La curvatura de la córnea

09 febrero 2014

Olvidos liberales de Vargas Llosa




Mario Vargas Llosa publicó el domingo 26 de enero de 2014 su habitual artículo en el diario El País con el título Liberales y liberales. Un texto donde el Premio Nobel desgrana las bondades de la ideología liberal y pone mucho interés en diferenciarla de los conservadores y así, tras tildar a aquellos de “progresistas”, el autor de La tía Julia y el escribidor nos lleva hasta finales del siglo XVIII para recordarnos como los liberales, además de combatir la esclavitud “defienden la propiedad privada, el comercio libre, la competencia, el individualismo y se declaran enemigos de los dogmas y el absolutismo” Sin embargo el aspecto que voy a subrayar en este escrito es como Vargas Llosa construye su discurso en torno a las bondades liberales sobre un olvido, una falsedad y la esencia del problema de la ideología socialista del siglo XXI.
Vargas Llosa, lanzado sobre los terrenos de la definición, atribuye a los liberales la exclusividad en la categoría de defensores de los derechos humanos. Esta afirmación es, sin lugar a dudas, un olvido pasajero. Una lectura atenta del articulado de la Declaración Universal de los Derechos Humanos aprobada el 10 de diciembre de 1948 nos permite descubrir que es un texto compuesto por fricciones, contradicciones y tensiones propias de principios políticos tan diferentes como el conservador, el liberal y el socialista.
El espíritu liberal de la Declaración lo encontramos en artículos como el 12: Nadie será objeto de injerencias arbitrarias en su vida privada, su familia, su domicilio o su correspondencia, ni de ataques a su honra o a su reputación. Toda persona tiene derecho a la protección de la ley contra tales injerencias o ataques.” Y en lo económico podríamos citar el artículo 17: “Toda persona tiene derecho a la propiedad, individual y colectivamente. Nadie podrá ser privado arbitrariamente de su propiedad.” Son dos ejemplos de cómo se recogen las condiciones básicas para que el liberalismo exige para que el legítimo ejercicio del poder: El imperio de la ley, el poder se somete a las leyes y la garantía de ciertas libertades individuales (Libertad de expresión, reunión, religión, etc.) La exigencia esencial del liberalismo es que el Estado proteja un espacio dónde el ciudadano se desenvuelva en libertad, en el sentido de No injerencia del Estado en el ámbito de ciudadano.
Pero esta Declaración de Derechos también recoge argumentos que pertenecen a la tradición socialista, dónde el principal valor político es la justicia social, la redistribución de la riqueza. Veamos a modo de ejemplo el artículo 25 “Toda persona tiene derecho a un nivel de vida adecuado que le asegure, así como a su familia, la salud y el bienestar, y en especial la alimentación, el vestido, la vivienda, la asistencia médica y los servicios sociales necesarios; tiene así mismo derecho a los seguros en caso de desempleo, enfermedad, invalidez, viudez, vejes u otros casos de pérdida de sus medios de subsistencia por circunstancias independientes de su voluntad. La maternidad y la infancia tienen derecho a cuidados y asistencia especiales. Todos los niños, nacidos de un matrimonio o fuera de matrimonio, tienen derecho a igual protección social.
Parece evidente que, puestos a defender esta Declaración, tanto lo pueden hacer liberales y socialistas.
La falsedad en la cae Vargas Llosa se ha convertido en algo tradicional en cualquier argumentario conservador, liberal o medio pensionista. El autor de Pantaleón y las visitadoras recuerda que “con la aparición del marxismo y la difusión de las ideas socialistas, el liberalismo va siendo desplazado /…/ por defender un sistema económico y político –el capitalismo- que el socialismo y el comunismo quieren abolir en nombre de una justicia social que identifican con el colectivismo y el estalinismo” ¿A qué les suena esa equiparación del socialismo con el comunismo y, finalmente, con el estalinismo? Efectivamente es parte de la retórica habitual que, a base de repetir una inexactitud, pretende descalificar una ideología diferente a la propia. Vargas Llosa sabe perfectamente que, tras una raíz común anclada en el pensamiento marxista, este se divide en dos vertientes durante el siglo XX. Por un lado el comunismo representado por los escritos de Lenin y el revisionismo socialdemócrata de Bernstein.
