La curvatura de la córnea

08 abril 2014

De la tierra plana a las antípodas. Un viaje con Umberto Eco



 
Una pieza de Miguel Ángel Ortiz Albero






 

Del mito a la ciencia: ¿Qué forma tiene la tierra?

Dentro del libro Umberto Eco Historias de las tierras lejanas y los lugares legendarios me llamó la atención el primer capítulo titulado La Tierra plana y las Antípodas, un texto en tres apartados. El primero ocupa un solo párrafo y nos habla de las distintas formas que adopta Tierra, formas poéticas, antropomórficas o apoyada sobre una ballena, un toro o una tortuga. Es un pequeño preámbulo mitológico que nos introduce a la reflexión “científica” sobre la tierra plana y las antípodas. (El entrecomillado es toda una declaración del autor)
¿Qué forma tiene la tierra? Umberto Eco proporciona una primera respuesta: “La opción más realista para los antiguos era creer que se trataba de un disco” Para Tales era un disco plano rodeado de un océano, para Anaxímenes, según las palabras de Aristóteles, la Tierra es plana y tiene forma de tambor. Parménides la intuyó esférica y Pitágoras así la consideró por “razones místico-matemáticas” pero fue Erastóstenes en el siglo II a.C. quien, como nos recuerda Haggett [1988:30] “asumiendo que los rayos de luz procedentes del Sol al mediodía en el solsticio de verano caen perpendiculares a la tangente de la Tierra /…/ calculó las diferencias en el ángulo que produce con la superficie de la Tierra en puntos distintos, determinando con ello su curvatura.”
Eco afirma que, aunque también había escépticos como Demócrito y Epicuro, en general durante toda la antigüedad posterior a Erastóstenes la forma esférica de la Tierra no es objeto de discusión. Una afirmación tan tajante parecería el final del problema sin embargo, pese a tan lúcidos precedentes en la astronomía griega, Eco se pregunta por la vigencia que la teoría de la Tierra plana ha tenido a lo largo de la historia.
El autor italiano, aunque no aporta ni un solo dato, responsabiliza “al pensamiento laico del siglo XIX” la intención de atribuir al pensamiento cristiano la idea de que la Tierra era plana. El objetivo era poner en la palestra a las confesiones religiosas que negaban el creacionismo y así, inventar una simetría entre las equivocaciones con “respecto a la esfericidad de la Tierra /…/ y el origen de las especies” Si las confesiones religiosas habían fallado en su creencia sobre una Tierra plana, bien podrían volver a equivocarse con respecto a la teoría de la evolución.
Sin embargo es cierto que, con independencia de la confusión generada en el siglo XIX, Haggett [1988:31] nos recuerda que
Durante los siguientes 1800 años poco se mejoraron las mediciones llevadas a cabo por Erastóstenes. Se produjo una aparente falta de interés en los conceptos procedentes de la Grecia clásica, y sus teorías sobre la Tierra fueron temporalmente sustituidas, en la Europa Medieval, por una visión teológica del mundo.
En este sentido, Umberto Eco recupera dos visiones medievales del mundo gracias al autor cristiano Lactancio del siglo IV y a Cosmas Indicopleustes, un geógrafo bizantino del siglo VI.
Lactancio, basándose en la Biblia, publica la obra Institutiones divinae en la que describe el Universo de forma cuadrangular, siguiendo el modelo del tabernáculo definido por la Biblia [1972:1507] “El tabernáculo era la tienda debajo de la que se guardaba el Arca de la Alianza. /…/ En el escrito sacerdotal es el centro del santuario; más tarde se denominó así al santuario mismo” En la Carta a los Hebreos (Heb 9, 11) se recoge como esa concepción espacial se traslada al Universo “Pero Cristo ha venido como Sumo Sacerdote de los bienes futuros; ha atravesado un tabernáculo más grande y más perfecto, que no es de mano de hombre, es decir, que no es de este mundo”
