La curvatura de la córnea

18 octubre 2013

“La lotería” de Aliencontrateatro




La lotería de aliencontrateatro se estrenó el pasado miércoles 2 de octubre en la recién inaugurada sala Teatro Bicho sita en la calle Pilar Lorengar de Zaragoza.

La lotería. Cuando lo leí recordé a mi padre. Mi padre jugaba a la lotería una vez al año, para el sorteo extraordinario de Navídad y el día que compraba el décimo era un día especial. Alrededor de la mesa de la cocina, entre sémola y filetes rusos con tomate, se desplegaba la imaginación. Daba gusto gastarse aquellos millones para vivir una vida que no era la mía. Los sueños disminuían en la misma proporción que aquél dispendio de pesetas. Tanto menguaban los dineros que al final me daba de bruces con la realidad y mi padre sentenciaba: Hijo mío, eres pobre hasta para pedir. Sin embargo a mi me gustaba aquel viaje porque al regresar uno ya no es el mismo.

Ricardo Ibáñez hizo algo parecido con su espectáculo La loteria, como nosotros en la mesa de la cocina, él también comenzó la función vestido de otro, vestido de actor para vivir otras vidas hasta que, terminada la imaginación, el texto o el diseño de la obra (vaya usted a saber) hace que Ricardo también regresé a la realidad después de jugar en la frontera que separa al hombre del personaje. Pero claro, hay una gran diferencia: Ricardo hizo su viaje rodeado de un público que había pasado por taquilla, es un dato importante porque el público determina que ese viaje a la ensoñación sea una obra de teatro, si, ya saben: Un actor, un espacio y un público. Tres conceptos presentes en La lotería pero difuminados hasta la duda.

El actor comenzó como si no lo fuera, un actor debería presentarse sobre el escenario sin embargo y, aunque ya hemos visto en numerosas ocasiones como los personajes derriban la cuarta pared, Ricardo Ibáñez lo hizo de tal manera que dudé si ese señor ahí plantado era  un actor o cualquiera de nosotros capaz de buscar un encuentro de tú a tú. Esa es una de las claves de la función: El diálogo que se plantea con el público como si el actor/hombre precisase de un conocimiento exacto de los espectadores para que las reflexiones generales en las que se embarca no se pierdan en la abstracción de un monólogo que circula entre la memoria aleatoria y los sentimientos predeterminados ¿o era al revés? En realidad da igual porque las reflexiones del personaje/hombre brotaron frescas y diversas, con la intención de encontrar elementos comunes a la conducta humana en cualquiera de las situaciones que componen nuestras vidas, desde cotidianas hasta extraordinarias. De esta manera “La lotería” se transforma en una gran maquinaria de la comunicación que busca fenómenos concretos para poner al descubierto los mecanismos que nos hacen amables, cercanos y mucho más humanos de lo que pensamos.

Este entramado funcionó gracias a la excelente labor de Ricardo Ibáñez que siempre bordea lo impreciso de su personalidad en escena para jugar a ser él y no serlo, o ser un actor que interpreta a Germán. Por esa cuerda floja avanzó con seguridad y tejió con eficacia todos los impulsos que le llegaron desde el patio de butacas. Fue en esa tarea cuando de repente apareció el actor más tradicional, sin esa dicotomía de ser o no ser el personaje. Eliminadas las dudas del personaje, el trabajo del actor consistió en dosificar con suavidad la cadencia de las palabras, dominar los movimientos nerviosos del cuerpo y aterrizar en el territorio de la interpretación más clásica. Fueron dos momentos breves pero profundos, dos pinceladas que crearon un clima subrayado por el silencio, uno de esos silencios provocados por la atención. Por eso sería interesante que Ricardo Ibáñez valorase la posibilidad de seguir durante más tiempo por ese camino que nace de la naturalidad del personaje y atisba un interesante recorrido que solo necesita más tiempo para situar la reflexión que sobrevuela toda la obra en un lugar al que por ahora solo se aproxima: Unos minutos de interpretación austera pero llena de verdad para recordarnos sin lugar a dudas que, efectivamente, aún es posible sacar la cabeza de la realidad y respirar en la estratosfera de los sueños para, cuando regresemos, tener un punto de vista diferente que transforme la reflexión en un acto nutritivo, conseguir que nuestros pensamientos sean de tú a tú, levantar la mirada en el diálogo y abandonar el suelo del ascensor, que la sonrisa desplace la acritud del rostro.

Todo lo dicho hasta ahora de La lotería es una mera reflexión teórica de una función que está viva y que siempre es diferente porque los espectadores y el personaje, atado al presente, también lo son. En esa tesitura serán ustedes quienes elijan el rumbo de la singladura. Ricardo Ibáñez estará a su servicio para que la función se llene de recuerdos, miedos o alegrías. No pierdan esta gran oportunidad, vayan al teatro, pidan la palabra y sean sinceros. Tras la charla seguro que se sienten mucho mejor. “La lotería” es una función terapéutica.

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