Emilio Gastón en el Candy Warhol
Alejandro me dijo, cuando salimos del Candy Warhol, la de veces que en las noches de parranda había coreado aquello de « ¡Emilio Gastón! ¡Justicia de Aragón» Emilio Gastón fue el primer Justicia de Aragón tras la vuelta de la democracia, allá por el año 1988 y yo, al contrario de mi amigo poeta, aún terminaba las juergas cantando a ritmo de rumba todos lo éxitos musicales del momento.
Los encuentros poéticos en Filosofía y Letras coordinados por Ignacio Escuín van a terminar esta temporada en el Candy Warhol (Bolonia, 28), y eso es una buena noticia para la noche de los jueves y para este garito zaragozano que, como recordó Emilio Gastón, ocupa el lugar que más o menos ocupaba Casa Felix, un bar dónde se reunían a beber vino los poetas de cuando Don Emilio era más joven. Tiempos pretéritos en los que leer a Cesar Vallejo en público podía acarrear una buena somanta de palos por cuenta de la autoridad.
El señor Gastón se acercó al micro ataviado de su memoria. Los versos fluían directos, unas veces a la razón, otras a los sentimientos. Hubo recuerdos caprichosos, escondidos entre las sombras. Entonces Don Emilio detenía el recitado, pasaba un segundo, o dos, o los necesarios para encontrar el hilo. Remansos de sabiduría que terminaban en latín, preámbulo para la palabra exacta de quien tiene la esencia del flow y te lo pone ahí, con la experiencia de quien ha caminado todos los senderos y conserva los ojos ávidos de más horizontes por recorrer. La cadencia en los versos tuvo el sabor de cuando se recitaban romances y chascarrillos en las noches de verano, sonidos de pregonero al servicio del poeta, del contador de historias, del notario que levanta acta de los acontecimientos. Los poemas atraparon la esencia de lo sensible y velaron las marañas de la injusticia. Un recital a mano alzada, el croquis de una lección sobresaliente bajo la pátina de la bonhomía. Clase magistral.
Los encuentros poéticos en Filosofía y Letras coordinados por Ignacio Escuín van a terminar esta temporada en el Candy Warhol (Bolonia, 28), y eso es una buena noticia para la noche de los jueves y para este garito zaragozano que, como recordó Emilio Gastón, ocupa el lugar que más o menos ocupaba Casa Felix, un bar dónde se reunían a beber vino los poetas de cuando Don Emilio era más joven. Tiempos pretéritos en los que leer a Cesar Vallejo en público podía acarrear una buena somanta de palos por cuenta de la autoridad.
El señor Gastón se acercó al micro ataviado de su memoria. Los versos fluían directos, unas veces a la razón, otras a los sentimientos. Hubo recuerdos caprichosos, escondidos entre las sombras. Entonces Don Emilio detenía el recitado, pasaba un segundo, o dos, o los necesarios para encontrar el hilo. Remansos de sabiduría que terminaban en latín, preámbulo para la palabra exacta de quien tiene la esencia del flow y te lo pone ahí, con la experiencia de quien ha caminado todos los senderos y conserva los ojos ávidos de más horizontes por recorrer. La cadencia en los versos tuvo el sabor de cuando se recitaban romances y chascarrillos en las noches de verano, sonidos de pregonero al servicio del poeta, del contador de historias, del notario que levanta acta de los acontecimientos. Los poemas atraparon la esencia de lo sensible y velaron las marañas de la injusticia. Un recital a mano alzada, el croquis de una lección sobresaliente bajo la pátina de la bonhomía. Clase magistral.
Etiquetas: Emilio Gastón, recital poético

