La curvatura de la córnea

07 agosto 2016

En la piscina con Krugman y la alquimia económica


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Hubo un tiempo en el que leía las columnas que Paul Krugman publicaba en el papel salmón del diario El País, lo hacía con el ánimo de entender ese mundo fastuosamente económico de la globalización, pero no estoy seguro de haberlo conseguido, en cualquier caso, y, atendiendo a una de las máximas del profesor de Princenton cuando recuerda que, “en estos tiempos de redes sociales hay que tener en cuenta la fragilidad de nuestra comprensión del mundo y lo peligroso que es actuar como si supiéramos más de lo que sabemos” me zambullo en sus palabras en busca, de nuevo, de comprender los mecanismos de una economía que, ¿quién sabe?, tal vez precise los consejos de un psicólogo antes que los de un economista.
La excusa para esta inmersión hay que buscarla en el semanario Ahora del pasado 28 de julio donde, con la traducción de Luisa Bonilla, se reproduce un artículo que Paul Krugman publicó en The New York Review of Books. Un texto que he leído y subrayado al sol de la piscina de mi barrio con la intención de escribir un sucinto resumen. El texto de Krugman se justifica por la inminente publicación del libro “El fin de la alquimia” de Mervyn King, el tipo que dirigió el Banco de Inglaterra durante el decenio que va del 2003 al 2013, es decir, King marcó los pasos de un banco central que, más allá de su envergadura, es un actor principal de la economía desde 1694 gracias a que Londres fue y sigue siendo uno de los grandes centros financieros.
Krugman comienza por afirmar que la versión de King sobre el origen de la actual crisis económica es muy parecida a la suya. Dos décadas de inusual calma económica que relajaron por un lado las prueba de calidad de un sistema cada vez más frágil y que terminó por primar una política que eliminó regulaciones en la liberalización de flujos de capitales internacionales como preámbulo a unos créditos transfronterizos: Dinero asiático para financiar el boom inmobiliario estadounidense, dinero Alemán en dirección al sur de Europa y una desregulación de la actividad bancaria hasta crear un coctel que vulneraba la estabilidad financiera de unos bancos que, si tradicionalmente disponían de un sustancial colchón de activos para hacer frente a una posible pérdida en el terreno de los préstamos, esta vez se habían situado en el peligroso ratio de 25/1 entre deuda y activos, una situación que dejó abierta la puerta al pánico.
Aunque algunos economistas vislumbraron esta avalancha, no terminaron de evaluar correctamente su volumen, entre otras cosas, afirma Krugman, porque no se prestó suficiente atención al “intríngulis del sistema financiero” que usó los depósitos garantizados para la “banca a la sombra” de nuevos productos financieros eludidos por la banca tradicional porque significaba un alto nivel de riesgo. Pensemos, me atrevo a añadir, en la venta de preferentes a los tradicionales ahorradores españoles.
La visión de King con respecto a la crisis en la zona euro que provocó devastadoras recesiones en Irlanda, España, Portugal, Italia y especialmente en Grecia, al mismo tiempo que EE.UU. se recuperaba, se decanta por abandonar una zona euro atrapada en la red de la austeridad. Esta afirmación de King, que hubiera supuesto un terremoto de realizarse mientras era gobernador del Banco de Inglaterra, es la conclusión de aplicar un pensamiento ortodoxo en cuanto a la conveniencia para un país en crisis de disponer de su propia moneda, ese desequilibrio a nivel europeo solo se puede ver compensado por el avance hacia una unión política completa.
En este punto de la reflexión, King siente la necesidad de hacer un repaso histórico en torno a idea de cómo hacer economía. Hay que desplazarse hasta los años setenta y el cisma entre economistas de agua salada (Harvard, Yale, Princenton) y los economistas de agua dulce con la Escuela de Chicago como máximo representante. Mientras los primeros defienden el valioso papel de los gobiernos en la lucha contra las recesiones, los segundos niegan ese papel.
La última crisis global puso de manifiesto el cisma y los que defendían una enérgica acción se declararon orgullosamente keynesianos. Para Krugman la utilización de ese adjetivo no significa atar los conceptos de “equilibrio” y “bueno” porque una economía perfectamente atrapada en el equilibrio presupuestario también puede generar altas tasas de desempleo. Por lo tanto, también encontramos un grupo de economistas que reivindican el adjetivo de keynesiano para aquellas políticas económicas que rechazan el concepto de equilibrio.
Ambas posturas, equilibristas y no tanto, encuentran apoyo teórico en los escritos de Keynes. Los de la segunda opción se fijan en el capítulo 12 de la Teoría General donde se sostiene que ante la imposibilidad de conocer el futuro y dado el grado de incertidumbre que manejamos esencialmente para engañarnos a nosotros mismos, cualquier historia a futuro es poco más que una convención sujeta a revisiones drásticas que están muy alejadas de la idea de equilibrio. Los equilibristas de la primera opción leen los tres primeros capítulos del mismo libro en los que se explica que el razonamiento sobre el equilibrio asume que el gasto tiene una relación estable con los ingresos.
