Ginzburg y mi madre
Ginzburg y mi madre
El historiador
Carlo Ginzburg (Turín 1939) murió este 17 de junio a los 87 años. Doctor en
Filosofía y Letras por
El texto de Ginzburg cuenta las declaraciones del molinero Menocchio que interpretan la cultura de finales del siglo XVI con el choque entre las tradiciones rurales, lejanos acontecimientos históricos y la invención de la imprenta.
Mientras la concepción
bíblica de la creación parte de un principio absoluto antes del cual no existía
nada, ‘El queso y los gusanos’ es el choque entre la página impresa y la
cultura oral. Una mezcla explosiva en la cabeza de Menocchio que lo llevó a ser
ejecutado por la Inquisición porque su pensamiento estaba muy lejos del
ejercicio católico del acto de fe en cuanto al origen del mundo que encontramos
en (2 Mac 7, 28) “Te pido hijo mío que mires al cielo a la tierra y lo que hay
en ella, que sepas que Dios hizo todo esto de la nada y que el género humano
fue hecho así” Una idea rematada en (Gén 3,24) “Expulsó al hombre y puso
delante del jardín de Edén los querubines y la espada de llama flameante para
guardar el camino de la vida”
La cosmovisión
de Menocchio partía de la creencia de un mundo originado en el caos del que
surgió “una masa, como se hace el queso con la leche, y en él se formaron
gusanos, y éstos fueron los ángeles” El molinero trataba de convencer a sus vecinos
que el mundo había nacido de la putrefacción.
El estilo
Menocchio mezclaba lo leído con una manera de contar los acontecimientos que nos
llevan inexorablemente hacía la creación literaria. Esa idea de ”formar una
masa” para crear el mundo me recordó a mi madre. Ella también tenía una
cosmovisión propia de cómo Dios había hecho a los hombres. Me lo contó muchas
veces en las tardes de invierno cuando la infancia en las Barriadas del Sur de
Utrillas se detenía a escuchar historias junto a una estufa de carbón.
La Rosario,
madre católica, creyente apostólica, de misa semanal y rosario diario, me hablaba
de un Dios alfarero que creaba hombres y mujeres de barro y los introducía en
un horno. El tiempo de cocción de cada hornada determinaba la raza. Nosotros éramos
así tan blanquitos porque estábamos poco hechos, sin embargo indios, chinos,
mulatos y todos los que tenían pieles cobrizas estaban cocidos al punto. ¿Y los
negros? pregunta yo. Mi madre entonces levantaba la mirada del ganchillo y ponía
sus ojos en los míos. Los negros hijo mío son un descuido divino. A Dios
nuestro señor se le fue el santo al cielo y se le quemaron un poco. Ya ves Javi,
todos diferentes pero iguales a los ojos del creador. Como cuando se me quema
alguna croqueta.
Afortunadamente
mi madre no terminó sus días en la hoguera como le ocurrió a Menocchio porque
ella, lejos de la herejía, tan solo me estaba contando un cuento con ese quejío interno de quienes aceptan el
mundo creado por Dios, pero no comprenden la forma que tienen algunos de mirarlo.
Etiquetas: artículo, Carlo Gizburg, Menocchio, mi madre, microhistoia, Relato, Rosario Clemente, texto











