La curvatura de la córnea

06 diciembre 2023

La noche de las almas abiertas

 


La tragedia de una realidad distópica

La distopía se puede abordar desde dos puntos de vista. La representación pesimista del futuro que está por venir, o estampar en nuestra piel la calcomanía crítica de la sociedad en la que vivimos. El primer acercamiento es tipo siglo XX. Los hechos distópicos se afrontan con la calculadora de un contable para comprobar el tanto por ciento de aciertos de novelas como '1984' de Orwell o 'Un mundo feliz' de Huxley, en las que se avisaba de la llegada de un gobierno autoritario, la pérdida de libertad y valores humanos esenciales para facilitar el control de la sociedad. Era una visión negativa del futuro que se enfrentaba a la segunda mitad de siglo XX y la esperanza de imaginar una alternativa de optimismo utópico.

La segunda manera de acercarse a la distopía está estrechamente relacionada con una generación que ha nacido merodeando el primer tercio del siglo XXI que, abonado a la concatenación de dos crisis económicas y una pandemia, ha generado elementos narrativos para construir una realidad donde el miedo es un factor determinante. Con ese medio ambiente es muy fácil que la percepción del presente tenga un tufillo distópico alimentado por un marco histórico donde conviven el veneno de la manipulación masiva, el cambio climático, agotamiento de los recursos, incremento de la desigualdad, terrorismo, y guerras en horario de máxima audiencia. Nos sentimos como los testigos privilegiados del declive de nuestra civilización. La distopía en estas circunstancias resopla en nuestra nuca y no deja espacio para la esperanza. 'La noche de las almas abiertas' se sitúa ahí, en un presente que combina todo lo negativo de la realidad contemporánea con ese futuro aciago que se contaba en las distopías de Orwell y Huxley.

'La noche de las almas abiertas' cuenta con gran parte del equipo que el año pasado estrenó 'Llega la noche' Dos funciones que nos sirven para encontrar diferencias y similitudes a la hora de afrontar su representación.

Si hace un año la escenografía estaba ausente y tan solo se nombraba con la palabra, en esta ocasión el escaso mobiliario no ayuda a recrear el espacio que se pretende construir. De la casa familiar de antaño se ha pasado a un bar que ejerce como espacio social. El hogar familiar era una invitación a mirar hacia fuera y, pese a los conflictos internos se percibía un espacio abierto. Ahora las paredes son la muralla quien sabe si para escapar o esconderse del horror que se adivina afuera, al otro lado de la calle. La dirección de hace un año dibujaba acciones como un engranaje de coreografías para que las miradas conectasen a los personajes y, aunque la estética y las líneas generales del pasado todavía se perciben, hay otras decisiones que lastran y diluyen el interés por el hecho dramático que, si hace un año se resolvió con acierto una emocionante tragedia, en esta ocasión la distopía resulta un Pelín deslucida.

La puesta en escena está marcada por una austeridad que desiste de dar pistas para reconocer un ambiente distópico, y por eso aumenta considerablemente el valor narrativo de la música de Luís Villafañe. Cuerda y teclado para tensar con precisión el hábitat y predisponer al público para enfrentarse a la dinámica de unos personajes sin nombre. Cuatro arquetipos universales que exploran deseos, esperanzas y miedos desde el punto de vista de quien se sabe excluido y marginado: Esperanza en la fe. Clarividente que todo lo ha perdido. Soñadora chapotea en el barro. Desorientado sin destino.

La escenografía divide el escenario en dos. Un gran bar como lugar cerrado donde interactúan los personajes, y el mundo exterior como un pequeño y estrecho itinerario. Estos espacios resultan determinantes para transmitir la intensidad de un mensaje construido sobre los pilares narrativos de contar historias en forma de pequeños monólogos y gestionar los diálogos.

La dramaturgia comienza confinando a tres personajes en un alentador cruce de miradas. No tienen nombre pero Esperanza y Clarividencia ejercen de soporte para que Soñadora se convierta en una funambulista que va y viene haciendo equilibrios de palabra, mirada y expresión. Esos son los mejores momentos de la función hasta que la peripecia pierde fuelle cuando deriva hacia el verbo discursivo sentado en un taburete para contar historias de tragedias emocionales y, aunque la narrativa de los relatos tiene un tono lírico, la primera consecuencia es detener el ritmo de la acción dramática sin conseguir imponer que la crudeza realista del mundo exterior cale emocionalmente. Las historias que nos cuentan los personajes son fragmentos esenciales para sus vidas y ayudan a comprender el entorno social que les ha llevado hasta ese lugar, pero la forma en la que se suministra esa información no compensa la interferencia que se produce al bloquear el nutritivo canal de comunicación que se había establecido entre ellos a través de los diálogos.

Esa misma combinación de elementos discursivos y de interacción son abordados desde un punto de vista diferente cuando interviene el cuarto personaje sin nombre al que he llamado Desorientado. Al contrario de lo que ocurre con los otros personajes, Desorientado transita por el mundo exterior y desde allí nos cuenta la historia de su vida apelando directamente al patio de butacas. En este caso la composición escénica del discurso transmite una emoción que se traslada al resto de los personajes cuando Desorientado cruza el umbral que le lleva al mundo de los encerrados. Entonces se produce una potente recuperación de la intensidad dramática cuando los diálogos y las miradas se vuelven a cruzar para explorar miedos y esperanzas. Es otro de los momentos culminantes de la función.