La inspiración de Cosmas [2013:33] también bebe del modelo cuadrangular del tabernáculo y así lo recoge Umberto Eco a partir del libro Topografía cristiana
La bóveda curva permanece oculta a nuestros ojos por el stereoma, esto es, por el velo del firmamento. Por debajo se extiende el ecúmene, es decir, toda la tierra sobre la que habitamos, que se apoya sobre el Océano y asciende por una pendiente imperceptible y continúa hacia el noroeste, dónde se alza una montaña tan alta que su presencia escapa a nuestra vista y su cima se confunde con las nubes. El Sol, movido por los ángeles- causantes así mismo de las lluvias, los terremotos y todos los demás fenómenos atmosféricos-, por la mañana cruza de este a sur, por delante de la montaña, e ilumina el mundo, y por la tarde sale de nuevo por el oeste y desaparece por detrás de la montaña. La Luna y las estrellas realizan el mismo ciclo inverso.
Eco, tras preguntarse cómo ha sido posible que se haya considerado que los hombres medievales percibían la tierra como un disco plano, recuerda a Jeffrey Burton Russell: “muchos libros autorizados de historia de la astronomía que todavía se estudian en las escuelas afirman que la Edad Media no tuvo conocimiento de las obras de Ptolomeo y que la teoría de Cosmas fue la que dominó hasta el descubrimiento de América.”
Eco se alía con Russel y niega la mayor: “el texto de Cosmas, escrito en griego (lengua que en la Edad Media cristiana sólo conocían unos pocos traductores interesados en filosofía aristotélica), no se dio a conocer en el mundo occidental hasta 1706 y se publicó en inglés en 1897. Ningún autor medieval lo conocía.”
El relato, desacreditada la popularidad tabernácula que defendía Cosmas, vuelve al camino de mostrarnos como en la Edad Media ya se tenía “la impresión de que la Tierra era vista como un círculo.” Una afirmación sustentada en los comentarios del Beato de Liébana al libro bíblico del Apocalipsis en el siglo VIII. Un texto que “tuvo gran influencia en el arte de las abadías románicas y de las catedrales góticas” porque sirvió de modelo para muchos manuscritos miniados.
He resaltado palabra “arte” porque, unida a la pregunta que a continuación formula Eco, constituyen una cuestión esencial para la cartografía: ¿Cómo es posible que personas que creían que la Tierra era esférica hicieran mapas donde se veía una Tierra plana?” La pregunta es aparentemente retórica porque el propio autor tiene una breve respuesta: “No era más que una forma ingenua y convencional de proyección cartográfica.”
Es difícil asumir el término “ingenua” cuando la Asociación Cartográfica Internacional en 1966 señaló que los aspectos artísticos de la cartografía son un elemento para “el establecimiento de mapas, planos y otras formas de expresión.” Es evidente que, más allá de la utilización práctica de un mapa, existe toda una estética determinada por las formas, la elección de la paleta de colores o la utilización de símbolos. Un interés artístico que encontramos desde la linealidad de un plano de metro hasta, como nos recuerda Eco, en las carreteras trazadas por los romanos y representadas en la Tabula pentingeriana, “un mapa en el que se pueden ver las carreteras, de dónde parten y adonde llegan, pero es imposible adivinar ni la forma de Europa, ni la del Mediterráneo, ni la de África.” En ambos casos nos encontramos ante una representación simbólica que, más allá del arte, no deja de ser una solución que se pone por encima de una imposible representación empírica de la realidad geográfica. Este aspecto estrictamente práctico de la representación nos introduce directamente en la importancia de la proyección cartográfica de la Tierra porque es un elemento de representación que se sigue utilizando en la actualidad.
