La curvatura de la córnea

02 julio 2014

Voces del alma: Susana Martínez amasa teatro y poesía




Las persianas de la Sala El Extintor se abrieron cuando el cierzo amainó y dejó islas de verano en la calle de Las Armas. La compañía Seis de Trébol presentaba el espectáculo “Voces del Alma” en torno a la poesía, una Idea original e interpretada por Susana Martínez, con la dirección de Nashaat Conde Cid, y la selección musical de Daniel Canelo Soria. Les confieso que asistí a la función sin averiguar los nombres de los autores que conformaban los textos y creo que fue una excelente decisión para percibir sin complejos previos toda la pureza de quien pretende unir poesía y teatro, dos formas tan diferentes de concebir la comunicación.
El teatro es la representación de la vida que cuenta con el lenguaje del autor y el trabajo del actor como mecanismos para poner en contacto texto y público. La poesía es la vida destilada en el lenguaje y, como no podemos abordar nada fuera del lenguaje, tanto el teatro como la poesía son unos caminos excepcionales para ver el mundo a través de sus representaciones. Sin embargo la dificultad de unirlos en un espectáculo radica en elegir la alquimia que permita fusionar la verdad poética y teatral.
En el teatro, antes que la verdad, es mucho más importante su representación y los mecanismos necesarios para llevarla a cabo. Sin embargo en la poesía todo debe ser verdad porque la comunicación va directamente del poeta al corazón o las tripas del lector, es una representación única, privada y exclusiva. Es cierto que muchas veces los poetas convierten sus textos en lecturas y recitados que, ¡válgame dios!, suelen resultar un fiasco porque incorporan elementos teatrales muy alejados de las virtudes de los poetas.
“Voces del alma” alcanza un brillante grado de síntesis a la hora de aunar teatro y poesía. La dramaturgia del espectáculo es muy sencilla, pequeñas acciones que dan base terrenal a los textos, que los anclan al ladito de una malea, un teléfono o una cinta en el pelo. Una pausada ocupación del espacio y los brazos de Susana Martínez. La poesía se emite desde los ojos de la actriz, una caja de ritmos capaz de modular una amplia gama de sentimientos que van desde la felicidad de sentirse enamorada a la pena que añora el mar.
El gran mérito del espectáculo, más allá de una excelente selección musical que se ahorma perfectamente a los textos, es como Susana Martínez nos muestra sus excelentes hechuras en el manejo de los resortes teatrales de la mirada y el gesto y, a la vez, permitir que la esencia poética se haga presente a través de su voz: Una perfecta dicción en la que cada frase, cada palabra encuentra su dimensión precisa, no hay rastro de afectación o engolamiento, la voz de la actriz son ecos de verdad que emocionan gracias a su potente carga de sinceridad.
El programa on line de “Voces del alma” dice que este espectáculo te cambiará el concepto de poesía. Es muy posible que eso ocurra con una parte del público, en mi caso, significó la confirmación de lo que siempre pensé sobre como deberíamos percibir la poesía. Pero claro, una cosa es llegar hasta la poesía a través de nuestros rudimentarios elementos como lectores y otra muy diferente que una actriz en estado de gracia nos regale toda su capacidad de representación.
Van diciendo por ahí que “Voces del alma” regresará al circuito de teatro alternativo de Zaragoza en próximas fechas, así que anden pendientes de su reposición y no se la pierdan.

