La tierra de Alvargonzález
Títeres para mayor gloria de Don Antonio
Don Antonio partió de Soria una mañana de octubre porque
quería visitar la fuente del Duero. En el viaje coincidió con un campesino y un
indiano. Mientras el indiano le hablaba de Veracruz, y el campesino le advertía
que era mal tiempo para subir al Urbión, el poeta pensaba en lo mucho que los
hombres del campo saben y nosotros ignoramos. Hasta que el camino los obligó a
cruzar un puente de madera entre Cidone y Vinuesa y el campesino señaló a su
diestra. Por aquel sendero se va a los mejores campos de antaño y malditos hoy:
La tierra de Alvargonzález.
El profesor Martín Domínguez Berrueta organizó en junio de 1916 un viaje a la ciudad de Baeza,
y algunos cuentan que el joven estudiante Federico García Lorca tuvo ocasión de
visitar a Machado que por entonces ejercía de maestro en la ciudad. Es muy
tentador pensar en la imagen del poeta sevillano recitando ‘La tierra de
Alvargonzález’ al joven granadino. Un encuentro a partir del cual se puede
establecer dos conexiones. La primera es literaria con la presencia en la obra
de ambos de una tierra dura y adusta sobre la que se desarrolla un drama rural anunciado
por la presencia de la luna. La segunda es teatral porque el romance de Machado
formaba parte del repertorio del grupo de teatro universitario ‘La Barraca’, en
el que Lorca ejercía las funciones de actor y director literario.
La Diputación de Soria ha impulsado una idea de Jesús Rubio
para que a la conexión entre Machado, García Lorca y las tierras sorianas, se
añadan los Titiriteros de Binéfar y así, la compañía oscense ha recorrido los
mismos lugares por los que pasó ‘La Barraca’ con una versión de ‘La tierra de
Alvargonzález’ La gira formaba parte del programa de actividades vinculadas al
congreso ‘Federico García Lorca en Soria’. Un espectáculo que el pasado 6 de
febrero de 2026 se representó en el Teatro Arbolé de Zaragoza.
La puesta en escena es diáfana en cuanto a la separación de
voz, acción y música, y esa distancia en el escenario es precisamente el crisol
para que la historia adquiera todos los nutrientes. Tres espacios, cada uno con
sus características especiales que dejan a las claras como el buen ejercicio de
un oficio individual es la base irrefutable para que brote el talento colectivo.
Paco Paricio a la izquierda del escenario parece que ejerce
la función de narrador, pero sus palabras van mucho más allá de la voz en off
que encadena los temas, resuelve conflictos y da paso a nuevas escenas. Su figura
está mucho más cerca del recitante que muestra paisajes, presenta títeres y nos
lleva en volandas al ámbito de las emociones. Pausado entre hojas de otoño y nieve
de invierno. El peso de su voz tiene el regusto del remanso popular junto a la
fuente, y del trueno de un hacha que acecha. Se toma un respiro, remueve sus
ancas y sonríe cuando los versos piden danza. Agacha la pulcritud veterana de
su testa y se concentra en el texto que trae una noche de muerte, frío y
fantasmas. Unas veces sonríe y otras brama.
Paco Borderías a la derecha del escenario está rodeado de
instrumentos para la melodía, cachivaches para los efectos sonoros y a veces
Julia Cruz traspasa la frontera entre la titiritera y la cantante para marcar
el ritmo con un pandero o encandilarnos con una voz nítida y trasparente que da
luz a la representación. Y mientras el musiquero parece que vive en la energía
estática del asiento, a su alrededor todo es movimiento. Las cuerdas golpeadas
del chicotén, las llaves acariciadas del clarinete y el sube y baja de
cascabeles, unas nueces o vaya usted a saber… hasta que Borderias se levanta cuando
el soniquete se hace bodorrio y verbenero, y hasta se atreve a mover las
caderas en un tosco vaivén.
Marta Paricio y Julia Cruz ocupan el centro del escenario
para que salten las chispas entre los polos de la música y la voz. Tras el
tenderete por donde interpretan los títeres, combinan la eficacia de los
movimientos de quien saber estar cundo la manipulación exige esconderse, y
sacar el garbo que se necesita cuando hay que dejarse ver para mayor gloria del
dramaturgo y de la escena.
Los títeres pertenecen a varios tipos de manipulación. El
grueso de los personajes son marotas construidas con troncos de la orilla de la
Laguna Negra, materiales que repiten la leyenda que vivieron. Lo vemos en sus
bocas rectas, sus ojos saltones y en esas melenas rizadas mesadas por las manos
de la titiritera. Manos que a veces transmiten sensualidad y otras se
transforman en drama que tapa los ojos, o esa guapería que se marcan los
indianos cuando vuelven de allende los mares con riquezas y buenos augurios.
Manos unidas por el amor o desnudas para crocotear con dos cucharas y un
alambre.
El retablo tras el que se mueven los títeres se convierte en
plano de proyección de las ilustraciones de David Vela. Dibujos que recuerdan a
las viñetas que los ciegos apuntaban con el cayado en los romances medievales.
Escenas donde predomina el perfil de figuras con evidente ascendencia de esas siluetas
titiriteras que toman vida en contraste con el fondo. Un homenaje a este modelo
de títeres de figura recortada es la luna azulada, que sujeta por un palo tiene
dos mecanismos para cambiar de expresión, y que los titiriteros ya usaron en
1993 en el espectáculo ‘Almogávares’.
La representación tiene la sabiduría de unir con una
aparente sencillez el aire popular del romance como expresión poética de un
Machado que en 1912 se encontraba en un momento de cambio. Abandonaba la estética
modernista de un simbolismo sensorial, para comenzar una etapa historicista
donde su poesía se centraba en el paisaje, y mostrar una reflexión crítica
sobre una España a la que amaba profundamente a pesar de los españoles y así,
la puesta en escena se alimenta de esa
encrucijada para acertar de pleno con el uso de diferentes lenguajes de valor
escénico. Verso, títeres y música consiguen una representación que transmite una
enorme carga sentimental que mantuvo en vilo al patio de butacas, hasta que
explotó en una profunda y emotiva ovación final.
‘La tierra de Alvargonzález’
Producción: Los Titiriteros de Binéfar. Autor: Antonio
Machado. Puesta en escena y voz: Paco Paricio. Titiriteras: Marta Paricio y
Julia Cruz. Músico: Pablo Borderías. Ilustrador: David Vela.
Viernes 6 de febrero de 2026. Teatro Arbolé.
Etiquetas: critica teatro, David Vela, Julia Cruz, Los Titiriteros de Binéfar, Marta Paricio, Pablo Borderías, Paco Paricio, Teatro Arbolé



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