La curvatura de la córnea

19 noviembre 2009

Retrato de un hombre inmaduro, de Luís Landero





Hace un par de años Luís Landero vino a Zaragoza a presentar “Hoy Júpiter” la que por entonces era su última novela. Por entonces no había leído ni una línea de este extremeño de Chamberí. Asistí al evento al reclamo de la presencia de Ramón Acín que lucía galas de anfitrión y del que guardaba grato recuerdo como profesor en un curso de lectura.
Fue una presentación que me marcó. Acín diseccionó con precisión la novela y Landero nos regaló un sustancioso discurso con su personal fraseo de scratching DJ. El mejor ejemplo para transmitirles mis sensaciones de aquel día lo encontré en la página ochenta y seis de “Retrato de un hombre inmaduro”
“Un día vino al instituto un juez, o un fiscal, y nos dio una charla. Fue empezar a hablar y quitarse las gafas como si se despegara un antifaz del rostro, y ya no dejó de enredar con ellas y de acompasar con ellas su discurso, muy argumentado y gran mundano. Yo lo miraba y lo admiraba con esa admiración incondicional que se genera en las aguas limpias de la ignorancia. Sus razones resultaban incontestables. ¡Y las pausas! se hacía como un desgarro en las fibras del silencio, como un trémolo o un escalofrío, como cuando el narrador ha callado en una noche de invierno y al rato viene el viento a agitar las cenizas aún tibias del relato.”
Algo similar me lanzó a leer la obra de Landero a finales de la primavera del 2007. Debido al retraso, lo hice con la carga de la culpabilidad, un lastre que desapareció muy pronto, eso es precisamente lo bueno de tener conciencia judeo-cristiana, que las penas se van tan rápido como vienen. Después de transitar por sus tres primeras novelas puedo afirmar que diecinueve años de retraso me han propiciado una perfecta sintonía con su obra, una conexión emocional que también ha surgido en su última novela.


