La curvatura de la córnea

02 diciembre 2012

“Nada es verdad ni mentira” de Lü de Lürdes




Lü de Lürdes comenzó el viernes 30 de noviembre - en El Pequeño Teatro de los Libros, la librería del Barrio de las Fuentes - la nueva temporada del ciclo de narraciones orales para adultos “Como te iba contando…” coordinado y dirigido por Cristina Verbena.
Lü de Lürdes cuenta cuentos porque tuvo la suerte de que su padre se los contara. Ella bajo las mantas, él sentado en la cama, ideando una historia diferente para cada noche antes de dormir. Lü guardó ese tesoro en una cajita y para hacerse cuentera se fue por el mundo para conocer las técnicas de otros narradores orales, de ellos aprendió y, en su afán por aprender más y más, se subió a un trapecio, danzó como las mujeres africanas, se puso una nariz de clown y hasta fue animadora a la lectura, al circo, al maquillaje y a la improvisación.
La presencia de Lü de Lürdes sobre la mesa escenario fue luminosa. Con escoba de palma y las sayas de una criada, entre barre que te barre dejó a las claras su hipnótica capacidad para entrelazar una narración trufada de trabalenguas, dichos y refranes, a veces aceleró las clarividentes explicaciones de sus circunstancias y Shhhh… también se detuvo durante ese segundito necesario para lanzar el corolario de sus reflexiones. Sí, han leído bien, he escrito reflexiones porque la cuentera entre dimes, diretes, de aquí para allá y tanto sube y baja dejó simiente para la reflexión en cada una de las aventuras protagonizadas por un sin par de personajes. Las herramientas actorales de la narradora son fabulosas y fue capaz de ponerlas al servicio de una historia con sustancia, ya saben, entre cuento y cuento, risas y carcajadas, la cuentera hace un recorrido tragicómico por la vida de su abuelo que nos deja situaciones algunas veces absurdas y otras surrealistas. El abuelo de Lú de Lürdes es uno de esos hombres que todos hemos conocido en nuestras familias. Nacieron en el campo con el medioevo en el azadón y el arado, sortearon la mala suerte de una  guerra y trabajando trabajando se plantaron a finales del siglo XX hasta ser uno de los pilares básicos de este bienestar que se nos escapa de las manos.
A lo largo del viaje que propone Lü de Lürdes es inevitable preguntarte…pero, ¿dónde está la realidad? No se preocupen. La realidad la tendrán ustedes delante de sus narices. La realidad es la narración, las caritas de la cuentera, sus ojos chirivitas y su cuerpo que a veces es rama y otras monstruo. El cuerpo de Lü de Lürdes tiene la virtud de la transformación, desde la punta del pelo, hasta los dedos de los pies, de los dedeos de las manos hasta las cuerdas vocales, cada molécula se transforma en el momento preciso para que ante tus ojos pasen burros, lobos, pulpos, gallinas, tenderos, viejas, una vaquilla y hasta un Guardia Civil. Su gestualidad fue brillante por diáfana, precisa y subrayó lo esencial de la historia. Con esas transformaciones y las que surgieron de una voz dúctil, maleable, con velocidad variable para desternillarse con pasajes ante los que solo queda una opción: Partirse de la risa, porque las palabras, a la vuelta de alguna sonrisa, brotaron más trágicas que cómicas y pensé, durante unos segundos al menos, en la ignominia de un mundo con trincheras, enemigos y fusiles.
Lü de Lürdes ha contado para construir todo este proceso creativo con la dirección de Carlos Alcolea, una mirada exterior que ha contribuido, sin lugar a dudas, a pulir los detalles, a asentar el texto escrito por la cuentera y el director en las tablas de la interpretación y darle a la narración un ritmo trepidante y sin respiro.
Lü de Lürdes tuvo duende y lo regaló a borbotones. Verla actuar fue un placer. Por eso aplaudí con tanta fuerza al final del espectáculo y, ¿quien me lo iba a decir? entonces ocurrió lo mejor de la tarde. Allí, bañada por la fuerte ovación del público, como por arte de birli birloque, desapareció la cuentera y se quedó, con ojos chispeantes y una mirada de vergüencilla, la niña que Lü de Lürdes aún lleva dentro. La niña que escuchaba los cuentos que cada noche le contaba su padre.

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