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13 abril 2014

“Tetas” en la sala El Extintor



Hace algunos meses ruló por las redes sociales un cartel en el que Oscar Castro, alma mater de la sala El Extintor, ofrecía sus servicios como Director de alquiler para pingüinos de garaje, actores sin ejercer, amateurs con aspiraciones o cualquier otra especie de las que habita un escenario. “Tetas” nació de ese proyecto, de la conjunción de Oscar Castro como director, las aportaciones de la autora teatral Paloma Pedrero y Ana García que, además de actriz, ha escrito una parte importante del texto.
El texto es uno de los ingredientes básicos de “Tetas”, desde las cosas más sencillas hasta las más profundas necesitan que estén bien escritas para que funcionen desde las tablas de un escenario, ese espacio que recrea la vida y que se alimenta del buen texto, un texto que debe abonar lo que ocurre en la escena.“Tetas” cumple de sobra con esos requisitos y, para quien esto escribe, la función ya tiene ganado la mitad de mis aplausos. En alguna nota de presentación de la obra leí que “Tetas” quiere expresar una visión personal de todo lo que rodea a las mujeres y claro, con esas palabras todos esperamos los tradicionales clichés de mujeres que empiezan la vida, de jóvenes ilusionadas, de rebeldes, de exitosas, en fin, ustedes ya me entienden, ese viaje que va de la psicología hasta el corazón. Es un recorrido que todos conocemos pero, sin embargo, la mirada de Ana García tiene la singularidad de su juventud, ella pertenece a un mundo diferente al mío y, sin embargo, la forma de comprender y demostrarnos la problemática femenina no ha cambiado tanto porque, desde el punto de vista histórico, quizás las cosas no hayan evolucionado demasiado porque el hecho de ser mujer todavía se construye desde el punto de vista masculino y así, los roles y los clichés perduran en los mecanismos de socialización y educación para imponer al género femenino una acumulación de tareas que van desde madres proveedoras hasta esposas amantísimas, y por el camino, una enorme galería de retratos de los que “Tetas” es un excelente catálogo
Pero claro, el teatro es mucho más que un texto, el teatro o es territorio de actores o no es nada. Y lo voy a escribir ya porque me queman las manos. Ana García es una excelente actriz en periodo de formación, y eso es lo mejor de todo, todo lo que le queda por crecer. Su presencia en escena es fresca, tiene chispa en la mirada y su sonrisa delata que el veneno de las tablas es capaz de vencer a los nervios que se transforman en actuación. El principio de la función le va de cara porque ella ha escrito las palabras que nos llevan hasta la infancia y la ternura que poco a poco se tiñe de rojo.
Uno de los momentos más difíciles de un espectáculo es, una vez que se ha conseguido que la risa fluya, lograr que el interés del público gire y el silencio se abra paso. Esos territorios de frontera entre géneros y ambientes son mis preferidos. Ana García dibuja a lo largo de la obra un par de esas situaciones; y por ahí, por ese camino debería profundizar en su trabajo actoral. Porque el silencio, más allá de la risa, hace que las palabras sean más importantes, entonces es preciso que todo lo etéreo, todo lo que hasta entonces era aire se transforme en algo biológico: Las palabras que nacen en el silencio necesitan más musculatura; ya no vale que los sonidos se generen en la garganta, lo realmente importante cuando el silencio ocupa la sala es que todo lo que fluya del escenario lo haga desde la tripas del actor y ahí, Ana García todavía tiene un trecho por recorrer: La distancia que va de la corrección hasta la emoción, desde el trabajo bien hecho y la excelente dicción hasta el puñetazo que me hace llorar. Estoy hablando del trecho que va del escenario hasta la conexión emocional con el espectador. Ana García recorre esa distancia desde las cuerdas vocales cuando lo que yo necesito es la profundidad de su corazón, la bilis de su estómago, la pena de cada uno de los poros de su piel. No solo es una cuestión textual, también necesito que el cuerpo del actor se transforme de la infancia a la soledad. Para ese tránsito es necesario limpiar un poco los gestos que, de tan bien trazados, adolecen de un poquitito de vida: Coger la taza de café, el manejo simbólico de la cucharilla son momentos primordiales que precisan un trazo más real, que no sean un juego, que sean verdad. Ocurre lo mismo con los cambios de vestuario que la actriz realiza a vista del público, estoy seguro que la obra se enriquecería mucho más si esos cambios, en lugar de un mero trámite con banda sonora, fueran una perfecta coreografía de movimientos que construyera el trampolín para que el salto entre personajes fuese más convincente.
Los improbables lectores de esta nota no deberían preocuparse por estos pequeños detalles, lo mejor que pueden hacer es consultar la programación teatral alternativa de Zaragoza, ver “Tetas” y disfrutar del excelente trabajo de Ana García, una joven actriz con las cualidades necesarias para amarrar su indudable talento al universo de la interpretación.
Sin embargo, me gustaría terminar con una confesión de parte: Si Ana, es cierto, lo más importante en esta vida son las caricias, menos consejos y más caricias. Más caricias.



