La curvatura de la córnea

24 noviembre 2013

Mil y una de Clara Santafé en Gromeló






“Hoy me rindo
porque Lilith aún sigue pariendo sola.
quiso quedarse con alguno de sus hijos
para que alguien le limpiara el sudor de la frente
y Dios amenazó con lapidarla.
Como un torturador de cualquier dictadura
consiguió que confesara:
se declaró puta, desobediente y mala.”

(Extracto del poema Lilith de Clara Santafé en Parque de atracciones. 2008)




Entre Mesopotamia y las estribaciones del Himalaya se encuentra el actual Irán, una altiplanicie rodeada por las placas tectónicas arábiga, iraní e indo australiana, y será por eso que la percibimos convulsa, por eso y por el miedo pop que tenía María Barranco a los chiitas en una película de Almodóvar allá a comienzos de los años ochenta. Y es precisamente ahí dónde comienza la función, cuando el antiguo Imperio Persa, desde las esbeltas columnas de Persépolis hasta las torres de los pozos petrolíferos y los intereses occidentales, devino en una dictadura que los jóvenes iraníes repudiaron con manifestaciones y al grito de ¡fuera el Sha! Toda la civilización concentrada en un grito de libertad de los herederos de un imperio que abarcó desde el Mediterráneo turco hasta el mar Arábigo de la India, la libertad secuestrada por la revolución islámica que pretende devolver a los ciudadanos iraníes a los albores de un mundo estancado en la Edad Media.
El espacio escénico cuenta con un atrezo muy sencillo, dos sillas negras para Oriente y para Occidente una silla roja con gintonic y gafas de sol. La brecha insalvable que divide el mundo es un cambio de luz y una cinta roja, roja de sangre entre sus vírgenes, burkas y lapidaciones, y nuestras concertinas afiladas para detener al diferente en la valla de Melilla. Los simbolismos y la historia terminan cuando Clara Santafé toma la escena y llega el teatro, ya saben: Gesto y palabra.
“Mil y una” nos habla de la situación de la mujer oriental en la actualidad y lo hace poniendo en tela de juicio la identidad de una de ellas que, por huir de la barbarie, se enfrenta a la desdicha del inmigrante. Si querido lector, la desdicha del inmigrante, porque cruzar una frontera física, como nos recuerda James Whiston, nada tiene que ver con cruzar las fronteras de las conciencias propias y de los otros. Tal vez fue esa dificultad la que precisamente ayudó a Clara Santafé a escribir esta obra porque ella, a base de indagar en textos sobre el exilio, nos muestra un personaje que sin un ápice de victimismo y esa visión es el gran acierto de la obra porque nos aleja de la manida costumbre de los habitantes occidentales de emocionarnos con las desgracias evidentes de esos niños asediados por las moscas. La protagonista nos habla de tú a tú y su reivindicación, o sus dudas, o su identidad están a la altura de nuestra conciencia cívica, nunca se apela a los sentimientos, el discurso va directamente a la razón, por eso las gotitas de humor llegan tan frescas.
Pero permítanme que vuelva al texto de la obra. Clara Santafé es poeta y a lo largo de la función te encuentras con esas frases redondas, contundentes, frases que lo contienen todo, frases bellas, disparos certeros, nada más potente que el lenguaje para darle oxígeno a una realidad, como dice Patricia de Souza, mayúscula, pesada, una realidad que habla de un país en quiebra, de golpes, una realidad servil, sin brillo. Nuestra realidad y la de ellos, no lo olviden. Y si las palabras no pretenden vengar a nada ni a nadie, el gesto, el quehacer, la técnica de Clara Santafé en escena es brillante. La vocalización del mensaje es nítida, si acaso se pierde un poco en ese toque alcohólico siempre tan difícil de conseguir. Su presencia y la mirada, la mirada es esencial, Santafé busca entre los espectadores la complicidad y, a poco que te dejes llevar, penetra en tu alma. Lo consigue por esa amabilidad de la que hemos hablado, porque no te enfrentas a una víctima, ahí, en el escenario hay una persona como usted y como yo, la mirada de la actriz nos iguala, no busca comprensión, ni misericordia, busca al espectador en su vertiente humana, es una ruptura mínima del espacio, no hay agresión y, ese hilo de comunicación, la función recorre la vida. Una vida que, como dice el programa de mano, “dibuja una distancia impuesta e infranqueable entre el individuo perdido y la masa marcada a fuego con su propia identidad” Ya ve, querido lector, en esa definición también entramos usted y yo, que no hace falta ser mujer iraní para sentirse perdido en medio de nuestros semejantes.

