La curvatura de la córnea

10 agosto 2012

El río sin nombre

Para MariSancho Mejón porque si ella me dice ven, publico un relato en mi blog.


Hola Paula
Te escribo desde una de las tumbonas de la Piscina Alberto Maestro. Estoy observando a un padre que se ha empeñado en enseñar a nadar a su hija. Yo aprendí a nadar en las pocetas que el estío dejaba en un río sin nombre. El Tío Carrascales decía que no tenía nombre porque no era un río. «Eso una escorredera del agua para  refrigerar las máquinas de las minas y del desagüe de las duchas de los mineros.» Nunca creí al Tío Carrascales. Aquello era un río fetén y se merecía un nombre.
Una tarde de verano, en la Peña Los Apaches, propuse ponerle nombre al río.¿Quién iba a hacernos caso? preguntó El Confi. Seguro que en el Ayuntamiento alguien sabe el nombre, aseguró El Casqui. Anda a cascala. Seguro que tiene un nombre, solo hay que mirar en un mapa, sentenció El Mati. Entonces me puse lo más serio que pude y tomé la palabra: Vamos a ponerle un nombre a ese río, escribiremos una página en la historia de este pueblo y nos haremos eternos.
El batiburrillo que se formó fue de órdago. El Mati quería que se llamara como su abuelo. El Casqui decía que Río Renacuajos sonaba muy bien. El Confi sostenía que, en honor a los lugares dónde todos habíamos aprendido a nadar, aquel río debería llamarse Río Pocetas. Yo sugería buscar un nombre con acento local. La discusión aumentó de volumen hasta que nos acalló el primer trueno. Uno de esos truenos secos que son presagio de tormenta.
Salimos a escape y nos corrimos hasta refugiamos en el mejor balcón para ver ala crecida: El Tío Carrascales había plantificado un pórtico techado a la entrada de su corral, junto al río. La tormenta descargó con fuerza y nos mantuvo en silencio. El río sin nombre aumentó poco a poco su caudal hasta que las aguas retenidas estallaron en avenida de olas y dejaron un casco verdi-blanco enmarañado entre mis pies. Estaba manchado de barro y carbón. En la parte posterior una pegatina rezaba «Viva el Betis manquepierda» y al lado, el trazo de un garabato formaba un nombre: Carrascales.
La tormenta cesó de repente. Cogí el casco y se lo enseñé al resto de mis compañeros. Los cuatros corrimos como pollo sin cabeza por todas las calles del pueblo al grito de ¡¡¡El río sin nombre se ha tragado al Tío Carrascales!!! ¡¡¡El río sin nombre se ha tragado al Tío Carrascales!!! Fue mi padre quien detuvo nuestra alocada carrera y preguntó por el motivo de aquel escándalo. Le conté todo de principio a fin. Nuestra reunión en la peña, el río sin nombre, el trueno, la tormenta, la tentación de ver la crecida y el casco del Tío Carrascales. El Tío Carrascales, dijo mi padre, está de vacaciones. Hace una semana que se fue a ver a su familia a Villanueva del Río y Minas. Y vete tú a saber de dónde sacó el agua su casco.
El castigo fue para los cuatro. Todos los niños del pueblo sabíamos que estaba prohibido acercarse al río sin nombre en caso de tormenta. Era muy peligroso husmear en sus orillas porque en días de avenidas la naturaleza arrastraba tierra roja de la montaña y agua verde del mar.
Cinco días sin salir de casa. Lazarillo de Tormes por la mañana, radio novela por la tarde, el libro de cuentas hasta la hora de la cena y prontito a la cama. Durante aquellos días mi padre llevaba un trajín de papeles que me tenía preocupado. Escribía en una cuartilla, lo repasaba, rompía la hoja y vuelta a empezar. Estuvo de esa guisa hasta el final del castigo. Esa mañana, a primera hora, nos endomingamos y fuimos hasta la Plaza del Ayuntamiento. Así nos esperaban, igual de emperifollados que nosotros, El Casqui, el Mati, El Confi y sus padres. Entonces pensé que nos iban a entregar a las autoridades municipales para deshacerse de unas alimañas como nosotros. En la cara de mis amigos adiviné el terror que yo sentía.
No hubo palabras entre los adultos, solo unos apretujones de manos de esos que sellan un pacto entre caballeros. Los zagales mirábamos al suelo avergonzados. Subimos hasta las oficinas en silencio procesional. La Secretaria nos estaba esperando y nos invitó a entrar a la sala de plenos. El Alcalde y los Concejales sonreían orgullosos a la vista de tan jugoso botín. Los recién llegados nos sentamos en un banco, menos mi padre que accedió al estrado de los oradores. Estaba nervioso. Rebuscó entre los bolsillos del pantalón y de la chaqueta hasta que encontró una cuartilla y se dispuso a leer.
El comienzo del discurso fue un recitar nuestros nombres completos, con apellidos y fechas de nacimiento, hasta mencionó que éramos integrantes de la Peña de Los Apaches y que en su sede oficial, sita en la Calle La Panadería, se había formalizado una petición que ellos, como tutores y responsables últimos de nuestras andanzas, querían elevar al consistorio para su estudio y aprobación.
Mi padre puso la voz campanuda de cuando le hablaba al locutor del Telediario para decirle que todo aquello eran patrañas, que lo que había que hacer era subir el jornal al obrero, y conseguir que los maestros, el médico y la bibliotecaria vivieran en el pueblo en lugar de ir y venir a diario desde la capital. Entonces, para sorpresa de mis oídos, escuché lo que menos me esperaba: Los adultos aquí presentes, como vecinos de la noble Villa de Utrillas y representantes legales de los miembros menores de edad de la Peña Los Apaches antes citados, solicitamos a este Excelentísimo Ayuntamiento que el río sin nombre - el que nace en el monte Gurugú, pasa por las bocas de las minas Santa Bárbara y Santiago, discurre junto al Barrio del Piojo, la casa del Señor Cura y la Peña Agüerivalo hasta desembocar en el Río Parras – pase a llamarse desde ahora y para los restos: Río Carrascales.
El pleno del Ayuntamiento aprobó la moción y desde entonces el río sin nombre se llama Río Carrascales. Todo el pueblo estuvo de acuerdo con aquella decisión, todo el pueblo menos el Tío Carrascales que maldecía una y otra vez el mal fario de su casco flotando por las aguas tormentosas del río sin nombre.

