La curvatura de la córnea

22 mayo 2012

Una Jirafa de Teatro Che y Moche

André Breton encargó una jirafa de madera de tamaño natural para la fiesta que los vizcondes de Noailles organizaron en Francia en 1933. Giacometti fue el encargado de diseñar las 20 manchas que cubrían el cuerpo del animal, cada una de ellas se podía abrir mediante una bisagra para que el espectador encontrara los textos escritos por Luís Buñuel. Teatro Che y Moche han visitado esas palabras y les han añadido los poemas que Buñuel escribió bajo el título “Un perro andaluz” para dar vida a este juego de humor negro, desconciertoy algunas perversiones.
La dramaturgia, sustentada sobre la premisa de Buñuel “Todo es absolutamente realizable”, ejecuta un ejercicio de imaginación y libertad para levantar un espectáculo que rompe con la realidad y crea un mundo nuevo. El escenario gira alrededor de las veinte manchas de una Jirafa que, suministradas como veinte comprimidos de ácido surrealista, apelan a los cinco sentidos a través de un desarrollo multidisciplinar integrado por  imagen, música, danza, iluminación y palabra.
El espacio teatral surge circular. Una jaula de aluminio reforzado contiene y muestra en su interior los efectos secundarios del juego. La frontera escenario-espectador se mantiene aunque el paso del tiempo varíe la geometría, pero la tensión aumenta y esa dicotomía se hace insoportable, entonces los principios activos del juego se desparraman entre las butacas. La mezcla, aunque nada la separaba, fue difusa de agua de lluvia con bálsamo de aceite. Imaginé al público exaltado por el río salvaje que surgió de la tormenta. Eso sería revolucionario. Un pueblo capaz de romper reglas y ataduras para abandonar la jaula de oro la realidad e internarse en la jaula abierta y variable de la libertad.
Olvidemos los sueños que me invadieron durante la representación y regresemos al escenario. En el espacio de Una Jirafa la luz danza, la música viste y la coreografía escribe versos tan intensos como la palabra. El cóctel es perfecto, la dosis de cada elemento escénico conforma una maquinaria precisa al servicio de un gran espectáculo que se aproxima a los terrenos operísticos donde libreto y partitura engarzan con la poesía y el baile.
Antonio Muñoz, Marcela Alba, Ingrid Magriñá, Javier Casado, Raquel Anadón y Rubén Martínez son los encargados de abrir cada una de las manchas de La Jirafa y trasladar a los espectadores el impulso dramático que eliminará la realidad para desconcierto, júbilo o indignación de los presentes. El programa distingue entre actores y bailarines pero esa clasificación es muy difícil de atisbar en el escenario. La compenetración entre estos seis principios activos contra el hastío es mágica: Bailan con la luz, se bañan en música, deforman la realidad, activan la imaginación, se mueven como un solo hombre, subrayan los detalles, exploran, declaman, transmiten sensaciones y ponen músculos y mucho talento al servicio de una Jirafa con descaro y frescura.
Una Jirafa es un espectáculo necesario, alivio para la realidad y escaparate de emociones que pellizcan la piel. Teatro Che y Moche nos recuerda que, pese a la grave enfermedad que recorre el mundo y pregonan los voceros, todavía estamos vivos para reírnos de la moral antidiluviana, quejarnos de los poderosos y gritar indignados que aún creemos en la belleza.

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