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24 abril 2013

La Revelación en Gromeló



Hernán Romero me contó la historia de un elefantito recién nacido al que encadenaron a una estaca. El elefantito, en cuanto se sintió atrapado por el grillete, empujó y empujó y empujó tratando de soltarse pero, a pesar de todos sus esfuerzos, no lo consiguió. Aquella diminuta estaca era demasiado grande para él. Los años pasaron y el elefantito se convirtió en un elefante con una fuerza descomunal sin embargo, permanecía atado a la misma diminuta estaca clavada en el suelo. Era evidente que el elefante podría escapar en cualquier momento pero ¿por qué no lo hacía?
Esa es la pregunta que planea sobre “La Revelación”, la última obra que Rompelanzas Compañía Teatral estrenó el pasado sábado 20 de abril en la Sala Parakultural Gromeló.“La Revelación” es el resultado de un proceso creativo en torno a multitud de tazas de mate y, como dice el dramaturgo Juan Mayorga, explorar en torno a la idea de que “el texto sabe cosas que su autor desconoce” Este concepto, aparentemente teórico, fue la palanca que accionaron el actor Javier Harguindeguy y el director Hernán Romero para maridar textos que navegaban por mares tan diferentes como la claustrofobia del pesimismo y una bocanada luminosa de esperanza. Esta combinación desvelo una nueva criatura y sus relaciones con los tentáculos del poder.
La clave del poder también estaba en de “Soy sola”, el anterior trabajo de la compañía que todavía está en cartel. La diferencia entre ambos montajes radica en la visualización del poderoso, mientras en “Soy Sola” el poder se nos presenta delante de nuestras narices; en “La Revelación” solo lo adivinamos como una sombra alargada que ahoga los sueños de un personaje teñido por el miedo.
El protagonista de la función tiene un aire pesimista de corre ve y dile y sin embargo me atrapó como para estar junto a él pase lo que pase, piense lo que piense. Seguramente fue un acto reflejo tras descubrir que su situación era muy parecida a la del oso que, acostumbrado a dar vueltas en el perímetro interior de su jaula, comprueba asombrado como el poder retira los barrotes y entonces…¿qué hacer entonces? Nuestro protagonista puede aprovecharse de la eventual magnanimidad que el poder siempre muestra para alcanzar, como diría Canetti, el grado de poder absoluto. Es una de esas ocasiones que se nos presenta dos o tres veces en la vida, momentos cruciales que definen nuestra personalidad y el discurrir de nuestra existencia: Correr al aire libre o hacerlo sobre la ruleta de hámster que gira, gira y gira sin llevarnos a ningún lugar.
“La Revelación” nos narra el camino que va desde la manifestación de una verdad oculta y secreta hasta su transformación en rebelión y revolución. Pero nuestro personaje olvida que la palabra revolución tuvo, de verdad, un significado político y que nuestra atención, como nos recuerda Hanna Arendt, debería dirigirse “hacia aquellos momentos de la historia en que hicieron su aparición las revoluciones […] y comenzaron a cautivar el espíritu de los hombres”
Javier Harguindeguy bajo los focos y Hernán Romero en la sombra son los demiurgos encargados de diseñar el viaje, un trabajo escénico y de dramaturgia que parte del profundo convencimiento de entender el teatro como algo mucho más importante que un rato para comer pochoclos. Actor y director han diseñado un camino que comienza en tonos grises y transcurre por veredas llenas de color y curvas emocionales que  Harguindeguy afronta con una explosión de energía.
La interesante propuesta interpretativa de este argentino afincado en Zaragoza parte de una composición corporal que tiene la magia de lo orgánico. Desde su irrupción en escena sientes como los músculos y la respiración son tan importantes como el movimiento, la gestualidad o el ritmo del fraseo. Modular todos esos elementos convierte cada función de “La Revelación” en una montaña rusa. Esa es una de las grandezas de esta pieza teatral: La lucha del actor por alcanzar el grado optimo de intensidad, la cantidad de energía necesaria para cogernos de la mano y conseguir que la alquimia del teatro nos haga volar de la butaca y viajar a su lado. Como espectador puedes decidir quedarte sentadito en tu localidad pero entonces, ¡ay! no descubrirás los motivos, el aliento que empaña miedos y sueños. Sin lugar a dudas “La Revelación” es un espacio de reunión para la crítica y la utopía. Un lugar para valientes, para aquellos que, frente al riesgo de convertirse en estatua de sal, son capaces de mirar atrás y tal vez, solo tal vez, mirar de cara al futuro. Y tú, querido lector ¿Te atreves a probarlo?


“La Revelación”

Todos los sábados a las 22 horas

“Soy sola”

Todos los viernes a las 22 horas

en

Espacio Parakultural Gromeló

C/ Comandante Ripolles 21 (Bar La Caja Tonta)

www.gromelo.com

Reseña publicada en el nº 135 de El Pollo Urbano

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