La curvatura de la córnea

04 diciembre 2021

El tiempo entre costuras: Una vida de colores

 




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02 diciembre 2021

La función de la crítica

Ilustración: @fer_zombra

 

 

“El crítico es un necio que no trae dinero”

(Cosmo Brown en Cantando bajo la lluvia)

 

Carlos Calvo, subdirector de El Pollo Urbano, publicó en el número del mes de octubre un artículo titulado “Las cartas boca arriba”, en el que lanzaba unas cuantas preguntas y reflexiones en torno a la idea de la crítica en prensa “política, social, económica, de arte, de cine, de literatura o de lo que sea.”

Las preguntas que se hacía Calvo me animaron a escribir este texto que, sin pretender responderlas, tan solo es un intento de plasmar mis propias reflexiones, a las que añadiré algunas consideraciones que Esteban Villarrocha, director del Teatro Arbolé, publicó en el prólogo del libro “Teatro escogido 1987-2010” de la editorial Titirilibros, con autoría de Joaquín Melguizo que ha ejercido la crítica teatral en el Heraldo de Aragón durante 16 años.

En estos tiempos de redes sociales la primera reflexión sobre la crítica hay que situarla en torno a la idea de que  todos tenemos la posibilidad de ser críticos: En los muros de Facebook podemos  clicar un me gusta, me encanta, me enfada o me importa en un ejercicio muy parecido a las estrellitas que sirven de baremo en las críticas más tradicionales. En portales especializados podemos reseñar restaurantes, hoteles y en Google Maps puedes dejar tu opinión sobre cualquier lugar. Otra cosa es Instagram, allí solo es posible dejar constancia de lo que te gusta y así, excluyendo cualquier concepción crítica, las palabras Carlos Calvo adquieren todo su sentido: “Quedar bien con todos es una de las maneras más rápidas para la inhabilitación y la pérdida de cualquier valor referencial. La objetividad no debe confundirse con el todo vale. Si todo es interesante nada es importante. Ni trascendental.”

Carlos Calvo comenzaba su artículo con una pregunta esencial. ¿La crítica es necesaria? En mi caso no tengo dudas porque soy un lector habitual de críticas desde que era un zagal y puedo afirmar que me han ayudado a comprender discos, canciones, obras de teatro, novelas y películas. La crítica es una excelente herramienta para moldear la mirada. Por eso la clave sobre este debate quizás está en la segunda pregunta que Calvo se hacía: “¿Es lícito que un individuo pontifique el esfuerzo de cien personas durante meses o años?” El problema en esta caso es que la pregunta está mal configurada cuando sitúa en medio del debate un término “pontificar” cuyo significado es presentar acontecimientos como innegables que bien podrían ser diferentes bajo otra mirada, que además se relaciona con una manera dogmática de exponer opiniones, elementos de expresión que deberían estar muy alejados de ejercer una crítica fetén porque, claro que es lícito plantear una crítica en torno a una obra, incluso alzar la voz de alerta sobre su deficiencias, sin embargo es mucho más importantes subrayar que el ejercicio de la crítica nada tiene que ver con dictar sentencia.

Otra de las preguntas esenciales es la que plantea quien está realmente capacitado para escribir crítica. Una característica básica de la crítica es que se trata de un ejercicio que permite diferentes niveles, que a la vez son compatibles. En realidad cada espectador es un crítico en potencia, desde el más chusquero tuercebotas al más fino catedrático de literatura. Lo realmente importantes es percibir el valor relativo de cada una de esas críticas, extraer el mejor jugo de cada una de las diferentes visiones y combinarlas en una fórmula ponderada para obtener una percepción más amplia del objeto sometido a crítica. Por lo tanto la clave no está en si quien ejerce la crítica tiene más o menos formación académica, lo realmente importante, lo que tiene verdadero valor es tener una mirada propia y capacidad para contarla desde la honradez. La crítica es un acto de confesión sincera que combina hechos objetivos, sensaciones personales y un respeto impecable hacia los creadores, se trata de un proceso de interacción entre el crítico y la obra a la que se enfrenta. En palabras de Villarrocha “El crítico debe aprender más a analizar que a juzgar, sin negar esto último. El crítico sabe mirar y oír.”