La dificultad que entraña representar el volumen esférico de la Tierra en las dos dimensiones que nos permite el papel no está en relación con el tiempo histórico. Los cartógrafos, para resolver este problema, utilzan diferentes sistemas de proyección. Se trata de una aproximación, siempre convencional, a la realidad geográfica y cuya finalidad es la elaboración de un mapa que exprese lo que nos interesa transmitir. Acudamos a las palabras de Haggett [1988:40]
El peliagudo problema de realizar la representación de una Tierra redonda sobre un papel plano atrajo a algunos de los mejores cerebros matemáticos/…/ Su trabajo es un estudio de las matemáticas de compromiso. Mostraron que, a pesar de que es imposible reproducir fielmente en dos dimensiones todas las características de una Tierra tridimensional, es posible reproducir algunas de ellas a costa de las demás. Debemos sencillamente decidir qué propiedades resultan importantes y qué propiedades estamos dispuestos a sacrificar. /…/ La proyección que elegirá el geógrafo dependerá de la tarea que vaya a desempeñar el mapa, y las ventajas e inconvenientes de las distintas proyecciones deben valorarse cuidadosamente.
En este aspecto podemos afirmar que cualquier mapa actual es similar a esos mapas medievales que, en palabras de Eco, “no pretendían representar la forma de la Tierra, sino enumerar las ciudades y pueblos que se podía encontrar/…/ no tenían una función científica, sino que respondían a la demanda de lo fabuloso por parte del público.” Esta última afirmación nos devuelve al mundo del arte porque, si la demanda medieval reclamaba “lo fabuloso”, el interés de los mapas, como nos recordaba el profesor Aragüés en sus clases, radica en que en ellos aparecieran tanto lugares reales como míticos; desde las puertas del Infierno en las inmediaciones del Etna, hasta el Paraíso Terrenal que, a lo largo del tiempo, se localizó en lugares tan dispares como la India o las selvas del Brasil.
Eco sigue la misma senda cuando afirma que “los viajes medievales eran imaginarios.” El hombre, regresando a las clases del profesor Aragüés, había almacenado mitos y leyendas desde la antigüedad sobre todo lo que había más allá del mar. El descubrimiento de América lo enfrentó a un continente nuevo y a una nueva forma de ver la Tierra: Desde el Orbis Terrarun que la describía como una isla rodeada por un solo océano, a ese momento único e irrepetible de apreciar como los continentes se dividían y se llegaba a la convención de tres océanos: Atlántico, Pacífico e Índico. Fue precisamente entonces cuando, y sigo las palabras del profesor Aragüés, la luz de la racionalidad ponían en duda la realidad de los mitos. Sin embargo el descubrimiento de América los puso de moda y, a lo largo del siglo XVI y principios del XVII, esos mitos se hicieron realidad en el nuevo continente, se materializaron ante los ojos de los europeos y se reflejaron tanto en los textos como en los mapas de la época. Eco nos pone el ejemplo de cómo “el mapa de Las crónicas de Nuremberg que data de 1493 y, junto a una cartografía aceptable, aparecen representados los misteriosos monstruos que se decía que habitaban aquellos lugares.”
Estos planteamientos, además del ya enunciado sobre si la Tierra tiene forma de tabernáculo o es una esfera, nos permiten añadir al debate la tensión cartográfica que supone los binomios entre lo real y lo imaginario; lo empírico y lo práctico. Eco, en cualquier caso, nos recuerda que la conclusión de San Agustín pasaba por “no dejarse impresionar por la descripción del tabernáculo bíblico, porque ya se sabe que las Sagradas Escrituras hablan a menudo por medio de metáforas, y tal vez la Tierra es esférica. Pero puesto que saber si es esférica o no de nada sirve para lograr la salvación del alma, se puede dejar de lado la cuestión”