“Retrato de un hombre inmaduro” nos habla del arte de contar y como “los recuerdos y ocurrencias se van enredando unos con otros” Esa fue la clave que me ató al narrador y me llevó hasta los recuerdos que guardo de mi padre, de su manera oral de contar las cosas, historias que partían de la realidad mas cercana para deslizarse hacia territorios inesperados. Como escribe Landero “Diríase que somos hijos legítimos de la realidad y bastardos de la ficción”
La primera persona domina toda la narración con el tono confesional de un hombre mayor con dos perros y medio de vida, en la que parece su última noche entre los vivos. Nos habla desde la cama de un hospital y nos invita a escuchar el susurro de la vida cotidiana de un Chamberí que bien podría ser el cualquier barrio de cualquier ciudad, tan sólo tendríamos que mudar los nombres de los bares, las panaderías y los personajes para encontrarnos con realidades similares. Luís Landero afirma que todos los personajes de esta novela tiene un rostro real. Para mí también, solo he tenido que hacer un trueque. Las caras del bar Maracaná en el barrio de Chamberi son las caras de los clientes del Bar Miguel en el barrio de Las Fuentes, enfrente de mi casa, lo mismo he hecho con el fontanero, los vecinos y el coro de voces que conforman el libro. Es ahí donde se percibe el trabajo del buen escritor capaz de encontrar un itinerario creíble para trasegar la realidad a los contenedores de lo dramático, de lo sentimental; y hacerlo con brillante fluidez y la pátina del humor. Las páginas de este libro contienen desde la sonrisa de la ironía hasta la carcajada surrealista, todo ello en un tono muy serio, como si las peripecias fueran una película de Keaton. La risa como ejercicio saludable cuando la vida es sólo recuerdo, vivir la vida después de vivirla permite al narrador recrearse en los detalles, alargar los instantes y detenerse en las claves humorísticas.
La vida circula por la novela con total libertad en un juego que el lector apreciara como sincero, sin embargo, el narrador nos advierte del gran teatro que significa “jugar con las palabras y los argumentos”, cuando la sinceridad aparece en el horizonte y “confesamos nuestras más intimas miserias”, en ese momento donde decimos lo que sentimos y pensamos, aún entonces “estamos condenados a la falsedad”. Pero eso es parte del juego narrativo al que Landero nos invita, un banquete donde las palabras se juntan para cocinar “modestos platos nutritivos” allí dónde la vida no necesita de la literatura, porque la vida del narrador, atendiendo a lo que nos confiesa, “es un cuento que no tiene nada que contar” olvidando que en todo caso, de ese caladero de lo cotidiano es de donde beben las novelas, la virtud esta en la mirada del escritor para extraer historias interesantes en medio del rutinario “salpicón de nombres, rostros y sucesos” que conforman la pulsión diaria de la vida.
Nuestro protagonista necesita, en una espiral de creación literaria, además de los sucesos terrenales, la compañía de una interminable lista de deseos imaginarios que adornan las noches en vela porque, al fin y al cabo “algo tiene que hacer uno para defenderse del arreón diario de la lógica.”
La horas de la noche pasan y con ellas se adivina la llegada de la muerte, un buen momento para olvidarse de hipocresías y aferrarse a la libertad de decir lo que uno piensa sin temor al arrepentimiento postrero. La muerte para certificar la certeza de que la vida ha sido un fracaso, la misma muerte que regala “grandeza y brillo” a una vida “vulgar y sin relieve”, la muerte que a todos nos iguala y de nuevo una conexión personal.
En la novela de Luís Landero, Chanito Gil, aunque esta de puta madre, anuncia su muerte para antes de Navidad. Es el mismo discurso que usó mi madre antes de morir cuando, vitalista y sonriente, me anunciaba una y otra vez “yo no pasaré de la edad de tu abuela” Mi madre acertó su pronóstico. No era la primera vez que se cumplían sus intuiciones, un acierto que no he logrado asimilar porque su cumplimiento me dejó sin consuelo. Ese sentimiento de incomprensión se ha visto enjuagado por una de las múltiples reflexiones que navegan por el libro de Landero.
“Todos tenemos a veces intuiciones, pero lo difícil es esclarecerlas, encontrar su porqué. /…/ Uno no puede adentrarse en los abismos del conocimiento con la mera razón. Hace falta algo más, una inspiración, un pálpito, un rapto de locura, o unas cuantas palabras afortunadas que nos franqueen el paso hacia esos parajes adonde la razón no llega porque ignora la contraseña que abre la puerta del misterio. Yo creo que la inteligencia es como una lámpara que sólo se puede encender en toda su luz con la chispa de la intuición”
Nunca sabré cual fue el presagio funesto que puso en alerta a mi madre, pero ahora, como el narrador de la novela de Landero, estaré alerta para captar cuando llegue el mío.
“Retrato de un hombre inmaduro” es la historia de una vida, el hilo conductor que nos llevará por el curso palpitante de la realidad o por la placidez de la reflexión. Una mirada al pasado libre de prejuicios, la verborrea que precede al silencio.

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5 Comments:

At 19 noviembre, 2009 14:17, Anonymous Anónimo said...

Hay que leerlo, desde luego que sí.
S. manrique.

 
At 20 noviembre, 2009 17:08, Blogger Javier López Clemente said...

Hola Sagrario.

Seguro que lo disfrutas

Salu2 córneos.

 
At 19 enero, 2010 15:40, Blogger surenia said...

Acabo de leerlo...
y aquí: http://suresenparis.tumblr.com/post/342718075/desaparecer-o-el-tipo-que-vino-de-visita

lo que pasa después de leer ;)

saludos !

 
At 25 enero, 2011 22:26, Anonymous viagra online said...

Interesante, el libro se ve bastante prometedor, voy a comprarlo en el proximo dia de pago serguire tu consejo.
Gracias, suerte.

 
At 12 octubre, 2011 23:48, Anonymous iserve pharmacy said...

Muy buena novela , yo la recomiendo por la pasión que la gente puede encontrar en ella por parte del escritor y de los personasjae que aparecen en ella, es una gran creaión literaria.

 

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