Carlos Calvo dedica uno de sus párrafos al “conflicto” que suele producirse cuando ”el crítico ve algo diferente a lo que piensa el artista”. Esta coyuntura se enmarca en el déficit que arrastra nuestra sociedad en general, y la acción política en particular, sobre todo aquello que tenga que ver con el debate, ese lugar donde las razones de cada uno de los participantes construyen un almacén de nutrientes intelectuales. El debate fetén es una excelente escuela en la que es imprescindible escuchar y entender la voz del otro para responder con mejores argumentos. Por eso me apunto a las palabras de Villarocha cuando, si bien reconoce que para muchos hacedores de teatro la figura del crítico se percibe como “terrorífica”, también recuerda que muchos creadores la aceptan y procuran sacar provecho de los fallos evidentes que se les pueda señalar. En este sentido me atrevo a recordar que la mirada del crítico tan solo es una mirada más y que, con independencia del grado de satisfacción que muestre, merece el mismo respeto que la mirada de cualquier otro espectador.

La sociedad en general y los espectadores de obras de arte en particular también tienen la responsabilidad de pedir a sus creadores que se comprometan con su trabajo para utilizarlo como una factoría de sensaciones que muestra otros caminos y anima a la reflexión. En ese sentido me apunto a la concepción de las artes escénicas del dramaturgo italiano Romeo Castelluci cuando, en unas declaraciones a Jacinto Antón, sitúa su profesión en el lugar donde se sugieren cosas, crear imágenes y ponerlas a disposición de los espectadores para que cada uno de ellos las interprete como bien les parezca. Esa interpretación final no es responsabilidad del creador, su función es trasladar los conflictos a la escena para crear dudas, incluso malestar o incomodidad. A partir de ahí, el trabajo que cierra el círculo del hecho artístico es del espectador. En esta tesitura, la crítica es un factor imprescindible para engrasar el diálogo entre escenario y patio de butacas. Por eso el crítico, además de la honradez de la que hablé antes, es conveniente que realice una presentación equilibrada del autor y sus argumentos, informe sobre el estilo de la obra y su carga simbólica, cuente el conflicto que se pone en escena y valore todo el conjunto. El resultado debe plasmarlo en una escritura que, más o menos mordaz, literaria o aséptica, ayude al lector a sacar algún tipo de conclusión final. La crítica construida con este formato es muy difícil que se pueda tildar de “negativa”, “destructiva” o “terrorífica”, más bien al contrario, leída con interés, se convierte en material para la reflexión.

Estoy de acuerdo con la idea de Villlarocha cuando entiende la crítica como un viaje que, en palabras de Stanislavski “debe ir de lo subjetivo hacia lo objetivo”, alejarse del comentario simple y superficial sobre lo evidente, argumentar las opiniones y mostrar interés por el verdadero contenido de la obra de arte. En ese mismo terreno Carlos Calvo  afirma que la crítica tiene que reaccionar con inteligencia, explorar, desmenuzar y valorar para “generar criterios” entre los espectadores, lo que Villarrocha define como “un constructor de lecturas” El crítico debe aspirar a “la formación de un sentido crítico” mediante un aprendizaje que decodifique el objeto observado, en las artes escénicas, plásticas o literarias y así evitar el estancamiento.


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28 noviembre 2021

Vivir de los recuerdos o morir por ellos (versión Heraldo)


 

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25 noviembre 2021

Poesía

La pluma oscura declina el recuerdo

de las heridas que me dejaste.

La tinta corre como el epitafio

indeleble de nuestra destrucción.

Después de veinte años perdí la voz

entre tu desprecio y mi reverso.

Anegado en los lirios del silencio

no pude ver los altos muros

que delimitaban el jeroglífico de vivir.

