La curvatura de la córnea

01 abril 2018

Un Dios salvaje o la diferencia entre una tarta y un pastel




Que la compañía Microteatro en casa represente “Un Dios salvaje” en el Teatro Principal puede parecer un contrasentido, y sin embargo no lo es. Microteatro en casa lo que busca en sus espectáculo es cambiar la relación espacial que hay entre el público y los actores, no se trata tanto de tirar la cuarta pared, como de diluirla, y ese objetivo se puede lograr en el salón de una casa pero también en un teatro convencional. La primera novedad fue que el público accedimos a la sala por la puerta de actores y recorrimos las tripas del teatro hasta llegar al escenario donde nos esperaban noventa butacas que rodeaban la escena y allí, bajo la lámpara del salón, los cuatro demiurgos dispuestos en círculo para cocinar su moral y la nuestra.
El texto de Yasmina Reza, que hace diez años pude ver con la dirección de Tamzin Townsendverlo y la interpretación de Aitana Sánchez-Gijón, Pere Ponce, Maribel Verdú y Antonio Molero, ya es un clásico dentro del teatro contemporáneo con esa vocación de espejo que invita a preguntarnos sobre nuestros comportamiento y como pueden variar en función del estallido de un determinado conflicto y al final, el conflicto es lo de menos, lo importante son nuestras reacciones reflejadas en las interpretaciones de los actores, ese delicado momento en el que la risa se paraliza porque te ves representado en la máscara social de alguno de los protagonistas y ves, incrédulo, como en cualquier momento se puede desencadenar la agresividad que vierte sal en la herida. ¿Qué somos cuando pervertimos los códigos morales por los que nos regimos? ¿Somos capaces de defender nuestros posicionamientos sin arremeter contra los posicionamientos de los demás?
Pero en realidad, mi interés por asistir a la función se centraba en los actores, quería comprobar como las energías de sus interpretaciones eran capaces de compensar la rueda que hace girar la trama, la eficacia en el equilibrio para que el viaje de los personajes no se vaya al traste, porque esa es la clave de la función, que los cuatro personajes tienen que modificar actitud y valores manteniendo la fluidez de la obra, tienen que tirar todo por la borda pero manteniendo el equilibrio y sin que nada se desborde, que todo fluya en el terreno de la credibilidad, cualquier pequeño desliz en esas transiciones emocionales puede dañar a la función de manera irreversible.
Los cuatro actores, Fran Martínez, Javier Guzmán, Pilar Aguilera e Irene Alquezar hacen un trabajo brillante y equilibrado con ese ballet imperceptible que los hace girar sobre la rueda de la vida, pero me parece que es Irene Alquezar la que tiene un puntito mayor de responsabilidad. Al fin y al cabo es su personaje el que tiene que dar un salto mayor, al menos en lo aparente, en lo corporal, es lo superficial si me lo permiten decirlo así, es ella la que tiene que merodear por un terreno donde la tentación por la parodia es enorme, y esa es una frontera peligrosísima en este caso, una línea que no se debe traspasar porque entonces el viaje de los personajes y del público se quedaría en anécdota, en chascarrillo, pasar esa línea sería quitar transcendencia a un tipo de teatro que también es una escuela de vida, que nos ayuda a comprendernos a nosotros y a entender ese mundo que está ahí fuera, donde las candilejas dejan paso a las farolas.
El Dios salvaje que nos presenta la compañía Microteatro en casa es un mecanismo de precisión que gira alrededor de los conflictos que la vida nos pone encima de una mesa salvaje aunque esté decorada con tulipanes, esos conflictos que tú y yo intentamos digerir como lo hacemos con esa porción que tanto nos gusta de la tarta de manzana y pera de nuestra abuela y que, sin embargo, terminamos por vomitar sin saber muy bien como ha sucedido.

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1 Comments:

At 01 abril, 2018 19:01, Blogger NINGUNO said...

Pero,¿aún no han colocado las butacas en el "patio de butacas" como la tradición manda?

 

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