La curvatura de la córnea

08 agosto 2007

La última actuación

Para Cleo, sus besos al viento y mi Reina del Nilo

La tormenta de verano engarzó collares de gotas durante el segundo acto de la última representación de “Cabaret Caribeño”. El viento racheado deshilachó las joyas sobre el tejado del gimnasio del Instituto de Ateca transformado en sala de teatro.
El viejo Robinsón apostó tanto por aquel alocado musical que no tuvo ni un segundo para pensar en su nula capacidad para cantar. Intentó suplir las carencias vocales con la voluntad del lateral derecho y el empeño tozudo de los naturales de su tierra. Pero aquellos recursos que habían sido válidos en ámbitos deportivos y personales, se revelaron inútiles en el terreno artístico. Los ensayos no mejoraron su condición para el canto, y lo que era evidente para todo el mundo, pasó inadvertido para el viejo Robinsón.
La función tuvo una repercusión menor entre los críticos pero el éxito de público fue tan rotundo que la taquilla reventaba en cada función, desde el día del estreno en el Teatro de la Estación hasta todos y cada uno de los bolos por el circuito de provincias, incluso se habló sobre la posibilidad de levantar el telón en algún teatro de Madrid, pero el rumor pasó pronto al cajón del olvido y el primer sábado del mes del julio se terminó la tournée.
Sucedió de repente, de una manera intuitiva, sin premeditación, sin más ni más. El viejo Robinsón atendió a su voz por primera, fue durante la canción que abría la obra. No reconoció aquel sonido extraño y tal vez por eso lo estudió con interés, era una especie de graznido avícola pero la investigación concluyó por asignarlo en el apartado del croar desaforado de una rana, y el actor enmudeció. Resultó extraño embarrarse en el silencio y aprovechó para escuchar las voces de sus compañeros. El ritmo se consolidaba en cada verso, la melodía inundaba el recinto y las canciones ganaban en empaque, garbo y entonación. Fue entonces cuando tocó fondo y se hundió en el aciago charco del ridículo. En esas penosas condiciones transcurrió el primer acto, de suplicio en suplicio hasta que el descanso vino en su ayuda.
Estuvo a punto de huir, de abandonar, de tirar la toalla, de mandar al carajo sus secretas pretensiones de cantante melódico con esmoquin blanco, pajarita negra y un piano de cola en un hotel de Malibú. El instinto escénico de tantos años de profesión fue el que impidió la fuga y lo empujó a seguir «Tal vez toda la culpa sea del personaje», se dijo en un último intento por elevar su maltrecha moral. Se cambió de vestuario a la carrera, abandonó al abuelo en silla de ruedas del primer acto y adoptó al marinero con pluma del segundo y último.
El esfuerzo para saltar a las tablas y darlo todo fue considerable, su intención era la de entregarse al máximo, exprimir todos y cada uno de sus recursos interpretativos. Sin embargo, el dúo con el que comenzaba el segundo acto fue un cúmulo de notas desafinadas y ya no dio una a derechas, sobreactuó los manidos gestos del bucanero mariquita, hilvanó a duras penas las líneas de los diálogos, guardó un elocuente silencio en el resto de los números musicales y se arrastró por el escenario hasta llegar al final de la obra a trancas y barrancas. Sintió su presencia sobre el escenario como un estorbo, como un obstáculo a derribar, el entibo estúpido que no dejaba fluir las excelencias artísticas del resto del elenco. Fueron los peores minutos de su vida. La responsabilidad de construir de mala manera su personaje lo persiguió hasta minar los últimos gramos de una dignidad que se le escapaba a jirones. Aquella deleznable interpretación también afectaba a sus compañeros de reparto, por cuanto bajaba la calidad de un musical brillante, ameno y divertido.
Huyó de los aplausos, escapó de las felicitaciones, buscó bajo la ducha fría alguna justificación para disminuir tanta vergüenza sedimentada en las venas del pundonor. No lo consiguió y abandonó el edificio con la piel todavía húmeda para penetrar en la fresca oscuridad que la tormenta había regalado a la noche.
