La curvatura de la córnea

27 septiembre 2015

La isla de tesoro o la aventura como terapia

Ilustración de Ainhoa Feria Royo




Aunque Kiko Veneno lo tenga muy claro en su tonada: “Pata Palo es un pirata malo que come pulpo crudo y bebe agua del mar”, lo cierto es que la figura del Pirata se ha fundido entre la realidad) y la ficción para, como nos recuerda David Cordingly, forjar una imagen entre el melodrama, la epopeya y los relatos de aventuras.

Los piratas han adquirido un halo romántico que en el siglo XVII no poseyeron y que, sin lugar a dudas, jamás merecieron. Los piratas no fueron versiones marítimas de Robin Hood y sus alegres hombres.

Hay un largo recorrido de obras de ficción que se han encargado de endulzar la imagen real de los piratas, La isla del tesoro se encuentra a la cabeza de todas ellas, una novela que Stevenson escribió durante un verano familiar, un relato cuyos primeros capítulos fueron publicados por entregas semanales en un revista juvenil. Esa cadencia de entregas semanales marca definitivamente la estructura de una historia pensada para que cada uno de sus capítulos culmine en un cénit que invite a seguir la lectura.
Aunque Stevenson nunca se cruzó con ninguno de ellos, la imagen clásica del pirata se perfiló definitivamente con esta novela con el nombre de John Silver el Largo, la esencia del pirata: El mapa del tesoro con una cruz, una goleta rápida y ligera para cruzar los mares, la pierna de madera como testigo de antiguas y cruentas correrías, un loro en el hombro como coro a los cánticos que reclaman una botella de ron, un tipo fuerte para bregar con la dura vida del mar, sanguinario con sus enemigos y con un carácter capaz de saltar sin muchos preámbulos del buen humor a la crueldad de un golpe de espada o un pistoletazo.
Pero mucho más allá de esta imagen es importante recordar  que La isla del tesoro es una historia de buenos y malos en la que queda meridianamente claro de que lado está la justicia y en cual hondea la bandera negra

Y ahora óyeme. Si tú y todos los tuyos os presentáis desarmados y uno a uno, me comprometo a poneros a todos un grillete y devolveros sanos y salvos a Inglaterra para que os juzguen allí. Pero si rehusáis someteros, sabed que me llamo Alejandro Smollet, que he izado aquí, en esta casa, la bandera de mis soberanos, y que he de mandaros a todos a esos mismos diablos que tan a menudo invocáis

Sin embargo, estos personajes que habitan el lado oscuro tienen la capacidad de seducción porque te hacen partícipe de la aventura y la duda se instala en el lector cada cuando siente la necesidad de elegir el bando al que le gustaría pertenecer. En esa tesitura, anclado en la dicotomía bueno-malo, cualquier decisión se enfrenta con una asombrosa realidad: En ambos bandos se encontran con procedimientos, leyes escritas o de costumbre que se respetan hasta límites insospechados: Los piratas disponen de un particular procedimiento democrático que les permite defenestrar a su capitán para sustituirlo por otro candidato, y sin embargo, lo que parecería un ejercicio literario, el historiador David Cordingly lo tiene documentado

A decir verdad, las tripulaciones piratas apenas planificaron. La naturaleza democrática de la comunidad pirata exigía que toda la tripulación votase para acordar el destino de la siguiente travesía, lo que inevitablemente condujo a que se tomasen muchas decisiones irreflexivas. El estudio de los recorridos de los barcos piratas demuestran que muchos zigzaguearon sin sentido.

El mar y la evocación marina parece evidente en cualquier aventura pirata que se precie de serlo, sin embargo en La isla del tesoro gran parte de la acción trascurre en tierra firme, ¿dónde sino vamos a encontrar un tesoro enterrado? Pero el inicio de la novela guarda el encanto, para los que somos de tierra adentro, de la rememoración del mar, el viento y las olas que anclan su mirada en la costa, en esa frontera entre lo líquido y lo sólido, entre la seguridad y la aventura, entre el paso firme y el vaivén.

Atravesando los muelles donde se hallaban atracados una infinidad de navíos de todos los tamaños, formas y nacionalidades. En uno de ellos los marineros trabajaban cantando; y en otro, algo más adelante, había varios hombres colgados del aire, suspendidos sobre mi cabeza, agarrados a las jarcias, que parecían como telarañas. Aunque había pasado toda mi existencia a la orilla del agua, me parecía estar viendo el mar por primera vez en mi vida. Los aromas y relentes de brea y sal me agradaban extraordinariamente

También es muy significativo que la gran aventura marina de la novela se produce en forma de navegación de cabotaje, con la costa siempre a la vista, como si la maestría del lenguaje, lejos de apabullar con la jerga propia del lobo de mar, pretendiera encontrar el aire familiar de cuando el autor, educado por su padre y su abuelo como destacados fareros que realizaban frecuentes viajes de inspección por las costas y las islas escocesas.
Este cuento es una excelente terapia para disfrutar de la aventura en compañía de la familia y aprender todos juntos y al calor de la voz del joven narrador que, aunque un pirata bien podría pasar por un perfecto caballero

Pero, replicó Silver, ved lo que son las cosas yo, por el contrario, más bien podría pasar por un hombre suave, por un perfecto caballero, ¿no es cierto? Pues a pesar de ello, confieso que esta vez la cosa se presenta demasiado seria para andar con dulzuras. Amigos míos, lo primero es beber, y yo, por mi parte, soy partidario de exterminarlos a todos. No quiero que luego, cuando yo sea un gran señor y me vaya derechito al Parlamento, se me presente un abogadito y me mande ahorcar de repente

Y, al fin, no hay que olvidar la naturaleza del máximo lema de los piratas: Los muertos no hablan. Algo que quizá Joaquín Sabina ha olvidado cuando entona su canción:

Pero si me dan a elegir
entre todas las vidas yo escojo
la del pirata cojo
con pata de palo,
con parche en el ojo,
con cara de malo.
El viejo truhan, capitán
de un barco que tuviera por bandera
un par de tibias y una calavera.



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