¿Importa cuál de estas posturas es esencialmente keynesiana? Para Krugman lo realmente importante es que representan una determinada forma de pensar. El primer grupo admite asumen que pueden realizarse cambios repentinos en el comportamiento de trabajadores y consumidores, pero deja esa irracionalidad y volatilidad en los márgenes de su visión del mundo. King, sin embargo, se enrola en el segundo grupo y condiciona las decisiones económicas a un ambiente de “radical incertidumbre” Una incertidumbre que la gente lidia mediante el uso de “narraciones” aceptadas que pueden cambiar repentinamente. Así recomienda olvidar la llamada economía de las “cosas” para situarse a favor de la economía de “pasan cosas”
Krugman se sorprende por la posición de King, no por novedosa, sino porque parece alejarse bastante de lo que cabría esperar de alguien que en su vida anterior ha sido un economista ortodoxo. Este cambio aparente parece ser el fruto de la observación de los errores que nos llevaron a la crisis financiera provocada por los precios poco realistas de las viviendas. King atisba en el desplome de la economía como una prueba de “un cambio de narración” en los hogares para juzgar los ingresos futuros, una variación que no se puede explicarse con argumentos objetivos. Sin embargo Krugman advierte que algunos keynesianos si advirtieron esa debilidad.
En este sentido me parece pertinente recordar como durante los quince años anteriores a la crisis se estableció el relato oficial de que el tiempo de los vaivenes económicos había terminado, se hablaba de expansión infinita, de la era de los pelotazos, de los créditos fáciles y de un mundo que invitaba a la adquisición de unos créditos que se pagarían a lo largo de toda la vida, en ese relato interesado quedaron atrapados muchos ciudadanos que, con el estallido de la burbuja inmobiliaria y la revelación de los fondos de baja calidad terminó por cambiar drásticamente el relato que se había instalado en la sociedad, el futuro ya no era tan de color rosa como nos lo habían pintado.
En cualquier caso, este cambio de narración nos lleva al concepto de “alquimia” a la que hace referencia el título del libro de King, de modo que la alquimia sería ese malabarismo mediante el cual los bancos aseguran a los depositantes la libre disposición de unos fondos que, en realidad, se han trasladado a unos créditos y activos que no pueden convertirse en dinero a corto plazo. Un marco financiero que parece tocar a su fin.
King también hace un repaso histórico a las ideas económicas y medita sobre la metodología del uso de la moneda y las prácticas económicas con el objetivo, según Krugman, de poner luz en la “añeja disputa” entre la economía convencional y una alternativa que podríamos llamar radical porque pone en duda la ortodoxia.
En ese sentido y dentro de una economía normal, el banco central debería prestar dinero a los bancos en tiempos de agitación para asegurar que no haya pánico. También debería garantizar los depósitos contra las pérdidas bancarias en caso de malas inversiones, y por último, ejercer una regulación sobre lo que los bancos pueden o no pueden hacer con el dinero de los depositantes. Pero claro, King vuelve a afirmarse en su incertidumbre radical cuando dice que el banco central no puede definir con claridad aspectos relacionados con conceptos del tipo de regulación o inversión apropiada. Al fin y al cabo nadie puede saber cuánto de bien o de mal pueden salir las inversiones efectuadas por un banco. Por lo tanto, King defiende que cualquier préstamo del banco central debería estar ligado a la calidad de los activos del banco peticionario, de manera que una bajada de calidad significara un extra. En cualquier caso, recuerda Krugman, esta propuesta no es muy distinta en lo fundamental al sistema actual.
King lleva sus propuestas hasta el marco de las políticas macroeconómicas con la intención de combatir la debilidad que se está evidenciando tras la fase más aguda de la crisis. Más allá de las referencias demográficas en cuanto al aumento de la esperanza de vida y otros vientos, King afirma que se ha cambiado la narración de unos consumidores que ahora son más pesimistas en cuanto al futuro y, por lo tanto, reducen el gasto.
La visión Keynesiana clásica que se apoya en el equilibrio, aconseja, en palabras de Krugman, que se aliente la demanda mediante unos tipos de interés bajos que el gobierno debería aprovechar para endeudarse y gastar en infraestructuras. Evidentemente King no está de acuerdo con estas políticas que condensa en el viejo discurso de que los bajos tipos de interés solo traen gastos del futuro al presente en un ejercicio que se repite una y otra vez hasta que, con el paso del tiempo, el agujero de la demanda a futuro se hace cada vez más grande, de manera que el resultado final vuelve a ser un crecimiento débil de la economía. Krugman duda de los argumentos de King y le achaca que ese modelo se basa exclusivamente en las palabras que pueden crear “una ilusión de coherencia lógica que se disipa cuando tratas de hacer las cuentas”
El libro de King termina ofreciendo un plan en tres partes para salir de la crisis: 1 Reformas económicas para estimular el crecimiento con la intención de cambiar la narración y la conducta de los consumidores. 2 Liberalización del comercio sobre todo en terrenos de consultoría y datos porque en el comercio ya estaría suficientemente liberalizado. 3 Restaurar la flexibilizar la tasa de cambio en lo que parece el fin del euro. Krugman, pese a la sorpresa de la última propuesta, se entristece profundamente cuando subraya que frente a todo el estudio que ha realizado King en su libro sobre la incertidumbre, el equilibrio y la narración de la realidad, las medidas que termina por proponer no ofrecen nada nuevo, son las mismas que el FMI lleva pregonando en los últimos 60 años y así “El fin de la alquimia acaba con una gran decepción.

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