La curvatura de la córnea

18 febrero 2010

´dita sea


Dejé los versos ripiados de la comedia de Don Mendo en los asientos del veintidós. Estaba contento con el ensayo pero llegaba tarde a la Vía Lactea, a la sesión de poesía a cargo de La Despeinada y organizada por Amigos del Teatro, con un extracto de “Despellejada”, recital poético bilingüe (francés- español), de Céline Rainoird; y las intervenciones de Carmen Camacho y David Eloy Rodríguez, poetas de paso por la ciudad.
Me recibió la voz de Rabanaque, voz firme de marcado cariz político. La barra vacía, excepto el bigote mejicano de Paco Peco y dos jarras de cerveza. Un telón negro separaba lo bebible de lo poético.
La sala llena de ojos, oídos y el aire viciado por el poeta con palabras para describir la tortura como representación teatral que la autoridad certifica con titulares en la prensa. Mantener las apariencias tras la barbarie. Piruetas de fontaneros en las cloacas del Estado, esa de red de cañerías maniqueas que exhala fragancias primaverales si los mandamases son de nuestra cuerda, o fétidos aromas putrefactos por la acción represora de quienes nos disputan el poder. Pequeñas grietas para sustentar democracias, rendijas por las que se escapa el factor humano que debería regir la acción de los poderosos.
La primera vez que escuché a Rabanaque tiraba bolitas inalámbricas de papel para contactar con el público y dedicarles versos. Ayer, el poeta punteaba la pantalla de un ordenador. El impulso liberaba imágenes de Rubén Cárdenas que, prendidas de una tela blanca, esperaban la voz cableada del poeta. Palabras transeúntes del cobre de los hilos que penetraban en la tarima de madera, pasaban al subsuelo y se multiplicaban como raíces. El público silencioso, con las plantas de los pies sobre la tierra y el alma en el vilo de un sueño labrado por el poeta. Tierra y agua. Talones, pelvis y sal. Sal del mundo, escribe un verso, arruga un papel, nadar entre botas, peces y el ambientador de un coche que recorre la autopista a más de mil. A mis espaldas un tipo tira de la cadena, el sonido del agua se incorpora al recital. Rabanaque nos invita a recibir sus versos en el corazón. Los Zombra cierran los ojos. No me atrevo a participar en el juego. Apuro mi jarra y decido mirar por el visor de la cámara de fotos. El poeta sigue ahí. El atril se me antoja una barrera. El zoom me trae la mirada de Rabanaque y ahí, al ladito de mis dudas, siento su imponente presencia vegetal. La rama verde que cimbrea junto al río los poemas para ya. Urgencias para tiempos de olvido.

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