La curvatura de la córnea

27 febrero 2017

Las verdades del Bufón





Un bufón se subió ayer al escenario del Teatro Bicho. Es conveniente no confundir a un bufón con un clown o payaso porque, aunque es cierto que los dos nos hace reír a partir de sus desgracias, el bufón es una persona deforme y grotesca que históricamente ha estado junto a reyes y poderosos para ejercer el privilegio de decir la verdad y reírse de de ellos, de humanizar tanta divinidad mediante la burla. Este ejercicio de la crítica grotesca le estaba permitido porque la enorme distancia social que había entre el bufón y el poderoso era abisal y por lo tanto la burla era inofensiva. Las verdades sobre la condición humana de los que detentaban el poder tan solo producían risa. Sin embargo los poderosos del siglo XXI tienen mucho cuidado con los bufones, es bueno recordar que en el Reino de España las leyes permiten encerrar en la cárcel a titiriteros, cantantes y twiteros porque se atreven a poner en tela de juicio las verdades a los poderosos mediante la ficción teatral, musical o con un chiste.
La actriz Julia Daga, bajo la dirección de Luciano Delprato, construye con maestría a un bufón con sorprendente capacidad para cambiar de registro en lo que va del final de una frase al comienzo de otra, ella me hizo reír o arrullarme hasta la melancolía; me estremeció con su canción y me dejó varado en las arenas de la reflexión y, aunque lo hizo con herramientas tan rudimentarias como la mirada y la voz, la sencilla iluminación y la desbaratada escenografía también construyeron bellos momentos estéticos que sin embargo no rompen la esencia de que allí no hay artificio, o el artificio es tan grande que la verdad cala hasta los huesos porque todos los sentidos se ponen de parte del bufón, vas de su mano desde el principio hasta el final aunque el bufón también nos dice las verdades al público del teatro off que, incapaces de explicar porque vamos a las salas alternativas al teatro oficial, formamos parte de un nuevo poder: El poder de la clase media acomodada que, en lugar de buscar un nuevo horizonte, suele reproducir a menor escala los anhelos de aquellos reyes y poderosos a los que aún les guardamos el respeto que no merecen por sus prácticas corruptas y ahondar en desigualdades que acercan el siglo XXI a lo medieval. Por eso el bufón, aunque repase la lista de los que están en el poder, también se ríe de nosotros y nos recuerda que demasiadas veces hacemos lo que el poder dictamina, que confundimos la verdad transmitida por los poderosos con trampantojos y sin embargo, no prestamos suficiente atención a los artificios de la ficción, a las palabras de Shakespeare o de los cuentos populares, narraciones que nos enseñan donde está la verdad.
Julieta Daga ocupó el escenario del Teatro Bicho con la deformidad de un bufón al que maneja como una plastilina, un cuerpo que cambia una y otra vez hasta que el modelado llega a un punto en el que todo se detiene: En el patio de butacas las risas se acallan, los pulmones al ralentí y el corazón abierto en canal porque la actriz abandona durante breves instantes todo lo grotesco de su personaje y nos entrega lo más valioso de su profesión: La verdad.


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