Bernstein (1850-1932) es el origen de la tradición socialdemócrata que, con la referencia hegeliana del Estado, se perfiló en 1875. Hegel dice que la revolución ya no tendría éxito por la sofisticación técnica de las armas en el Estado burgués, así que preconiza la reforma frente a la revolución, y defiende las ventajas para la clase trabajadora de participar en la política de la democracia parlamentaria burguesa. Bernstein significó en la práctica el revisionismo en la teorización del abandono revolucionario y rechazó las tesis económicas de Marx que pronosticaban un aumento de la riqueza polarizada en pocas manos hasta llegar al colapso. Sin embargo, tras constatar un aumento de las clases medias y de una mejora de vida, abandonó la apocalíptica marxista para aspirar a la redistribución de la riqueza a través del Estado burgués. El Estado, en sintonía con las ideas de Hegel, es la herramienta para realizar la mejoría de las clases obreras; y el pensamiento liberal-burgués es irrenunciable para el pensamiento socialista por algunos de sus logros (frente al desprecio de Marx) y el aprecio por la declaración de los Derechos Humanos. Para concluir definitivamente con la inexactitud de Vargas Llosa creo que es necesario transcribir la definición que Bernstein da del socialismo: “La suma de las reivindicaciones sociales y de las naturales aspiraciones de todos aquellos obreros que han alcanzado una conciencia de su situación como clase y de la misión que ésta ha de desempeñar en la moderna sociedad capitalista.” Así que, como vemos, ya en los inicios del pensamiento socialdemócrata no hay atisbo de la destrucción del capitalismo, más bien al contrario, se aboga por participar en el juego y que el Estado sea el contrapoder que sirve para ajustar las diferencias entre clases, algo que separa definitivamente esta filosofía política del comunismo y el estalinismo.
Pero lo más interesante del artículo de Vargas Llosa lo encuentro en como acierta de pleno a la hora de definir el motivo que ha llevado al socialismo al declive ideológico: “la conversión de la vertiente comunista del socialismo al autoritarismo empuja al socialismo democrático al centro político y lo acerca – sin juntarlo- al liberalismo” A ese acercamiento socialismo-liberalismo es que voy a tratar de diseccionar y que nada tiene que ver, se equivoca de nuevo Vargas Llosa, con un comunismo que derivó hacia el autoritarismo mucho antes de la cadena de acontecimientos que voy a exponer y que son los responsables de ese casi ayuntamiento entre liberales y socialistas.
En los años noventa se produjo una nueva reformulación de la socialdemocracia que abandonó las teorías keynesianas y adoptó postura neoliberales provocando una crisis ideológica. Es la época en la que apareció el nuevo laborismo británico de Blair y la Tercera Vía que discurría entre el liberalismo y el keynesianismo que quedó muy mermado por la crisis del petróleo en los años setenta. Ese fue el momento del declive del éxito keynesiano, y que los españoles nos perdimos bajo palio, en la llamada edad de oro de la socialdemocracia entre mediados de los años cuarenta y finales de los años setenta. Una época que se caracterizó por un modelo mixto con la suma de sectores públicos, privados y la redistribución de la riqueza. Un modelo que funcionó en la Suecia de Olof Palme, el Reino Unido de Wilson y la Alemania de Willy Brandt.
Fue con la llegada de los años noventa cuando es difícil apreciar diferencias en la política económica entre los liberales y los autoproclamados socialistas. Al desarme ideológico se sumó, a partir de  1989, un efecto de globalización que deslocalizó las empresas hacía lugares dónde la legislación laboral era más favorable al empresariado, y dejó desarmado a los movimientos obreros de occidente bajo la proliferación de peores salarios y mayor debilidad en los derechos adquiridos por los trabajadores.
A esto se sumó que la debilidad del Estado bajo la amenaza de una retirada de capitales que le provocaría graves problemas de financiación. Esta dependencia económica ha traído una notable pérdida de soberanía de los Estados frente a los mercados, un escenario dónde la democracia pierde calidad. En palabras de Ludolfo Paramio de diciembre de 2012 en la revista El Siglo: “En los años 90 todo el mundo creía que era posible una síntesis liberal entre globalización y redistribución. Eso probablemente llevó a errores de juicio al no dar la suficiente importancia a la introducción de políticas de regulación y de coordinación./…/ Las reglas de juego de los noventa, evidentemente, son parte del problema de 2008” Paramio, por encima de la reflexión sobre filosofía política, se refiere a la crisis económica que nos asola en la actualidad y que hunde sus raíces en la desregulación de los mercados financieros.
Una vez rebatidas la exposición liberal de Vargas Llosa cabe preguntarse por el papel que debería cumplir el socialismo democrático frente al vendaval liberal-conservador que recorre occidente. Roger Senserrich nos da unas pistas en la número 1 de la revista Five cuando afirma que “tenemos que empezar hablando sobre los objetivos de la izquierda y después, solo después, decidir qué medidas concretas nos van a servir para conseguir esos objetivos” y el propio Senserrich se atreve a definir el primer objetivo de la izquierda: “Defender el papel del estado como un ente que protege a sus ciudadanos ante el infortunio” Es decir, todo lo contrario de lo que liberales y conservadores hacen con el estado cuando están en el poder.


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