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7 Comments:

At 11 agosto, 2012 00:06, Anonymous Inde said...

Jope, Javier, ¿ves por qué decía lo que decía? La inmediata ha sido contestarte en el FB, y tenía que haber sido aquí...

Menudo regalito, majo. Barrunto que a vos te pasa como a mí. Un día tenemos que quedar y hablarlo, jomío, que me parece que será buena cosa.

Besazos.

 
At 11 agosto, 2012 02:50, Blogger George said...

Estar bajo la luz de las estrellas en Torralba de Ribota, con un fresquillo que sabe a paraíso, y leer un relato como este... No tiene precio
Gracias

 
At 11 agosto, 2012 10:16, Blogger Javier López Clemente said...

Hola Marisancho.
;-)
Que tenemos la misma enfermedad lo supe desde nuestra charla para Tardes de Blog, una charla que cambio todo el guión previsto.
Podemos quedar para hablarlo y usted, usted lo debería escribir o...¿tal vez ya lo está haciendo?
Un beso.

 
At 11 agosto, 2012 10:17, Blogger Javier López Clemente said...

Hola George.
Ya veo que ha dejado usted hueco a los atletas jajajaaj.
Seguro que las estrellas de Torralba de Ribota son tan chulas como las que se ven desde la explanada del Pozo Santa Barbara.
Un abrazo compañero.

 
At 11 agosto, 2012 16:08, Anonymous laMima said...

¿Eres de los que se alquilan tumbona en las piscis municipales?, que categoría. Y encima lucirás todo brillante de cremica bajo el sol ziercitano...má.
Claro, que se puede esperar de alguien que bautiza un río de chavalote. Pues tó.
¡Mi héroe..!

 
At 13 agosto, 2012 20:53, Blogger Javier López Clemente said...

Hola Inma
¿Tumbonas? Sólo hablaré en presencia de mi abogado jajajajaja.
;-)
Un beso.

 
At 02 septiembre, 2012 14:17, Anonymous Anónimo said...

Hola, mi madre acaba de leer el relato y me está haciendo la geografía completa del río en cuestión. Muy bonito el relato pero pone en tela de jucicio el nacimiento de dicho río. Me dice que el resto está bien. Un saludo.

Psicocandy

 

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