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01 mayo 2013

El caso Perry en El Extintor



El pasado 26 de abril se estrenó en la Sala El Extintor la obra El caso Perry, una comedia de espíritu cabaretero que nació en la Sala Eve´s Bayou de la mano de Óscar Castro, Minerva Arbués, Belén Lázaro y Leyre García. Aquella primera versión pasó por el tamiz de la compañía “6 de trébol” que lo trabajó hasta conseguir el texto de una historia detectivesca, ya saben de lo que hablo, lo han visto multitud de veces en una pantalla o en las páginas de un libro: El detective y su fiel ayudante, un fiambre y varios sospechosos, todos y cada uno de ellos con razones suficientes para matar y con una coartada infalible. El caso Perry marida la novela de Agatha Christie con la hora Chanante para crear una comedia con la capacidad de deducción del detective Hércules Poirot y la intrépida acción del Inspector Clouseau. A bordo de este Orient Express del misterio viaja el detective Wunderstand Hitchcock Shwarkoff, un tipo de sombrero, gabardina y pensamiento en off.
Voy a ser sincero: Prefiero no contarles nada de la trama porque los spoiler no les sientan bien a una historia con un muerto, tres sospechosos, colorines de tebeo y constantes guiños para que el espectador entre en el juego de la ironía y el humor. Un Cluedo que te invita a seguir los pasos del detective, diseccionar la personalidad de los sospechosos y plantear retorcidas teorías. Un viaje para disfrutar del elenco de actores que juegan entre la voluptuosidad científica y la inteligencia seductora, lo etéreo de un matrimonio atado por unos papeles y la química sensual del horóscopo, la aparente frialdad de una gran estirpe rusa y la pasión Ninja por las espadas. Un trabajo de interpretación que fue capaz de cruzar la delgada frontera que separa el humor de la realidad. Ese instante mágico cuando una elipsis de tono, gesto o palabra provoca un momento de silencio y, lo que hasta entonces era chiste y aventura, se transforma en novela negra que pone sobre las tablas la realidad social.
El caso Perry es una comedia absurda en la que un detective sigue la pista a tres hermosas mujeres capaces de casi todo. No se la pierdan. La función del estreno terminó con una atronadora salva de aplausos para gratificar el excelente trabajo de Nashaat Abdel Hafed, Irene Alquezar, Minerva Arbués, Óscar Castro, Susana Martínez y Francesc Tamarite.
La vuelven a programar el viernes 3 de mayo en La Sala El Extintor de la calle Las Armas 20, Zaragoza. Para reservar entradas pueden enviar un mail al correo electrónico salaelextintor@gmail.com
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La crónica ya ha terminado pero no me resisto a contarles ese momento mágico cuando una de las tres Damas del Tugsteno, la diva de cabaret Irina Smirnoff, se sentó encima de mis rodillas, clavó sus ojos en mis pupilas y posó las yemas de sus dedos sobre mi cabello. El latido de mi corazón ocupó todo el patio de butacas hasta que alguien dio luz de sala y el hechizo se rompió. Fue entonces cuando conocí al detective  Wunderstand Hitchcock Shwarkoff.