El viejo Robinsón se deslizó bajo la penumbra, sintió la ligera satisfacción del que huye y no necesita ni luces, ni focos. La alegría duró poco tiempo. El alumbrado público, desconectado por alguna derivación a tierra, brilló por su ausencia hasta que el viento descorrió la cortina de nubes que cerraba el cielo y la luz de la luna, agradecida por la liberación, descendió hasta reflejarse en los bucles del río. Los amperios sintieron envidia por la competencia selenita y regresaron para dar vida a las farolas. El derroche de iluminación sobre el cauce facilitó la vuelta al ritual que había quedado interrumpido durante la tormenta. Doscientos batracios iniciaron El Cántico Ancestral de las Ranas del Manubles.
El viejo Robinsón intentó concentrarse obviando la coral, ordenar los datos, evaluar la situación y encontrar una explicación que sustentase la decisión que le daba vueltas a la cabeza: Ya era hora de abandonar el mundo del teatro. Pero tan apocado estaba en su culpa que, cuando el prodigio musical elevó la intensidad del sonido hasta la copa de loa árboles — como si la fotosíntesis fuera capaz de amplificar aquella sinfonía, — la impotencia lo sobresaltó entre gritos.
— ¡Me cago en las ranas de los cojones!
— Nosotras no tenemos la culpa de tus pesares, sólo cumplimos con nuestro destino. Un destino al que tal vez has sido llamado.
El viejo Robinsón miró a la rana asombrado por el espectacular salto que la había llevado desde el cauce del río hasta la calzada, librar más de cinco metros de altura no era una tarea fácil, ni siquiera para un batracio. Pensó en esas historias sobre ranas ascendidas a los cielos mediante la evaporación del líquido elemento, elegidas para viajar miles de kilómetros a bordo de nubes esponjosas hasta que se acaba el billete, entonces reciben una patada en el culo, regresan a tierra en forma de lluvia y cierran el ciclo del agua como dicta la madre naturaleza.
— Las ranas del Manubles croamos para salvar a la Reina del Nilo, ella es nuestra última esperanza.
— Pues no hay muchas Reinas por aquí, además, ¿no son las Princesas de los cuentos las que besan a las ranas?
— Pensé que un tipo como tú no caería en el más burdo de los tópicos.
La rana dio un pequeño saltito, se situó frente al río y tensó los músculos para regresar por donde había venido.
— ¡Espera! — Gritó el viejo Robinsón. — No quería molestarte.
La rana relajó los tendones de las ancas traseras, humedeció los labios con un par de lengüetazas y miró fijamente a los ojos de su interlocutor.
— ¿Te gustaría conocer a la Reina del Nilo?
El viejo Robinsón guardó silencio.
— La Reina del Nilo es la criatura más maravillosa que jamás hayas imaginado. No dudaras cuando estés ante su presencia. Pero además hay algo que la distingue del resto de los mortales.
— ¿…?
— La Reina del Nilo vive cautiva bajo un hechizo, condenada a pasar todos y cada uno de los días de su vida acostada en una hamaca blanquiazul, mecida por la brisa y castigada a vivir sin sombra. La Reina del Nilo recobrará la libertad y su sombra gracias a la intervención de un hombre.
— ¿Un hombre puede salvarla? — Preguntó el viejo Robinsón.
— Su salvación sólo es posible si viene de la mano de un hombre. Un hombre que la libere, que deshaga el hechizo, que consiga unir cuerpo y sombra para de ese modo, juntos de nuevo, recorrer todos los confines del Reino.
— ¿Qué Reino?
— Hmmm, querido amigo, ¿qué sería de una Reina sin su Reino? La Reina del Nilo es la dueña y señora del Reino de las Ranas. Un Reino sin fronteras porque allí dónde vive una rana hay un pedacito del él. Un Reino dónde algún día todas las ranas seremos felices.
— ¿Y cual es la manera de deshacer el hechizo?
— Sólo hay una forma de acabar con él. — La voz de la rana adquirió el tono grave de las grandes ocasiones. — El Libro Sagrado de las Profecías contiene la única fórmula valida para rescatar a la Reina del Nilo: Un hombre llegará hasta su presencia, lanzará un beso al viento y esperará junto a su Majestad hasta la tercera luna llena. Esa noche y sólo esa noche, el hombre que lanzó el beso al viento, el mismo que esperó tres lunas llenas, él y sólo él, croará el Cántico Ancestral de las Ranas del Río Manubles hasta que la Reina del Nilo recupere de un salto su sombra y la libertad.
— ¡Yo puedo croar como una rana! ¡Llevo meses haciéndolo!
— Nadie conoce la ruta que lleva hasta ella.
El viejo Robinsón sonrió ante la extraña puerta que le abría el destino «Me dejaré llevar por el corazón » dijo, y se fue cantando entre dientes en “memoria de un actor cuyo nombre se ha perdido y que hacía de bandido”

