La curvatura de la córnea

12 enero 2010

“Habrá una vez un hombre libre”, un libro de Ignacio Escuín

“Habrá una vez un hombre libre” esta dividido en dos parte y en esta crónica hablaremos sólo de la primera de ellas. Ignacio Escuín busca una salida, anhela la luz de lo diáfano, quiere huir de la oscuridad tanto en los versos como en la vida. La luz de Lisboa es el faro que le ayuda a enfrentarse a una de esas noches de hospitales, perros y gansos. La voz del poeta busca la verdad, un viaje interior a través de las calles que recorre envueltas en las nieblas de la soledad, calles de una ciudad inmortal e infinita, “la ciudad del viento atroz” Sin embargo, “Las manos” el primer poema que leí de este libro es un remanso, “un lugar en el que descansar” El sitio donde reposa en guerrero de los “rasguños de la vida” Un alto en el camino para reconocer la soledad del que esta sólo, la cobardía del hombre ajeno a lo estrafalario del mundo, la conciencia de ser y el sueño de “que un día habrá un hombre libre”.


Habrá una vez un hombre libre parece el título de una canción de Bunbury.


TRÁNSITOS


El conflicto entre las leyes físicas y un hombre que se siente poeta con sólo buscar Lisboa en el corazón mientras, sentadito en una hamaca de hospital sueña como sueña el enfermo. Son sueños distintos. Mientras el poeta recordaba las sutilizas de unas vecinitas de cuerpos, pechos y nalgas, el enfermo luchaba por su propia vida. Vivía el instante de vivir y lo hacía con el valor de los perros agitados por el santiamén único de un presente rabioso donde “soportar el peso, el peso del aire” Pero la vida era un tránsito mucho más complejo para el poeta que para un perro. El poeta tenía proyectos por cumplir “Escribir una novela, vivir de la poesía, viajar al interior de cada mujer que se cruza en mi camino”, el reto de encontrar a una hembra que no se transforme en su madre y una pareja a la que atarse. La nueva Eva cambió el itinerario por un regazo, unos ojos y la fertilidad para dar vida, muerte y placer. Pero tanta felicidad caducó de manera inevitable y dejó paso al “paisaje para después de una ruptura”, un lugar donde la soledad asusta. Era el final del viaje, un viaje que cambió la voz del poeta, su valor y el límite donde habitaban “tinieblas en los versos” capaces de hacer una “declaración confusa de intenciones”: “No volveré a escribir poesía oscura” “No más versos oscuros ni en este papel ni en mi vida ni en mi cama” “Guárdate los besos para otro”


LUCES DE LA CIUDAD


El camino del poeta dejó la ciudad. “Viento atroz” a la espalda y en el horizonte una “capital city”, fría y devoradora, la urbe que envejece. Regresó tan afable que lo cotidiano dejó de ser molesto. La “niebla cerrada” era el guardián de las luces de la ciudad, “luces inmortales e infinitas”. La nueva mirada sobre la ciudad disparó el recuerdo hasta el epílogo de unas Fiestas del Pilar, un concierto de niebla espesa, dos lágrimas y “tu cuerpo y el mío”. Volver a “viento atroz” calmó la añoranza y “una ciudad que iluminada resulta no occidental” El poeta certificó como la noche cambia la latitud de la ciudad. El regreso se produjo pero “viento atroz” ya nunca será la misma.


CUERPOS DÉBILES


Algunos animales sólo viven el tiempo de una estación. El poeta, como esos animales, no dejó lugar para los recuerdos. Si acaso para la equivocación de “cuerpos ínfimos”, “frágiles como el vidrio”, vida de “hombres débiles”, “sin elección y sin ansias”. Voces sin pasado.
El advenimiento del albedrío transitó por la página cuarenta y cuatro y despertó la voz poética en las estaciones de la vida, “entre la obligación y la alegría del hombre libre”. La providencia de elegir, que los errores y los aciertos sean el fruto de decisiones propias exentas de “excusas ajenas”: “Tardes de nostalgia”, “noches frente al televisor”, “mañanas de cocina” fueron terrenos para construir “el poema más complejo” de versos escritos por una dependienta de Zara en una tarde de viernes, cuando los clientes sólo veían la salida del túnel “en los ojos de quienes nos atienden.” Musas de Centro Comercial que atesoraban las respuestas a “un sábado más de radio, café y libros”
La esperanza del poeta duró poco, el tiempo justo para comprobar como la decepción lo acompañaba allá por dónde iba. Vivió tras el cristal que, como barricada, lo separó del mundo y lo atrapó en “el poder observar sin ser vistos, sin que nada nos toque”, “días en los que parece que el mundo se ha detenido” entre la niebla. La niebla disolvió la realidad del escenario perfecto para “el crimen” “como la mayor tentación de tu nueva vida”, sin embargo, el desvarío hacía posturas criminales en las que saborear la gloria y el respeto duró poco, una breve ilusión que no desvió al poeta de la senda teledirigida hacía “la decepción” de la obra inacabada y el ruego para que “alguien termine mis versos”, al fin y al cabo, los cuerpos débiles no somos más que la mitad de un hombre.

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