 

El manual opaco de autoayuda

recomienda tres pasos:

Cerrar heridas.

Repeler males.

Escribir poesía.


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24 noviembre 2021

Adiós dueño mío (Versión Heraldo)



 Disfrutar de los placeres no implica sumisión (heraldo.es)


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23 noviembre 2021

Cantar, bailar y chapotear bajo la lluvia

 


La película “Cantando bajo la lluvia” se estrenó en 1952 y con el tiempo se ha convertido en uno de esos materiales culturales que traspasan generaciones para formar parte de una memoria colectiva capaz de tararear la famosa melodía en la que Gene Kelly canta y baila bajo la lluvia. El Teatro Tívoli de Barcelona acoge desde primeros del mes de septiembre la versión musical con Ángel Llácer en la dirección, Manu Guix en la dirección musical y las coreografías de Miryan Benedited.

Lo esencial de la trama, más allá de la historia de amor con final feliz, es la preocupación ante las incertidumbres que se producen en los tiempos de cambio o transición, esos paréntesis en los que lo viejo no acaba de irse mientras lo nuevo todavía no se ha asentado, ese miedo a cambiar que a veces nos hace perder la partida.

La dramaturgia del musical aprueba el reto de traducir el lenguaje cinematográfico original al lenguaje propio del teatro tanto en los aspectos técnicos como en los artísticos que la compañía sitúa al mismo nivel cuando algunos representantes de la parte técnica salen a escena parea recibir los mismos aplausos dedicados al elenco artístico.

El cine está presente en la representación porque se incluyen imágenes que solucionan la necesidad narrativa de acudir al flashback, al visionado de las películas que ruedan los protagonistas y, especialmente acertada por su comicidad, es la secuencia en la que Ángel Llácer interpreta al inventor que ha unido imagen y sonido. Pero desde el punto de vista técnico el momento más esperado es la secuencia de la canción de “Singing in the rain” que, con un atrezo tan simple como media docena de farolas, es capaz de hacernos soñar cuando la lluvia se hace realidad sobre el escenario para formar charcos donde los zapatos de los bailarines se dedican a salpicar (o no tanto) el patio de butacas.

La función principal de las canciones de un musical es empujar la acción, ahí radica la esencia del espectáculo. La adaptación y traducción de las letras al castellano suenan frescas, naturales y cumplen a la perfección las exigencias narrativas. El trabajo de Marc Artigau es especialmente brillante en la creación de los trabalenguas que recita el entrenador de pronunciación y repiten la pareja de protagonistas masculinos hasta construir un delicioso número. La preocupación para que las modificaciones de las canciones sean en beneficio del lenguaje teatral se puede apreciar con claridad en el número “Good morning”. En la versión original hay un momento en el que los buenos días se cantan en diferentes idiomas mientras los protagonistas cambian de vestuario para que los tópicos nos den pistas del país al que se refieren, en el caso de España es inevitable y se acuda al simbolismo de los toros. En la versión teatral, la parte multilingüe de la canción se convierte en melodía instrumental aliñada con imágenes en blanco y negro que nos llevan por todo el mundo, mientras los bailarines muestran coloridos vestuarios que nos recuerdan a esos mismos lugares. Pero entonces, me pregunto ahora, si el trabajo de adaptación y traducción es realmente bueno, ¿por qué  la canción que da título a la obra se interpretó en inglés?  Creo que la razón es que todos sabemos que la historia se encuentra en un momento clave, y precisamente por eso la acción narrativa se detiene para subrayar el inicio de un gran amor, nos encontramos ante una explosión de felicidad y todos lo sabemos, por eso no hace falta traducir la letra, porque el texto en realidad no aporta nada al desarrollo de la trama y así, interpretada en el inglés original, se convierte en una potente herramienta de conexión entre el escenario y los recuerdos que brotan entre las butacas donde el público susurra, tararea o silba la tonada original.