El trabajo de todo el elenco se caracteriza por el mimo al utilizar con precisión los pequeños detalles con los que construyen los personajes, y la sutil manera de recorrer breves e intensos arcos dramáticos.

El Clarividente de Alex Aldea combina la frialdad que a veces rompe con la mirada, la respiración y un perverso grado de hieratismo cuando la piel está casi en contacto con otra piel.

María Pérez se introduce, literalmente, dentro de Esperanza. Desde el delicioso detalle del rosario en la faltriquera hasta un excelente trabajo de construcción del personaje por medio de ademanes mecánicos para mover el cuerpo, y una propuesta en la dicción que transita con eficacia por los diferentes estados emocionales, excepto cuando llega la hora de cantar y el personaje desaparece detrás de la cantante.

Jesús Bernal se aferra a la tierra para mantener a flote a su Despistado, al menos hasta que detiene los pies y, con las manos colgadas, muestra la desesperación a punto de desbordar por los lacrimales de sus ojos. Su presencia se vuelve ligera cuando entra en contacto con el resto de los personajes y juega magníficamente con unos diálogos que le llevaran desde la amabilidad a la furia.

Inma Oliver se enfrenta al personaje más complicado. Soñadora se mueve por esa delgada línea en la que un mínimo exceso te lleva al ridículo, y una deficiente intensidad desdibuja el personaje hasta hacerlo inverosímil. Su interpretación transita por esa cuerda floja para modular con eficacia acciones y palabras, y ganar muchos quilates cada vez que su aliento se aproxima físicamente al resto de personajes para propiciar momentos de desafío, cariño y seducción.

Los puentes que cruzan el Ebro ya estaban iluminados de Navidad cuando regresé a casa después de la función. No estaba seguro si mis ojos me mostraban la proyección de un futuro que está a la vuelta de la esquina; o si era el pasado reciente el que asaltaba mi recuerdo para traerme el reflejo de las Navidades pasadas. Tal vez mi cerebro tan solo buscaba una salida viable después del pesimismo que me invadió tras la tragedia con la que Miguel Ángel Mañas finaliza 'La noche de las almas abiertas' Entonces recordé las palabras de Martín Caparrós. El escritor argentino huye del pesimismo de la distopía y nos invita a mirar el mundo desde una «utopía inversa» Es un ejercicio muy fácil de realizar. Tan solo hay que situarse en el siglo XXII y mirar desde allí a este primer tercio del siglo XXI. Esa perspectiva te permite comprender que, "frente a los 20.000 muertos en cualquier jornada de las trincheras del Marne" durante la Segunda Guerra Mundial y "pese a lo que parece, estamos en uno de los momentos más pacíficos de la historia."

 

'La noche de las almas abiertas'

Producción: Félix Muñiz. Autor: Miguel Ángel Mañas. Dirección e iluminación: Diego Palacio. Actores: María Pérez, Inma Oliver, Alex Aldea, Jesús Bernal. Música: Luís Villafañe. Vestuario: Paloma Molino. Fotografía: Más Mastral.

Teatro del Mercado. Domingo 3 de diciembre de 2023.

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27 marzo 2022

Cuando no podíamos salir

 





Docudrama para un confinamiento

El filósofo Slavoj Zizek reflexionó de urgencia sobre la pandemia de coronavirus hasta concluir que se necesitó una catástrofe para repensar la sociedad en la que vivimos, y vaticinó que la nueva normalidad se construirá sobre las ruinas de nuestras antiguas vidas. El texto de la función se ancla en esas premisas y nos invita a reflexionar.

‘Cuando no podíamos salir’ se construye sobre tres espacios. En el proscenio se toma la palabra al pie de la letra, se exponen datos y una tesis crítica con la forma neoliberal de entender las relaciones económicas y sociales hasta abocarlas a la desigualdad. La parte posterior del escenario recoge trocitos de realidad con fotografías y videos para expresar vivencias personales o alejarse del tono confesional mediante la coreografía y la interpretación. La dramaturgia mezcla estos materiales para convertirlos en ficción y situar el foco sobre tres cubículos aislados en los que se dramatiza el extenso muestrario de como una vida inesperada incorporó nuevos ritos y así, con el apoyo de la escenografía y la música, la investigación teatral es un proceso estético para asignar a cada uno de los protagonistas los arquetipos de comportamiento que provocó el aislamiento hasta poner a prueba nuestra alteridad con respecto al trabajo, el orden, el caos y la mirada sobre los demás.

El patio de butacas se incorpora al espacio de la ficción desde donde será interpelado en un tono que comienza apilando datos para colorearlos de ironía hasta alcanzar momentos realmente jocosos. El humor es la mejor baza para un discurso potente que reclama más escenificación de unos personajes cargados de mensajes y palabras, pero con un escaso arco dramático para visualizar el trayecto propuesto por Zizek entre la vida que fue y la luz al final del túnel.


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