La curvatura de la córnea

05 abril 2013

Poder Absoluto del patio de butacas a la sociedad


Algo hemos hecho mal cuando relacionamos política con cloaca y políticos con corrupción. Seguro que muchos de ustedes aún recuerdan cuando pensaban que lo público era una cuestión de servicio a la ciudadanía. Yo a veces hago el esfuerzo y me dejo llevar por la melancolía.
Roger Peña Carulla, que también toma las riendas de la dirección, escribió el texto de esta función en 1995, cuando el olor a putrefacción todavía estaba oculto por la sensación de ser los reyes del mambo, por eso tiene tanto mérito, porque sentado en el patio de butacas parece que Peña Carulla se ha dedicado a cortar y pegar titulares de prensa de uno de estos días. En esa tesitura, la obra tiene un aroma de actualidad que el autor sazona en el programa de mano cuando nos recuerda que “Entre el relativo positivismo de Rousseau (…) y Hobbes, afirmando que “el hombre es un lobo para el hombre”, debería hallarse el equilibrio para definirnos como seres sociales.”
Las teorías políticas de Hobbes y Rousseau parten de puntos de vista muy diferentes sobre la naturaleza humana. El primero la sitúa en el ámbito de una competencia feroz por cubrir las necesidades básicas propias, en la que todo el mundo teme constantemente ser atacado o robado y es imposible de vivir. Para evitar el estado natural descrito por Hobbes necesitamos una autoridad política que sea ilimitada e indivisa para firmar un pacto de no agresión y renunciar a la libertad total.
Rousseau añade al hombre natural, preocupado por la auto-conservación, el rasgo de la compasión que le impulsa a interactuar con los demás, de esa necesidad surge la sociedad, la propiedad y con la desigualdad. Es entonces cuando las instituciones políticas se hacen necesarias y el hombre, transformado en un hombre hobbesiano, termina por construir unas instituciones corruptas.
Roger Peña sitúa a sus personajes sobre este entramado de teoría política y nos muestra a un veterano político deseoso de saciar sus últimas ambiciones frente al político joven envuelto todavía por el halo de las nobles aspiraciones. Del diálogo entre ambos surgirá el retrato de una vida pública carcomida por la corrupción. Pero lo que realmente asusta es comprobar como la realidad ha superado algunas de las afirmaciones del texto (“el poder está en manos de los partidos y puede controlar a los mercados”)
Todo es sobrio en escena: la escenografía, la iluminación, los movimientos, todo menos los actores que están soberbios. Poder Absoluto es fundamentalmente palabra, un constante esgrima dialéctico entre sus protagonistas que cada uno de los intérpretes aborda desde premisas diferentes. Emilio Gutiérrez Caba da una lección magistral de naturalidad, no hubo en su interpretación ni un gramo de afectación, incluso llegué a desear un pequeño gesto teatral, alguna pista del proceso de construcción del personaje, una diminuta rendija que me dijera que, efectivamente, Gutiérrez Caba era un actor y no el político que yo veía sobre las tablas. La evolución del personaje de Eduard Farelo tiene más recorrido y un camino más arriesgado que transitó con energía en los gestos y con excelente dominó en la disertación, sin embargo, el conjunto quedó envuelto en una crispación ligeramente excesiva. El problema quizá no sea una cuestión actoral, más bien es el texto de Roger Peña que dibuja el inicio del personaje de una manera excesivamente virginal, de tal modo que su transformación sufre una aceleración que no sería necesaria si partiera de unas premisas más reales. Pero no teman, esto son detallitos de nada frente a la portentosa exhibición de ambos actores.
No les engañaré. Aunque entre el público surgen risitas por el impacto que produce comprobar como lo que se dice en el escenario es carne de los noticieros de la tele, Poder Absoluto nos envía un mensaje triste, por eso creo necesario volver a la teoría política y recordar la teoría del elitismo competitivo de Schumpeter en la que describe a los ciudadanos como masas vulnerables, sin racionalización política, un pueblo con ciudadanos poco formados y sin opiniones concluyentes sobre todas las cuestiones políticas y económicas. El mejor caldo de cultivo para instaurar la influencia de partidos y sus líderes, maquinarías que fabrican la opinión y la voluntad políticas mediante estrategias similares a la propaganda comercial. Schumpeter nos recuerda que en la actualidad se invierten los elementos de la democracia clásica porque en realidad los electores no eligen a los líderes, son éstos, los líderes, quienes toman las decisiones sobre que es el bien común y el interés general.
En cualquier caso, cuando el telón cierra la representación y las luces del patio de butacas nos devuelven a la realidad, siempre nos queda la alternativa de aplaudir a los actores y regresar al mundo para subvertir las líneas de poder, que las decisiones se tomen desde la base de la sociedad y, como nos recuerda Habbermas: La legitimidad del poder político y de las leyes no depende solo de la elección democrática los gobiernos, ni siquiera del consentimiento de los ciudadanos a las decisiones políticas de estos. La democracia deliberativa exige que dicho consentimiento sea el resultado de una deliberación pública que garantice la aceptabilidad racional de su resultado, y que no se reduzca a una negociación de compromisos entre intereses particulares enfrentados.

Publicado en el nº 134 de El Pollo Urbano

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