La curvatura de la córnea

26 marzo 2026

Adolfo Ayuso pregonero


 

Adolfo Ayuso pregonero

Adolfo Ayuso leyó el pregón de la XX Feria del libro viejo y antiguo de Zaragoza esta mañana de jueves 26 de marzo de 2026 a las 11 de la mañana en el salón de actos de la Biblioteca de Aragón. El cierzo azotaba las casetas de los libreros cuando Ayuso se amarró al micro para amplificar su voz carrasposa con tres sorbos de agua y marcarse un pregón de campanillas con excelente pulso literario

Tras los agradecimientos de rigor se lanzó a un viaje. Agosto de 1997 en el Instituto de Literatura y Lingüística de la Habana charlaba con el escritor Miguel Barnet sobre a que podrían llamar pregón. La conversación la inició el juglar aragonés, tristemente fallecido hace un año, Luís Felipe Alegre que tanto sabía de bululús, pregones y romances de ciego. Barnet definía los pregones como los gestos y voces que los vendedores o artesanos usan para vender su mercancía o habilidad.

Un tipo de comunicación que no deberíamos confundir con el bando que a veces es un escrito que se pega en una pared para anunciar ordenanzas, prohibiciones y avisos. Entonces me vino esa imagen de pregonero con cornetín como el preámbulo para que la sin hueso anuncie el horario del mercadillo o la hora del funeral.

Pero Ayuso estaba en la biblioteca para hacer proclamación pública a viva voz de la llegada a Zaragoza de los libros antiguos, y recordó tiempo no tan lejanos donde pregoneros ilustres que pasaban del profesorado a la política eran capaces de destilar sabiduría, inteligencia y humor del fino. Entonces pensé en el contraste con una actualidad que nos permite decir aquello que escuché una vez en el cine. Yo he visto cosas que no creeríais. Pero volvamos al pregón.

Ayuso atendió a las cuestiones crematísticas de lo que también es un negocio que vive al sobresalto del parte meteorológico, que unas veces vaticina un viento del carajo, y otras lo empeora con el anuncio de chuzos de punta que obligan a tirar de metros y metros de plásticos para preservar la mercancía del reuma, mientras esperan a esos clientes con la valentía de ponerse debajo de un paraguas, y acudir a la cita con los libros. Días de sol impenitente y de frío acerado. Inconvenientes que solo se pueden disipar con el tintineo de las monedas dentro de la caja registradora.

Ayuso se pasea por una de las casetas, describe su geografía de lomos y portadas, de cajones y estanterías, secciones clásicas y hasta de cocina vegana. Y entonces una leve queja por la disminución de libros en torno al teatro, materia natural en la que trabaja el pregonero. Y aquí es donde yo quería llegar porque hace un par de días publicó un post en su muro de Facebook donde resumía el esqueleto de su pregón y donde pude leer: Hablaré de esos curiosos seres que se dedican a colocar ante nuestros ojos los libros que otros leyeron antes. Hablaré de algunos libros de mi biblioteca, la mayoría adquiridos en esos almacenes de rescate.

Las estanterías de mi casa no alcanzan ni de lejos la categoría de biblioteca, y a veces pienso que tan solo son la antesala de ese gustazo de coger los libros que rebosan el espacio, meterlos en una caja y donarlos a una biblioteca. Desde finales de 2020 los libros de teatro empezaron a colonizar las estanterías y ya empiezan a ser legión. Uno de ellos lo compré en la rastro dominical de la Plaza San Bruno. El tomo segundo de Historias del Teatro Español. Comediantes-escritores-curiosidades escénicas de Narciso Díaz de Escovar y Francisco de P. Lasso de la Vega. Una edición de 1924 de Montaner y Simón.

La misma mañana de la compré, colgué una cita extraída del libro en las redes sociales. Al poco tiempo Adolfo Ayuso contactó conmigo para tener una charla que transcurrió junto al coso taurino. Antes de despedirnos me regaló el tomo primero del libro que he citado, para que tuviera la obra completa. Así que de vez en cuando me paseo por esas páginas que estuvieron en las estanterías de la biblioteca de Ayuso, y me deleito con párrafos como el que sigue.

Entraba Lope en los veintidós años de edad, y como en todo era precoz, contrajo matrimonio con doña Isabel de Urbina. A poco, con motivo de haber herido en desafía a un caballero que se complacía en satirizarle, fue preso, y declarado libre, marchó a Valencia en compañía de su amigo y favorecedor Claudio Conde. Regresó a la Rote en 1587; vióse  procesado por una sátira que escribió; tuvo una hijo que murió al año siguiente; en el mismo perdió también a su esposa, y para consolarse de esta desgracia, o mejorar la fortuna, se alistó de soldado en la Invencible, embarcó para Inglaterra, y desgraciada aquella expedición, en que murió un hermano suyo alférez de un arcabuzazo, volvió a España y a Madrid en el año 1590.

El pregonero habló de algunos de sus libros que pertenecieron a otros, de esas dedicatorias que nos permiten soñar con sus antiguos lectores, pero también de esos momentos de apuro crematístico en los que tuvo que ir al rastro a vender algunos ejemplares.

Y tras la peripecia personal volvió a la función propia del pregonero para anunciar a viva voz que acudamos a la feria donde encontraremos un agradable paseo, buena mercancía, y razones para abrir la cartera siguiendo una máxima. Un libro no soluciona la vida a nadie pero calma la sed de los irredentos. Que tengamos un tiempo excelente para que acuda el público entusiasta. ¡Viva los libreros! ¡Viva los libros!

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