Segunda Parte: Las ranas del Manubles

8 Comments:

At 08 agosto, 2007 15:53, Blogger Gubia said...

Las ranas que me acompañan con sus cánticos junto al río y que ahora buscan un salvador para su reino, bonita historia llena de imaginación.
Un abrazo.

 
At 08 agosto, 2007 20:31, Blogger George said...

El viejo Robinson no es que lo hiciera mal, ni que sus canticos fueran una especie de graznido avícola o finalmente un croar de un batracio. Si no que la acustica requerida para tal musical no fue el mas idoneo. Pero yo vi la obra y todos los actores estuvieron muy muy bien y fueron realmente unos profesionales. Y si no vean el periodico cronicas de Calatayud de Julio y veran su critica.

 
At 08 agosto, 2007 23:14, Blogger Javier López Clemente said...

Hola Gubia.

Después de escuchar el cántico de las ranas fui incapaz de situar en el pasado un acontecimiento parecido, ¿no había ranas en los ríos de mi pueblo o simplemente no lo recuerdo?
El caso es que hace días que me rondaba por la cabeza escribir una historia con ranas y, bueno, ahí esta.

Salu2 córneos y un abrazo.

 
At 08 agosto, 2007 23:19, Blogger Javier López Clemente said...

Hola George.

Siempre es una suerte contar con gente que haya visto la obra, yo desde luego hablo de oídas, no he visto esa obra de la que habla el Viejo Robinson, es más, ni siquiera me planteé si la obra existió, aunque es cierto que hay referencias a cuando se estrenó en el Teatro de la Estación.
Para mi lo importante del relato es que el Viejo Robinson sabe canalizar su futuro, con independencia de lo brillante que estuviera en la obra. Seguramente he querido hablar de la necesidad de levantarse cuando te caes, o de buscar nuevas puertas cuando las previsibles se cierran, no se, o tal vez sólo es un cuento.

Salu2 Córneos y un abrazo "alicate" George.

 
At 09 agosto, 2007 00:03, Anonymous lamima said...

No me puedo creer que esto sea cierto...no. Esto ha salido de tu mente activa y fantasiosa...me encanta.
Ya oigo croar a Mr. Robinson. Cerca de mi viven las ranillas...

 
At 09 agosto, 2007 00:31, Blogger Javier López Clemente said...

Hola Lamima

Ya sabes, nada es verdad y nada es mentira, todo depende del color con que se mira.

Lo más importante para mi es que te encante, el resto, el resto alquimia de las letras.

En el blog de Certeza de mí he visto las ranillas del paseo Ranillas recién remozado, tengo que hacer esa visita, ¿te imaginas a la pobre rana que acompaña a César junto al teatro del Mercado cuando sepa que al otro lado del río hay cientos de ranas? glups, eso suena a otro relato de ranas!!!!

Croacs Córneos y salu2.

 
At 10 agosto, 2007 10:12, Blogger La interrogación said...

Me ha recordad a mi infancia, cuando veía ranas y creía que podían hablar. En Madrid... ya no se ve ni media. ¿Las hubo?

 
At 10 agosto, 2007 11:22, Blogger Javier López Clemente said...

Hola interrogación

... yo he visto ranas en la tele que hablaban, incluso hacían reportajes ;-)

Salu2 Córneos.

 

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