El sonido de las Antípodas

Quizás sea un buen momento para hacer caso a San Agustín, pasar a la sección que Umberto Eco dedica a las Antípodas y relajarnos con la agradable sorpresa musical con la que comienza en autor italiano [2013:26]
Los pitagóricos elaboraron un complejo sistema planetario en el que la Tierra no ocupaba ni siquiera el centro del universo. También el Sol se hallaba en la periferia, y todas las esferas de os planetas giraban en torno a un fuego central. Además, cada esfera al girar producía un sonido de la gama musical, y para establecer una correspondencia exacta entre fenómenos sonoros y fenómenos astronómicos, se introdujo incluso un planeta inexistente: la Antitierra. Esta Antitierra, invisible desde nuestro hemisferio, solo podía ser vista desde las Antípodas.
Crates de Malos, en el siglo II a.C., recuperó una idea platónica que hablaba de tierras en el Hemisferio Norte y Hemisferio Sur separadas por unos canales marítimos en forma de cruz. “Crates suponía que los continentes meridionales estaban habitados pero que no eran accesibles desde nuestras Tierras.”
Eco hace unas rápidas referencias históricas porque, lo mismo que me ocurre a mí, creo que está preocupado por descubrir cómo era posible que los habitantes de las Antípodas vivieran “con la cabeza abajo y los pies arriba sin precipitarse al vacío.” Y claro, lo más decididos adversarios a esa visión son los ya citados defensores del modelo de Tierra en forma de tabernáculo: Lactancio y Comas Indicopleustes.
Lactancio [2013:33] se hace repetidas preguntas:
¿Y qué decir de quien piensa que existen antípodas opuestas al lugar donde ponemos los pies? ¿Dicen algo convincente o hay alguien tan insensato que crea que existen hombres con los pies más arriba que su cabeza? ¿O que las cosas que entre nosotros están boca arriba allí cuelgan? ¿Qué allá los cereales y los árboles crecen hacia abajo? ¿Qué lluvia, nieve y granizo caen de abajo arriba?/…/ ¿Qué razonamiento les ha inducido a creer en las Antípodas?
Cosmas [2013:34] argumenta su posición con un ejemplo clarificador y un poco misógino:
Si uno quisiera rebatir mejor el asunto de las antípodas lo desenmascararía de inmediato como viejas fábulas de mujeres. Supongamos que los pies de otro hombre, y que sus dos pies sostengan a ambos sobre la tierra, en el agua, en el aire, o donde queráis, ¿cómo sería posible que estos dos hombres se mantuvieran ambos de pie? ¿Cómo podría ser que uno estuviera viviendo según la naturaleza y el otro (con la cabeza hacia abajo) contra la naturaleza?
El dibujante Quino aporta una solución. Un buen ejemplo de cómo cambiar la mirada puede transformar el mundo.

 

Pero además de estas cuestiones que podríamos definir como prácticas, pensadores como San Agustín [2013:34] eencuentra en las Antípodas el grave problema que supone la imposibilidad de explicar la universalidad de la redención

Aun en la hipótesis de que el mundo tenga forma esférica y pueda ser demostrado apoyándose en algún principio, de ello no se sigue forzosamente que la parte inferior haya de estar libre de la masa de las aguas, y si lo estuviese, eso no significa que deba estar habitada. Ahora bien, puesto que la Escritura, en la que se fundamenta la fe en los hechos que describe sobre el cumplimiento de sus profecías, no miente en absoluto, es sin duda absurdo afirmar que algunos hombres pudieran navegar y llegar de esta parte a aquella, tras haber superado la inmensidad del Océano, trasplantando también allá el linaje humano que proviene de un solo hombre.

Pero también, como nos recuerda Eco, hubo en el siglo V d.C. quien utilizó “argumentos razonables” para demostrar que no tenía nada de irracional creer en seres que muy bien podrían vivir al otro lado del globo, y que esa era la idea general que se aceptaba en la Edad Media. Macrobio [2013:35]

Si entre nosotros consideramos abajo donde está la tierra y arriba donde está el cielo (cosa que solo e decirla nos resulta ridícula), también para ellos arriba será aquello hacia lo que desde abajo levantan los ojos, y nunca podrán caer a las regiones que están sobre ellos. Incluso afirmaría que los menos instruidos entre ellos saben lo mismo a propósito de nosotros y no pueden creer que podamos vivir en el lugar donde estamos, convencidos de que si alguien intentar mantenerse en pie en la región que hay debajo de ellos acabaría cayendo. Sin embargo, ninguno de nosotros ha temido nunca caer al cielo: por tanto, ninguno de ellos caerá hacía arriba; porque hacia la tierra «son atraídos todos los graves, por una fuerza que les es propia

