La curvatura de la córnea

08 febrero 2026

La tierra de Alvargonzález

 


Títeres para mayor gloria de Don Antonio

Don Antonio partió de Soria una mañana de octubre porque quería visitar la fuente del Duero. En el viaje coincidió con un campesino y un indiano. Mientras el indiano le hablaba de Veracruz, y el campesino le advertía que era mal tiempo para subir al Urbión, el poeta pensaba en lo mucho que los hombres del campo saben y nosotros ignoramos. Hasta que el camino los obligó a cruzar un puente de madera entre Cidone y Vinuesa y el campesino señaló a su diestra. Por aquel sendero se va a los mejores campos de antaño y malditos hoy: La tierra de Alvargonzález.

El profesor Martín Domínguez Berrueta organizó  en junio de 1916 un viaje a la ciudad de Baeza, y algunos cuentan que el joven estudiante Federico García Lorca tuvo ocasión de visitar a Machado que por entonces ejercía de maestro en la ciudad. Es muy tentador pensar en la imagen del poeta sevillano recitando ‘La tierra de Alvargonzález’ al joven granadino. Un encuentro a partir del cual se puede establecer dos conexiones. La primera es literaria con la presencia en la obra de ambos de una tierra dura y adusta sobre la que se desarrolla un drama rural anunciado por la presencia de la luna. La segunda es teatral porque el romance de Machado formaba parte del repertorio del grupo de teatro universitario ‘La Barraca’, en el que Lorca ejercía las funciones de actor y director literario.

La Diputación de Soria ha impulsado una idea de Jesús Rubio para que a la conexión entre Machado, García Lorca y las tierras sorianas, se añadan los Titiriteros de Binéfar y así, la compañía oscense ha recorrido los mismos lugares por los que pasó ‘La Barraca’ con una versión de ‘La tierra de Alvargonzález’ La gira formaba parte del programa de actividades vinculadas al congreso ‘Federico García Lorca en Soria’. Un espectáculo que el pasado 6 de febrero de 2026 se representó en el Teatro Arbolé de Zaragoza.

La puesta en escena es diáfana en cuanto a la separación de voz, acción y música, y esa distancia en el escenario es precisamente el crisol para que la historia adquiera todos los nutrientes. Tres espacios, cada uno con sus características especiales que dejan a las claras como el buen ejercicio de un oficio individual es la base irrefutable para que brote el talento colectivo.

Paco Paricio a la izquierda del escenario parece que ejerce la función de narrador, pero sus palabras van mucho más allá de la voz en off que encadena los temas, resuelve conflictos y da paso a nuevas escenas. Su figura está mucho más cerca del recitante que muestra paisajes, presenta títeres y nos lleva en volandas al ámbito de las emociones. Pausado entre hojas de otoño y nieve de invierno. El peso de su voz tiene el regusto del remanso popular junto a la fuente, y del trueno de un hacha que acecha. Se toma un respiro, remueve sus ancas y sonríe cuando los versos piden danza. Agacha la pulcritud veterana de su testa y se concentra en el texto que trae una noche de muerte, frío y fantasmas. Unas veces sonríe y otras brama.

Paco Borderías a la derecha del escenario está rodeado de instrumentos para la melodía, cachivaches para los efectos sonoros y a veces Julia Cruz traspasa la frontera entre la titiritera y la cantante para marcar el ritmo con un pandero o encandilarnos con una voz nítida y trasparente que da luz a la representación. Y mientras el musiquero parece que vive en la energía estática del asiento, a su alrededor todo es movimiento. Las cuerdas golpeadas del chicotén, las llaves acariciadas del clarinete y el sube y baja de cascabeles, unas nueces o vaya usted a saber… hasta que Borderias se levanta cuando el soniquete se hace bodorrio y verbenero, y hasta se atreve a mover las caderas en un tosco vaivén.

Marta Paricio y Julia Cruz ocupan el centro del escenario para que salten las chispas entre los polos de la música y la voz. Tras el tenderete por donde interpretan los títeres, combinan la eficacia de los movimientos de quien saber estar cundo la manipulación exige esconderse, y sacar el garbo que se necesita cuando hay que dejarse ver para mayor gloria del dramaturgo y de la escena.

Los títeres pertenecen a varios tipos de manipulación. El grueso de los personajes son marotas construidas con troncos de la orilla de la Laguna Negra, materiales que repiten la leyenda que vivieron. Lo vemos en sus bocas rectas, sus ojos saltones y en esas melenas rizadas mesadas por las manos de la titiritera. Manos que a veces transmiten sensualidad y otras se transforman en drama que tapa los ojos, o esa guapería que se marcan los indianos cuando vuelven de allende los mares con riquezas y buenos augurios. Manos unidas por el amor o desnudas para crocotear con dos cucharas y un alambre.

El retablo tras el que se mueven los títeres se convierte en plano de proyección de las ilustraciones de David Vela. Dibujos que recuerdan a las viñetas que los ciegos apuntaban con el cayado en los romances medievales. Escenas donde predomina el perfil de figuras con evidente ascendencia de esas siluetas titiriteras que toman vida en contraste con el fondo. Un homenaje a este modelo de títeres de figura recortada es la luna azulada, que sujeta por un palo tiene dos mecanismos para cambiar de expresión, y que los titiriteros ya usaron en 1993 en el espectáculo ‘Almogávares’.

La representación tiene la sabiduría de unir con una aparente sencillez el aire popular del romance como expresión poética de un Machado que en 1912 se encontraba en un momento de cambio. Abandonaba la estética modernista de un simbolismo sensorial, para comenzar una etapa historicista donde su poesía se centraba en el paisaje, y mostrar una reflexión crítica sobre una España a la que amaba profundamente a pesar de los españoles y así, la puesta en escena se alimenta de esa  encrucijada para acertar de pleno con el uso de diferentes lenguajes de valor escénico. Verso, títeres y música consiguen una representación que transmite una enorme carga sentimental que mantuvo en vilo al patio de butacas, hasta que explotó en una profunda y emotiva ovación final.

‘La tierra de Alvargonzález’

Producción: Los Titiriteros de Binéfar. Autor: Antonio Machado. Puesta en escena y voz: Paco Paricio. Titiriteras: Marta Paricio y Julia Cruz. Músico: Pablo Borderías. Ilustrador: David Vela.

Viernes 6 de febrero de 2026. Teatro Arbolé.




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