La curvatura de la córnea

02 abril 2010

Pedro y el Capitán, por Teatro Pez Kao

Teatro Pez Kao presentó ayer en el Teatro Arbolé la obra “Pedro y el capitán”. Los actores Fran Martínez y Ricardo Ibáñez presentaron su primer trabajo como compañía con una introducción en clave de clown que, a modo de programa de mano, nos informó del carácter de libre adaptación de la obra de Mario Benedetti, un aviso para las sociedades privadas que se dedican a recaudar derechos de autor. También hubo puyita a los “cítricos” periodísticos que hacen “cítricas” con diferentes números de estrellas según la valía del espectáculo. Terminaron con una confesión de cómo se habían planteado la representación en la que, desde el principio, queda muy claro quienes son los buenos y quienes son los malos; además de que los buenos son muy buenos y los malos son muy malos. Como en esas películas de espías de la guerra fría en la que los americanos son guapos, listos y resolutivos; mientras que los rusos son feos, tontos y gañanes. El objetivo teatral de Teatro Pez Kao es, a diferencia de la obra original de Benedetti, humanizar al torturador.
En el espacio escénico dos sillas, una fuente de agua, la luz tenue de un lugar cerrado y la oscuridad. La obra comienza con un extenso monólogo del torturador, un hombre metódico que asume su parte en el engranaje represor, pero con una importante diferencia, él es el “bueno” frente a los “malos”. Su arma no es el “dolor preciso, en el lugar preciso y con la intensidad precisa”, él trabaja con “argumentos”. Las palabras justifican al torturador y sobre ellas se sustenta la obra. Palabras precisas que definen conceptos y dibujan la situación. Poco a poco se tornan cotidianas, familiares. Las palabras se humanizan cuando aparece el diálogo entre los personajes. Las distancias se reducen y las palabras buscan la poesía de la vida, de la familia, del amor. Es un espejismo que nos nubla porque dudamos, dudamos de la maldad absoluta del torturador y dudamos de la bondad absoluta del torturado, dos hombres enfrentados ante el reflejo de un espejo, la sutil línea que asigna papeles intercambiables.
El trabajo actoral es de imponente contención corporal y brillante utilización de la palabra. La percepción estática de las escenas es imprescindible para fijar la atención en las palabras, es ahí donde se juega el rol del torturador y del torturado. La transformación verbal de cada uno de ellos los conduce hasta el lugar común de la derrota, un viaje precedido por una excelente versión en directo de dos guitarras, voces y violín de la canción de “Al alba” de Aute.
“Pedro y el capitán” nos muestra la geografía humana de la maldad sin intenciones moralizantes, un ejercicio libre de prejuicios ideológicos. La necesaria reflexión acerca del lugar donde trazamos la línea que separa a los buenos de los malos.

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