota de la canción francesa o el rasgueo del heavy metal. Palabras, palabras y palabras que se trabajan como si fueran las notas escritas en un pentagrama que nos habla del dolor en clave de Fa.

Les confieso que mi primera reacción cuando los dolores empezaron a tomar el escenario fue mantener un puntito de prevención para no reírme de los males ajenos y eso se reflejó en un gesto serio, pero ya ven ustedes, como desde el patio de butacas no podía hacer eso que tanto me gusta de contarle mis propios males a quien intenta contarme pormenorizadamente sus dolores, como eso no se puede hacer si eres el público de la función, tal vez por eso, de a poquitos, como quien no quiere la cosa, todo el inventario de órganos cancerosos, vísceras necrosadas y recovecos pestilentes terminó por provocarme una deliciosa sonrisa que llegó a carcajada gracias a una enumeración de las cosas que no debería comer siguiendo criterios médicos, sociales y mediopensionistas. Fue la risa la que consiguió equilibrar todos mis males y demostrar que ir al teatro es cosa buena porque, aunque curar no cura, siempre alivia, sobre todo si la avalancha de dolores de los demás es tan apabullante que los males propios se quedan en ná.

El excelente texto de la obra se sustenta en un gran trabajo actoral de Carmen Marín, Marissa Nolla, Blanca Sánchez y Claudia Siba. Las cuatro actrices compusieron una coreografía que me recordó a las mejores interpretaciones musicales de conjunto donde la excelencia de lo individual tiene que estar siempre al servicio de la pieza musical en su conjunto. En Clavícula encontramos una dinámica parecida a una coral donde cada voz ocupa un lugar exacto y predeterminado en la partitura común para que el conjunto brille en todo su esplendor, esa es la gran virtud de esta obra que, como receta el programa de mano, es un diario de malestares que nos ayudará a asumir el desorden de nuestro cuerpo como un gran contenedor de intestinos, músculos y huesos tan complejo como ese mundo exterior que tratamos de ordenar para ser capaces de explicarnos y entendernos porque Clavícula, además de una comedia de dolores, es un espejo en el que te vas a encontrar. 



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