Reseña publicada en el nº 135 de El Pollo Urbano

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22 marzo 2013

Cuarto Oscuro o un master en jadeos




Les confesaré una cosa que hasta hoy he mantenido en secreto: Una vez estuve en un cuarto oscuro. Fue una tarde de sábado a las pocas semanas de llegar a la ciudad. Estaba tomando unas cervezas con uno de mis compañeros de clase y un par de amigas suyas hasta que la ronda terminó en un garito que se llamaba “Cachaito”. Pedimos nuestras consumiciones en la barra y mis acompañantes, entre sonrisas que detecté nerviosas y algún empentón subido de tono, me llevaron hasta una habitación en la que, aunque no se veía absolutamente nada se percibía el sabor agridulce que produce la mezcla del sudor y el deseo. Mi desconcierto eclosionó cuanto sentí como una lengua pretendía atornillarse a mi boca y me las piré todo lo rápido que pude. Seguramente no estaba preparado para semejante sorpresa, al fin y al cabo todavía era un chaval de pueblo al que le gustaba el cortejo en el parque, las risas en el bar de la plaza y un revolcón de besos y magreos en algún ribazo, y bajo la cálida luz de la luna. No estaba preparado para aquella experiencia, demasiada sofisticación para un paleto.
Por eso quería ver la función “Cuarto Oscuro” que la compañía Microteatro Zaragoza presenta en la sala El Extintor. Quería encontrar las respuestas que aquella escapada juvenil todavía me provocan ¿Quienes transitan por esos lugares? ¿Cuales son sus motivos? ¿Qué buscan? ¿Sacian sus apetitos espirituales o todo es una cuestión de piel? Si, tienen razón, quizás sean muchas preguntas para una función de teatro.
La representación comenzó con lo que podríamos calificar como una seña de identidad muy interesante de Microteatro Zaragoza y su especialización en la iluminación indirecta de sus espectáculos a base de linternas. La ejecución de las luces y las sombras fue muy sugerente porque ver y no ver no eran opciones enfrentadas, formaban parte del clima de deseo al que nos invitan los actores que, jugando en un amplio espacio, conformaban figuras y situaciones muy interesantes por las perspectivas de los diferentes planos. El concepto, la idea de la función y su envoltorio, invitaban al optimismo sin embargo, tras el primer impacto y la curiosidad por la coreografía de múltiples y variados deseos, posiciones y otras delicias… me pregunté por el desarrollo de la trama. Y es ahí dónde la obra cojea porque no hay una evolución claro de ninguno de los personajes que, aunque nos muestras sus pasiones, miedos y deseos, lo hacen con materiales frágiles. La función pide una argamasa más consistente, asideros a los que actores y público puedan amarrarse para entrar en ese lugar de encuentro, de mezclas, de engaños y verdades. Un universo que solo atisbamos pero al que no podemos acceder porque falta un camino que nos lleve hasta su interior, y dar el paso que separa la pasividad de mirar del dinamismo cómplice de quien siente las pulsaciones de la vida que se nos propone en escena.
Los papeles masculinos, salvo varios gag con gancho, son planos, tan sólo un esbozo impuesto por un texto casi inexistente y unas situaciones que terminan por carecer del suficiente interés aunque los actores las defiendan con oficio y credibilidad. Ellas tienen más de suerte, además del repertorio de jadeos, tan variado y abundante como el de sus compañeros, al menos tienen la ocasión de mostrarnos un poco más de sus personajes. Y es una alegría porque Minerva Arbués y Susana Martínez, en esos pequeños bosquejos, dejan entrever su potencialidad como actrices.
Cuarto Oscuro es, sin dudarlo, una buena idea a la que le falta un cuarto de hora de cocción para perfilar una historia. Sin esa profundidad temática solo nos queda un intento, una pirueta, un muestrario dónde el mayor interés radica en contemplar la entrega por la causa de los actores. Al finalizar tuve la sensación de asistir a una clase en una escuela de teatro antes que a una representación.
Cuarto Oscuro está pidiendo a gritos más músculo dramático: La aspirante a meretriz, la periodista, el señor de los abrazos profundos y la brocheta precoz de señores se lo merecen.
Publicado en el nº 134 de El Pollo Urbano:

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11 febrero 2013

La Escuela Cómica Suicida se enreda en El Extintor



La primera vez que los vi actuar juntos ya eran pareja sobre el escenario. Fue en la presentación oficial de La Escuela Cómica Suicida el 20 de marzo de 2011. La Sala Gromeló estaba de bote en bote y en la primera escena, tras las bendiciones sacerdotales, asistimos a un velatorio con fiambre de cuerpo presente y los hipos de la viuda. Irene Alquezar era la viuda y Francesc Tamarite era el muerto. Desconozco si este traumático inicio ha tenido algo que ver en la decisión de montar juntos “Enredos”, una función de parejas enredadas.

