Saeta
Mira que me voy a morir
Javier Aranda se sube durante estas Fiestas del Pilar al
escenario del Teatro Arbolé con el espectáculo ‘Saeta’, ese palo flamenco de
estructura libre y tono solemne que, sin acompañamiento musical, permite al intérprete
jugar con el dramatismo, añadir filigranas y enfatizar los sentimientos sin
atender ni a guitarrista ni a compás. A esa forma de presentarse ante el
público, y a poquito que te pases, en el mundo del teatro lo llaman
sobreactuación. Y de eso va la función, del mundo del teatro y un poquito también
de la sobre actuación porque, más allá de la solemnidad del programa de mano que
habla de una reflexión sobre el rol del actor y el sentido de su oficio, lo
cierto es que hasta ahora Javier Aranda iba por los teatros del mundo vestido
con el traje de titiritero.
Que sí, que su formación académica proviene de la Escuela
Municipal de Teatro de Zaragoza, pero no se dejen engañar. Para comenzar el
espectáculo utiliza de anzuelo el más sencillo títere de guante que un
espectador avispado es capaz de imaginar, y desde esa simpleza se marca un gag
desternillante. ¡¡Qué zorro el Aranda que a lo somarda y de inicio se mete al
público en el bolsillo!!!
Pero en cuanto consigue las primeras de muchas risas y
aplausos se quita la careta y ahí está, sin trampa ni cartón haciendo de actor.
La figura retórica es un breve monólogo para evocar la muerte de su padre, del
que tiene pocos recuerdos porque murió cuando él era solo un niño. Y en ese
momento se materializa el meollo de la función: ‘Saeta’ entrelaza el teatro con
la vida (y la muerte)
El desarrollo de la dramaturgia se construye a partir de dos
materiales esenciales. Por un lado hay una concepción filosófica que parte de
la muerte del padre, eso que Manuel Vilas definía en su novela ‘Ordesa’ como el
comienzo del caos porque él, el padre de cada uno de nosotros, es quien sabe a
ciencia cierta quien es su hijo porque su existencia es fruto de su voluntad (y
bueno, de la madre) pero Aranda no cita a su madre, su obsesión es con la
muerte temprana del padre. Con la muerte en definitiva.
El otro material narrativo tiene que ver con la forma de
acercarse a esa obsesión que al parecer le tiene secuestrado el entendimiento y
sus manos de artesano: Hibridar su cuerpo con los títeres. Carlos Converso lo denomina
como la materialidad del títere y la corporalidad del actor-titiritero, hasta
afirmar que títere y titiritero conforman una unidad corpórea y tangible. Desde
ese convencimiento acude a Ana Alvarado porque la especialista en teatro de
objetos sostiene que la manipulación de objetos es un montaje de cuerpos, el
del actor y el del objeto. Converso traslada esa idea al teatro de títeres para
concluir que nos encontramos ante un tipo de representación hibrida entre el
titiritero en escena animando al títere hasta conformar el fenómeno integral de
un solo cuerpo teatralizado, eso que Estaban Villarrocha define como objetos
que quieren ser sujetos, pero subrayando que lo interesante es dudar de cuál es
el rol del actor y del títere hasta preguntarse ¿quién es el objeto y quien el
sujeto?
Javier Aranda se lanza de bruces sobre esos conceptos
teatrales, y realiza un delicado trabajo de orfebrería para construir cada uno
de los personajes. Casi siempre lo hace delante de los morros de unos
espectadores expectantes y boquiabiertos al comprobar que del batiburrillo de
objetos que ocupan el escenario surgen diferente sujetos con una personalidad
que a veces es compleja y socarrona, otras alegre y sencilla, incluso alocada y
bailonga.
La elaboración de cada uno de estos personajes tiene como
finalidad dar un buen repasito al variado espectro de actividades a las que se
puede dedicar un actor. Recuerden que Aranda ahora ya no está ejerciendo de actor
a tiempo completo, ahora es titiritero cuando manipula y pone voz a los títeres,
pero al mismo tiempo se ríe, y no estoy seguro si lo hace como actor o como Javier
Aranda, no creo que lo haga como titiritero porque en esos momento está a tope
de ocupado manipulando el títere. El caso es que sobre el escenario se
representan desde un intenso texto de Shakespeare o algo parecido - aquí lo
importante es ponerle mucha intensidad dramática a la interpretación-, también
se ejecuta una performance donde prima lo visual, o la revolución estética del
teatro contemporáneo con audiovisuales y lenguajes narrativos que nos llevan hasta
la inmediatez y el impacto de las redes sociales. El grado de libertad
artística es tan elevado que los títeres sienten ese hálito tan humano de la
libertad, y se sienten emancipados del titiritero que, por mucho empeño que
ponga jamás de los jamases podrá volar como una marioneta de hilos convertida
en vedette celestial. Eso es así.
Pero todo este despliegue de creatividad para mayor gloria
de las artes escénicas es tan breve como el tiempo que dura la representación. Los
personajes que han encarnado actor, titiritero y títeres mueren cada vez que el
público abandona la sala y el chispa apaga la luz.
Ese es el martirio y el éxito que persigue a Javier Aranda
cada vez que se sube a un escenario. Porque la única manera de cosechar el
aplauso del público. Y ahora estoy pensando en ese público calidad Teatro
Principal que sabe que solo se aplaude al final de la representación, nada que
ver con el público Teatro Arbolé que aplauden a tontas y a locas, y así no hay
manera de morirse como Dios manda porque, como les decía por ahí arriba: Todos
los personajes que aparecen en una obra de teatro mueren cuando llega el
fundido a negro y la ovación cerrada (o no tanto) del respetable. Y ‘Saeta’ en
eso no es una excepción.
La excepcionalidad de ‘Saeta’ tiene otros motivos. La
naturalidad con la que Aranda transforma todo el entorno material para dotarlo
de vida y personalidad. La capacidad dramática de invitarnos a reflexiones
complejas mediante el uso inteligente de un humor que desengrasa y quita peso a
esa figura que Patrice Pavis denomina como monstruo sagrado. Los espectadores
pro ya saben a quienes me refiero, a esos comediantes, actores y saltimbanquis
que son adulados hasta mitificarlos como el vínculo vivo entre el texto del autor, la orientación
del director, y la mirada del oído de un público siempre deseoso de que alguien
le cuente una buena historia.
Etiquetas: critica teatro, Javier Aranda, Teatro Arbolé


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