Vamos a contar mentiras
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Ilustración: Ainhoa Feria Royo también conocida por Caos |
Estrella Ortiz inauguró el pasado 10 de noviembre el nuevo
ciclo de “Tardes conFabuladas” organizado por Cristina Verbena con una sesión
titulada: Vamos a contar mentiras.
Las mentiras siempre han estado muy desacreditadas y tal vez
todo tenga que ver con aquellas tardes de catecismo en las que el Mosén recitaba
los diez mandamientos. El octavo era inapelable: No mentiras.
Aquella contundencia me dejaba desconcertado por todas esas mentirijillas
que usaba para escabullirme, como cuando negaba una y otra vez que yo me
hubiera comido las galletas del Surtido María que mi madre guardaba para las
visitas. Seguro que son los ratones. Lo afirmaba con un fingido sentimiento de
ofensa mientras las orejas se me ponían
un poco rojas y mi madre decía que los ratones no podían ser porque ya se
habían comido el queso. Pero el que más me preocupaba era mi padre porque no podía
ser verdad aquello de que una cabra montesina se comía a pares a pares a los
vecinos, al alcalde con el secretario y a la Guardia Civil, hasta que una
hormiguita que pasaba por allí y lo arreglaba en un periquete propinando un
enorme picotazo en la barriga de cabra, que provocaba un reventón tras el que
todos los devorados, más contentos que unas pascuas, celebraban su libertad en
una cabalgata de verbena y pandereta. Aquella historia no podía ser verdad, y
sin embargo mi padre afirmaba que eso lo había visto él con sus propios ojos.
Vivir en pecado mortal por incumplimiento del octavo
mandamiento era uno de mis temores infantiles hasta el día escuché a mi madre en
su lectura diaria de la Biblia: “No digas mentiras en perjuicio de tu prójimo.”
Las palabras del Deuteronomio 5:20 lo cambiaba todo. Mi padre y yo estábamos
libres de pecado porque nuestras mentiras podían ser escapistas, volteretas, o
saltimbanquis pero perjuicio, lo que se dice perjuicio, no se lo hacían a
nadie.
La sesión de cuentos de Estrella Ortiz reafirmó mi tranquilidad personal sobre el uso de la
mentira. La cuentista afirmó que todos nosotros solo podemos contar las cosas
desde nuestro punto de vista, desde la dificultad para retener en la memoria
los acontecimientos que, en lugar de registrase con la exactitud de notario, sufren
la erosión de las inclemencias del tiempo, olvidos (in)voluntarios, y aquello
que siempre decía mi padre: Algunas historias necesitan de pequeños retoques
para que la narración sea redonda y ahí, con esa intención creativa, ya estamos
a un paso de la tesis de Miguel Catalán que, recogida por Estrella Ortiz en su
página web, subraya que lo malo no es la mentira, si no la voluntad de hacer
daño con ese engaño. Por eso los cuentos aunque parezcan mentiras, en realidad se
acercan mucho más a la afirmación de Ricardo Liniers Siri: “De todas las
mentiras, la literatura es mi favorita”.
Estrella Ortiz empezó su sesión dejando las cosas claras:
Las trolas de las que tiran los cuentistas, y tienen mucho donde elegir, son
mentiras consensuadas. Todos sabemos que lo que cuenta la cuentista es mentira
y, por lo tanto, la mentira deja de serlo para convertirse en un ejercicio de
gozo, disfrute y enseñanza, al fin y al cabo un buen cuento es la mejor
herramienta para aprender quienes son los malos que conviven a nuestro lado. Es
una idea que Irene Vallejo lleva hasta las ficciones en general que, aunque “siempre
han sufrido la acusación de asomarse a lo perverso. Gracias a la imaginación,
exploramos en territorio seguro los dilemas y conflictos que nos arrojará la
vida. Conocerlos nos permite aprender, elegir, equivocarnos, casi siempre,
acertar tal vez.”
La sesión de Estrella Ortiz me provocó tres momentos de
catarsis cuando los cuentos transitaron las mentiras capaces de fundar un
origen, las piadosas y las escatológicas. Tres momentos que activaron mis
recuerdos hasta llegar a los cuentos que se contaban en mi casa cuando los
inviernos se calentaban con una estufa de carbón.
Mi madre, que era tan católica como aficionada a los chistes
malos de la última página de la revista Santa Rita y el pueblo cristiano, me
contaba su particular cosmogonía de un Dios alfarero que moldeaba con barro figuras
humanas para introducirlas en un horno y así, el tiempo de cocción de cada
hornada determinaba el color de la piel. Nosotros éramos de piel blanca porque
estábamos poco horneados. Los indios, chinos, mulatos y todas las pieles
cobrizas estaban cocidos al punto y los negros, ¡ay Dios bendito! los negros,
en un descuido divino, se le habían quemado un poquito a Dios nuestro señor. Así
que ya lo ves hijo mío, concluía la señora Rosario, aunque todos somos
diferentes, todos somos iguales a los ojos del Creador, hermanos que venimos
del mismo barro y del mismo horno.