Una parte esencial del ADN de la Escuela Cómica Suicida consiste en abrir el juego de la improvisación a los caprichos delirantes del patio de butacas. Una de las novedades de este espectáculo es que no hay lugar para las improvisaciones. “Enredados” está formado por tres escenas cerradas donde la cuarta pared, esa convención que separa actores y público, es fundamental. El texto de la obra es de los autores Esteban Crespo, Eva Nuño y David Planas. Las palabras son la primera gran baza de la obra que, bajo la dirección de Oscar Castro y el trabajo de los actores, se hacen corpóreas. Se aprecia con claridad el trabajo que va desde la hoja de papel que todo lo soporta hasta la representación, un trayecto dedicado a traducir los diálogos y las situaciones del libreto hasta el ámbito de la carnosa comunicación entre actores y público. Esa inmediata conexión entre el escenario y las butacas juega a favor de los personajes de “Enredos” que, aunque hablan no llegan a comunicarse, o si lo hacen, es a través de los recovecos de la manipulación emocional, el descaro por escrito o la extraña sensación de hablar en una frecuencia de onda muy alejada de quien nos replica.

Irene Alquezar y Francesc Tamarite transitan entre la ficción y la realidad para mostrarnos con credibilidad que a veces las cosas no son como parecen, que es muy fácil confundir compromiso y libertad, o sufrir algunas carambolas del destino. La sencilla escenografía es más que suficiente para que los personajes se desenvuelvan a ritmo de comedia: diálogos picados, movimiento en escena y, ahí está la esencia de la buena comedia, detener el tiempo y la acción, dejar respirar al respetable, y tener el oficio suficiente para mantener el pulso de la función. Los actores resuelven esta ecuación y añaden la dificultad de conseguir que la brevedad de las escenas no sea un obstáculo para conseguir una evolución coherente y verosímil de cada uno de los personajes, especialmente en la Raquel que abre la función y que transforma sus facciones, su voz y la voluptuosa intencionalidad de su cuerpo. De esa primera escena me gustaría destacar como, tras una catarata de carcajadas, Irene y Francesc consiguen que el público detenga la risa para observarlos. Los personajes están ahí, más reales que nunca, justo al otro lado de la delgada línea que separa la comedia de la vida. Están sentados junto a la mesa, las miradas perdidas y la reflexión, la reflexión de los personajes y la del público se adueña del escenario y las butacas durante un breve espacio de tiempo, una de esas largas cambiadas dónde los pequeños matices en la actitud, en los gestos y la voz abre la puerta a la realidad. Un diminuto momento que engrandece aún más esta comedia pensada para que te diviertas y pases un buen rato de humor fino y alargado.

Pulsen la tecla off del mando a distancia, apaguen el móvil y reserven sus entradas con la sana y sencilla intención de divertirse. “Enredos” es un juego alrededor de hombres y mujeres que, como ustedes ya saben, no hablamos el mismo idioma.

“Enredos” de La Escuela Cómica Suicida

Sala El Extintor


Todos los jueves del mes de febrero a las 21:00h


Reservas: salaelextintor@gmail.com

 

