La curvatura de la córnea

23 octubre 2014

El Gran Belzoni en Abu Simbel






El Cairo en 1815 era un espectáculo para el viajero, una ciudad bulliciosa y cosmopolita situada en el mapa gracias a las campañas napoleónicas de 1798. Una guerra perdida por el general francés que sin embargo levantó el telón del interés por la cultura egipcia. Al menos 250.000 personas recorrían sus calles y bazares mientras los constructores islámicos reutilizaban los grandes bloques de granito de pirámides y templos para la edificación de las mezquitas más imponentes.
Pocos europeos vivían en El Cairo a principios del siglo XIX más allá de representantes consulares, comerciales franceses, un pequeño grupo de asesores gubernamentales y algunos viajeros, entre esos pocos encontraremos, como se cuenta en los chistes malos, a un británico, un suizo y un italiano: Henry Salt, Johann Ludwing Burckhardt y Giovanni Belzoni.
El cónsul Henry Salt llegó a El Cairo con la intención de encontrar lo antes posible un artefacto arqueológico al nivel de la Piedra de Roseta. Recién instalado conoció al viajero Burckhardt, un erudito que recibió formación arábiga en Cambridge y en 1812 viajó a El Cairo para iniciar un itinerario que lo llevó hasta Abu Simbel, el Mar Rojo, La Meca, Medina y vuelta a la capital de Egipto.
El trayecto de Belzoni hasta llegar a El Cairo fue muy diferente. Hijo de un barbero, nació en Padua el 5 de noviembre de 1778 y a los trece años abandonó la casa paterna empujado por el deseo de ver mundo, un deseo que nunca lo abandonaría. Su bagaje cultural se limitaba a unos rudimentarios conocimientos mecánicos que amplió en Roma con algunas nociones de hidráulica. En 1798 los ejércitos de Napoleón entraron triunfantes en la ciudad eterna y Belzoni, con la edad de veinte años, se dirigió hacia el Norte quien sabe si para evitar a los regimientos franceses. El final de la huida se concretó en un pequeño comercio de Ámsterdam y, aunque desconocemos las razones, no pasó mucho tiempo hasta que dejó el negocio y en 1803 se trasladó a Londres. La capital británica una ciudad alegre, repleta de animados espectáculos y de funciones teatrales, un buen lugar para Belzoni, un hombre imponente que, con casi dos metros de altura y un fuerza descomunal, tuvo la excelente oportunidad de ganarse la vida como gimnasta o incluso como actor de reparto. Aunque desconocemos cuales fueron sus credenciales, lo cierto es que en el verano de 1803 debutó en el teatro Sadler´s Wells con el nombre artístico de «Sansón de la Patagonia» Durante tres meses ejerció de forzudo con un número propio y participó en las representaciones de piezas breves de teatro que, a modo de entremeses, se ofrecían al público entre las actuaciones principales.
Belzoni, pese a gozar de un éxito incipiente, no fue renovado, por lo que se vio obligado a viajar por su cuenta. Pasó los siguientes cinco años de feria en feria bajo el reclamo de su nuevo nombre artístico. «El Hércules francés» terminó por convertirse en un personaje popular en Londres y provincias gracias a un número de éxito en el que Belzoni, más allá de mostrar su fuerza, introdujo efectos trucados, exhibiciones con juegos de agua y números hidráulicos para los que adquirió conocimientos básicos sobre levantamientos de pesos, el uso de palancas y rodillos además de técnicas para equilibrar máquinas. Destrezas que más allá del mundo del espectáculo le vendrían muy bien a un saqueador de tumbas y edificios del Antiguo Egipto. En aquellos años de renovación también cambió su nombre artístico por «El gran Belzoni», contrajo matrimonio y deambuló por el circuito europeo de circos y ferias hasta que en 1815 llegó a Malta con la edad de 37 años y conoció al hombre que cambió su vida.
