La curvatura de la córnea

29 agosto 2007

Las ranas del Manubles

El ocho de agosto publiqué en esta bitácora un relato titulado “La última actuación” Era una historia que rondaba por mi cabeza pero era incapaz de encontrar un disparadero creativo para sacarla adelante. Fue durante una conversación con La Reina del Nilo - vía Messenger - cuando todo encajó. Nuestro trato tenía una única cláusula: Yo estaba obligado a escribir la primera parte de la historia y ella - la dueña de los besos al viento – se comprometía a llegar hasta el final. Y ese es el relato que hoy ocupa el espacio de La Curvatura de la Córnea, un texto que viene desde el otro lado del océano. Gracias Carla.

Las ranas del Manubles

Para el adorable viejo Róbinson y el destino que puso entre sus manos –o cuerdas vocales- el final de esta historia

Parados a la orilla del río, bajo la luz argentaria de la luna post tormenta, la rana voladora y el viejo Róbinson hesitaron un segundo después de su breve charla. Fue ahí que el vejete se largó a tararear su sempiterna canción, y la rana, desde sus escasos centímetros de altura, lo miraba con desconfianza, mientras seguían con el Cántico Ancestral de las Ranas del Manubles como fondo musical.

“¿Y, cuándo partimos?” le inquirió el viejo, envalentonado por la oportunidad que le ofrecía el destino encarnado en esa minúscula, verde y tal vez insignificante rana, de cambiar de una vez por todas el suyo propio, para transformarse en el héroe y protagonista de su obra particular, aquella que nadie aplaudiría pero que le dejaría más satisfecho que un millón de espectadores en el teatro más grande del país.

“Momentito, abuelo” le espetó el batracio. “Si estás seguro de ser el hombre que romperá el hechizo que pesa sobre la Reina del Nilo, te insisto que nadie conoce la ruta que lleva hacia ella. Tendremos que buscar ayuda, un mapa o algo parecido”

“Deja eso, criatura” retrucó Róbinson, con el tono grave y teatral del que nunca había podido hacer gala sobre el escenario mientras duró la tourneé. “Creo tener la llave que nos abrirá la puerta hacia ella”

Y así fue como el viejo adoptó una postura recta que lo hacía parecer alto, muy alto, más grande que la vida misma. Inhaló el fresco aire de la noche como queriendo contenerlo todo en sus ya vividos pulmones, cerró los ojos y ante la mirada estupefacta de la rana centinela, subió el tono de su cantaleta en “memoria de un actor cuyo nombre se ha perdido y que hacía de bandido”. Como llevadas por una orden divina, al mismo tiempo, las ranas del río comenzaron a croar con toda intensidad, y no se sabe de dónde, surgieron varias de ellas, cientos, tal vez miles, que se agruparon en dos filas iguales delante de ellos, sin abandonar su ancestral croar, dejando ver un verde camino iluminado de plata gracias a la luna que no había querido perderse nada del inusual espectáculo, que se extendía hacia lo que parecía ser el infinito. Casi como la alfombra hollywoodense repleta de brillos y luces que sueña todo artista.

El viejo Róbinson abrió los ojos e invitó a la rana a acometer el camino verde junto a él. “Vamos” le animó. “Ella nos espera”. La rana no daba crédito a lo que había visto, pues en ninguna parte del Libro Sagrado de las Profecías se mencionaba siquiera una clave, una mínima pista, que permitiera llegar hasta la misteriosa criatura que era la Reina del Nilo. Al fin y al cabo, qué podrían saber las ranas sobre cosas del corazón.

Partió el viejo Róbinson adelante, con paso ligero, casi como volando. A prudente distancia le seguía la rana, sin aún poder creerlo. Se preguntaba en sus adentros si finalmente este actor dado de baja por voluntad propia-y no de su público, valga la aclaración- sería el encargado de romper el hechizo de la Reina, y de paso, liberar al Reino del Nilo poblado por todas las ranas del Manubles, del universo y sus alrededores…

Tal vez pasaron minutos, horas o días, hasta que al fin viejo y rana llegaron a una especie de isla sin abandonar el paisaje nocturno. Mecida por un fresco viento azul y plata, majestuosa como la Reina que era, y tendida en su hamaca bajo la misma luna del Manubles, yacía la hechizada soberana vestida de blanco, lánguida y hermosa. Turbado por la mágica visión, pero sin por ello perder el sentido práctico, el viejo Róbinson verificó que lo dicho por la rana guía era efectivo: a pesar de la intensa luz de luna, ¡no había rastros de la sombra de la Reina!

La Reina, por su parte, se incorporó sobre su lecho plateado y con los oscuros cabellos alborotados por la brisa y una dulce voz de niña, musitó “Has venido al fin….ya sabes lo que debes hacer…me lo ha avisado tu corazón, el mismo que te trajo hasta aquí”. Y sin más, el viejo Róbinson volvió a erguir su postura hasta el cielo, llevó ambas manos a su boca y lanzó un gran beso al viento. Hecho esto, se sentó sobre la arena bajo la hamaca, y siguió cantando bajito, mientras la rana le acompañaba croando entusiasmada, hasta que ambos formaron un suave coro. Entretanto, la Reina recobró su lánguida posición sobre la hamaca.

Tal como lo dictaba el Sagrado Libro de las Profecías, esperaron pacientemente las tres lunas llenas necesarias para dar por concluido el efecto del hechizo. Durante el tiempo transcurrido junto a la Reina, el viejo Róbinson nunca abandonó su canto, así como la rana centinela tampoco dejó de croar. Hubo momentos en que efectivamente el sonido parecía uno solo. Cumplido el tiempo, la brisa cesó. La luz plateada y el aire azul se hicieron más claros, y de un solo gran salto, la Reina se levantó de la hamaca y abrazó al viejo Róbinson con todas sus fuerzas, ya que finalmente había recobrado su sombra…

Sin soltarse del agradecido abrazo de la Reina del Nilo, fue el turno del viejo Róbinson de contemplar con ojos atónitos lo que ocurría ante él. El croar de ranas se fue haciendo más intenso, y el viejo pudo ver cómo comenzaban a llegar, nadando sobre las aguas que rodeaban la isla, todas las ranas del Manubles, del universo y sus alrededores, que venían a contemplar la sombra de su Reina y al fin, a disfrutar del reino en libertad.

El viejo Róbinson, feliz por haber cumplido su misión, sintió que era hora de irse. Cerró los ojos con la esperanza de que las ranas que se acercaban a la isla, le abriesen nuevamente el camino para regresar a casa. Sin embargo, no se movía de los brazos de la Reina. Fue allí que abrió los ojos, y cayó en cuenta de que no se encontraba en la isla encantada sino que sobre el escenario; de que el abrazo de la Reina era en realidad el de sus compañeros de escena; y que el cada vez más alto croar de ranas no era sino el coro del público, que tarareaba al unísono su cantaleta “en memoria de un actor cuyo nombre se ha perdido y que hacía de bandido” y que no paraba de aplaudirle de pie.

Carla González
Santiago de Chile, Agosto de 2007.



2 Comments:

At 30 agosto, 2007 16:36, Blogger Gubia said...

Cosas de ranas que rondan por nuestras vidas. Precioso,el resto de comentarios sobran. Un abrazo.

 
At 01 septiembre, 2007 00:46, Blogger Javier López Clemente said...

Hola Gubia.

Ya ves que las ranas guian nuestro camino, desde Palencia, desde Ateca, desde Santiago de Chile.

Salu2 Córneos y un abrazo.

 

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