Publicado en el número 133 de El Pollo Urbano 

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02 noviembre 2012

La Morada abre sus puertas en la sala El Extintor



Día de Todos los Santos. La ciudad pasaba el día de difuntos azotada por la resaca de la noche anterior. Noche de niños y disfraz baratillo. Esqueletos pintarrajeados en telas de la China, brujas pirujas en busca de su escoba y la certidumbre de que el terror se ha adueñado de nuestro tiempo. Paseaba por Zaragoza cuando en la calle Armas, a la altura del número 20, escuché un grito desgarrador. Me detuve para dejar que los latidos del corazón volvieran a su rutina. No lo logré porque un chirrido metálico amenazó el poco valor que me quedaba. Aunque estaba asustado logré girarme poco a poco. Era una persiana metálica  y me invitó a pasar. Más allá del alumbrado público todo era tinieblas, y sin embargo, un extraño influjo me llevó hasta el interior de aquel viejo caserón. Sentí frío y la intensa sensación de que estaba a punto de entrar en uno de esos rincones escondidos a la vista implacable de los demás, hasta que la ligera brisa del destino, los hacen brotar. Santiago Meléndez ha destilado la desazón de las calles para escribir un disparadero que sacrifica el altar de un escenario y se hace carne bajo la luz de las neo candilejas: Haces de led blancos y los ojos en par en par de todos los espectadores. No había lugar a la duda. Estaba en el las tripas de La Morada y noté como el miedo se adueñaba de mis sentidos.
En La Morada sobreviven, aunque no sabemos hasta cuando, los restos del Alacrán, de la debacle social y moral que se cierne al ritmo demoledor de cuando creemos avanzar y solo retrocedemos. Scorpio es una criatura atornillada por el sufrimiento y la tenue luz que sus recuerdos se vierten por una voz acompasada y al ritmo, incomprensible para nosotros, del lívido insaciable y fatal. Salamandra plastificó su vida de horror con frases que hieren la culpa inocente de ser invisible ante los demás, y entonces llegó un Ángel de Luz aferrado al texto como única vía de escape y su respiración entrecortada penetró en mi estómago hasta restregar las tripas. Una leve pausa para llegar al pie de las largas trenzas y ojos abiertos de Luna. Vómito de  mocos al compás de una canción infantil silabeada con ritmo fúnebre de miseria y hambre. Ayer lo viví. El desasosiego presente a cada paso y el matiz de un gesto, la mirada desquiciada que trae recuerdos, esperanza o la certidumbre de un futuro lleno de terror. El milagro del respetuoso silencio mientras el tiempo pasa y ellos, los dueños de La Morada, siguen dando vueltas al ritmo terrible del tiempo que se presenta en forma de justicia, aunque algunos pusilánimes la llamaran venganza, y nosotros, los espectadores de teatro, legitimamos con nuestro aplauso.
La Morada es el cuarto montaje de la compañía Microteatro Zaragoza que además estrenan espacio en El Extintor, una sala todavía en construcción para teatro de emergencia y emergente. Un lugar ideal para representar esta obra de teatro que, en palabras de Santiago Meléndez, conecta con el auténtico terror actual de la realidad social.

"¡ ARRGGHHH ! (La Morada)...te sentirás helado....

"El Extintor", Calle las Armas, 20

Del 31 de noviembre hasta el 9 de Diciembre.

Viernes y sábados a las 22

Domingos a las 20 h.

PRECIO: 7 Euros

RESERVAS EN EL 622 431 121



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10 septiembre 2012

Sala El Extintor, estamos en construcción


La Sala El Extintor, en la calle Armas número 20 de Zaragoza, es un nuevo espacio para el teatro que nace de la mano de Óscar Castro.

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24 agosto 2012

“Nudo” de Teatro PezKao en El Extintor




El Extintor es un espacio teatral en construcción. Una sala que abrirá sus puertas en la Calle de las Armas nº 20 de Zaragoza cuando el otoño se lleve estos calores de verano. En El Extintor queda casi todo por hacer, exento de subvenciones, autogestionado y con el ímpetu del director, actor y súper héroe Oscar Castro al frente del proyecto. Pero, ¿por qué esperar a tener instalada la taquilla, las butacas o el escenario? En la sala El Extintor se puede hacer teatro cuando fontaneros y albañiles terminan su jornada laboral y dejan el espacio para que lo ocupen los actores.
La compañía Teatro PezKao fue la encargada de inaugurar este nuevo espacio y nada mejor para esa tarea que hacerlo con una obra que, como la sala, también está en fase de construcción. “Nudo” es una caja de comprimidos para teatro violento. La historia de un hombre enfrentado a un destino marcado por el silencio, la violencia y la soledad. Ayer nos suministraron tres de esas píldoras. Tres golpes al bajo vientre que te incomodan, te dejan en ese resbaladizo terreno entre la sonrisa nerviosa y la desasosegante sensación de sentir como el actor tatúa el texto en su cuerpo hasta transfigurarse en médium y entregarnos piel, voz y cada uno de los gestos que construyen un personaje y lo sitúan, gracias a la argamasa de un buen trabajo teatral, en medio de la implacable realidad: Un mundo teñido por la ferocidad de la violencia, espectáculo en los medios de comunicación o acción cotidiana en nuestras casas que nos sumerge en un caldo vehemente de baja intensidad para, cuando menos te lo esperas, estallar delante de nuestras narices.
Teatro PezKao asume el reto de moldear las sutilezas de la violencia y montar un espectáculo que, en esta fase incipiente de representación, alcanza un alto grado de emoción.

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