La curvatura de la córnea

03 marzo 2014

Historia: Entre la objetividad y la literatura


Imagen obtenida en Google

 “Si es cierto, como opinaba Aristóteles, que la “historia cuenta lo que sucedió y la poesía lo que debía suceder”, habrá que aceptar que la poesía puede efectivamente corregir las erratas de la historia y que esa credulidad nos inmuniza contra la decepción. Que así sea.”
(Párrafo final del discurso de Caballero Bonald en los Premios Cervantes 2013)

José Álvarez Junco, catedrático de Historia en la Universidad Complutense de Madrid, publicó el pasado domingo 2 de marzo en el diario El País un artículo titulado Historia y mito en el que delimitaba las “dos formas radicalmente distintas de acercarse al conocimiento del pasado”. “[La historia] se basa en pruebas documentales que se interpretan a la luz de un esquema racional. [El mito] quiere dar lecciones morales”
El texto del profesor Álvarez Junco, desde esas dos afirmaciones, pone de relieve como los mitos desempeñan el papel, tan bien aprovechado por los políticos, de “crear identidades y proporcionar autoestima” para a partir de ahí, ilustrar como un determinado relato del pasado “legitima ciertas propuestas políticas” a las que habitualmente llamamos nacionalismos y, aunque esa es la tesis principal del texto del profesor, mis discrepancias tras su lectura tienen otros derroteros.
La primera disconformidad es en torno a la definición sobre el que hacer histórico como “un saber sobre el pasado que quiere estar regido por la objetividad”
La objetividad ha sido tradicionalmente un aparente valor al que debería aspirar todo historiador, sin embargo dentro de una nueva conciencia historiográfica, y como propone Pelai Pagés, la primera tarea del historiador es la de reconocer que no es objetivo, que lo imparcial es imposible y que esa postura se debería de tomar como una declaración de honestidad profesional. El historiador Fontana, en esa misma dirección, afirma que, como cualquier otra persona que vive en sociedad, el acercamiento al pasado de un historiador parte, necesariamente, desde su propio y particular presente y de cómo entiende esa relación con el pasado. Es lo que Pierre Vilar llamaba “saberse partidario” un reconocimiento que condicionará la investigación histórica por las ideas políticas, las creencias y las simpatías del historiador. Esta postura previa, afirma Vilar, “es una defensa del historiador comprometido, frente al manido recurso de exigir apoliticismo” o si ampliamos esa mirada, es la reivindicación de la subjetividad intrínseca en cada historiador, frente a una pretendida e impoluta objetividad imposible de alcanzar.
El historiador, siguiendo los consejos de Villar, debe preguntarse por los motivos que le han llevado a indagar sobre determinados problemas sociales y políticos. Lo importante, con independencia de las respuestas, será que el historiador mantenga criterios de profesionalidad y rigurosidad en el trabajo, porque sus conclusiones siempre serán un fruto tentador para ser utilizados y manipulados a favor de intereses políticos, económicos o sociales. Tentaciones que el historiador fetén debería olvidar porque lo realmente importante es concebir su profesión, no como una herramienta para ponerla al servicio de un determinado compromiso político, sino que, atendiendo a las palabras de Carr, su tarea primordial no consiste en recoger datos. Su trabajo es seleccionar esos datos, valorarlos e interpretarlos bajo la luz de la honestidad. Por eso, en palabras de Ruiz Doménec, cuando a nos enfrentamos a un libro de historia, nuestro primer interés deber ir encaminado a conocer al historiador que lo escribió, tener una imagen nítida de su trabajo, atender a su biografía personal, a la elaboración de su obra, de dónde procede su interés por la investigación histórica y su interacción con la literatura, el periodismo y otras disciplinas. Estas prevenciones no deben ocultar que cualquier investigación histórica está abierta a que coexistan hipótesis contradictorias para explicar un único hecho, y así poner de relieve que la acción subjetiva del historiador es un pilar fundamental del conocimiento histórico.
