La curvatura de la córnea

24 enero 2017

Informe para una Academia o la conferencia de un mono


Dire Straits sonaba y la luz de la sala aún no se había apagado cuando lo vi. Estaba ahí, sobre el escenario. Era un mono, un mono con maletín, traje marrón y chaleco verde cruzaba la escena con ese andar tan característico de los monos y que está directamente relacionado el ángulo que forma el fémur con la horizontal, cuanto más agudo es ese ángulo más fácil es la marcha bípeda, por eso el mono requiere mucho más esfuerzo muscular para moverse de forma bípeda, porque su ángulo Valgus tiene más grados que el nuestro, el del homo sapiens. El mono hizo mutis por el foro y una voz en off anunció que faltaban dos minutos para el inicio de la representación, porque el pasado 20 de enero Javier Arnas, un actor al que tenía muchas ganas de ver en acción, estrenaba en el Teatro de la Estación de Zaragoza, en condición de interprete y director, la obra “Informe para una Academia”, un texto de Kafka publicado en 1917 donde nos cuenta la historia de cómo Pedro el Rojo fue capaz, en tan solo cinco años, de traspasar las rejas de una jaula para instalarse al atril del conferenciante.
Kafka nació en 1883, veinticuatro años después de que Darwin publicara “El Origen de las Especies” donde exponía su teoría sobre como la selección natural era la responsable del diseño de los organismos de los individuos gracias a variaciones beneficiosas de las características anatómicas que mejoran la probabilidad de supervivencia y reproducción de una especie. La consecuencia es que esas variaciones beneficiosas incrementarán su frecuencia con el paso de las generaciones hasta que todos los individuos de la especie posean las características beneficiosas.
Kafka creció en una Europa embriagada por la maravilla de su desarrollo tecnológico, económico, artístico y científico; embelesada de sí misma y egocéntrica con el esplendor y el glamur de los salones aristocráticos, los penachos de los militares y el prodigio de la técnica había asombrado al mundo con una revolución industrial capaz de cambiarlo todo. Parecía que Europa estaba en el cénit de su éxito con lo más esperanzador y liberador que le podía pasar al homo sapiens, sin embargo hay una visión más pesimista de los que viven sumidos en las dificultades, la pobreza y la miseria. Tiempo de explotación de los trabajadores y los más débiles. El año que Kafka escribe Informe para una Academia los bolcheviques toman el poder en Rusia acabando con siglos de aristocracia y le diagnostican tuberculosis, tan solo le quedaban siete años de vida.
La luz de sala se va a negro y el mono regresa a la escena. La única curva de su columna vertebral le hace caminar con mucha menos flexibilidad que la proporcionada por las cuatro curvas de la columna del homo sapiens. En seguida presto atención a sus manos con un pulgar robusto y largo mientras el resto de los dedos son más cortos, unas manos que, aunque son capaces de portar un maletín y extraer unas hojas, están pensadas para apresar con fuerza ramas y palos, tan alejadas de las habilidosas manos humanas capaces de acariciar un piano y apretar un gatillo. El mono se queda un momento estático y mira al público a través de una mandíbula saliente hasta que da un salto simiesco, se sitúa en el atril y comienza a hablar. Entonces mi sorpresa es máxima: El mono que esta sobre el escenario es capaz de hablar aunque al final de muchas de sus frases y entre algunas palabras aparezcan pequeños gruñidos que se escapan de sus labios, ecos de lo que fue su condición selvática hace tan solo cinco años, cuando Peter el Rojo era un mono que vivía en el corazón de África y era incapaz de pensar que en tan solo cinco años sería capaz de contarnos la historia de su vida como si fuera un hombre, porque una de las características esenciales del humano es su capacidad para construir relatos, y el mono, el mono del escenario cuenta su historia de una manera muy convincente, con esa capacidad tan humana de recordar lo que le conviene a la historia, con las pausas adecuadas y el punto exacto de dramatismo que reclama la atención del público, lo mantiene en vilo y, cuando menos te lo esperas, hay un efecto de luz que subraya las acciones de su verbo. El mono nos cuenta la versión de su vida pero no crean que se aferra al atril del conferenciante, el mono deambula por el espacio con solvencia, alguna vez tiene que luchar contra su instinto animal y se despista con una hoja, una mosca o no puede evitar darse el gustazo de llenarse la panza, pero enseguida vuelve a su estado de narrador, un narrador que se enfada y grita o se enternece y hasta tiene una ligera relación con un público al que tiene embebido en su peripecia.
La historia de Pedro el Rojo está directamente relacionada con la libertad, por eso, cuando se ve encerrado entre los barrotes de una jaula su único pensamiento es volver a ser libre, pero la libertad del animal ya es imposible, así que decide imitar a los hombres. Sin embargo Pedro no advierte que la salida que ha tomado a través del uso de la palabra, aunque es muy probable que lo acerque a la condición humana, también significa la pérdida de su propia identidad de mono. En realidad, Pedro no evoluciona hacía la condición de hombre porque la evolución darwiniana exige un tiempo prolongado para que la selección natural haga su trabajo. El mono, el mono que veo en el escenario ha sufrido una metamorfosis a través de la imitación que le permite hablar, incluso es capaz de construir un relato sobre este escenario con la solvencia de un buen actor, pero en realidad estamos asistiendo a la involución de un mono que, en lugar de mantener la paciencia biológica, desciende por el tobogán que lo llevará a convertirse, si nada lo remedia, en un hombre.
Cuando Pedro el Rojo abandonó el escenario se produjo un intenso silencio, uno de esos silencios que preceden a una sonora tanda de aplausos. El mono regresó sonriente para saludar al público y al técnico de la sala, una operación que repitió varias veces al son unánime de la ovación que se acalló cuando las luces de la sala iluminaron mi cara de pánfilo porque, al fin y al cabo me había quedado con las ganas de ver la actuación de Javier Arnas que, vaya usted a saber los motivos, fue sustituido por aquel mono de maletín, traje marrón y chaleco verde.

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