La curvatura de la córnea

30 octubre 2010

Almudena, Inés, la alegría o como la historia necesita del carmín de la vida

Una unidad móvil de la Televisión Aragonesa ocupaba la acera del Coso. Los lectores llenaban el Forum de la FNAC de Zaragoza. Almudena Grandes entró en la sala a las siete y media un poco pasaditas. El público la recibió con un cariñoso aplauso. La jefa de prensa de la autora se quitó el jersey y se cargó la tulipa de la una lámpara de pared. Todos reímos. Estaba claro que la madrileña juegaba en casa. El efluvio de cariño era evidente. Esa energía mágica que une al lector y su agradecimiento con la artífice que tanto le hace disfrutar.
Ramón Acín tomó la palabra para hablar de “Inés y la alegría”, la última novela de Almudena Grandes. Acín es un veterano en las presentaciones. Un profesor que ha paseado, y lo que te rondaré morena, a centenares de escritores por las aulas aragonesas durante los últimos veinticinco años. Un trabajo de hormiga con el propósito de llevar a la juventud hasta los terrenos de la literatura. Esa experiencia viajera se suma a la visión pedagógica que tiene para con los libros. Su disertación fue una lección de la verdadera esencia de la crítica literaria: La pasión por la lectura. El verbo de Ramón Acín tuvo tanta excitación en las formas, que los contenidos, precisos y bien expuestos, adquirieron la dimensión de lo deseado. Escuchar a Ramón Acín siempre es el prólogo para comenzar a leer, para encontrar las pistas que nos muestra, descubrir los nuevos caminos que sólo insinúa y al fin, aventurarte en los territorios ignotos que solo pertenecen a cada uno de los lectores.
Algunas de las claves esgrimidas para hincarle el diente a más de setecientas páginas fueron la magnífica estructura narrativa de la novela, la fluidez de su lectura, la intención de suturar el desconocimiento que tenemos sobre la post guerra civil, la alquimia que consigue mezclar con maestría el gusto popular y el gusto intelectual, el empecinamiento necesario para estudiar, explicar y entender la historia mediante el recurso de la creación literaria — tan alejada de los estudios históricos — pero que, sin embargo, suministran la brillantez del carmín, el pulso de la emoción, el mundo de las sensaciones, olores, gustos y sabores con los que se cocinan los días y las noches, las vidas, los sueños y la muerte. Esos ingredientes que no pueden aderezar un plato historicista pero que, sin embargo, son imprescindibles en una novela.
Almudena Grandes agradeció tan acertada, y por exigencias del tiempo, resumida visión de su libro y nos regaló eso que tanto nos gusta a los mitómanos: Los orígenes y las esencias que la llevaron a escribir su última novela. La madrileña se confesó lectora empedernida desde su juventud y, por avatares veraniegos, admiradora de la prosa de Galdos. Así que tal vez este ahí, en un verano de mediados de los años setenta en la sierra de Madrid, la clave para que Grandes haya decidido arrancar con un proyecto de siete novelas que relatará acontecimientos entre 1939 y 1964. Para algunos veinticinco años de paz; para otros de silencio y tristeza.
Almudena desgranó los miedos que acechan su proceso creativo. El tortuoso camino para encontrar la siguiente historia que contar, las equivocaciones en el desarrollo del trabajo y la dicha de escribir y escribir cuando se encuentra el rumbo adecuado. La madrileña habló de sus vivencias con soltura de gran comunicadora. Tiene la virtud de encandilar con sus pensamientos que muestra sin apuros ni falsas modestias. La sinceridad se le escapa en la mirada chispeante de esas personas que siempre están atentas a cualquier vibración, incluida la del teléfono móvil de Ramón Acín que Almudena acunó entre sus manos para que callara de una vez. Una escritora honesta con su escritura, porque la honestidad es la única actitud imprescindible en un escritor. Una honestidad que, por supuesto, esta tamizada por su visión, su ideología y su memoria. Esa es la grandeza de la literatura, la capacidad de contar los mismos hechos desde dos puntos de vista antagónicos que, ambos serán aceptables, si están expresados desde la honestidad.

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18 noviembre 2009

A la vera de Luís Landero y Ramón Acín

Abrí la bandeja de entrada del Outlook Express. El mensaje de Ramón Acín estaba claro. Me invitaba a compartir mesa en la presentación de la última novela de Luís Landero. No me pregunten los motivos de tan apabullante invitación porque yo no lo hice, solo dije que si. Entonces comenzó lo mejor.
La lectura de “Retrato de un hombre inmaduro” fue tan estimulante como lo había sido el resto de las novelas de Landero que habían pasado por mis manos. Tomé muchas notas, subrayé aquí y allá, busqué un camino sobre el que construir una pequeña pieza oratoria y me asusté cuando, al terminar novela, fui consciente de a que me había comprometido. La intranquilidad frente al monitor del ordenador fue mayor y diferente a otras veces. Las palabras que nacían del teclado serían mi voz frente al público, Luís Landero y Ramón Acín. Demasiado unto para tan poco pan.
Ángel Gracia, responsable del Forum de la Fnac, nos citó en el Bar Gong de la calle Alfonso media hora antes del evento. Cuando estreché la mano de Luís Landero recordé eso que siempre digo sobre la gente a la que admiro: A veces es preferible no conocerles. La frasecita se escabulló a escape de mi pensamiento. El autor extremeño estuvo cordial, cercano y amable. Recibió mi saludo con un cálido apretón de manos, me dijo que lo tuteara y preguntó como habíamos pensado dar forma al evento. Landero propuso una batería de preguntas, nosotros disparábamos y él hacía puntería. Acín afinó esa idea en dos partes, en la primera se leerían mis notas (¡a eso me apuntaba que para lanzar preguntas no iba preparado!) y en la segunda se abriría un diálogo en la mesa con vocación de trasladarse al público.
Ramón Acín abrió la presentación asignando mi presencia a la categoría de lector y alabando los contenidos de esta bitácora. La amabilidad de sus palabras me descolocó y puso sobre el tapete todos los nervios que hasta entonces había dominado. Llegó mi turno. Empecé demasiado deprisa, como para quitarme las pulgas de encima, embebido en el texto supe que debía reaccionar. Fue entonces cuando levanté la cabeza y me encontré con la atención del autor. Me miraba interesado, o al menos esa fue mi percepción.
Luís Landero es un escritor de primera fila en plena gira promocional por televisiones, emisoras de radio, prensa escrita y saraos de todo pelaje en los que escucha a tipos de diferente pelaje opinar sobre su obra. Con esas premisas era muy raro que yo puediera aportar nada nuevo a todo lo que él ya ha oído. Sin embargo, ahí estaba, a mi lado. Sentí su cercanía. En algunas fases del texto conseguí el tono que había soñado para mi alocución. Remansé las sílabas y busqué los silencios que tanto me gusta subrayar, el tiempo necesario para que las frases respiren y el conjunto del texto tome oxígeno. Me apoyé en él, en su atención, eso me ayudó a terminar mejor de cómo había comenzado y a encontrar buenas vibraciones.
Creo que lo dicho es suficiente. Hoy no toca el exhaustivo haraquiri de la autocrítica porque hoy es día de disfrutar, de recordar como Landero afirmó sentirse emocionado por las connotaciones personales que contenía mi texto y agradeció mis palabras con un par de besos «A mi me enseñaron» dijo «que hay que besar a los amigos»
Después vino la clase magistral con disparos de Ramón Acín y puntería de Luís Landero pero eso, lectores de esta bitácora, es otra historia.
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Fotografías de Migue

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