La preocupación de Macrobio sobre cómo se asientan los pies de los habitantes de la Tierra perduró hasta bien entrado el siglo XX, como podemos ver en un par de tiras de Quino:




El descubrimiento: una nueva mirada sobre las antípodas

Eco [2013:157], en un capítulo posterior al que estamos dedicando estas líneas, quiere dejar bien claro que las disquisiciones sobre la forma de la Tierra se tratan de “una tontería porque los Griegos ya sabían que la Tierra era esférica y la cultura medieval de hecho la aceptaba sin problemas (al menos en los círculos doctos). Colón creía como todos que la Tierra era redonda” Sin embargo, y pese a estas afirmaciones, el profesor Aragüés nos recordaba que los mapas reflejaban el Hemisferio Norte mientras el Sur quedaba muy desdibujado porque no se conocía, una circunstancia propicia para especular sobre la posibilidad de la existencia de un mundo paralelo en el Hemisferio Sur al que se conocía como el otro mundo, las Antípodas o el Orbis Alterius y, aunque ya podemos afirmar que para la mayoría de los medievales esas tierras existían, sin embargo no todos pensaban que pudieran estar habitadas.
Las Antípodas, para los más cultos, era la tierra de los monstruos, o de la simetría, de tal manera que cada persona del mundo conocido tenía una persona debajo de sus pies que hacía lo mismo. Estas personas tenían dos razones para pensar que no estaban habitadas. La primera era de orden teológico: Todos los hombres descendían de Adán y Eva y nadie podría haber atravesado el océano. La segunda era que ningún hombre podía viajar más allá del Ecuador porque quedaría abrasado gracias al cálculo que relacionaba la temperatura en Paris y su correlación para el Ecuador.
El descubrimiento de América cambió radicalmente esta visión. La certificación de una América del Sur provocaba que, para evitar que las gentes más cultas estuvieran equivocadas, se llegara a la conclusión de que aquellos habitantes meridionales solo podían ser monstruos. Un caldo de cultivo ideal para que todas las mitologías europeas se trasladaran a América.
Pero los viajes continuaban y la racionalidad avanzaba en Europa hasta que poco a poco todos los mitos se fueron abandonando con el paso del tiempo. Sin embargo surgió un nuevo problema que  O´Gorman [1951:34] plantea en una pregunta: “¿qué acontece una vez que se ha cobrado conciencia de la súbita e inesperada aparición de un nuevo e ignorado continente?”
El responsable de esta nueva visión del descubrimiento fue Américo Vespucio que en 1507 ya era consciente de lo que significaba la nueva entidad geográfica. Un descubrimiento — y para otro trabajo dejamos pendiente la disputa de si fue Colón o Vespucio el verdadero “descubridor” de América — que obligó a nuevos planteamientos historiográficos.





De la geografía al mito: ¿Quién habita en las antípodas?