La segunda discrepancia que detecto con el profesor Álvarez Junco es su prevención cuando afirma que la historia tiene problemas para alcanzar un status de ciencia “dura”, semejante a la bilogía o la química, “porque en su confección misma tiene mucho de narrativa, de artificio literario” Una afirmación que nos lleva hasta una de las preguntas esenciales de la profesión de historiador ¿La historia es una ciencia?
Si atendemos a los ejemplos del profesor Álvarez Junco, estaremos de acuerdo que la investigación histórica poco o nada tiene que ver con las metodologías que utiliza la biología o la química y, si a esta evidencia, sumamos la ya expuesta falta de objetividad esto nos llevaría hasta una de las preguntas esenciales formuladas por John Lukacs “¿La historia es literatura o ciencia? Bueno: es literatura, más que ciencia. Y así deberá ser para nosotros”
El planteamiento de Lukacs apunta al final de todo un proceso que, como ya he expuesto, deberá estar centrado en un trabajo riguroso y honesto. Este proceso de investigación culmina cuando el historiador se sienta frente al teclado para centrar sus energías para narrar los resultados de sus investigaciones, y ese es un momento primordial en el que quizás debería fijarse en los escritores, profesionales que se dedican a construir conceptos, acciones y sentimientos a base de unir unas palabras con otras, y dentro de los escritores, en los novelistas porque al fin y al cabo, como dice John Lukacs “El historiador, como el novelista, cuenta una historia” Y es precisamente ahí, en la definición de “historia” dónde empiezan los problemas.
Antonio Orejudo recuerda que el idioma castellano tiene una sola palabra para designar dos conceptos contrapuestos. El término “historia” hace referencia tanto a una sucesión real de hechos comprobados, como a una sucesión de hechos imaginarios. Si consultamos el diccionario de la RAE encontramos que la primera acepción de historia es “Narración y exposición de los acontecimientos pasados y dignos de memoria, sean públicos o privados.” Sin embargo en la séptima acepción podemos leer: “Narración inventada.”, y si apuramos un poco más nos encontramos con la octava acepción: “Mentira o pretexto.”
Pero claro, estamos hablando de escribir historia desde el punto de vista del historiador y eso estrecha el margen de posibilidades, porque si los novelistas se dedican a narrar la ficción, los historiadores tienen que ocuparse de los hechos. El historiador está atado con la realidad, tiene un compromiso con ella que no puede traicionar, sin embargo el novelista y su novela, como nos recuerda Javier Cercas “debe derrotar a la realidad, reinventándola para sustituirla por una ficción tan persuasiva como ella.” “[La novela] es un género que no responde ante la realidad, sino sólo ante sí misma”. Ese es el trabajo del escritor de ficción: Construir una historia perfecta en la que todos los elementos encajen milimétricamente. Esa perfección, desde el punto de vista del relato, es imposible encontrarla en la vida, en la realidad.
Una vez delimitado el terreno en el que el historiador debe narrar la historia, se hace imprescindible volver a los brazos de la literatura y Juan Mayorga nos indica un buen itinerario cuando afirma “Yo me siento escritor antes que dramaturgo y pretendo que mis textos tengan un valor literario antes, en y después de su puesta en escena” A  estas altura la pregunta es evidente: ¿El historiador puede sentirse escritor?
La respuesta la encontramos de nuevo en Lukacs que comienza por diferenciar entre historiadores profesionales y aficionados para afirmar que los “aficionados suelen ser más literatos que sus colegas académicos. (En muchos casos, fue el amor a la literatura lo que les condujo a la historia, mientras que en el caso de muchos académicos puede que el interés por la historia los lleve, de vez en cuando, a la literatura…”
Ese seguramente es uno de los grandes retos de la historia: Conseguir que un texto académicamente histórico tenga una formulación literaria capaz de maridar el rigor del método científico con una expresión literaria fruto de la imaginación y obtener un texto que interese, atrape y emocione. En definitiva seguir la exhortación de Lucaks “¡Historiadores! ¡Manos a la obra: dedicaos a la literatura!

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