La coreografía chispea sin cesar para conseguir que el aroma de la película esté siempre presente. La ejecución es una explosión de fluidez, equilibrio y precisión, enérgica cuando la acción acelera, pausada en los momentos de calma, protagonista total en muchos momentos, pero también tapiz de fondo para dotar de densidad los aledaños de algunos diálogos. Es como si el baile formara parte de la vida.

Don Lockwood es una estrella de cine mudo interpretado por Iván Labanda que, con un buen trabajo de engarce, empuja la acción. Es evidente que su trabajo es el más difícil aunque solo sea porque Gene Kelly proyecta una sombra muy alargada desde el celuloide, y sin embargo Labanda demuestra oficio y cumple a la perfección con su papel.

Kathy Selden es la guapa y joven principiante que se enamora de la estrella de cine, y que Diana Roig resuelve con una sobresaliente interpretación en la que hace gala de una magnifica voz, excepcional en la ejecución de las coreografías y una prestancia en escena en la que parece volar.

Ricky Mara se sitúa al mismo nivel de interpretación en su papel de Cosmo Brown, el amigo fiel, la energía del optimista y el apoyo sin límites. El artista que desde la segunda fila de la fama se permite ser el contrapunto que salpimienta todas las acciones con humor y comicidad, Cosmo es ese amigo con el que todos soñamos y quizás por eso es el que más aplausos se lleva a lo largo de la representación.

Mireia Portas le da un giro espectacular a la figura de la diva tan insoportable como inocente (o no tanto) de Lina Lamont. Es importante que nos detengamos un momento en el rol que juega este personaje en la función porque su arco interpretativo cuanta con una modificación que juega a favor del desarrollo narrativo del musical creando un final esperanzador para todos, incluso para los perdedores. La historia original saldaba la participación de Lina Lomont con una derrota ejemplarizante frente a la victoria intachable de la fama y el amor. Sin embargo, la Lina Lomont de la función aprovechará sus problemas de dicción para llevar al personaje mucho más allá, a terrenos muy cercanos al clown que, cuando todo se pone negro, es capaz de recrearse en su destino, hacerlo suyo sin complejos y mostrarlo delante de todos sin ningún rubor. Para alcanzar este nuevo objetivo dramático, la actriz Mireia Portas rompe la cuarta pared, se enfrenta al público y realiza un generoso ejercicio de comicidad sin trampa ni cartón: Insistir y aguantar en el error hasta para que el público se parte de la risa. Ese número tal vez sería suficiente para que Lomont se quedara en los corazones del público, sin embargo la dramaturgia del espectáculo lo lleva más allá gracias a un número musical que le permite reivindicarse, porque ela también tiene derecho a participar en el nuevo cine sonoro que anuncia su muerte como estrella del cine mudo, ese nuevo lugar creativo en el que se precisa hablar, cantar y bailar a la perfección mientras ella, la gran Lina Lamont será una artista venida a menos porque no tiene la capacidad para adaptarse al nuevo avance tecnológico que la va a dejar fuera de foco. Pero la dramaturgia viene a salvarla con un gesto valiente que permite a Lina Lamont, con todas sus torpezas, recibir una estruendosa mezcla de carcajadas y ovación, esa es la mejor demostración de que el mundo del espectáculo no hay ni límites, ni etiquetas, que nadie tiene la fórmula mágica para conseguir que el público se emocione.

 “Cantando bajo la lluvia” enseña lo positivo de envolver las circunstancias que nos pueden cambiar la vida con grandes dosis de humor y esperanza, que cualquier momento de renovación tendrá un buen final si lo enfrentas con optimismo y  que, más allá de las personas que cantan y bailan a las mil maravillas, la vida siempre guarda un lugar para los que solo somos capaces de chapotear bajo la lluvia.

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17 noviembre 2021

Volver a vivir

Un día dejaré de llorarme
y las raíces, que a ti me atan,
se secarán como el oro de mis ojos.
Esa noche subiré a la luna
para encontrar el camino recto
que me aleje del óxido mental.
El alivio de tu ausencia.
Mirar y no verte.
La deliciosa soledad
de volver a vivir.

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