La curvatura de la córnea

10 octubre 2026

Saeta


 

Mira que me voy a morir

Javier Aranda se sube durante estas Fiestas del Pilar al escenario del Teatro Arbolé con el espectáculo ‘Saeta’, ese palo flamenco de estructura libre y tono solemne que, sin acompañamiento musical, permite al intérprete jugar con el dramatismo, añadir filigranas y enfatizar los sentimientos sin atender ni a guitarrista ni a compás. A esa forma de presentarse ante el público, y a poquito que te pases, en el mundo del teatro lo llaman sobreactuación. Y de eso va la función, del mundo del teatro y un poquito también de la sobre actuación porque, más allá de la solemnidad del programa de mano que habla de una reflexión sobre el rol del actor y el sentido de su oficio, lo cierto es que hasta ahora Javier Aranda iba por los teatros del mundo vestido con el traje de titiritero.

Que sí, que su formación académica proviene de la Escuela Municipal de Teatro de Zaragoza, pero no se dejen engañar. Para comenzar el espectáculo utiliza de anzuelo el más sencillo títere de guante que un espectador avispado es capaz de imaginar, y desde esa simpleza se marca un gag desternillante. ¡¡Qué zorro el Aranda que a lo somarda y de inicio se mete al público en el bolsillo!!!

Pero en cuanto consigue las primeras de muchas risas y aplausos se quita la careta y ahí está, sin trampa ni cartón haciendo de actor. La figura retórica es un breve monólogo para evocar la muerte de su padre, del que tiene pocos recuerdos porque murió cuando él era solo un niño. Y en ese momento se materializa el meollo de la función: ‘Saeta’ entrelaza el teatro con la vida (y la muerte)

El desarrollo de la dramaturgia se construye a partir de dos materiales esenciales. Por un lado hay una concepción filosófica que parte de la muerte del padre, eso que Manuel Vilas definía en su novela ‘Ordesa’ como el comienzo del caos porque él, el padre de cada uno de nosotros, es quien sabe a ciencia cierta quien es su hijo porque su existencia es fruto de su voluntad (y bueno, de la madre) pero Aranda no cita a su madre, su obsesión es con la muerte temprana del padre. Con la muerte en definitiva.

El otro material narrativo tiene que ver con la forma de acercarse a esa obsesión que al parecer le tiene secuestrado el entendimiento y sus manos de artesano: Hibridar su cuerpo con los títeres. Carlos Converso lo denomina como la materialidad del títere y la corporalidad del actor-titiritero, hasta afirmar que títere y titiritero conforman una unidad corpórea y tangible. Desde ese convencimiento acude a Ana Alvarado porque la especialista en teatro de objetos sostiene que la manipulación de objetos es un montaje de cuerpos, el del actor y el del objeto. Converso traslada esa idea al teatro de títeres para concluir que nos encontramos ante un tipo de representación hibrida entre el titiritero en escena animando al títere hasta conformar el fenómeno integral de un solo cuerpo teatralizado, eso que Estaban Villarrocha define como objetos que quieren ser sujetos, pero subrayando que lo interesante es dudar de cuál es el rol del actor y del títere hasta preguntarse ¿quién es el objeto y quien el sujeto?

Javier Aranda se lanza de bruces sobre esos conceptos teatrales, y realiza un delicado trabajo de orfebrería para construir cada uno de los personajes. Casi siempre lo hace delante de los morros de unos espectadores expectantes y boquiabiertos al comprobar que del batiburrillo de objetos que ocupan el escenario surgen diferente sujetos con una personalidad que a veces es compleja y socarrona, otras alegre y sencilla, incluso alocada y bailonga.

La elaboración de cada uno de estos personajes tiene como finalidad dar un buen repasito al variado espectro de actividades a las que se puede dedicar un actor. Recuerden que Aranda ahora ya no está ejerciendo de actor a tiempo completo, ahora es titiritero cuando manipula y pone voz a los títeres, pero al mismo tiempo se ríe, y no estoy seguro si lo hace como actor o como Javier Aranda, no creo que lo haga como titiritero porque en esos momento está a tope de ocupado manipulando el títere. El caso es que sobre el escenario se representan desde un intenso texto de Shakespeare o algo parecido - aquí lo importante es ponerle mucha intensidad dramática a la interpretación-, también se ejecuta una performance donde prima lo visual, o la revolución estética del teatro contemporáneo con audiovisuales y lenguajes narrativos que nos llevan hasta la inmediatez y el impacto de las redes sociales. El grado de libertad artística es tan elevado que los títeres sienten ese hálito tan humano de la libertad, y se sienten emancipados del titiritero que, por mucho empeño que ponga jamás de los jamases podrá volar como una marioneta de hilos convertida en vedette celestial. Eso es así.

Pero todo este despliegue de creatividad para mayor gloria de las artes escénicas es tan breve como el tiempo que dura la representación. Los personajes que han encarnado actor, titiritero y títeres mueren cada vez que el público abandona la sala y el chispa apaga la luz.

Ese es el martirio y el éxito que persigue a Javier Aranda cada vez que se sube a un escenario. Porque la única manera de cosechar el aplauso del público. Y ahora estoy pensando en ese público calidad Teatro Principal que sabe que solo se aplaude al final de la representación, nada que ver con el público Teatro Arbolé que aplauden a tontas y a locas, y así no hay manera de morirse como Dios manda porque, como les decía por ahí arriba: Todos los personajes que aparecen en una obra de teatro mueren cuando llega el fundido a negro y la ovación cerrada (o no tanto) del respetable. Y ‘Saeta’ en eso no es una excepción.

La excepcionalidad de ‘Saeta’ tiene otros motivos. La naturalidad con la que Aranda transforma todo el entorno material para dotarlo de vida y personalidad. La capacidad dramática de invitarnos a reflexiones complejas mediante el uso inteligente de un humor que desengrasa y quita peso a esa figura que Patrice Pavis denomina como monstruo sagrado. Los espectadores pro ya saben a quienes me refiero, a esos comediantes, actores y saltimbanquis que son adulados hasta mitificarlos como  el vínculo vivo entre el texto del autor, la orientación del director, y la mirada del oído de un público siempre deseoso de que alguien le cuente una buena historia.

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