Bartolomé de Las Casas que, como nos recuerda O´Gorman [1951:139] se apartó muy pronto de la cuestión geográfica del descubrimiento para entender que lo esencial era la evangelización ya que “malamente iba a suponer que Dios estuviese interesado en una empresa que no tuviera más finalidad que el muy respetable, pero en definitiva misérrimo deseo de ampliar los conocimientos científicos acerca de los aspectos físicos del globo.” En ese sentido O´Gorman [1951:151] “Cuando Las Casas afirma que Colón «descubrió Las Indias», se refiere a los infieles que las habitan. La alusión geográfica contenida en la proposición se convierte, pues, en una simple indicación del lugar en el que se encuentran los infieles.” Sin embargo, y pese a formular una afirmación tan tajante, Las Casas tiene una visión más amplia del descubrimiento e intenta no apartarse del concepto científico del descubrimiento. Por eso lo considera, en palabras de O´Gorman [1951:154], como “la revelación de un camino, que es a la vez místico y náutico. Con esta dualidad logra levantar una visión providencialista[i]en cuanto en ella se desplaza la comprensión historiográfica de la esfera de los intereses divinos de la salvación eterna.” Nada de esto, denuncia O´Gorman, ha sido tenido en cuenta por la tradición historiográfica hoy vigente, que nunca tuvo presente el pensamiento de Las Casas que situaba el descubrimiento como el más notable paso que registran los anales humanos hacia el progreso científico físico del globo.
Nos encontramos ante una interpretación del descubrimiento que combina lo teológico y lo científico, una postura verdaderamente original y significativa que fue ignorada. Una tremenda injusticia, porque como nos recuerda O´Gorman [1951:154] “Las Casas logra alcanzar un equilibrio entre dos extremos, Edad Media y Modernidad” en un intento  profundamente humano de comprensión.
En este sentido, como nos recordaba el profesor Aragües, el dominico Bartolomé de Las Casas se manifestó contrario a los métodos violentos de conquista y a las prisas de algunos para convertir a los indios al cristianismo. Las Casas defendió el bautismo voluntario. A esta postura se sumó la equiparación que los franciscanos hicieron entre los indios y los primeros cristianos que compartían pobreza, humildad y desprecio por la propiedad privada. Por lo tanto, como subraya Lacarra [1990:9] “Es raro que lo maravilloso exista dentro de los límites de nuestro horizonte: casi siempre nace allí donde no alcanza nuestra vista.” Ese es un buen motivo para pensar que todos los mitos medievales de los que ya hemos hablado se fueran trasladando hacia los territorios todavía inexplorados. Así, y volvemos a Lacarra, las fantasías se terminarían por localizar en las regiones más remotas de América del Sur.
En este escenario, y teniendo en cuenta que la previsión de abrasarse si se viajaba hasta más allá del Ecuador había sido descartadas por la realidad, las posibilidades con respecto a cómo serían los habitantes de las Antípodas se reducían a dos: La existencia de monstruos o confirmar la teoría de la simetría de hombres viviendo boca abajo. O en palabras de Lacarra [1990:7]

La idea de la existencia de unas tierras más allá de la zona ecuatorial, o tras las aguas del océano, era generalmente admitida, especialmente por quienes aceptaban ya la esferidad de la Tierra. La polémica se suscitaba a la hora de aceptar si estarían o no habitadas, pes se contravenían con ellos las palabras bíblicas. Como había recordado San Agustín, se dice que el Evangelio fue predicado en todo el universo. Por lo tanto, no puede admitirse que existan allí seres humanos, pues serían víctimas de una gran injusticia al no poder estar sometidos a la Iglesia. Otros piensan que están habitadas por seres “extravagantes”, y su anormalidad se cifra en ser contrarios a nosotros. Incluso para algunos autores, son gentes literalmente pegadas a nuestras suelas; a cada uno de nosotros nos corresponde uno de ellos.

Lacarra abunda en este argumento de la simetría aludiendo a San Isidoro, sin embargo nos recuerda que San Agustín afirmaba que “no hay razón alguna para creer tal cosa, puesto que ni la solidez ni el centro de la tierra confirman tal teoría”
Esta divergencia, entre si los hombres de las antípodas vivían boca abajo o no, es la que nos interesa desvelar, y para ello no tendríamos que esperar mucho tiempo porque a mediados del siglo XV los portugueses ya comenzaban a navegar por el hemisferio sur de la costa occidental de África y en 1520 Magallanes llegó a la Patagonia o Tierra de Fuego y, como nos cuenta Pablo Castro [2012:37-39]

Vislumbraron extraños habitantes que dejaban huellas enormes /…/ Los viajeros europeos señalan que estos hombres son tan altos que les llegan hasta la cintura /…/ Esta imagen que construye (Antonio Pigafetta) cronista de Magallanes no es menor, ya que se transmite en el continente europeo y se torna un punto de partida para una serie de representaciones visuales y literarias.