Mi padre era camionero y en todos sus viajes por aquellas
carreteras de curvas bacheadas siempre se encontraba con un montón de
personajes. Una vez entabló conversación con un paje de los Reyes Magos que le
confesó un secreto: Ese años todos los niños de las Barriadas del Sur iban a
recibir una bicicleta. Ya se lo pueden imaginar. La noticia corrió entre los
chiquillos como la pólvora de peta zeta porque a mi padre le pudo más la
alegría de la buena nueva que la prudencia del secreto, él me contó la gran
notica en un susurro que yo transformé en el canto de un pregonero que va de
esquina a esquina. El caso es que cuando llegó la noche más deseada por todos
los niños, la realidad fue aplastante. Ni una sola bicicleta había llegad a las
casas de las Barriadas del Sur. La pena fue muy grande y el más apenado mi
padre que, ni corto ni perezoso, se montó en su camión y partió en busca de la
caravana de los Reyes de Magos al grito de ¡Voy a preguntarles que ha pasado,
al fin y al cabo no pueden andar muy lejos!
Al día siguiente mi padre regresó caminando, triste y mustio como una col sin
flor. Se sentó junto a la fuente y nos contó su aventura.
Había encontrado la caravana al lado del puente que cruzaba
el río y le preguntó por lo sucedido a un eficiente almacenero de los Reyes
Magos que, tras comprobar las hojas de entrega, afirmó todo había sido un
lamentable error. Allí estaban, un montón de bicicletas de todos los tamaños y
colores dentro de las alforjas de los camellos. El problema era que la noche de
Reyes ya había pasado y ellos no podían volver para hacer el reparto. Los niños
de las Barriadas del Sur tendrían que esperar un año parar recibir sus
bicicletas. Entonces a mi padre se le encendió la luz de una buena idea y les
dijo que el mismo podía transportar las bicicletas en la caja del camión para
repartirlas entre los zagales. Dicho y hecho. Se formó una cadena de pajes y,
cuando el cargamento estuvo listo, mi padre tomó la carretera de vuelta hasta
que, de repente, uno de esos baches que llevaba lustros sin catar el alquitrán,
le hizo una zancadilla a las ruedas traseras. El camión se desequilibró con virulencia
y volcó. La mala suerte, o quién sabe si un nudo de medio pelo, aflojó las
cuerdas que amarraban la carga que se precipitó sobre la corriente del rio que,
erizada por el fuerte viento del norte, se llevó rio abajo todas las bicicletas
allá donde las aguas son un pozo negro y sin fondo.
El silencio era absoluto cuando mi padre terminó de contar
la historia y un niño, el más pequeño de todos, dio unos pasitos, se abrió paso
entre las piernas de las personas mayores y, cuando llegó a la vera de mi
padre, le dijo en un susurro: No sé preocupe señor Isaac solo tenemos que
esperar al año que viene. Mi padre levantó la vista y sonrío antes de decir: Había
una vez…
Ahora debería contarles el cuento escatológico pero, ay, he
recordado que mi padre siempre decía que las historias de truños, zurullos y
ñordas hay que contarlas al refugio del hogar, entre nuestros seres más
queridos, allí donde se sabe que todos van a recibir la historia con algarabía y
agrado, porque no hay que olvidar, que lo que en casa es una delicia, quien sabe
si puertas afuera resulta desagradable y
malsonante.
Para finalizar volvemos al discurso de Estrella Ortiz, a lo
que ella llama el “aspecto luminoso de la mentira” y que inevitablemente pasa
por dejar volar la imaginación porque en la vida real, al contrario de lo que
ocurre en las buenas narraciones, las acciones no están bien organizadas y siempre
necesitan los retoques propios del buen “discurso oral: exagerar, ordenar,
oponer, repetir, embellecer, simplificar y concluir.” Pero todas estas herramientas
en manos del narrador tan solo son eficaces con la participación activa del
oyente que, como ingrediente imprescindible en este guisado, tiene que
participar en el juego de contar mentiras.
En la sesión de cuentos de Estrella Ortiz todas las trolas fluyeron
con facilidad entre la narradora y un público expectante que fingió creerse a
pie juntillas todo lo que allí se decía y así, por muy alocada que fuese la
historia, la interacción entre esos dos polos moldeó una hermosa la obra de
arte. Y claro que con eso era suficiente para que el público hubiera ovacionado
a la cuentista que, sin embargo, se vino arriba para ir un poquito más allá y
aliñó algunas de sus palabras con efectos visuales gracias a unos artilugios
que parecían libros, pero en realidad eran toboganes para ver el mar, la arena
y las olas que vienen y van. ¿Qué no te lo crees?, pues tú sabrás, porque las
verdades absolutas solo existen en la cuadra del burro que no deja de rebuznar.
Y colorín colorado…
Etiquetas: articulo, cristina verbena, cuentacuentos, cuento, Estrella Ortiz, Relato, reseña
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