El capitán Ismail Gibraltar era un agente del bajá[1] Mohamed Alí, un caudillo empeñado en encontrar el asesoramiento técnico para la mejora de las explotaciones agrícolas, la industria y el desarrollo económico en Egipto. Belzoni y Gibraltar se hicieron amigos de inmediato. El italiano se animó a exponerle el funcionamiento de una nueva rueda hidráulica que bombearía más agua con menos bueyes que las viejas  ruedas utilizadas por los agricultores egipcios. Tras algunas gestiones, Belzoni pudo llevar a cabo una demostración que dejó impresionado al bajá, sin embargo sus asesores desestimaron la nueva bomba porque provocaría una importante reducción de la mano de obra necesaria para explotar los campos. La consecuencia inmediata sería la pérdida de popularidad del bajá así que, por insalvables cuestiones de táctica política, las ambiciones de Belzoni en el terreno de la ingeniería hidráulica terminaron en una reunión con el cónsul Salt y el aventurero Burckhardt. Un encuentro que cambiaría la historia de la egiptología.
Fue el suizo quien mencionó los templos de Abu Simbel que había descubierto en su reciente viaje, y a los que no había dado mucha importancia sobre el terreno hasta que la perspectiva desde el Nilo, cuando se alejaba a bordo de su barco en dirección sur, se encontró con la magnificencia de una de las cuatro estatuas colosales que componían la fachada del mayor templo de Ramsés II. Tiempo más tarde escribió en su diario «Si la arena pudiera limpiarse, se descubriría un vasto templo»
La delicada situación económica de Belzoni hizo que se decidiera a ser el suministrador de antigüedades para el cónsul Salt, buen conocedor de la avidez de antigüedades encargadas por sus superiores en Londres. La obtención de un busto de Ramsés II que Burckhardt había visto en Tebas fue la primera pieza que inauguró esta sociedad en la que Salt se encargaba de la financiación y de obtener los permisos necesarios para que el 30 de junio de 1816 Belzoni remontara el Nilo por primera vez.
El viaje sirvió a Belzoni para observar todas las posibilidades económicas que tenía la enorme cantidad de antigüedades que atesoraba a las orillas del Nilo, pero también descubrió las enormes dificultades para negociar con las autoridades locales a las que tuvo que tuvo que enfrenarse, sobornar y desarmar para encontrar mano de obra para sacar y desplazar la escultura de Ramsés II hasta la cuenca aluvial del río. Sin embargo el 10 de agosto de 1816 se encontró con la insalvable escasez de barcos para trasladar el busto del faraón por lo que envió una carta a Salt.
Belzoni decidió, mientras esperaba la respuesta del cónsul, navegar río arriba. Le impulsaba la curiosidad y las perspectivas de ampliar el incipiente negocio de la venta de antigüedades. El viaje le llevó hasta Kom Ombo, Asuán, la isla Elefantina y, tras dejar Kalabsha, llegó a El – Derr, capital de la Baja Nubia, donde el gobernador lo recibió con suspicacias y la advertencia de que la región situada río arriba se encontraba en guerra y era un lugar poco seguro para que se adentrase un viajero. Sin embargo, dos días después Belzoni llegó a Abu Simbel.
Su primer trabajo consistió en trepar hasta la cumbre de arena que cubría el templo, calcular el volumen de arena que obstruía la fachada y estimar la fuerza de trabajo necesaria para llegar a la entrada. El siguiente paso fue una dura negociación con el jefe del poblado y la autoridad regional que, por cursar el permiso para entrar en el templo, obtuvo la promesa de recibir la mitad de los tesoros por descubrir. Belzoni accedió porque su intuición le avisó que dentro no hallarían nada de valor.
