La curvatura de la córnea

04 marzo 2013

Elling, un camino hacia la libertad



La vida, y los últimos años son un buen ejemplo, se mueve entre el miedo de los muchos afectados en presente, pasado y futuro, y el hálito en la esperanza de un cambio. Ese es el terreno de juego y sus márgenes de actuación. La ración de miedo nos la suministran día sí y día también desde los púlpitos mediáticos y la acera de enfrente. Por eso el teatro y esta función se hacen tan necesarios, para encontrar en medio del miedo una ventanita y mirar las nubes y soñar que entre tanto despropósito todavía queda un hueco para la poesía el amor y la amistad.
El pasado 10 de febrero fui al Teatro Principal de Zaragoza para ver la función Elling en versión de David Serrano basada en una novela de Ingvar Ambojornsen que se adaptó al cine por Axel Hellstenius y Petter Naes y que la llevaron hasta las puertas de los Oscar. Sentí curiosidad cuando leí unas declaraciones del actor Carmelo Gómez a Soledad Campo de Heraldo de Aragón: “Elling es una apuesta por la amistad, el amor y confianza, y una comedia sujeta a una emoción en la que la carcajada no disipa la intensidad de la historia”
Y es cierto, aunque Elling apuesta por la esperanza, Carmelo Gómez tiene razón, ni el ritmo de comedia, ni las situaciones cómicas, ni las risas del público fueron suficientes para esconder el desasosiego que produce asistir al proceso de socialización que nos muestra la obra.
Elling y Kjell están recluidos en un manicomio y un día les comunican que van a tener la posibilidad de incorporarse a la sociedad, pero antes tienen que demostrar su capacidad de integración. La autoridad sanitaria les proporciona un apartamento tutelado en el que tendrán la oportunidad de cruzar el umbral que separa locos de cuerdos. El reto consiste en que nuestros protagonistas modifiquen sus comportamientos para ser como usted, improbable lector de estas líneas, y como yo: Personas normales. Pero… ¿qué significa ser normal?
Nuestra normalidad deriva de lo que el sociólogo Guy Rocher define como “el proceso por el que una persona aprende e interioriza los elementos socio culturales de su medio ambiente, los integra a la estructura de su personalidad y se adapta así al entorno social en cuyo seno debe vivir” Elling y Kjell se comportan de manera muy similar tanto fuera como dentro del manicomio. Incluso es fácil identificar algunas situaciones análogas, como la negativa a salir de la cama, que la autoridad interpreta de manera diferente: Permanecer en la cama porque tienes miedo a relacionarte con otros locos es peor que permanecer en ella porque el miedo que te atenaza está relacionado con el amor. Con este criterio tan caprichoso, los nuevos (o no tanto) comportamientos de Elling y Kjell son aceptados por la autoridad. Es cierto que nuestros protagonistas y sus respuestas a los nuevos retos sociales que la vida les plantea muestran una clara mejoría porque las canalizan hacía el amor y la amistad, descubren la importancia del otro, de esa persona que nos completa y, aunque todo parece caminar hacía la integración y la felicidad, durante toda la obra sentí una inquietud: La adaptación al medio social tiene que pasar inexorablemente por la aprobación de la autoridad, que lo realmente importante, lo que determina el éxito es que esa adaptación sea tutelada y aprobada por la autoridad.
Esta sensación se instaló en mi mente y me llevó hasta la película La Naranja Mecánica de Stanley Kubrik con la que encontré un preocupante paralelismo. Solo hay que cambiar el binomio que hasta ahora estamos manejando de loco-cuerdo por el de bueno-malo para comprobar que ambas historias tienen en común la presencia de la autoridad con el poder de cambiar los comportamientos de los protagonistas, supervisar el proceso y dar el visto bueno.
El poder de la autoridad es más intenso y cruel en La Naranja Mecánica, en Elling se muestra más amable, incluso se advierte una honesta preocupación por el devenir de sus criaturas que se mueven a lo largo y ancho de tres partes dramáticas bien diferenciadas, un espacio escénico diáfano y multifuncional dónde las acciones transcurren con agilidad gracias a interesantes cambios de iluminación diseñados por Valentín Álvarez, pequeños movimientos del decorado y transiciones inteligentes en el pasillo que se crea entre el escenario y unas gradas supletorias laterales dónde se sitúa parte del público. Se agradece la banda sonora en directo a cargo del pianista Mikhail Studyonov como un personaje más que acompaña y subraya sentimientos y acciones de los cuatro actores. Carmelo Gómez y Jordi Aguilar nos brindan una actuación creíble tanto en los aspectos discursivos como en la construcción física de los personajes, es un regalo contemplar la energía de tamaño infantil que despliegan por el escenario y, sin embargo, son capaces de combinarlo con un trabajo contenido en lo que fácilmente podría haber derivado en una imagen grotesca de la locura. Chema Deva y Rebeca Montero están a su altura con la dificultad añadida de construir varios personajes,
La historia de Elling y Kjell culmina un camino de superación, el epílogo para un viaje iniciático que muchas veces la vida diluye y una enfermedad mental puede detener. Un camino que todos hemos transitado: El de la coacción que entendemos como obligación del cuerpo social para convertir las normas y los comportamientos establecidos en obligaciones morales. Sin embargo, ¿somos conscientes del poder que cedemos a quienes determinan los modelos ideales de comportamiento?
Elling es sonrisa y esperanza. Una espléndida comedia con aparente ternura y que nos muestra la puntita del riesgo que significa depender de las calificaciones ajenas durante el proceso de socialización que, sin duda, debe ser producto de múltiples tensiones en las que se pone en juego la conformidad y la libertad. Pero tal vez deberíamos recordar que, subyugados bajo al capricho de la autoridad, somos menos libres. Aunque estoy seguro que Elling y Kjell, al finalizar la función, no piensan igual que yo. Ellos se sienten libres y por eso hay que ver esta obra de teatro, porque la libertad es un sentimiento altamente contagioso.

 
Publicado en el número 133 de El Pollo Urbano

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