La curvatura de la córnea

19 marzo 2010

Puri y Los Tanys en el Socco Café

El Socco Café esta a veinte minutos de transporte público desde casa. Alejandro llegó un poco tarde y tuve el tiempo suficiente para escudriñar la escenografía: Lenin bajo la tele, la bandera española y constitucional en un cubo de basura, la sartén en los fogones y una boa serpenteando bajo un atril, atril de poeta, de versos. En la tele películas en blanco y negro y corridas de toros de cuando los caballos de picar no llevaban peto.
Puri y Los Tanys salieron a escena a las once de la noche. Puri con bombín y Los Tanys con gorras de chicos malos aunque ellos tiene cara de chicos buenos. El primer impacto fue directo: Energía a borbotones en un escenario de bar, poderío y ganas de ser espectáculo. Puri con garbo, Puri con garra, Puri avasallando, Puri gritando, Puri sin medida pero con encanto. El encanto del que esta encantado de estar, la insolencia del artista, del poderoso bajo los focos, de quien se siente poema, voz y vida. Por ahí transitan los versos de Puri, por el entresijo costumbrista del siglo XXI tan parecido a los entresijos de siempre: Mierda de vida, mierda de trabajo, mierda de canción. La vecina en bragas, la fila del paro y un par de huevos fritos con versos y pan.
La idiosincrasia de Puri es su desmedida, tanta energía merece la dosificación de una dramaturgia, de un hilo conductor que no avasalle, que deje respirar a los poemas, que fluya desde las páginas hasta los corazones. Moldear el formato, dosificar esfuerzos y que no se pierda nada del mensaje entre tanta entrega. Puri tiene la ventaja de sentirse Star, tan sólo necesita parar y templar, contemplarse desde fuera y medir los tiempos y la intensidad de cada entrega, aire para dejarnos respirar.
La potencia de Puri tiene mucho que ver con el trabajo de los Tanys. En la noche de ayer formación de dúo con guitarra y violín. Dos maestros en la ambientación musical, telones de fondo para un cabaret de París, Roma o Berlín. Acento sureño, toque francés, tres chicos sicilianos y el desgarro de la guitarra por soleá.
La simbiosis entre la energía de Puri y la elegancia musical de Los Tanys conformó un espectáculo que circuló entre la iconografía del cabaret y la reivindicación poética de lo más cercano, como si acumular frases, aforismo y sensaciones fuera a darnos una nueva oportunidad. Un show en bruto, sin aderezos ni conservantes, la certeza de encontrar a unos tipos que se suben ahí sin trampas ni cartón, buscadores de talento y agitadores de lo establecido. Versos de garganta, música para la epidermis y el desmedido despropósito de abandonar la mente de diario para soñar un mundo sin vecinas, sin bancos, sin mierda, sólo un par de cuerdas vocales, un sueño y a vivir.



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18 febrero 2010

´dita sea


Dejé los versos ripiados de la comedia de Don Mendo en los asientos del veintidós. Estaba contento con el ensayo pero llegaba tarde a la Vía Lactea, a la sesión de poesía a cargo de La Despeinada y organizada por Amigos del Teatro, con un extracto de “Despellejada”, recital poético bilingüe (francés- español), de Céline Rainoird; y las intervenciones de Carmen Camacho y David Eloy Rodríguez, poetas de paso por la ciudad.
Me recibió la voz de Rabanaque, voz firme de marcado cariz político. La barra vacía, excepto el bigote mejicano de Paco Peco y dos jarras de cerveza. Un telón negro separaba lo bebible de lo poético.
La sala llena de ojos, oídos y el aire viciado por el poeta con palabras para describir la tortura como representación teatral que la autoridad certifica con titulares en la prensa. Mantener las apariencias tras la barbarie. Piruetas de fontaneros en las cloacas del Estado, esa de red de cañerías maniqueas que exhala fragancias primaverales si los mandamases son de nuestra cuerda, o fétidos aromas putrefactos por la acción represora de quienes nos disputan el poder. Pequeñas grietas para sustentar democracias, rendijas por las que se escapa el factor humano que debería regir la acción de los poderosos.
La primera vez que escuché a Rabanaque tiraba bolitas inalámbricas de papel para contactar con el público y dedicarles versos. Ayer, el poeta punteaba la pantalla de un ordenador. El impulso liberaba imágenes de Rubén Cárdenas que, prendidas de una tela blanca, esperaban la voz cableada del poeta. Palabras transeúntes del cobre de los hilos que penetraban en la tarima de madera, pasaban al subsuelo y se multiplicaban como raíces. El público silencioso, con las plantas de los pies sobre la tierra y el alma en el vilo de un sueño labrado por el poeta. Tierra y agua. Talones, pelvis y sal. Sal del mundo, escribe un verso, arruga un papel, nadar entre botas, peces y el ambientador de un coche que recorre la autopista a más de mil. A mis espaldas un tipo tira de la cadena, el sonido del agua se incorpora al recital. Rabanaque nos invita a recibir sus versos en el corazón. Los Zombra cierran los ojos. No me atrevo a participar en el juego. Apuro mi jarra y decido mirar por el visor de la cámara de fotos. El poeta sigue ahí. El atril se me antoja una barrera. El zoom me trae la mirada de Rabanaque y ahí, al ladito de mis dudas, siento su imponente presencia vegetal. La rama verde que cimbrea junto al río los poemas para ya. Urgencias para tiempos de olvido.