Pero el oportunismo iba mucho más allá de la burocracia oficial y las formalidades. Mientras algunos nativos intentaban asaltar el barco de Belzoni, los trabajadores locales contratados también estaban dispuestos a sacar todas las piastras posibles a aquel ingenuo occidental que, tras unas duras negociaciones, consiguió una cuadrilla pero, para desgracia del italiano, nunca recibieron sus salarios porque fueron a parar a manos del jefe del poblado. El italiano, ante estas dificultades y lo menguada de la bolsa para unos trabajos que se dilataban en el tiempo, decidió abandonar la empresa momentáneamente, tomar nuevas energías y regresar con más piastras.
Belzoni regresó a Abu Simbel del 5 de julio del verano siguiente y, aunque engrasó su amistad con el jefe local mediante la entrega de algunos obsequios, los trabajos se reanudaron con la misma anodina lentitud. Así que el italiano no lo pensó dos veces y decidió excavar con sus propias manos. Irby y Mangles, dos capitanes en la reserva a quienes había encontrado ávidos de aventuras en su navegación Nilo arriba, le ayudaron en la tarea. Era el 3 de julio de 1817. Además de las duras condiciones de trabajo tuvieron que hacer frente a algunos incidentes como los intentos de robo de las armas y los útiles para la excavación, y soportar las veladas amenazas de los jefes locales que, camufladas por ofertas de seguridad, pretendían evitar incidentes con los trabajadores locales. Los europeos siguieron sacando arena hasta que el último día de julio descubrieron la entrada al templo y tuvieron la prevención de esperar al día siguiente por temor a encontrarse con un aire viciado.
Belzoni se encontró antes del amanecer con la sublevación de la tripulación del barco causada por los bajos salarios y la falta de comida. El italiano no hizo caso a las protestas y se marcho al templo seguido por los marineros. La discusión continuaba y Giovanni Finati, interprete armenio de la expedición, aprovechó para entrar en el interior del templo. Cuando los demás se dieron cuenta de su ausencia, se dio por terminada la discusión y todos le siguieron. Después de más de mil años la luz regresó sobre la majestuosidad de las ocho gigantescas estatuas de Ramsés II, los relieves de las imágenes que representaban la batalla de Qadesh en la que los egipcios derrotaron a los hititas y al fondo, en una estancia más pequeña, las estatuas sedentes de los dioses Amón-Ra, Heractes, Ptah y el propio Ramsés.
Belzoni buscó alguna antigüedad que pudiera transportarse, pero apenas pudo llevarse nada mientras Beechey, secretario de Salt, se dedicó a escribir largas descripciones de las escenas bélicas y de la ejecución de prisioneros. El 4 de agosto partieron corriente abajo. Beechey regresó año y medio después en compañía del viajero Bankes y el dibujante Linant. Trabajaron durante varias semanas en el desenterramiento de los relieves de la fachada del templo que servirían a Champollion para descifrar el misterioso mecanismo que regía la lectura de jeroglíficos.
La leyenda de Abu Simbel había comenzado gracias a El Gran Belzoni y la conjunción de los intereses puramente económicos con un incipiente espíritu científico. Este magnífico hallazgo solo fue uno de los muchos descubrimientos de un forzudo de circo al que los avatares de la vida convirtieron en un experto ladrón de tumbas capza de transportar toneladas de obeliscos, estatuas, papiros y pequeños enseres gracias a su pericia con las palancas, los contrapesos y los sistemas hidráulicos. Belzoni es una figura fuera de lo normal y, más allá del estereotipo del arqueólogo aventurero capaz de enfrentarse a los peligros del viaje y a todo tipo de rufianes, contribuyo sin pretenderlo a poner los cimientos de la egiptología científica actual.
Bibliografía
Fagan, Brian. El saqueo del Nilo. Crítica. Barcelona, 2004.
Parra, José Miguel. “Abu Simbel, el templo rescatado de la arena”. Historia National Geographic Número 123: 20-34.


[1] m. Se aplica a hombres que ostentan algún mando superior en el ejército o en alguna demarcación territorial.

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