Un siglo después, en 1656, el licenciado Antonio de León Pinelo [    :33] todavía escribía, dando voz a Cristobal de Acuña que

Hablando de la Nación de los Trepinambas, que ocupan en el Rio las Amazonas una grande isla, pone estas palabras, y de otras mas interiores dice, la una es de los Enanos que hemos referido; la otra es de una gente que todos ellos tienen los pies al revés. De suerte que quien no conociéndolos quisiese seguir sus huellas caminaría siempre al contrario que ellos; llamanse Mutayies.

Los mitos, como vemos, se desplazan con los conquistadores y al igual que había ocurrido en el resto de tierras descubiertas, se hacían dueños de la situación. Pablo Castro nos indica la causa de esta manera de ver el mundo [2012:39]

En cierta medida, y acuñando el planteamiento de Gustavo Vasco, la imagen del gigante se cristaliza como una herramienta de apropiación de lo desconocido. A través de este mundo incógnito, los europeos buscan comprender las diferencias que existen con su cultura, estableciendo una alteridad que permita definir su propia identidad.
En otras palabras, la otredad legitima una construcción cultural que permite definir al mundo europeo a través de una oposición visual, donde la exageración de los atributos y comportamientos de los gigantes patagones generan figuras simbólicas que consolidan la estructura cultural e imaginaria de la civilización del Viejo Mundo.

En esta cita encontramos la palabra clave: Alteridad. Un término asociado a Simone de Beauvoir[ii] con respecto a la construcción de lo femenino desde una visión masculina, sin embargo en este caso el campo de observación es mucho más amplio. Estamos hablando de la necesidad del europeo del autoafirmarse frente a lo desconocido y como la falta de relación con el otro, velada por el mito, es el principal motivo de la incapacidad de los europeos del siglo XVI para percibir a los nativos de manera natural.
Bartolomé de Las Casas se enfrenta a esta postura y según Todorov [1987:201] aplicará a su pensamiento una “antropología cultural” que le llevó hasta un principio de alteridad para

Poner en evidencia la relatividad del concepto de “barbarie” (parecería que es el primero que lo hace en la época moderna): cada quien es bárbaro del otro, para serlo basta con hablar una lengua que ese otro desconoce.

Todorov [1987:202] nos recuerda que la posición del dominico es absolutamente radical para la época porque “Las Casas descubre esa forma superior de igualitarismo /…/ dónde cada quien se pone en relación con sus valores propios, en vez de confrontarse con un ideal único” De esta manera se desmonta la gran empresa que trasladó los mitos medievales a los habitantes del nuevo continente, pero Todorov [1987:203] aún guarda una carta en la manga que nos devolverá a la geografía cuando recuerda que, si la posición de Las Casas relativiza las relaciones en asuntos humanos, “Bruno lo hace en relación al espacio físico para negar la existencia de una posición privilegiada” De esta manera se concluye que la Tierra o cualquier otro punto no son el centro del universo, que lo realmente central es su relación con el espacio circundante y, por lo tanto, pone en tela de juicio la relación entre el centro y la periferia, “dos conceptos tan relativos como los de civilización y barbarie.”
De esta manera, el discurso del igualitarismo humano de Las Casas termina por reflejarse y extenderse a una concepción del universo en la que se puede omitir la presencia de Dios.

Epílogo
El dilema que abrió este texto trataba de comprender como, frente a una tierra plana, que muy pronto dejó de serlo, surgió una forma esférica que permitía preguntarnos sobre cómo eran, si existían, los habitantes de las zonas más meridionales del globo terráqueo. La duda nos llevó hasta la historiografía del descubrimiento de América y por extensión, al proceso que cambió la mirada de los Europeos sobre las Antípodas. La ruta, aunque parecía eminentemente geográfica, se ha visto jalonada por la teología, una característica en este tipo de viajes capaz de perdurar en el tiempo hasta asentarse en la historia contemporánea cuando en el año 1993, según una información de Youssef M. Ibrahim[iii], el jeque Abdel Aziz Ibn Baaz, como autoridad religiosa suprema de Arabia Saudita, dictó una fatwa en la que afirmaba que: “La tierra es plana. Cualquiera que diga que es redonda es un ateo que merece castigo.”