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23 octubre 2009

Emilio Gastón en el Candy Warhol

Alejandro me dijo, cuando salimos del Candy Warhol, la de veces que en las noches de parranda había coreado aquello de « ¡Emilio Gastón! ¡Justicia de Aragón» Emilio Gastón fue el primer Justicia de Aragón tras la vuelta de la democracia, allá por el año 1988 y yo, al contrario de mi amigo poeta, aún terminaba las juergas cantando a ritmo de rumba todos lo éxitos musicales del momento.
Los encuentros poéticos en Filosofía y Letras coordinados por Ignacio Escuín van a terminar esta temporada en el Candy Warhol (Bolonia, 28), y eso es una buena noticia para la noche de los jueves y para este garito zaragozano que, como recordó Emilio Gastón, ocupa el lugar que más o menos ocupaba Casa Felix, un bar dónde se reunían a beber vino los poetas de cuando Don Emilio era más joven. Tiempos pretéritos en los que leer a Cesar Vallejo en público podía acarrear una buena somanta de palos por cuenta de la autoridad.
El señor Gastón se acercó al micro ataviado de su memoria. Los versos fluían directos, unas veces a la razón, otras a los sentimientos. Hubo recuerdos caprichosos, escondidos entre las sombras. Entonces Don Emilio detenía el recitado, pasaba un segundo, o dos, o los necesarios para encontrar el hilo. Remansos de sabiduría que terminaban en latín, preámbulo para la palabra exacta de quien tiene la esencia del flow y te lo pone ahí, con la experiencia de quien ha caminado todos los senderos y conserva los ojos ávidos de más horizontes por recorrer. La cadencia en los versos tuvo el sabor de cuando se recitaban romances y chascarrillos en las noches de verano, sonidos de pregonero al servicio del poeta, del contador de historias, del notario que levanta acta de los acontecimientos. Los poemas atraparon la esencia de lo sensible y velaron las marañas de la injusticia. Un recital a mano alzada, el croquis de una lección sobresaliente bajo la pátina de la bonhomía. Clase magistral.

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23 mayo 2009

Poesía en el Candy Warhol


Las sesiones de Poesía en el Candy Warhol se inauguraron con un unplugged fuera de concurso: Carmen Ruiz Fleta y Octavio Gómez Milián con un gintonic de sólo versos, micro y atril recién estrenadito con sacabocados por los que se escapaba la luz.
Carmen Ruiz Fleta dejó un tercio vacío de Ámbar junto a mi corazón que latía apoyado en la barra negra de vela blanca y vino tinto. Alguien bajó el micro a la altura de sus nervios, la poeta leyó un poco azorada sus dos primeros versos, versos publicados en “Cinco días de agosto” y tal vez por eso, versos que ya no son suyos. Un foco violeta se derramó sobre su hombro y rozó su piel de pómulos afilados. Un folio cubría a otro folio y en esa rapidez la poeta encontró el sosiego y esa cadencia en su voz que me tiene preso, imantado a las cuerdas vocales de una excelente cosecha de versos inéditos con intención en el gesto, sus ojos de las palabras al público tendido a sus pies y mis ganas de matar al camarero que desmigó una bolsa de hielo con irrespetuoso estrépito para la voz que una vez recitó noticias regionales bajo los focos de cuando la tele tenía seiscientas veinticinco líneas. Y Carmen se gustó. Fueron unos minutos estelares, un regalo de apetitosa sonoridad, sus palabras resbalaron por las chorreras de su camisa que era una blusa disfrazada de camiseta beige, como ese poema de página 89 en 23 Pandoras que habla de contenedores de miedo, de la extensión de los cartílagos y de la dictadura del cutis, el mismo cutis beige que yo cité ahí arriba bañado por la luz violeta. Carmen Ruiz Fleta no necesita ni focos, ni maquillaje, ni tretas; ella, sus palabras y su voz son armas suficientes para derrotar corazones, acallar murmullos y demostrar que las verdaderas princesas son aquellas que madrugan “prendiendo a conciencia su olor en las baldosas”
Octavio Gómez Milián recordó que jugaban en casa, y como sabemos todos los aficionados al buen fútbol, ese es el mejor lugar para arriesgar en la alineación, y Octavio arriesgó. Inició su recital con una reflexión sobre la posibilidad de dejar de escribir poesía, citó al poeta local Ángel Gracia que ha cambiado versos por bicicleta y poemarios por libros de viajes. En esa tesitura, Gómez Milián optó por mostrarnos el ritmo trepidante de lo que será su primera novela, un texto de pulsaciones al borde del infarto que fue desde Buenos Aires hasta el rock and roll, del bautismo católico de Bob Dylan hasta los tebeos, las series de televisión y todo el rico universo que rodea a este poeta “de los noventa” hasta el infinito y más allá, un texto plagado de referencias, un baño de colorines, el collage de una personalísima memoria que deriva entre Calamaro, Bunbury y J.P. — nada que ver con la mítica marca pirata de güisqui, chaval, — J.P. es como se resume el papado de Juan Pablo Segundo te quiere todo el mundo. Octavio entregado, sin respirar, sílabas tras sílabas atado al micro, el foco violeta sobre la negra camisa, la negra barba, las gafas negras y el pelo negro, violeta y negro colores de pasión para desgranar pistas, influencias, divinidades y demonios todo en avalancha de verborrea, crudo, ahí lo tienes y te lo tomas como puedas, energía, imprescindible la concentración para seguirle, enganchados al itinerario para descubrir las propias referencias y cuando terminó, sólo me quedó resuello para apurar el tubo de cerveza.
Rasgó Octavio uno de sus libros para leer el último de los poemas, la descripción del momento más importante de nuestras vidas: El punto de no retorno. Y terminó homenajeando a más amigos, ese prometedor dúo musical que fusionó sus nombres en Louisiana.
Tras las palabras regresé a las cervezas. Un poeta que por allí andaba me pagó las suficientes rondas como para comprometerme a volver al Candy Warhol con una misión: Empuñar el micrófono y defender sus versos como si fueran míos.

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