La curvatura de la córnea

14 diciembre 2010

Calle de la ebriedad

Dichoso el que un buen día sale humilde y se va por la calle.
(Claudio Rodríguez)


I

Regreso ahora que el cielo se presenta tan negro, tan alejado de la claridad del amanecer. ¿Será la noche un don similar al día que deslumbra? Espero a la oscuridad y sin embargo llega el alba.

II

Los astros, como mi tristeza, tintinean y se apagan. El sol no llega y la luna se va. El alba de pájaros quema con su vuelo el aire y descerraja, para goce de los sentidos, la brisa que arrastra sombras y despierta la mañana.

III

En mi calle no hay árboles nobles como la encina. El rayo de sol alimenta plataneros de sombra. Ramas que acompañan sueños de un paisaje infantil de ríos y eras al que me aferro.
El ruido de los coches acalla la voz de pájaros tan exóticos como el gorrión y las cotorras verdes que cruzan el Ebro en formación de guerra. Así estoy yo, sombra de platanero en el crepúsculo, y hablar con las ramas de la muerte que vendrá tras la primavera.

IV

El día abre mi pasión de ver el mundo. Impulso incontenible por vivir entre las cosas, caminar por las aceras y pisar el verde prohibido de los parques. Manifestarme alegre y que la brisa aviente el deseo de ser tan generoso como mi sangre.


V

Pierdo la voz como el regato en el que aprendí a nadar, mudo de pena soterrada por el ladrillo que lo encarcela.
El barrendero extradita las hojas acariciadas por el sol de noviembre. El ocre esencial del otoño no llega a mi calle, ni la siembra, ni la nube.
Pierdo la voz ante la verdadera faz de una naturaleza de contenedor, colillas y un sofá putrefacto en la calzada. Aunque no la escucho, la voz del tiempo me dice que no hay esperanza.


VI

Le pregunto al sol por la verdad planetaria de la rotación. Gira el sol para que brote la hoja, para que la llama alumbre sombras, para jugar con la luna. Misterios tan alejados de mis cosas, de la calle solitaria sin ti.

VII

Llega silbando a la hora de la fresca. Detiene la bicicleta y pregona su cantinela mientras la pata de cabra planta el suelo y ataca la piedra con el metal. Las chispas traen el olvido de los campos que ya no camino.
El afilador, verde quejió de noche y unas manos que fueron surco, aleja mi altanería urbana embalsamada por las sombras de esta calle.

VIII

Gotas teñidas de teja antigua llegan de súbito. La dignidad también se moja con la lluvia. La misma lluvia de la infancia, clara y saltarina, se introducía en las botas verdes de agua que los Reyes Magos dejaron junto a la estufa de carbón. Aquella lluvia empapaba campos y esta, lágrima sin sal, acompaña mi espera.
Si estuvieras conmigo, miraría lo que tú miras y la lluvia sería ablución.

IX

Regalo mi voz al aire. El viento viaja sin dueño entre la luz, las aves y los chopos.
Yo no quiero ser la belleza breve de la flor y la escoba del barrendero.
Yo quiero un invierno de hálito que alcance el trinar de la primavera. Abrirme a la mañana, a la humedad del balcón sobre la calle, excavar un cauce con mi voz y gritar: Necesito dar mi cuerpo al deleite sacrílego del deseo.

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