Bibliografía
Anónimo.”Vocabulario Bíblico”. La Biblia. Círculo de Lectores. Barcelona. 1972.
Castro Hernández, Pablo. “Monstruos, rarezas y maravillas del Nuevo Mundo. Una lectura de la visión europea de los indios de la Patagonia y Tierra de Fuego, mediante la cartografía de los siglos XVI y XVII”. Revista Sans Soleil, 4 (2012), pp 30-50. Última consulta 23 de marzo de 2014. http://revista-sanssoleil.com/wp-content/uploads/2012/02/art-Pablo-Castro.pdf
Eco, Umberto. Historias de las tierras y los lugares legendarios. Barcelona. Lumen. 2013.
Hagget, Peter. Geografía una síntesis moderna. Ediciones Omega. Barcelona. 1988.
Ibrahim, Youssef M. “Muslim Edicts Take on New Force”. New York Time. Última consulta 20 de marzo de 2013. http://www.nytimes.com/1995/02/12/world/muslim-edicts-take-on-new-force.html?pagewanted=all. 12 de febrero de 1995.
Indicopleustes, Cosmas. “Topografía cristiana, I, 14-20”. Historia de las tierras y los lugares legendarios. Recogido por Umberto Eco. Barcelona. Lumen. 2013.
Lacarra, Mª Jesús y Cacho Blecua, Manuel J. Lo imaginario en la conquista de América. Zaragoza. Mira Editores. 1990.
Lactancio. “Divinae Institutiones, III,24”. Historia de las tierras y los lugares legendarios. Recogido por Umberto Eco. Barcelona. Lumen. 2013.
León Pinelo, Antonio de. Facsimil del Tomo II de la edición de Lima, 1943 de El Paraíso en el Nuevo Mundo. Comentario apologético. Historia natural y peregrina de las Indias Occidentales, islas y tierra firme del mar océano. Biblioteca Esotérica Herrou Aragón.
Macrobio. “Comentario al Sommium Scipionis, II, 5, 23-26” Historia de las tierras y los lugares legendarios. Recogido por Umberto Eco. Barcelona. Lumen. 2013.
O´Gorman, Edmundo. La idea del descubrimiento de América. México. Centro de Estudios Filosóficos. 1951.
Quino. Viñetas de Mafalda obtenidas a través de Google Imágenes.
San Agustín. “La ciudad de Dios, XVI, 9”. Historia de las tierras y los lugares legendarios. Recogido por Umberto Eco. Barcelona. Lumen. 2013.
Todorov, Tzvetan. La conquista de América. La cuestión del otro. México. Siglo veintiuno editores. 1987.


[i] El providencialismo tiene su fundamento en la presentación del suceder histórico como un proceso lineal desde un origen a una meta, normalmente situada en tiempo futuro; idea que procede de la Biblia y que tiene un fuerte contenido teológico. De ahí fue tomada por el Cristianismo que, a partir de Agustín de Hipona, la desarrolló en forma de providencialismo histórico”: el hombre, desde una situación de profunda miseria, a causa del pecado que le dañó en su naturaleza, avanza, guiado y custodiado por Dios hacia el Reino de Dios, que ni siquiera es de este mundo, según la fe cristiana y en otras palabras, es la historia de la salvación. (Diccionario de Filosofía Latinoamericana Última consulta 20 de marzo de 2014.
[ii] “No se nace mujer: se llega a serlo. Ningún destino biológico, psíquico, económico, define la imagen que reviste en el seno de la sociedad la hembra humana; el conjunto de la civilización elabora este producto intermedio entre el macho y el castrado que se suele calificar de femenino. Solo la mediación ajena puede convertir un individuo en Alteridad.” Simone de Beauvoir. El segundo sexo
[iii] Youssef M. Ibrahim. “Muslim Edicts Take on New Force”. New York Time. Última consulta 20 de marzo de 2014. http://www.nytimes.com/1995/02/12/world/muslim-edicts-take-on-new-force.html?pagewanted=all. 12 de febrero de 1995.



 

 

 

 

 

 

 

 

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