La curvatura de la córnea

15 febrero 2026

El rayo que no cesa 1


Un poema de Miguel Hernández acompañado por la guitarra flamenca de Nacho Estévez 'El Niño'

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15 febrero 2011

De la luz a la sombra


Yo que creí que la luz era mía
precipitado en la sombra me veo.
(Miguel Hernández)




El Mediterráneo lila de una palmera multicolor. Surtidor de colores frente a los vientos de amarillo limón. La vida a toda vela se va entre los fotogramas de un dale que dale flores, flores rojas, flores negras, flores de un almendro y la calavera invernal de un amigo que muere.
Tiempos de guerra agitan la vida que da la vida y da la muerte. Manos alzadas sobre calaveras, huesos y un caballito de cartón. Un bebé entre los brazos de una monja bebe leche de guerra mientras el General Francisco Franco, con bigotito de cine, alienta a los soldados de azada, trinchera y cuatro líneas de amor.
En la cueva oscura se derrama sangre y arena que eclipsa la luz technicolor, que empaña la tierra fría, que remueve piedras negras, que despedaza raíces oscuras, que sopla vidrios opacos, que golpea al niño del martillo, carne de cementerio y el diluvio que nunca llega.
Senderos sobre el fondo blanco blanquísimo de un sueño de libertad. Mis ojos y mis manos y la vida como un baile de corazones y espuma, algodones y azucenas. Aun tengo la vida, la mirada y el relicario de si me matan muero. Hombre rojo bajo la luna y tres cebollas de escarcha, cebollas de hambre, tristes cebollas.
Me diluyo en el vientre preñado de tu cuerpo, campo fértil donde se forja el sol naciente y tu boca, sepultura bajo las estrellas, me trae sueños de muelles rojos y gaviotas que regresan a mis barrotes de tierra para no volver al mar. Cuando uno esta muerto todo se difumina, hasta la esencia del idioma.

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11 abril 2010

Llamo a los poetas, un homenaje a Miguel Hernández

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03 marzo 2010

Homenaje a Miguel Hernández en la Biblioteca de Aragón

La Biblioteca de Aragón y la editorial Olifante organizaron un homenaje al poeta Miguel Hernández.
El poeta Ángel Guinda tomó la palabra. Palabras de una conferencia que ya dictó en el último Festival Internacional de Poesía del Moncayo y que, por cuestiones de tiempo, intentó resumir en media hora de brillante y aplomada disertación. Un imposible ejercicio de brevedad para lidiar con las limitaciones horarias del homenaje. Fue gesto de generosidad del poeta que, sin embargo, dejó al público huérfano y con ganas de más. Esta circunstancia debería ser una buena excusa para que la Asociación Aragonesa de Escritores, la Biblioteca de Aragón o quien tenga a bien, dejé el espacio y el tiempo necesario para que Ángel Guinda nos deleite con sus acertadas reflexiones, esta vez en su totalidad, porque el discurso de ayer fue manjar saboreado a medias. Guinda habló de la profunda admiración poética que siente hacia el homenajeado, una pasión que se forjó en la escuela, en una de esas aulas dónde los maestros vocacionales de antaño eran capaces de dejar huellas imborrables. La exégesis de Ángel Guinda esbozó la vida del poeta en Madrid, sus escarceos amorosos, la aspereza de las noches al raso, su devenir por el frente, las proclamas políticas, el calvario carcelario, el profundo amor hacía su esposa y una nana de cebolla para su hijo. La vida breve para una poética dual, capaz de pegarse a la realidad de los acontecimientos históricos, o de volar en versos inspirados en el devenir personal. El desdoblamiento del creador concienciado con su tiempo, paleta incendiaria para animar la trinchera y volapiés escritos por el impulso irrefrenable de quien sólo puede ser poeta.
Lucía Izquierdo, nuera de Miguel Hernández, también habló de la escuela. Confesó lo rudimentario de su formación académica que le llegó justito para leer. Eran tiempos de premura y para servir no hacía falta dominar las cuatro reglas. El azar la llevó hasta el corazón del hijo del poeta, Manolín en su casa y Miguel para ella. Fue su marido quien la introdujo de a poquitos en el deleite de la lectura. El caminito que la llevó de Bécquer, a los hermanos Grimm, de Lorca a Juan Ramón, de la oscuridad a los versos de su suegro en ausencia de carne, pero de cotidiana presencia en el ordinario devenir. Lucía nos regaló la mirada familiar de quien siente a Miguel Hernández en su condición de padre, suegro y abuelo, una figura muy alejada del mito. Esa cercanía le permitió hablar desde la sencillez y el amor, y lo hizo, más que del poeta, de su esposa. Josefina fue una mujer que luchó para sacar adelante a sus hermanos y al hijo criado con cebollas. Una vida de cigarrita por caminillos de costurera, pespuntes de pañales y cataratas entre los rotos y los descosidos de una España de tinieblas, cárcel y dos rejas. Allá al fondo el poeta derrumbado por la enfermedad y los golpes. En primer plano la madre con el hijo. Un niño con dos canicas de barro en la mano desconsolada que se abre en busca del padre. Dos canicas por el suelo que cruzan el despropósito que separan al poeta de la vida. Miguel Hernández quiso recoger aquellas canicas del suelo, quien sabe si para acariciarlas y sentir la piel de su hijo al que no puede tocar. La mano del poeta quiso apresar aquellas canicas de barro pero la culata de un mosquetón se lo impidió. El golpe despiadado de la autoridad cayó sobre los nudillos de la dignidad amasada con versos hondos, versos destinados a inmortalidad.
El homenaje terminó con la lectura de algunos poemas a cargo de Rafael Campos, Mª José Moreno, Geraldine Hill, Reyes Guillén, Ana Alcaraz, Inmaculada Marqueta, Carmen Ruiz, Aloma Rodríguez, Manuel Forega y Luisa Miñana.

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28 septiembre 2009

Aceituneros, un poema de Miguel Hernández

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