La curvatura de la córnea

04 febrero 2013

Infierno, de Microteatro Zaragoza



Infierno es el lugar donde los pecadores son eternamente castigados después de la muerte, sin embargo, en el Infierno de Microteatro Zaragoza los demonios y los ángeles caídos están todavía muy vivos.
La Antigua Fábrica de Chocolates Zorraquino de Zaragoza será, hasta primeros de marzo, la puerta del Infierno. Un vestíbulo donde el mal se traduce en cuatro monólogos paritarios: Dos mujeres, dos hombres y un silencioso y sumiso sirviente. Cinco personajes exentos de misericordia y sentido de la justicia. El orden lo encontramos en las horas de un reloj y la localización topográfica es una nave de dimensiones fabriles en la que el calor infernal es sustituido por la gélida sensación de la inquietud. En realidad no nos encontramos en el Infierno sino en el preámbulo que nos espera antes de morir, en esa ceguera tan humana de creernos inmortales y con el derecho a colmar todos nuestros macabros deseos sin temer a las acciones que la justicia divina repartirá al fin de los tiempos.
Ellas enlutadas tras el maquillaje blanco y el pavor inscrito en ojos desorbitados por un gesto más allá de este mundo. Voces que no son de aquí. Ellos mucho más terrenales y tal vez por eso más inquietantes. Piel desnuda para el joven exitoso, ávido por la globalización del mal y tan seguro de sus posibilidades como esos tiburones de las finanzas que solo atisban sus propias satisfacciones. Labios y lengua diseñados para el placer. El veterano trafica con la velocidad psicotrópica de su mente, frases aceleradas, pensamiento desorbitado, dudas aparentes, soluciones rápidas, no hay tiempo para pensar, la música tensa el ambiente, te golpea, ritmo inflexible y la huida siempre hacia delante, como ese dedo que descerraja una bala para anunciar el silencio. Tres segundos de majestuoso silencio para demostrar que tan difícil es gestionar el huracán como la calma. Santiago Meléndez también es silencio en medio del vértigo controlado, la ansiedad que va de sus palabras hasta el estómago, esa extraña conexión entre la ficción y los miedos. Meléndez en carne viva, cada gesto, cada sonido y esa mirada que uno no sabe hasta donde va. Por eso no me creo el final de su monólogo, porque su personaje nos ha llevado a la deriva que no casa con una solución tan monolíticamente institucional. El final de ese hombre es la desorientación, la eterna lucha para sobrevivir al pasado que crece y crece en horror. No hay calma ni para él ni para nosotros. Su final es tal vez un descampado, una bala, el agua de una alcantarilla, un final que, al menos, nos deje un resquicio para calmar nuestra conciencia. La maldad de los más poderosos tiene otros matices y una pléyade de esbirros para los trabajos sucios.
Los actores de Microteatro Zaragoza nos muestran que no hay necesidad de fuego porque el infierno son los otros, si querido lector, usted y yo.

INFIERNO: por Microteatro Zaragoza. En la antigua Fábrica de Chocolates Zorraquino, calle Lourdes 5-7 de Zaragoza. Reservas en el 622 431 121 y en microteatrozgz@gmail.com. Hasta el 5 de marzo.

Publicado en el nº 132 de www.elpollourbano.net

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